Capítulo 44. Archie
Archie
El timbre del teléfono suena antes siquiera de que pueda cerrar la puerta, pero no soy capaz de mirarlo. No puedo. Me quedo apoyado contra la madera, con la espalda pegada al frío, el rostro vuelto hacia el techo y los ojos abiertos, pero sin ver.
Sara se ha ido; no me gritó. No me rompió nada.
No me lanzó a la cara todo lo que tenía derecho a escupirme.
Solo me miró con esa herida en los ojos que me va a perseguir el resto de mi vida.
Y luego se fue. Y yo… Yo me quedé allí, de pie, sin saber cómo juntar las piezas. Sin saber cómo frenar lo inevitable.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez vibra. Lo escucho rodar por la encimera, como si él también quisiera escapar de mí. Pero no lo toco. No puedo hablar con nadie ahora. No tengo palabras. No tengo voz. Mucho menos para hablar con ella.
Me hundo en el sofá sin encender las luces.
Solo quiero desaparecer por unas horas. Dormir o no dormir, me da igual.
Solo… no sentir. No sé cuánto tiempo pasa.
Podrían ser minutos o podrían ser horas cuando al fin tomo el móvil, lo desbloqueo sin pensar y veo su nombre en la pantalla: Mamá.
Dos. Tres. Y un mensaje. Dudo. Mi dedo se queda suspendido sobre el cristal como si leerlo fuera a cambiarlo todo. Y en parte lo hace.
Diana: Archie, tienes que volar a Escocia esta noche para la lectura del testamento. Si no vienes, bloquearás todo: el dinero y las propiedades; no podré gestionar nada, no tendré nada. Respóndeme.
Siento una presión en el pecho. El testamento.
Charles. Todo me cae encima de golpe, como una pared que hubiera estado contenida por pura inercia.
Claro. Era cuestión de tiempo. Pero lo había olvidado o, mejor dicho, había querido olvidarlo.
Aunque, en verdad, no sé por qué narices tengo que ir.
Su hija es Elizabeth, su única heredera.
Yo solo fui el niño rebelde que no se lo puso nada fácil cuando mi madre empezó una relación con él.
Aprieto el móvil entre los dedos hasta que me cruje la mano.
No sé qué hacer. Ni siquiera sé si tengo fuerzas para preparar una maleta.
Sara me ha borrado de su vida. Y Charles…, Charles ya no está. Y ahora me toca ser adulto. Decidir. Responder. Volar. Solo. Por completo solo.
Yo: Tranquila. Allí estaré.
Eso fue lo único que le respondí a mi madre; en ese momento aún tenía la voz de Sara retumbando en los oídos y no sabía ni cómo me llamaba.
Cuando por fin pude enfocar la pantalla, me limité a escribir eso.
Corto. Frío. Falso. Porque no estoy tranquilo.
No lo estoy en absoluto; hice la maleta sin pensar. Sin ganas.
Metí cualquier cosa: un par de camisas, el traje, por si acaso, ropa interior y el neceser medio vacío.
Todo mal doblado y mal encajado, como si mi cerebro solo necesitara cumplir un trámite.
No tenía energía para distinguir lo importante de lo inútil.
Ni para que me importara. Intenté dormir un rato en el sofá mientras esperaba la hora de ir al aeropuerto.
Imposible. Cerraba los ojos y allí estaba ella.
Sara. En la puerta, diciéndome que no quería estar con un niño. Diciéndome adiós.
Ahora estoy aquí, en este asiento ancho de primera clase, rodeado de silencio, con una copa de agua que no he tocado y la cabeza palpitando como si me hubiera pasado la noche bebiendo.
Pero no he bebido; no esta vez. Solo he pensado.
Y me ha dolido. Y he recordado. El avión avanza a cientos de kilómetros por hora y yo me alejo de ella.
De su voz. De su mirada. De todo lo que quise construir.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no sé qué voy a encontrar cuando aterrice. Ni qué voy a hacer con todo este vacío.
* * *
El frío de Edimburgo me golpea en la cara en cuanto salgo del aeropuerto.
Ni siquiera me he abrigado bien. Otra cosa más que olvidé al preparar la maleta.
Levanto la mano para parar un taxi. No tengo ganas de hablar, así que solo indico la dirección del bufete de abogados y me hundo en el asiento.
El conductor lo capta rápido. No me dice ni una palabra en todo el trayecto.
Cuando bajo del taxi, respiro hondo antes de entrar. Me digo que tengo que aguantar. Solo una hora más. Escuchar lo que ese hombre dejó escrito y volver a casa. A un hogar que ya no lo es. A una ciudad donde ella ya no está.
Subo las escaleras del edificio con la cabeza baja y, cuando abro la puerta del despacho, las veo: mi madre y Elizabeth.
—Archie —dice Diana, con esa voz suave que usa cuando intuye que algo no va bien.
—Hola —respondo seco, sin mirarlas demasiado.
Elizabeth no dice nada. Está seria, con los ojos un poco hinchados.
Tiene las manos cruzadas sobre el regazo.
Me siento frente a ellas. Nos separa una mesa pulida, demasiado brillante, como todo en este lugar.
Clínico. Frío. Como yo ahora mismo. El abogado entra con una carpeta y un montón de papeles.
Nos saluda con voz grave, se sienta y empieza a leer.
El dinero. Las propiedades. La empresa. Mi madre lo recibe todo.
La mayor parte. Tiene sentido: ella fue su pareja durante más de una década. Su compañera.
A Elizabeth le deja una suma desorbitada, que será gestionada por mi madre hasta que cumpla los veinticinco años. Y también una casa en el centro de Edimburgo. Ella ni parpadea. Y entonces dice mi nombre.
—A Archie... —el abogado carraspea— le deja la propiedad del castillo, así como una suma equivalente a la de Elizabeth, que también será gestionada por Diana hasta que él cumpla los veinticinco.
Levanto la cabeza, desconcertado. ¿El castillo? ¿Dinero? ¿A mí? ¿Pero por qué?
—También nos entregó una carta para cada uno de ustedes —añade el abogado al tiempo que saca tres sobres cerrados con nuestros nombres escritos a mano.
Nadie los abre. No todavía. Mi madre sonríe. No parece sorprendida.
—Lo sabía —susurra más para sí que para nosotros—. Charles te quería como a un hijo, Archie.
Pero yo no puedo sonreír. No puedo sentir nada. Ni siquiera tengo espacio para procesarlo. No cuando todavía tengo la voz de Sara clavada como un cuchillo en el pecho.
—Si están de acuerdo con las disposiciones, deben firmar aquí —dice el abogado mientras señala las páginas frente a nosotros.
Ninguno dice nada. Solo asentimos. Uno por uno, tomamos el bolígrafo.
Primero mi madre. Luego Elizabeth. Después yo.
Es mi firma, pero parece de otro. La trazo sin pensar.
Como si no importara lo que firmo. Cuando todo está hecho, el abogado recoge los papeles con eficiencia y nos dedica una sonrisa profesional.
—Con esto queda todo cerrado. Mis condolencias de nuevo.
Nos levantamos en silencio. No sé qué hacer con el sobre que llevo en la mano. Ninguno lo ha abierto aún, pero me arde en los dedos.
—¿Te quedas a comer con nosotras? —pregunta mi madre mientras salimos del despacho.
La miro y no es que no quiera estar con ellas. Es que no puedo. No puedo sentarme a una mesa, sonreír y hacer como si nada. Como si no llevara el corazón hecho trizas.
—No, mamá. Otro día. Tengo que volver.
No hay reproche en su rostro. Solo preocupación. Pero no insiste. La conozco. Sabe cuándo presionar y cuándo no. Me agacho para abrazar a Elizabeth. Está muy quieta, como si aún no supiera cómo procesarlo todo. La rodeo con los brazos con más fuerza de la que esperaba tener.
—Oye, Elizabeth Ross —le susurro, con la cara hundida en su pelo—, cuando seas mayor tendrás una casa en el centro de Edimburgo. Vas a poder organizar fiestas con tus amigas, tirar cojines por todas partes y poner la música a todo volumen. Charles lo quería así. Deseaba que fueras feliz.
Ella no responde, pero me devuelve el abrazo con fuerza.
Y eso basta. Sin decir nada más, me doy media vuelta y salgo de allí.
Pido otro taxi. Vuelvo al aeropuerto. No tengo plan.
No sé si quiero ir a Chicago. Pero tampoco tengo otro lugar al que ir.
Mientras el taxi se aleja de Edimburgo, miro por la ventana.
La ciudad pasa como un borrón. Demasiado rápido. Demasiado lejos. Y ella también.
De nuevo en el avión, sentado en primera clase junto a la ventana, observo cómo Edimburgo desaparece de mi vista.
He dejado atrás a mi madre y a mi hermana, que no se merecían que regresara tan pronto ni que las dejara solas cuando ellas también están destrozadas por la marcha de Charles.
Pero juro que hoy no les habría hecho ningún bien y no quería romperlas aún más de lo que ya están.
Y es que en mi cabeza no hay paz. Solo un zumbido constante que no se va. Como un motor encendido todo el tiempo. Cierro los ojos, pero no logro dormir. Ni siquiera quiero. Me arden los párpados. Pienso en Elizabeth. En mi madre. En Sara. Sobre todo, en Sara.
Meto la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saco el sobre.
La carta de Charles. La observo un momento.
Su caligrafía es elegante y cuidada. Mi nombre escrito con tinta azul.
Demasiado sereno todo, como si él supiera que yo lo iba a leer en mitad del cielo.
La abro. El papel es grueso, de los que usaba siempre.
El aroma a papel y a algo más que no sé nombrar me revuelve por dentro. Respiro hondo y leo:
Querido Archie:
No sé en qué momento leerás esto. Tal vez enfadado, tal vez triste, tal vez…
simplemente cansado. No importa. Solo quiero que sepas que, aunque no lo haya dicho lo suficiente, te he querido con todo lo que fui capaz desde el primer día que entraste en mi vida.
Aunque no llevaras mi apellido. Aunque jamás me dijeras «padre» y aunque lo pusieras difícil al principio. Lo comprendí siempre. Y lo acepté.
He admirado en ti cosas que tú aún no ves. Tu valentía. Tu fuerza para resistir. Tu rabia, incluso. Esa que llevas por dentro y que a veces te desborda, pero que nace de un corazón que se niega a rendirse.
Quiero pedirte algo, Archie: equivócate.
Una y mil veces. Fracasa. Rompe cosas. Enamórate de quien te haga perder la cabeza y luego vuelve a construirte.
Pero hazlo por ti. Siempre por ti. No dejes que tu padre ni nadie, ni siquiera yo, escriba tu camino.
Tómalo tú. Decide lo que quieres. Decide lo que no.
He visto en ti a un hombre con ideas. Con ganas. Con una energía creativa que, si la dominas, puede cambiar tu vida. Haz negocios. Lánzate. Vende algo. Invéntate algo. Pero termina de formarte. Aprende. Fórmate como si fuera el primer ladrillo de tu castillo.
Ah, sí. El castillo. Te lo he dejado a ti.
¿Sabes por qué? Porque quiero que tengas algo tuyo cuando vengas a esta ciudad y espero que, cuando yo no esté, siga siendo el lugar en el que se reúna toda la familia.
Pero escucha esto bien, porque no estoy bromeando: como te atrevas a hacerle una reforma modernista, te juro que voy a pasearme por esos pasillos cada noche, arrastrando cadenas como un buen fantasma escocés, para que no duermas en paz.
Te lo dejo a ti porque confío en que sabrás qué hacer con él. Y si no lo sabes todavía, lo sabrás pronto. Gracias por haber estado. Gracias por ser tú. Aunque fuera desde la distancia, fuiste parte de mi vida. Y eso me hizo mejor.
Con cariño,
Charles.
Termino de leer con la carta temblando. No lloro, pero algo dentro de mí se afloja.
Como si me quitaran un peso de encima y al mismo tiempo me lo devolvieran con forma de responsabilidad.
Cierro los ojos e imagino el castillo. La piedra fría y los ventanales enormes.
Las risas de Elizabeth corriendo por los pasillos.
Lo oigo a él, su voz grave y pausada: «Archie, hazlo por ti».
Miro por la ventana. Las nubes se tiñen de un color rojizo bajo el sol que empieza a caer. Sara sigue lejos. Muy lejos. Pero algo me dice que esta carta, este momento, no es solo una despedida. Es también un comienzo.