Capítulo 43. Sara
Sara
Me giro despacio. Rhys está apoyado contra la pared del pasillo como si llevara allí un rato; como si supiera que iba a necesitar saberlo antes de entrar.
—¿Qué? —mi voz suena baja y ronca. Llevo todo el día callada por dentro.
—Archie. Se ha ido.
El corazón me da un vuelco. No sé si es alivio, tristeza, decepción o rabia. Tal vez todo a la vez.
—¿Has hablado con él?
Rhys asiente sin moverse de donde está.
—Sí. Quería que yo te lo dijera. Sabía que querrías estar sola. Le pedí que se marchara.
Trago saliva. Me cuesta. No hay aire ni palabras; solo ese silencio entre los dos.
No sé qué decirle ni qué hacer con esta información.
Me duele que se haya ido, me alivia que no esté y me mata que lo haya hecho por mí.
Asiento una vez, muy despacio. Y entonces, meto la llave en la cerradura.
Pero no giro. La dejo ahí un segundo más.
Solo un segundo más. Porque entrar es aceptar; y aún no sé si estoy lista para aceptar nada.
Entro al apartamento y cierro la puerta tras de mí con suavidad, como si hacer ruido pudiera romper algo más.
Dejo las llaves en la mesita, el bolso en la silla y la chaqueta en el suelo.
Me quedo de pie en medio del salón sin saber qué hacer.
Está vacío y silencioso. Demasiado. Y por primera vez en todo el día me permito sentir lo que hay en verdad: soledad, ausencia y el hueco exacto donde debería estar él.
Justo entonces vibra el portátil y veo en la pantalla una videollamada de mi madre.
Respiro hondo porque, en realidad, en estos momentos no quiero hablar.
No quiero que me vea así. Pero si no contesto, insistirá e insistirá hasta que lo haga.
Acepto la llamada. Aparece su cara, borrosa al principio, y luego se enfoca.
Lleva una coleta alta, una camiseta vieja y esa mirada que lo ve todo.
Tarda dos segundos; dos, y ya sabe que algo va mal.
—¿Qué ha pasado?
No tengo tiempo de construir una mentira, ni de fingir, ni de ordenar lo que quiero decir. Mis labios tiemblan y, entonces, me rompo. Se me cae la voz, el cuerpo, todo. Lloro sin esconderme y sin taparme. Lloro como si solo con ella pudiera hacerlo.
—Mamá…
—Shh, tranquila, cariño. Dime —su voz es suave pero firme, como siempre que huele a tormenta—. ¿Qué ha pasado?
Me limpio la cara, pero es inútil.
—Archie…, lo vi. Besándose con otra, Meghan. En una foto. Está por todas partes. Y no…, no dijo nada. No me avisó. Y yo… —Me encojo de hombros y lloro más—. Estoy aquí. No sé qué hacer.
Mi madre parpadea una vez, luego dos. Y cambia. Se le enciende la cara y los ojos. Ya no es consuelo lo que veo, sino otra cosa.
—¿Perdón? ¿Tú qué?
—Estoy aquí, mamá. He estado todo el día fingiendo que no pasaba nada: en el colegio, con los alumnos… No quería perder el trabajo. Y ahora he vuelto y él no está. Se ha ido. Rhys me lo ha dicho. Ha preferido desaparecer.
Mi madre chasquea la lengua y se incorpora en su silla.
—Muy bien. Pues qué valiente, el chiquito. Pero no. No estoy cabreada con él. ¿Sabes con quién estoy cabreada? Contigo.
—¿Qué? —susurro, confundida y dolida.
—Sí, contigo. Porque no reconozco a la chica que tengo delante.
¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está la que se puso el pelo rojo solo para fastidiar al director de su instituto en Ibiza?
¿Dónde está la que decía lo que pensaba, aunque se metiera en líos?
¿Dónde está la que no se callaba una? —Trago saliva e intento hablar, pero ella me corta—.
¿Esa chica estaría ahí parada, con cara de muerta en vida, dejando que un imbécil se marche sin decir nada?
No. Esa chica estaría bajando a la calle y derribando puertas si hiciera falta.
Le estaría gritando, pidiendo explicaciones y diciéndole a la cara que no se merece ni un centímetro de su tiempo.
Esa chica no se escondería, ni se quedaría en silencio, ni apagaría el móvil.
¡Esa chica haría arder Chicago si hiciese falta!
Me limpio las lágrimas otra vez, pero ahora no es lo mismo. No son lágrimas de dolor; son otra cosa. Algo empieza a moverse muy dentro: fuego. Mi madre me mira y su voz se suaviza un poco.
—Yo no quiero ver a otra persona. Yo quiero a mi hija: a la que tiene agallas, a la que no se deja pisar y a la que luchó por estar ahí aunque le doliera dejarlo todo atrás.
—No puedo, mamá —susurro.
—Sí puedes —responde sin dudar—. Y si no quieres hacerlo por ti, hazlo por esa parte de ti que aún recuerda quién eres. Porque no te has perdido, Sara; solo te estás olvidando.
La pantalla se queda en silencio. Yo también.
Y poco a poco, respiro. No estoy bien, pero por primera vez en todo el día algo en mí se endereza.
Cuelgo la llamada y el silencio vuelve a caer como una manta pesada sobre el apartamento.
Me quedo sentada frente al portátil un rato más, con la mirada en la pantalla en negro.
No pienso ni lloro. Solo estoy. Suspendida.
Rota en muchos pedazos pequeños que no sé cómo volver a encajar.
Me levanto. Camino. Doy vueltas por el apartamento como un pez atrapado en una pecera que ya se sabe cada centímetro de las paredes.
Es tan pequeño; tan jodidamente pequeño.
Antes me parecía acogedor; ahora me asfixia, como si el aire se hubiera gastado.
Como si todo me recordara a él, a nosotros y a lo que creí que estábamos construyendo.
Voy al baño y me meto en la ducha. El agua caliente me golpea la espalda, el cuello y la cara.
Me quedo allí hasta que el vapor lo llena todo y ya no veo el espejo ni veo nada.
Cierro los ojos y por un segundo deseo que el agua me vacíe por dentro; que se lleve el nudo del pecho y las imágenes que no paran de repetirse.
Pero no se van. Salgo envuelta en una toalla.
Me visto sin pensar: un vaquero holgado y una sudadera gris demasiado grande.
No quiero pensar en cómo me veo. No quiero pensar, punto.
Abro la nevera, pero no tengo hambre. Solo vacío.
Tomo una galleta y la dejo a medias. Bebo agua.
Me miro en el reflejo del microondas: estoy pálida, con los ojos hinchados y el cabello aún húmedo.
Y, aun así…, salgo de casa. Necesito hacerlo antes de volverme loca. Bajo por las escaleras porque no quiero ni esperar al ascensor; escalón tras escalón me llevan a la calle, donde no sé adónde voy a ir ni qué voy a hacer, porque no tengo nada planeado. Solo camino.
Hace frío. Es de noche ya. Las luces de la calle dibujan sombras largas en la acera.
Mis pasos son lentos, pero constantes. Y de repente sé a dónde voy exactamente, aunque no me permita admitirlo.
No quiero pensar. Solo… llegar. Y de pronto, sin darme cuenta, estoy allí: frente a su puerta.
La puerta de su edificio, la que tantas veces abrimos juntos riendo, besándonos y escapando del mundo.
Su madre se encargó de que viviera cerca, y ahora esa cercanía se siente como una broma cruel.
Como una trampa. Y, aun así, sin saber en qué momento lo decido, levanto la mano y llamo.
Un solo golpe. Después otro. Y espero. No sé qué espero, ni qué quiero o qué voy a decir.
Solo sé que necesito algo. Una respuesta, una verdad, un final. Algo que me saque de este limbo.
La puerta se abre. Y es él: Archie. Está justo allí, a un metro de mí, tan real que por un momento me falta el aire.
No dice nada. Se queda inmóvil, con la mano aún en el pomo, como si no terminara de creerse que estoy frente a él.
Como si esa posibilidad no hubiera existido nunca en su cabeza.
Como si todo el guion que se había hecho —en el que yo me alejaba, lo ignoraba y lo odiaba— se desmoronara de golpe.
Lleva una camiseta gris y un pantalón de chándal oscuro.
Su pelo está húmedo y revuelto, como si también acabara de ducharse o no supiera qué hacer con él.
Tiene los ojos hinchados, con ese rojo apagado que reconozco al instante.
Está igual que yo. Tan hecho polvo como yo.
La imagen me golpea en el pecho. Podría gritarle, empujarlo o llorar otra vez, pero no hago nada de eso.
Solo lo miro de forma fija y fuerte. Por primera vez en todo el día, no tiemblo.
Entonces soy yo la que rompe el silencio:
—¿Vas a dejarme aquí fuera o vas a dejarme pasar?
Él parpadea como si acabara de despertar. Asiente con un leve movimiento de cabeza.
—Sí. Pasa. Claro —su voz es baja y ronca, como si no la usara desde hace horas.
Cierra la puerta y da un par de pasos hacia mí con esa expresión vacilante que le he visto pocas veces. Está nervioso e inseguro, como si no supiera por dónde empezar.
—Sara, yo…
—No —lo corto sin alzar la voz, pero con la firmeza de alguien que ya no tiene espacio para palabras inútiles—. No me expliques nada. No quiero justificaciones ni frases hechas. No me interesa cómo llegamos hasta aquí.
Él aprieta los labios y retrocede medio paso. Pero no dice nada. Me escucha.
—Solo quiero hablar del beso.
Sus ojos se abren un poco, como si le sorprendiera que yo vaya de forma directa al centro. Como si esperara que fuera por los bordes, como antes, con cuidado y tanteando. Pero ya no tengo fuerzas para rodeos.
—¿Qué fue eso? —pregunto sin apartar la mirada—.
¿Fue un error? ¿Un momento? ¿Estabas borracho?
¿No pensabas? ¿Fue «ella»? ¿Fuiste tú? ¿Me habías olvidado por completo o simplemente te dio igual?
—Siento el temblor subirme por la garganta, pero lo trago—.
¿Sabes lo que es ver eso en una foto? ¿Ver a la persona en la que confiabas más que en nadie en el mundo besándose con otra como si nada?
Como si yo no existiera. Como si nunca hubiéramos existido.
Él da un paso adelante con los ojos brillantes.
—No fue como parece. Yo no…, no la busqué. Estaba borracho, estaba hecho polvo, no pensaba…
—¡Exacto! —exclamo, un poco más fuerte esta vez—.
No pensabas. —Me cruzo de brazos. Estoy de pie en mitad del salón, pero me siento firme.
Por dentro me tiembla todo, pero por fuera, no.
Por fuera soy la hija de mi madre—. Y esa es exactamente la razón por la que tienes que salir de mi vida.
Porque yo no quiero estar con un niño que, cuando tiene problemas, recurre al alcohol y al consuelo de otra persona.
Él abre la boca, pero yo levanto la mano.
—No. No. No me digas que no significó nada, que fue un error o que estabas perdido.
Ya conozco ese discurso. Lo he oído en boca de hombres mayores que tú que hacen lo mismo una y otra vez, como si eso los excusara.
—Mis ojos se llenan de lágrimas, pero esta vez no las escondo—.
Yo te elegí. Renuncié a muchas cosas por estar contigo.
Aposté por ti. Por nosotros. Creí en lo que decías.
En tus gestos. En tus silencios. Y tú…, tú me clavaste una puñalada en la espalda delante de todo el mundo.
Silencio. Solo su respiración entrecortada.
—Así que no quiero explicaciones. Quiero que te alejes.
Que no me busques, que no me escribas y que no intentes arreglarlo.
Y, sobre todo, Archie, quiero que te mires al espejo y te preguntes quién eres cuando nadie te está mirando.
Porque lo que hiciste… fue muy fácil hacerlo. Y tú elegiste hacerlo.
Me acerco a la puerta.
—No me decepcionó el beso, Archie. Me decepcionaste tú.
Y con la mano ya en el pomo, me detengo solo un segundo más.
—Adiós.
Salgo de su casa y apenas doy dos pasos antes de que se me deshaga el cuerpo entero.
Me llevo una mano a la boca, como si pudiera contener el llanto allí, en la palma; como si pudiera callar el grito que me arde en la garganta desde hace días.
Pero no puedo. Lloro. Lloro con todo: con la cara, con el pecho y con los puños apretados.
Lloro por lo que pasó y por lo que nunca va a pasar.
Por lo que creí que éramos, por lo que él me prometió y por lo que yo me permití sentir.
Me sujeto a la barandilla de unas escaleras.
Me doblo sobre mí misma. Lloro como una niña y como una mujer al mismo tiempo.
Como si ese beso, ese maldito beso, hubiera borrado de golpe todos los «te quiero» que me dijo.
Y, sin embargo, en algún rincón de mí algo se mantiene en pie.
Un hilo. Una llama. Una voz muy baja que dice: «Lo hiciste bien».
Porque podría haberme quedado callada. Podría haber aceptado la mentira cómoda.
Podría haberme aferrado a una historia rota.
Pero no. Lo enfrenté. Le dije lo que tenía que decirle.
Lo saqué de mi vida con mi voz y con mis palabras.
Sollozo mientras camino de vuelta sin mirar a nadie, sin escuchar el ruido de la ciudad que sigue girando como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí pasó. Pasó todo. Mis pies me llevan hasta casa.
Abro la puerta con las llaves temblorosas, dejo el bolso caer y me quito los zapatos sin desatarlos.
Me arrastro hasta la cama y me entierro en las sábanas, aún con el vaquero puesto y con la sudadera. No me importa. Solo quiero parar.
Y por un instante, mientras me encojo bajo el edredón, siento que se me va a romper el pecho de verdad.
Pero no se rompe. Sigo aquí. Sigo viva. Cierro los ojos y me repito como un mantra: «Mañana.
Mañana será otro día». Y cuando llegue, cuando el sol entre por la ventana de esta habitación, yo me levantaré.
Me ducharé. Me vestiré. Iré al colegio. Daré clase.
Me reiré con Aurora, con Bruce y con mis alumnos.
Comeré algo en el patio. Caminaré por la ciudad como si nunca hubiera estado con él, como si nunca me hubiera mirado así y como si nunca se hubiera cruzado en mi camino con ese deportivo frente al parque y esa sonrisa que me hizo detener el mundo.
Voy a borrar cada imagen, cada frase y cada roce. Voy a arrancar esas páginas de mi historia y voy a seguir. Porque tengo una vida. Y esa vida no va a detenerse por alguien que no supo quedarse.