La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 42. Sara
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Capítulo 42. Sara

Sara

Abro los ojos, confundida, con la garganta seca y el cuerpo entumecido por haber dormido hecha un ovillo en el sofá. Me incorporo lentamente, aún con el teléfono en la mano. Y entonces lo veo.

—¡Joder! —grito, saltando del sofá con el corazón en la garganta.

Está en el suelo. Tirado frente a mí. Dormido. Con la ropa arrugada y la cara medio oculta por el brazo. Tardo unos segundos en reaccionar. Me acerco rápido y me arrodillo junto a él.

—¡Archie! ¡Archie, despierta! —Lo sacudo por el hombro y el brazo—. ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?

Él se mueve apenas, con los párpados pesados y el cuerpo laxo.

—Lo siento... —murmura, de forma apenas audible, sin abrir los ojos del todo—. Sara..., yo...

Y entonces me golpea el olor: alcohol, mucho. Un nudo se me forma en el estómago.

—Archie... —susurro, más para mí que para él.

Está borracho por completo. O lo estaba.

Y ahora parece medio inconsciente, deshidratado y hundido.

Me quedo unos segundos mirándolo sin saber qué hacer.

Una parte de mí quiere gritarle, sacudirlo más fuerte y pedirle explicaciones, pero no puede ni hablar.

Y por alguna razón, tal vez porque aún lo quiero, o porque me cuesta dejar que se destruya así delante de mí, no lo hago.

Con mucho esfuerzo, lo ayudo a levantarse.

Se deja guiar como un niño dormido. Lo llevo a mi cama.

Lo tumbo con cuidado, le quito las zapatillas y le subo la manta.

No dice nada más; solo respira hondo, como si el mundo le pesara demasiado.

Me quedo un minuto más de pie, mirándolo.

No tengo idea de qué ha pasado. Pero sí sé una cosa: no es bueno.

Miro la hora. Se me ha hecho tarde; tengo clase.

Así que me doy una ducha rápida, me visto sin hacer ruido y, antes de salir, me detengo en el marco de la puerta de mi habitación.

Archie sigue dormido. Y yo me voy con el corazón más pesado de lo que estaba anoche.

Cierro la puerta con cuidado, como si temiera despertarlo.

Todavía tengo el pulso alterado y la mente hecha un nudo.

Me pongo el abrigo sin pensar demasiado y camino hacia el ascensor con las llaves en la mano y el bolso colgando del hombro.

El día apenas comienza y ya pesa como si fueran las diez de la noche.

Cuando las puertas del ascensor se abren, alguien más sale del apartamento del final del pasillo: Rhys.

Nos cruzamos justo en el umbral. Él me ve y baja la mirada un segundo. Tiene el rostro cansado, pero no por falta de sueño, sino por algo más denso y triste.

—Sara —dice en voz baja, como si no supiera si hablarme o dejarme pasar.

Yo no tengo tiempo ni humor.

—Llego tarde —respondo, tajante.

—¿Está Archie en casa?

—Dormido —suelto, sin poder evitar el tono—. No sé cuándo llegó, pero se lo debió de pasar bien. Al menos por el olor.

Ironía pura. Como un escudo. Me duele decirlo, pero más me duele todo lo que no entiendo. Rhys suspira profundamente. Se queda en silencio un segundo que se alarga demasiado.

—Sara...

—¿Qué? —mi voz suena más cortante de lo que quisiera, pero no puedo evitarlo.

Él duda. Niega con la cabeza y entonces saca el móvil del bolsillo.

Lo desbloquea y me lo tiende sin decir una palabra.

Lo miro, confundida. En la pantalla, la imagen brilla como una bofetada: Archie y Meghan.

Sus labios pegados, sus cuerpos juntos y sus ojos cerrados.

La foto ya ha dado la vuelta por todas partes.

Veo el nombre de la cuenta, un comentario, un par de emojis y miles de «me gusta».

Y el corazón se me detiene. No. No puede ser. No puede haberme hecho esto. Archie no.

Me quedo paralizada. No oigo nada: ni el zumbido del ascensor, ni a Rhys, ni mis propios pensamientos. Solo esa imagen. Como si todo se hubiese congelado alrededor. Menos la herida; esa arde.

—Sara… —la voz de Rhys suena detrás de mí como una advertencia suave, como si aún hubiera algo que decir o que añadir a lo que ya he visto.

Pero no. No quiero escucharlo. No quiero escuchar a nadie. No ahora, no mientras todo en mi interior parece haberse roto de un solo golpe. Niego con la cabeza, despacio, sin girarme hacia él.

—Ahora no —murmuro.

Me cuesta incluso articularlo. No tengo fuerza para más. Solo eso: ahora no. No sé qué pasará después; no sé si mañana, dentro de una semana o nunca, pero ahora necesito silencio. Necesito no escuchar más mentiras ni más verdades. Ni explicaciones, ni frases bienintencionadas, ni siquiera consuelo.

Las puertas del ascensor se abren y entro sin mirar atrás.

Rhys no se mueve ni me sigue. Y eso, por un instante, me duele todavía más.

Porque ¿qué clase de persona soy yo ahora?

¿Una que necesita que la dejen sola o una que, en el fondo, desea que alguien insista en quedarse?

Me apoyo contra la pared del ascensor y cierro los ojos.

No llores. No ahora. No aquí. No por él.

Respiro, pero el aire entra a medias, como si mis pulmones se hubieran encogido.

Siento una presión absurda en el pecho, como si algo muy pesado me estuviera aplastando desde dentro.

No es real; es solo una reacción. Se pasará.

No duele tanto. No debería doler tanto. No tiene sentido que duela tanto.

Pero duele. Y no puedo parar de ver la imagen una y otra vez. Esa foto. Esa maldita foto. Meghan, tan cómoda, tan confiada y tan cerca. Sus labios tocándose, su mano en la mejilla de él, su expresión. No parece forzado, ni una broma, ni un malentendido. Y eso es lo peor. Eso es lo que me mata.

El ascensor llega a la planta baja. El timbre suena demasiado fuerte, como si me despertara de una pesadilla, pero sin sacarme de ella.

Camino como si no fuera yo, como si mis pies supieran adónde ir, pero el resto de mi cuerpo aún no estuviera convencido.

Cruzo el vestíbulo, empujo la puerta del edificio y el frío de la mañana me golpea de lleno en la cara.

Y ahí es cuando me doy cuenta de que no puedo respirar. No bien. Intento tomar aire, pero no entra. Intento controlarme, pero el temblor empieza en los dedos, sube por los brazos y me atenaza el pecho, la garganta y los ojos.

No quiero llorar. No voy a llorar. No por esto. No por él. Otra vez no. Pero es inútil. Las lágrimas brotan sin avisar: calientes, desordenadas y traicioneras. Me limpio con la manga del abrigo, furiosa. Me obligo a tragarme el resto.

Hay gente por la calle, coches y ruidos.

Y yo ahí, como una idiota, llorando delante de todos.

Me agacho un segundo y apoyo las manos en las rodillas intentando que pase, que el mundo deje de girar tan rápido.

Pero no pasa. Y no hay tiempo. No puedo permitirme esto.

Miro la hora: llego tarde. Tarde, tarde, tarde.

Me enderezo de golpe y echo a correr. Mis piernas no responden bien, como si fueran de otro cuerpo, pero lo hago igual.

Corro porque si no lo hago, me detengo; y si me detengo, me hundo.

No voy a perder mi trabajo. Eso no; no pienso permitirlo esta vez.

No voy a dejar que esa foto arruine lo único que tengo ahora.

No voy a ser esa chica que llega tarde, que falla y que llora por un chico que ya no la elige.

Corro más fuerte. Siento las lágrimas secarse en mi cara y el viento borrándolas a su paso.

Una manzana más, otra. El colegio está ahí, al final de la calle.

Y yo también estoy ahí. Todavía estoy aquí.

Aunque duela, aunque me rompa y aunque todo se derrumbe.

Sigo. Llego a la puerta del colegio todavía sin aliento.

Me detengo solo un segundo, lo justo para fingir que busco algo en el bolso.

Pero no busco nada; solo necesito respirar y recomponerme lo justo para parecer funcional.

Saco el móvil. La pantalla sigue encendida con las notificaciones brillando como cuchillas: una llamada perdida y tres mensajes.

El nombre de Archie está ahí: presente, vivo e insoportable.

Lo miro un segundo. Una parte de mí —pequeña, débil y estúpida— espera que haya una explicación, que diga que no es lo que parece, que jure que no…

Pero no. No quiero oírlo ni leerlo; no quiero dejarle la más mínima rendija para entrar.

Así que, sin pensarlo demasiado, mantengo pulsado el botón y apago el móvil.

Así. Simple. Oscuro. Y entonces siento algo parecido al alivio.

No voy a saber si me llama ni si me escribe.

Y mientras no lo sepa, puedo fingir que no existe. Necesito que no exista.

Al levantar la vista, veo a Aurora entrar por la puerta principal. Lleva una carpeta en la mano y un café en la otra; se sorprende al verme.

—¡Sara! Qué milagro. Pensé que hoy ibas a llegar rodando de tanto yoga —bromea sonriendo.

Yo también sonrío por instinto. Me sorprende lo fácil que es. Tan automático.

—He sobrevivido —respondo con una sonrisa floja—. Apenas puedo mover las piernas, pero aquí estoy.

Aurora se ríe y hace un gesto cómplice con la cabeza antes de seguir su camino.

Yo me quedo allí un segundo más, con la sonrisa congelada, preguntándome cómo puede ser tan fácil mentir con el cuerpo cuando por dentro solo hay ruido.

O quizá, precisamente porque hay tanto ruido, lo único que puedo hacer es disimular.

Entro. Camino por los pasillos. Saludo. Doy los buenos días.

Me río, incluso. Y empiezo las clases. Una tras otra, como si nada, como si fuera otra persona y no acabara de ver cómo el chico al que amo besa a otra en público.

Corregimos ejercicios, leemos en voz alta y hablamos de literatura.

A los alumnos les hace gracia cómo pronuncio ciertas palabras.

Yo también me río. Me escucho desde fuera y me observo desde lejos.

No soy yo, pero al mismo tiempo sí lo soy: soy yo haciendo lo que hay que hacer.

Sobrevivir desde el lugar más frío de mí misma.

Llega la pausa de la mañana. Desayuno a medias.

Ni siquiera sé si he comido; no lo recuerdo.

Y entonces, la reunión. Todos los profesores están sentados alrededor de la mesa.

Bruce habla con entusiasmo sobre el cierre del curso, la actividad final, las presentaciones, las familias que vendrán, las notas y los discursos. Me mira. Espera que diga algo. Pero no.

—Sara, ¿te gustaría coordinar este año la presentación del proyecto de literatura?

De ordinario, sería la primera en levantar la mano.

Ya habría traído ideas, habría empezado una lluvia de propuestas e imaginado decorados y un cierre de curso inolvidable.

Pero hoy… Hoy solo quiero llegar a casa, cerrar la puerta y no tener que fingir más.

Así que sacudo la cabeza con suavidad y murmuro:

—Este año…, mejor que lo lleve otra persona. Estoy con mucho trabajo ya.

Bruce no insiste y asiente con una sonrisa comprensiva.

Yo asiento también, como si todo estuviera bien.

Nadie nota nada. Nadie sabe que me sostengo con hilos invisibles.

Nadie ve el esfuerzo tras cada palabra tranquila y cada gesto normal.

Y eso también me asusta: lo fácil que es desaparecer por dentro sin que nadie lo note por fuera.

Salgo del colegio sin prisa. Podría llegar en quince minutos si quisiera, pero no quiero.

No ahora. Camino despacio, como si mis piernas se hubieran vuelto pesadas, como si con cada paso no solo avanzara, sino que me arrastrara hacia algo que no quiero ver.

O peor: hacia nada. Porque no sé qué voy a encontrar cuando abra la puerta de casa.

No sé si él estará allí, ni si quiero que esté.

No sé si podría soportarlo si lo está… o si no.

El cielo empieza a oscurecer y las luces de los escaparates se encienden: tibias y ajenas, como si vivieran en una ciudad distinta a la mía.

Me detengo frente a una librería. Miro sin ver; ni siquiera registro los títulos.

Es solo una excusa para tener un momento más de aire y no llegar.

Luego entro en una papelería. Compro un cuaderno de tapas duras que no necesito, unos bolígrafos de colores y unas pegatinas absurdas que probablemente no usaré.

Salgo con una bolsa pequeña en la mano y ni siquiera sé por qué.

No era por las cosas, era por el tiempo: por posponer el momento de poner la llave en la cerradura.

Doblo otra esquina. Camino por la avenida más larga.

Entro en una cafetería y compro una bebida que ni me apetece.

Me siento en un banco. La bebo a sorbos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Pero no lo tengo. Y aunque lo tuviera, el miedo sigue ahí, en el pecho.

¿Y si está dentro? ¿Y si no? ¿Y si ha esperado toda la tarde en silencio?

¿Y si me pregunta por qué no le he contestado? ¿Y si no pregunta nada?

Finalmente, sin saber cómo, llego a la puerta del edificio.

Subo las escaleras, porque el ascensor parece un atajo emocional que no merezco.

Cada escalón es un paso hacia un futuro que no quiero enfrentar.

Y entonces…, estoy ahí. Llaves en mano. Frente a la puerta.

La cerradura brilla bajo la tenue luz del pasillo, como si esperara una decisión que no sé si puedo tomar.

Levanto la mano, la bajo y la vuelvo a subir.

Apenas rozo el metal con la llave cuando, de pronto, escucho una voz detrás de mí:

—No está.