La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 41. Archie
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Capítulo 41. Archie

Archie

Llevamos tres copas más de las que debería haber aceptado.

Me arde la garganta y las ideas me bailan, pero la rabia sigue ahí, latente, como una segunda sangre que no se va con alcohol.

Aston no para de hablar, de recordar viejos tiempos y de reírse de todo.

Y yo, por una vez, dejo que lo haga. Entonces suena su móvil.

Lo observa, frunce el ceño un segundo y responde.

—Ey, tío. Sí…, sí, estoy con mi primo. —Me señala con el vaso medio vacío—. ¿Qué? ¿Ahora? ¿Estás en el centro? —Ríe—. Vale, vale, suena bien. ¿Negocio bueno, dices? —Se gira hacia mí mientras habla—. Tengo alguien a quien le podría interesar, ¿eh? Sí…, vente para acá.

Cuelga y apoya el móvil sobre la mesa con gesto emocionado.

—Cambio de planes, primo. Un colega está en un local con una peña interesante. Gente que invierte, que mueve cosas grandes. Tiene algo entre manos que, joder, podrías explotar tú también si estás listo para ello. Podría ser tu plan B. —Me guiña un ojo.

—Paso. —Niego con la cabeza, lento. El bar da vueltas a mi alrededor—. Necesito irme. Sara…

—¡Venga ya, hombre! Escúchalo y nos vamos. Te lo juro. Pero esta vez tú eliges el trago. Nada raro. Lo que quieras. Solo una más, como en los viejos tiempos.

Miro mi móvil. Casi medianoche. Varias notificaciones de Sara. No las abro. No quiero que lea que estoy así. Y, sin embargo, no me muevo. No quiero ir a casa así. No quiero que me vea así. No quiero ni verme yo. Aston sonríe y levanta la mano para llamar al camarero. Y yo cedo. Otra vez. Una más.

La música retumba en mi pecho como si me golpeara desde dentro. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que llegamos a este nuevo local. Aston habla con todo el mundo. Yo intento mantenerme de pie. Pido un vaso de agua. Mi lengua está seca. Mis pensamientos, aún peor.

Entonces la veo apoyada en la barra: pelo suelto, mirada afilada y sonrisa sagaz. Meghan.

—Eh, menuda preciosidad —dice Aston al tiempo que le da un codazo al camarero mientras la señala—. ¿Tú la conoces, primo?

No contesto. Pero ella gira el rostro hacia mí y sonríe. Como si el universo lo hubiese planeado.

—Archie... —murmura con esa voz dulce y envenenada que conozco de sobra.

—Meghan —mi voz sale ronca.

—¿Meghan? ¿La Meghan? —Aston ríe y chasquea los dedos—. Esto hay que celebrarlo. ¡Una ronda más!

Ella se acerca sin pedir permiso. Su perfume me golpea como una bofetada de recuerdos: el internado, las habitaciones vacías, sus labios y su control.

—Estás más guapo que nunca —dice mientras me roza el brazo con las uñas. Luego baja la mano, demasiado lento, demasiado íntimo—. Y tan tenso… Deberías relajarte.

—Estoy bien —respondo al girarme un poco, pero ella se cuela por el otro lado. Y el cabrón de Aston se marcha sonriendo, como si a mí esta situación me hiciera gracia.

Llega el agua. La bebo de golpe para intentar volver a mí, pero estoy demasiado lejos. Meghan ríe y se inclina, hablándome al oído.

—¿Te acuerdas de esto? —susurra, y sus labios rozan mi cuello.

—Para, Meghan.

—No estás diciendo que no —musita, justo antes de rodearme con ambos brazos y besarme.

Todo se apaga un segundo. Mi cuerpo no reacciona. No la beso. Pero tampoco la aparto. Estoy atrapado en el mareo, en la rabia acumulada, en la bruma del alcohol y el odio. Hasta que escucho una voz:

—¡¿ P ERO QUÉ COÑO ESTÁS HACIENDO ?!

Abro los ojos al ver a Rhys. Está de pie a tan solo unos metros de nosotros y mi mundo se está terminando de ir a la mierda.

Y entonces me golpea, como un puñetazo seco en el estómago: ¿qué coño estoy haciendo?

Mi mente, hasta ahora envuelta en bruma, se despeja de golpe, como si me hubieran arrojado un cubo de agua helada.

Veo su cara, la de Rhys: el asco, la decepción y la rabia.

Y no puedo ni culparlo, porque tiene razón.

Porque la he jodido. La he jodido de verdad.

No hay vuelta atrás. No hay explicación que salve esto.

Sara. Su nombre es un golpe seco dentro de mi cabeza.

La he perdido. Lo sé incluso antes de que Rhys diga nada más.

La he perdido y todo por esto: por esta noche, por este momento, por no saber decir que no, por no empujar, por no reaccionar a tiempo y por seguir creyendo que el dolor se cura con alcohol y rabia.

Quiero hacer algo o decir algo, pero no sé qué.

Me siento como si estuviera viendo una versión patética de mí mismo desde fuera, incapaz de intervenir.

Inútil. No sé qué hacer ni cómo detener esta caída.

Y Rhys me está mirando como si yo ya no fuera Archie; como si no quedara nada de lo que alguna vez me hizo digno de ella.

—¡No es lo que piensas! —intento decir al apartar por fin a Meghan, que se hace la sorprendida, como si la hubiesen pillado sin culpa.

Pero Rhys no se va. Esta vez no. Se acerca furioso, con el móvil aún en la mano.

—¿No es lo que pienso? ¿De veras vas a salir con esa mierda, Archie?

—Estoy borracho, no sé ni qué estaba…

—¿Y eso qué coño importa? ¡Tú no la empujaste! ¡Tú no hiciste nada! —escupe mientras la señala a ella, que finge incomodidad—. No la mereces, ¿lo sabes? Sara es demasiado para ti. Eres un puto niño pijo con un castillo y un apellido, y ni siquiera sabes cuidarla.

Sus palabras me atraviesan. Pero no tengo fuerzas para responder.

—«¿Te acuerdas de esto?» —susurra, y esta vez es Rhys quien lo dice al repetir con asco las palabras de Meghan. Sus ojos me taladran—. Si tú no se lo cuentas a Sara..., lo haré yo.

—Rhys…

—Haz lo que quieras, Archie. Pero esta vez no vas a esconderte tras tu dinero.

Y se da la vuelta. Camina hacia la salida, pero, antes de cruzar la puerta, choca con alguien que justo entra.

—¡Eh, Rhys! —dice Aston sonriendo—. ¿Qué pasa? Me dejaste un mensaje, ¿no? Dijiste que querías hablar de un negocio.

Rhys lo observa un segundo. Luego gira el rostro para mirar brevemente hacia donde estoy yo, medio tambaleándome en el taburete.

—Olvídalo. Si él está metido —dice, señalándome con la barbilla—, no quiero tener nada que ver ni contigo ni con él. Y menos en un negocio.

Y se marcha. Aston se queda quieto un segundo al verlo alejarse, sin entender nada. Luego se gira hacia mí mientras frunce el ceño.

—¿Qué coño le pasa? No me dijiste que lo conocías.

No tengo tiempo de contestar. Ni palabras. Ni aliento. Porque Meghan se me acerca de nuevo.

—No te vayas con él —susurra como si nada hubiera pasado, como si no acabaran de pillarnos y como si no me hubiera destruido—. No pienses. Solo siente.

Vuelve a acercarse para tocarme el brazo, el pecho y el cuello. Sus labios buscan los míos otra vez, como si pudiera borrar todo con un maldito beso. Pero esta vez no. La rabia me atraviesa como un rayo.

—¡Para! —gruño, y la aparto bruscamente.

Ella tropieza hacia atrás, sorprendida, pero no asustada.

—¿Qué te pasa ahora?

—¡¿Qué me pasa?! —mi voz tiembla, no de duda, sino de furia—. ¿Tú qué crees? ¿No has tenido suficiente?

La tomo del brazo, no con violencia, pero sí con firmeza. La zarandeo un poco. Necesito que me mire. Que me escuche. Que entienda.

—¡Lo sabías! ¡Sabías exactamente lo que estabas haciendo! —escupo—. Me han quitado todo: mi casa, mi padre y mi hermano. Me quedé sin nada. Y ahora también quieres joder lo único que aún me quedaba.

Meghan baja la mirada, pero no por culpa, sino porque no le gusta que la encaren. En ese momento, su móvil se ilumina. Vibra entre sus dedos. Y algo en mi interior se congela.

—Dame eso.

—¿Qué?

—¡Que me lo des! —Le arrebato el teléfono antes de que reaccione.

En la pantalla, la notificación brilla como un disparo.

Elliot: ¿Lo has conseguido ya?

Las palabras siguen ahí, parpadeando en la pantalla como una maldita trampa que por fin se revela. Me quedo helado, el móvil aún en la mano. No oigo la música ni a la gente. Todo se reduce a ese nombre, a ese mensaje. «¿Lo has conseguido ya?».

No fue un error. No fue el alcohol. No fue mi culpa…

, o al menos no del todo. Fue él. Elliot.

Mi propio hermano. Él la envió. La usó. A Meghan.

Y yo caí. Siento que el cuerpo me tiembla de pura impotencia, pero no por debilidad, sino por rabia, por humillación y por la certeza brutal de haber sido una pieza en un juego sucio. Una vez más. Un peón.

—¡Archie! —la voz de Aston me arranca de golpe de mis pensamientos. Parpadeo. Él me observa alarmado mientras se acerca rápido—. ¿Qué coño estás haciendo? ¡Suelta eso!

Lo miro. Y algo se rompe del todo dentro de mí.

—¿Tú también? —escupo, con la voz más rota que furiosa—. ¿Estás con ellos? ¿Esto también era parte del plan? ¿Emborracharme? ¿Traerme aquí?

Aston frunce el ceño, confundido.

—¿Qué coño estás diciendo?

—¡¿Estás con mi hermano, Aston?! —grito, y algunos se giran hacia nosotros.

Meghan, detrás, se acomoda el pelo como si estuviera en un maldito videoclip.

—Tío, tranquilízate —responde él, levantando las manos, pero ya es tarde.

La camarera ya está llamando a alguien. Un tipo de seguridad se acerca.

—Archie, para —insiste Aston, poniéndose entre Meghan y yo—. Estás perdiendo los papeles, joder. Vas a meterte en un lío.

—Ya estoy en uno —respondo, sin apartar la mirada de él.

—¡Que se largue! —dice alguien.

—¡Está borracho!

No lucho cuando me agarran por los brazos. No protesto cuando me empujan hacia la salida. Aston me quita el móvil de Meghan antes de que cruce la puerta.

—Dame eso —dice en voz baja, sin mirarme a los ojos. No sé si es por protegerme o porque no quiere que lo lea todo.

Estoy en la calle. Solo. No sé si hace frío.

No sé ni dónde estoy. Pero sí sé una cosa: Sara.

Necesito verla. Necesito encontrarla y decirle la verdad, o todo lo que sé.

Aunque no me crea. Aunque me odie. Aunque ya sea tarde.

Mis piernas empiezan a moverse por instinto.

Corro. Corro porque, si no llego a ella ahora, la pierdo para siempre.

Hasta que el aire me quema los pulmones, hasta que las luces de la ciudad se vuelven manchas borrosas y hasta que el temblor del cuerpo se mezcla con el temblor de la culpa.

No sé cómo llego ni qué calles atravieso, pero de pronto estoy allí.

Mi pecho sube y baja como si me costara respirar; como si todo en mí intentara mantenerse en pie solo por ella.

Saco las llaves con dedos torpes y gélidos.

Dudo antes de girarlas. Parte de mí quiere huir; otra parte ya no puede más.

La puerta se abre sin un sonido. Dentro todo está en calma.

Oscuro, apenas iluminado por la luz tenue de una lámpara encendida en la esquina del salón.

Y allí está: Sara. Dormida en el sofá, hecha un ovillo bajo una manta, con el móvil aún entre los dedos.

Parece tan frágil. Tan ajena a todo lo que ha pasado.

Como si estuviera flotando en un mundo al que aún no han llegado las bombas.

Me quedo quieto en la entrada. No puedo moverme.

No puedo despertarla. No puedo romperle el corazón.

No esta noche. No ahora. No tras todo lo ocurrido.

Avanzo despacio, como si pisara cristales.

Dejo las llaves en silencio sobre la mesa y me dejo caer al suelo, frente a ella.

Desde ahí solo la miro. Minutos u horas; no lo sé.

Pienso en todo lo que no voy a saber decirle, en lo que no puedo arreglar y en lo que ya no merezco.

Y, aun así, me quedo. Porque es ella. Porque mientras duerme puedo fingir que todo está bien y que aún no la he perdido.

Parpadeo una vez. Y entonces me vence el cansancio, el alcohol y el desastre. Me quedo dormido en el suelo, con los ojos fijos en ella. Como si mirarla fuera una forma de pedir perdón.