Capítulo 40. Archie
Archie
Sara está cocinando en mi cocina. Bueno, en su cocina. Aunque, en verdad, hace semanas que ya no distingo muy bien de quién es cada cosa.
Se mueve descalza, con el pelo recogido en un moño deshecho y una camiseta mía que juró que solo iba a usar para dormir; mentira.
Tiene una cuchara de madera en una mano y una expresión de concentración tan seria que me hace sonreír.
La observo desde el sofá, con los pies en alto, la cabeza apoyada en el respaldo y esa sonrisa tonta instalada en mi cara: la de «cómo es posible que haya terminado aquí», pero en el mejor sentido.
Llevo semanas entrenando como si me fuera la vida en ello, estudiando para unos exámenes que ya ni recuerdo por qué eran importantes y cruzando la ciudad con tal de despertarme al lado de esta chica.
No siempre en el mismo lugar, claro. A veces en su cuchitril, otras en el piso que mi madre me regaló, pero siempre juntos.
Nunca estables, pero nunca solos. Y, aun así, me falta algo.
—¿Puedo hacerte una pregunta sin que me tires esa cuchara a la cabeza? —le digo con tono ligero.
Sara gira la cabeza y frunce el ceño con sospecha.
—Depende. ¿Está relacionada con que ponga cebolla en la tortilla?
—No. Es más peligrosa.
Ella alza una ceja. Yo me incorporo un poco.
—¿Estás segura de que no quieres mudarte ya?
Y entonces ocurre: me señala con la cuchara de madera. Justo como sabía que haría.
—Archie Williams, no tengas prisa. Aún es pronto.
—¿Pero cuánto es «pronto»? Llevamos un mes durmiendo juntos.
Bueno, no juntos en el mismo colchón siempre, pero sí juntos en general.
Me sé el orden de tus cremas, el punto exacto en el que apagas el fuego para que el arroz se termine solo y el día de la semana en que Rhys hace ruido con la aspiradora a las diez de la noche. Creo que eso ya es convivir, ¿no?
Ella se da la vuelta sin responder y revuelve lo que sea que esté cocinando, pero sé que sonríe.
Esa pequeña curva que se le forma en la mejilla izquierda la delata; la veo en el reflejo del microondas.
Me levanto y me acerco por detrás para rodearla con los brazos.
Huele a aceite de oliva y a sal, y a algo dulce que no puedo identificar.
—Solo digo que podríamos vivir aquí. Juntos. No por turnos, no por noches prestadas. Aquí, en este lugar. Con tus libros desparramados por el sofá y mis palos de golf en la esquina del recibidor.
Ella deja la cuchara a un lado, se gira y me mira.
—Y yo solo digo que no quiero que el lugar sea lo primero que compartamos del todo. Quiero saber que podemos con todo lo demás antes de tener una dirección común.
—¿Y si ya podemos?
—Entonces lo sabremos con el tiempo. Y cuando lo sepamos, lo celebraremos con una tortilla decente —dice, dándome un golpecito con la cuchara.
—¿Insinúas que no te gusta mi tortilla?
—Insinúo que si dejas de insistir con la mudanza, quizá deje que la cebolla pase el corte.
La beso porque no puedo no hacerlo. Y aunque me muero de ganas por ver nuestros nombres en el mismo buzón, me muero más por verla feliz aquí conmigo. Con cuchara, cebolla y todo.
Después de cenar y de prometer solemnemente que no mencionaré más la palabra «mudanza» durante al menos una semana, la llevo a su casa en coche.
Preferiría que se quedara en la mía, pero mañana necesita despertarse en la suya, por lo que acepto.
Me despido de ella con un beso en la frente y, cuando veo que se adentra en el portal, acelero y me alejo.
Abro las ventanillas. Hace fresco, pero se agradece: el tipo de aire que despeja la mente y hace que el cuerpo pida movimiento. Tras el día que llevamos, me apetece practicar un rato en el campo. No para prepararme para nada en particular, sino para mantenerme centrado. Para sentirme… en control.
Conduzco en silencio, con la música baja y las luces de Chicago reflejadas en el parabrisas.
A veces me sorprende la facilidad con la que esta ciudad se ha vuelto parte de mí.
Antes, Escocia era mi lugar; ahora no estoy tan seguro.
Llego al club. Bajo. Paso mi tarjeta por el lector automático de la entrada al campo.
Luz roja. Acceso denegado.
Frunzo el ceño y la paso de nuevo.
Luz roja. Acceso denegado.
—¿Qué…? —murmuro.
Me acerco a recepción. El chico nuevo, un tal Kenny que debe de tener diecinueve años y nervios de veinte cafés encima, me mira incómodo en cuanto me ve.
—Señor Williams…
—¿Qué ocurre?
—Tengo órdenes de no permitirle la entrada. Lo siento, de verdad, yo solo...
—¿Órdenes de quién?
Pero no hace falta que responda. Lo sé. Mi padre.
Aprieto la mandíbula. Giro sobre mis talones y salgo antes de que Kenny pueda seguir disculpándose.
El aire ya no es tan fresco. Es como si mi cuerpo entero ardiera por dentro.
Sé lo que está haciendo. No puede obligarme a volver, no puede controlar mi vida personal, no puede interferir en mi relación con Sara, no directamente, pero sí puede tocar lo único que todavía es solo mío: el golf.
Mi futuro, mi trabajo y mi pasión. Y lo hace porque puede.
Porque su influencia llega hasta aquí. Porque sabe que, si hay algo que puede hacerme tambalear, es esto.
Me apoyo contra el coche y cierro los ojos.
Una, dos, tres respiraciones profundas. No va a ganarme. No esta vez.
Pero, maldita sea, duele. Y lo peor es que todavía no sé hasta dónde está dispuesto a llegar. Subo al coche, pero no arranco. Me quedo sentado, mirando al frente, con los nudillos tensos en el volante. Luego saco el móvil. Busco el nombre del único que puede decirme la verdad.
—¿Sí? —responde al tercer tono, con esa voz grave que siempre me hacía enderezar la espalda en los entrenamientos.
—¿Mike?
—Archie… Vaya, esto sí que no me lo esperaba. ¿Todo bien?
—Depende. —Trago saliva—. ¿Tienes un minuto?
—Siempre. Dime.
—He ido al campo. No me han dejado entrar a entrenar. Dicen que hay órdenes de no permitírmelo. —Silencio. Breve, pero suficiente—. ¿Sabes algo?
—Archie… —suspira al otro lado—. No debería decirte esto, pero sí. Lo sé. Me llegó hace unos días.
—¿Qué te llegó?
—Una circular. No firmada, claro, pero bastante clara. Todos los clubes afiliados al circuito en Chicago y alrededores recibimos una advertencia: si permitimos que entrenes o compitas, perdemos apoyo. Patrocinios, subvenciones y acceso a eventos.
—¿Y todos han dicho que sí?
—No tienen elección —su voz es honesta, y eso lo hace peor—. No es justo. Pero tu padre tiene contactos, dinero y poder. Ya sabes cómo funciona.
Apoyo la cabeza contra el respaldo, con la mandíbula tensa y los ojos cerrados. No es solo que me veten: es que me han borrado.
—¿Y tú? ¿Tú también lo vas a cumplir?
—Archie…
—No pasa nada. —Corto la llamada antes de escucharlo dudar—. Gracias.
Tiro el móvil al asiento del acompañante.
Siento una punzada en el estómago. No de tristeza, sino de rabia.
Me estoy esforzando. Estoy haciéndolo bien.
He elegido un camino distinto y él no soporta no tener el control.
¿Quiere guerra? La va a tener. Arranco el coche.
El tráfico está tranquilo, pero yo no. Mis manos aprietan el volante como si fuera lo único que me impide estrellarme.
No sé qué le voy a decir cuando lo tenga delante.
Solo sé que no voy a quedarme callado. Que no voy a permitir que me quite lo único que me pertenece.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, yo he elegido mi vida.
Y nadie, ni siquiera él, me va a obligar a dar un paso atrás.
Sigo conduciendo sin parar hasta llegar a su maldita casa. Llamo a la puerta con los nudillos: dos golpes secos. No hay timbre. Claro que no. A los reyes no se los llama con campanitas. Me abre su mayordomo de siempre, impecable y con cara de funeral al verme.
—Señor Archie…, su padre está en el despacho.
—Perfecto. No hace falta que anuncies mi visita. —Lo esquivo y lo dejo a mi espalda.
Camino por ese pasillo como si estuviera entrando en un museo: todo luce igual que siempre, pero ya no me pertenece. No lo echo de menos. Abro la puerta sin llamar. Mi padre está leyendo unos papeles tras su escritorio. Levanta la mirada, impasible.
—Vaya. El hijo pródigo. ¿Se te ha acabado el arroz integral con tofu?
Cierro la puerta tras de mí con calma.
—¿Has vetado mi entrada a todos los clubes de golf de Chicago?
Él no responde. Sonríe de forma condescendiente, como si esto fuera un juego.
—¿De veras crees que puedes tenerlo todo? La chica, la vida bohemia y, aun así, seguir jugando en la liga profesional. El mundo no funciona así, hijo.
Me apoyo en la mesa, con las palmas firmes sobre la madera pulida.
—No soy tu hijo.
—¿Perdón?
—Lo que has oído. Para ser padre hay que estar. Apoyar. No manipular y destruir todo lo que se sale de tu control.
—Te estás dejando llevar por las emociones. Es típico a tu edad. Lo superarás.
—¿Emociones? —Me río sin humor—. No. Esto es claridad. Tú no soportas que no pueda comprarse todo con tu dinero. Ni a mí ni a Sara.
Su expresión se endurece apenas un segundo.
—¿Crees que esa chica te llevará a algún sitio? Eres joven. Ya cambiarás de opinión.
—Tú tienes un serio problema con las mujeres fuertes. Quizá porque nunca pudiste controlar a mi madre. Ni a Sara. Y eso te quema. ¿Ya has encontrado a una sumisa que diga sí a todo?
Él se pone en pie.
—Baja el tono.
—¿Y si no quiero? ¿Vas a vetarme también de respirar?
—¿Crees que puedes venir aquí a hablarme así y salir impune?
—No busco impunidad. Busco dejar claro que no te tengo miedo. Ya no. No quiero nada de ti. Ni tu apellido, ni tu dinero, ni tus sobras.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Tengo más idea de la que tú has tenido en toda tu vida. Nunca me quisiste. Solo querías un reflejo de ti. Una marioneta. Y ahora que me muevo solo, cortas los hilos y pataleas.
—Te estás equivocando de enemigo, Archibald.
—Me llamo Archie, ¿o es que tampoco sabes mi nombre? —Me acerco hasta que estamos frente a frente. Apenas unos centímetros. Él no se aparta. Yo tampoco—. Mi enemigo ya está claro. —Lo miro a los ojos—. Pero gracias. Porque cuanto más intentas hundirme, más claro veo que estoy haciendo lo correcto.
Me doy la vuelta. Salgo de casa de mi padre con la mandíbula tan tensa que apenas puedo respirar.
Tengo las manos cerradas en puños y los pasos rápidos y desordenados.
Me arde la garganta de tanto contener la furia.
Lo que acaba de hacerme…, lo que me ha dicho…
Bajo las escaleras del porche sin saber a dónde voy.
Solo sé que no quiero volver a casa todavía. No así. No con este fuego.
Entonces lo veo apoyado en un coche deportivo, como si el tiempo no hubiera pasado.
—¿Aston?
Él alza la vista desde el móvil, frunce el ceño y sonríe al reconocerme.
—¡Archie! ¡No jodas! —Camina hacia mí y me da una palmada en la espalda—. Mírate. Sigues igual. Bueno, igual de guapo y con cara de niño rico cabreado.
—Hace siglos…
—Demasiados. —Me observa mejor y su sonrisa se apaga un poco—. ¿Estás bien?
—No.
—¿Tu viejo?
Asiento. Él silba con los dientes.
—Siempre supimos que terminaría jodiéndolo todo. Vamos, sube. No puedes conducir así. Te invito a una copa. Solo una.
Dudo. Miro el coche y luego mi móvil. Son casi las diez.
—Sara me espera.
—Lo sé —responde con calma—. Y seguirá ahí mañana. Pero ahora mismo tienes cara de querer romperle los faros a medio Chicago. Vamos, solo una. Despejamos. Hablamos. Prometo no hablar de golf ni de tu padre.
Cedo. Me subo al coche. Una copa. Solo una.
El bar es ruidoso, con luces tenues y música demasiado alta, pero Aston consigue una mesa apartada. Bebemos. Al principio hablo poco. Él habla mucho. Me cuenta que está de paso, que sigue metido en el mundo de la música, que vive en Nueva York y que aún no supera a su ex.
—¿Y tú? —pregunta de pronto mientras gira su vaso con los dedos—. ¿Sara es la definitiva?
—Sí.
—¿Y qué haces aquí conmigo?
Lo miro. Entonces sonríe al levantar las manos.
—Tranqui. Era broma. Solo digo que, si es la definitiva, deberías estar con ella. Aunque también entiendo que hoy..., hoy necesitabas esto.
—Sí, pero me voy ya. Le prometí que volvería pronto.
—Una más. Venga. Por las madres que valen más que mil padres. —Levanta su vaso.
Suspiro. Dudo.
—Una más —cedo.
Una más.