Capítulo 39. Sara #2
Diana sonríe como si llevara todo el fin de semana esperando este momento.
—Lo sé, lo sé, es un poco excesivo —dice—. Pero me niego a que pienses que tu padre es el único que puede ayudarte a llegar lejos.
Archie se queda mudo. Literalmente. Sus ojos recorren el coche con una mezcla de incredulidad y asombro, como si no estuviera del todo seguro de que no es una broma.
—Es tuyo —confirma su madre—. Y antes de que empieces a protestar: no es por el torneo ni por tus logros. Es porque quiero que recuerdes que, si una parte de tu mundo se derrumba…, aún tienes otra a la que aferrarte.
Elizabeth asiente con entusiasmo, como si hubiera ensayado esa frase en el espejo y estuviera deseando ver su efecto. Archie parpadea y luego, simplemente, se gira hacia su madre y la abraza: largo y fuerte, como si no quisiera soltarla. Cuando se separan, Diana no ha terminado.
—Y como sé que ese ático ya no está —añade al tiempo que saca otro juego de llaves de su abrigo—, he pensado que tampoco necesitas una torre de cristal para seguir adelante.
Solo un lugar que puedas llamar hogar: un sitio al que pertenezcas.
Y si algún día yo ya no estoy, quiero saber que tienes al menos eso: un refugio.
Le tiende las llaves con calma, pero hay emoción en sus ojos. Archie las toma con cuidado, como si pesaran más de lo que deberían.
—¿Esto es en serio? —susurra.
—Dirección incluida en el llavero —responde ella con media sonrisa—. Y no es nada de lujo. Pero está cerca de tu universidad… y cerca de donde ella —me señala— trabaja. Por si quieres tener cerca lo que te importa.
Archie me mira. Yo ya estoy llorando. Obvio.
—Es… demasiado —dice él.
—No, cariño. Es lo justo. Un espacio tuyo. Y esta vez no tienes que pedir permiso a nadie y, por supuesto, nadie te va a echar en ningún momento. —Diana le da un golpecito suave en el hombro—. Anda, vete a verlo. O mejor: llevad el coche nuevo. Tiene calefacción en los asientos.
Nos reímos todos. Y entonces, como si el reloj se hubiera puesto en marcha de nuevo, Diana abraza a Archie una vez más, a mí después, y Elizabeth los sigue con lágrimas tímidas en los ojos.
—¿No teníamos un brunch ? —dice Archie bajando la voz mientras abraza a su hermana.
—Lo haremos, pero otro día. Nosotras tenemos un vuelo a Escocia —responde Diana—. Tú quédate aquí. Vive. Sé libre.
—Pero volved pronto.
—Te lo prometo, hijo. —Diana lo abraza con ternura—. Cuidaos el uno del otro.
—Claro que lo haremos —respondo emocionada—. Tened buen viaje.
Y, sin más ceremonia, madre e hija suben a un taxi y desaparecen por las calles de Chicago, dejándonos con un coche nuevo, un juego de llaves y un corazón tan lleno que parece a punto de estallar. Archie me mira al tiempo que levanta las llaves.
—¿Vamos a ver mi espacio?
—Vamos.
Y lo hacemos, como si acabáramos de empezar una vida nueva. El motor ruge suave mientras Archie conduce por las avenidas con una sonrisa dibujada en la cara. Está eufórico, como si al fin el mundo se estuviera reequilibrando a su favor.
—Mira estos asientos. ¡¿Has visto esto?! Tiene calefacción, ventilación…, y este volante… Dios, ¿te imaginas conducirlo en otoño, con las hojas cayendo por la ciudad?
Yo asiento, disfrutando del entusiasmo que lo desborda. No hay nada más bonito que verlo así: ligero y libre, como si ya no tuviera que rendir cuentas a nadie.
—¿Y si nos marchamos de escapada un fin de semana? No muy lejos: algún lago o alguna ruta por carretera. Tú y yo y este coche.
—Suena bien —digo sonriendo.
Llegamos al edificio. Es más moderno que el mío, con escaleras anchas, pasillos limpios y una puerta doble con cerradura electrónica.
Subimos al tercer piso y entramos. Es grande, muy grande: salón luminoso, cocina abierta, habitaciones amplias, baño con ducha y bañera…
Tiene incluso una pequeña terraza con vistas a los tejados de la ciudad. Archie entra como un niño en Navidad.
—¿Ves esto? —dice al abrir el armario empotrado—. ¡Mira cuánto espacio! Caben tus libros, mi ropa y nuestras cosas. Y aquí podríamos poner una estantería, y en la terraza un par de sillas para desayunar ahí los domingos…
Yo sigo sus pasos a una distancia prudente. Sonrío y asiento, pero cada palabra suya me aprieta un poco el estómago.
—Sara —dice por fin al darse cuenta—, ¿estás bien?
Me detengo en el centro del salón sin saber muy bien cómo decirlo.
—Es precioso, Archie. Esto es un regalo enorme.
—¿Pero?
Él ya lo sabe. Me conoce.
—Pero… no quiero mudarme —digo al fin—. No todavía.
Archie parpadea.
—¿Por qué no?
Sus palabras no son duras, pero su tono ha bajado. Me acerco despacio.
—Porque ese cuchitril mío… es mío. Lo pago yo. Es mi refugio, igual que este puede ser el tuyo. Si algo sale mal, necesito saber que tengo un lugar al que volver; uno que me recuerde quién soy y que no dependa de nadie más.
Él asiente y baja un poco la mirada. No está enfadado, solo herido. Y lo entiendo, porque yo también quiero todo esto, solo que necesito mi propio ritmo.
—No quiero que esto signifique que no te elijo a ti —añado, acercándome aún más—. Solo necesito… seguir eligiéndome a mí también.
Archie alza la vista. Hay ternura en su expresión, aunque también decepción. Pero me acaricia la mejilla con los dedos.
—Me habría encantado despertarme aquí contigo cada mañana —susurra.
—Y lo harás muchas veces. Que no tengamos la misma dirección postal no significa que no estemos en el mismo camino.
Él asiente de nuevo, esta vez con una media sonrisa cansada.
—¿Lo has ensayado?
—Tal vez un poco.
Nos reímos. Él me abraza por la cintura y su frente descansa contra la mía.
—Entonces será nuestro lugar… a largo plazo. ¿Sí?
—Sí. Si todo va bien. Si seguimos creciendo juntos. Si seguimos eligiéndonos.
—Entonces vale —dice, soltando el aire con un suspiro largo—. Aunque me muero por ver tu cuchitril decorado con mis cosas.
—Te dejo una taza.
—¿Y un cepillo de dientes?
—Vas a tener que ganártelo.
Él sonríe de nuevo y esta vez su sonrisa es completa. Nos quedamos allí un rato más, en medio de un salón vacío que, por primera vez, no parece tan impersonal. Poco a poco, Chicago empieza a convertirse en nuestro hogar.