La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 39. Sara
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Capítulo 39. Sara

Sara

—Ha sido una buena noche —dice Diana pasando un brazo por los hombros de sus hijos—. De esas que uno guarda.

Y todos asentimos, como si hiciéramos un pacto silencioso: esta noche se queda con nosotros para cuando lleguen los días grises.

Caminamos sin prisa hasta el hotel donde Diana y Elizabeth se hospedan.

La noche es suave y todo a mi alrededor parece teñido de una calma luminosa, como si el universo nos diera una tregua tras tantas tormentas.

Camino junto a ellos, junto a mi gente, y no puedo evitar mirar de reojo a Diana, a Elizabeth y a Archie para sentir algo parecido a pertenecer.

Diana conversa con animación, con ese tono elegante y directo que la hace tan magnética.

Elizabeth, con las mejillas encendidas de risa, se apoya en su hermano sin perder la sonrisa.

Y yo…, yo voy justo al lado, en silencio, pero con el pecho lleno.

No hace tanto tiempo todo esto me habría parecido imposible: que su madre me abrazara sin reservas, que su hermana me mirara con complicidad y que él me tomara de la mano con una naturalidad que no necesita explicación.

Por primera vez en mucho tiempo no me siento una intrusa ni algo temporal.

Siento que, al menos por hoy, formo parte de algo: de ellos.

—Gracias por esta noche —dice Diana al llegar a la puerta giratoria del vestíbulo—. Ha sido perfecta.

—Gracias por venir a verme —responde Archie mientras le da un beso en la mejilla—. Y a ti también, mocosa. —Le revuelve el pelo a Elizabeth, que intenta apartarse riendo.

—No olvides el brunch de mañana, ¿vale? —añade ella, apuntándole con un dedo.

Nos abrazamos, prometemos escribir si hay cambio de planes y, cuando finalmente entran al hotel, Archie se queda unos segundos mirando la puerta cerrada. Luego se gira hacia mí con una expresión extraña: intensa y brillante, como si algo acabara de encenderse en su cabeza.

—¿Y ahora? —pregunto yo con una sonrisa.

—Ahora... —dice, llevándose las manos a los bolsillos—. ¿Confías en mí?

—¿Qué? ¿A estas alturas?

—Bien. Entonces ven conmigo.

—¿A dónde?

—Sorpresa.

Me dirige una mirada de esas que combinan picardía con misterio y empieza a andar con paso decidido. No tengo ni idea de qué trama, pero lo sigo. Caminamos unas manzanas, tomamos un taxi y, al cabo de unos minutos, lo entiendo todo cuando veo que nos acercamos a la Willis Tower.

—¿Vamos a subir? ¿Ahora?

—Ajá.

—Archie, son casi las once.

—Precisamente. Menos gente y más magia.

—Estás loco.

—Tal vez. Pero ¿a que suena bien?

Y sí. Suena justo a eso: a locura bonita.

A algo que solo haría con él. Subimos en un ascensor casi vacío; los números aumentan con una velocidad absurda mientras se me taponan los oídos.

Archie me toma la mano como si ese gesto pudiera equilibrarlo todo.

Cuando las puertas se abren, nos recibe un silencio alto y un ventanal inmenso que nos enfrenta directamente con Chicago de noche.

Toda la ciudad se extiende bajo nosotros: un tapiz de luces doradas, ríos oscuros y líneas de tráfico que parecen venas latiendo.

—¡Guau! —susurro sin pensar.

—¿Te gusta? —dice él al soltarme la mano para rodearme con un brazo los hombros—. Chicago a nuestros pies. Literalmente.

Caminamos hasta uno de los miradores con suelo de cristal. Dudo un segundo, pero él me toma de la mano y me guía con una confianza serena.

—No mires abajo —bromea—. Mira alrededor.

Lo hago. Y la vista es sobrecogedora. Todo está en silencio allá arriba, como si el mundo se hubiera detenido para nosotros. No hay gritos, ni notificaciones ni expectativas. Solo las luces y el latido de una ciudad enorme que por un instante parece pequeña y lejana.

—¿Por qué me has traído aquí? —pregunto, aún sin apartar la vista del horizonte.

—Porque necesitaba terminar el día contigo, en lo alto. Porque tras todo lo que ha pasado..., quería regalarte esto. Aunque sea solo un momento. Algo que se quedara contigo siempre.

Lo miro. Hay sinceridad en sus ojos y vulnerabilidad también: esa mezcla que solo muestra cuando está completamente a salvo.

—Me lo voy a quedar —le digo—. Este momento. Entero.

Y entonces me besa. No un beso precipitado ni un impulso nervioso. Un beso tranquilo y firme. Como si el mundo no importara. Como si, en medio de toda esa altura y esas luces, solo existiéramos nosotros dos. Cuando se separa, todavía sonriendo, me murmura:

—Bienvenida a mi ciudad.

—Gracias —respondo—. Ahora también es un poco mía.

Nos quedamos allí un rato más, abrazados y mirando en silencio.

Chicago nos pertenece, al menos por esta noche.

Bajamos en silencio, como si el ruido del mundo aún no tuviera permiso para interrumpirnos.

Las luces siguen brillando a través de los cristales del ascensor, que nos devuelve poco a poco al suelo como si estuviéramos descendiendo de una nube. Archie no suelta mi mano ni un segundo.

Cuando salimos del edificio, el aire de la ciudad nos recibe con una brisa ligera y perfumada de humo de los coches. Caminamos sin rumbo fijo y sin hablar demasiado, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para regalarnos una noche perfecta.

—No quiero que se acabe —murmuro, apretándome a su brazo.

—¿La noche? —pregunta, y me mira de reojo con esa sonrisa que me desarma.

—Esto —respondo—. Tú. Nosotros. Esta calma.

Él no dice nada. Se limita a detenerse un momento en medio de la acera, en una calle tranquila donde solo se escucha el ruido lejano de un taxi al pasar. Me rodea la cara con las manos, como si quisiera memorizarme. Como si lo hiciera por si acaso.

—No va a acabarse, pelirroja —dice con suavidad—. Te lo juro.

Y entonces me besa. No como si fuera un beso más, sino como si fuera un ancla.

Como si esa promesa necesitara quedarse también en mi boca para que yo no la olvide.

Seguimos caminando, cruzando puentes, pasando al lado de músicos callejeros que aún desafinan con gusto en los escalones de piedra, bajo farolas doradas.

Una pareja baila en mitad de una plaza, bajo los focos de un restaurante cerrado. Archie me tira de la mano.

—¿Bailamos?

—¿Ahora?

—¿Hay un mejor momento?

Y bailamos. Sin música, sin técnica y sin vergüenza. Solo él y yo, girando torpemente bajo las luces de la ciudad, riéndonos como adolescentes. Nadie nos mira. Nadie nos juzga. Chicago nos pertenece solo a nosotros esta noche.

Cuando llegamos a casa ya ha pasado la medianoche. La ciudad empieza a dormirse, pero nosotros no. Entramos sin encender las luces. Archie deja las llaves en el cuenco de la entrada y me abraza por detrás, apoyando la frente en mi hombro.

—Gracias —dice.

—¿Por qué?

—Por existir aquí. Ahora. Conmigo.

No respondo. No lo necesito. Me giro y lo beso con la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, no hay ningún lugar más seguro que este. Él. Nosotros. Esta ciudad que ya empieza a sentirse como nuestro hogar.

* * *

Despertamos tarde, como si el cuerpo supiera que no había ninguna prisa: ni alarmas, ni entrenamientos ni mundo exterior. Solo la luz del sol colándose entre las cortinas y el calor de su piel contra la mía. Estoy acurrucada sobre su pecho y puedo sentir el ritmo lento de su respiración.

—Buenos días —murmuro sin abrir los ojos.

—¿Lo son? —su voz suena aún más ronca de lo normal y me acaricia la espalda como si fuera a esculpirla con las yemas.

—Mucho —respondo—. Es domingo, no tengo que corregir nada, no hay adolescentes gritando por los pasillos y tengo una vista bastante decente desde aquí.

—¿Decente? —finge ofenderse mientras se gira sobre mí para besarme el cuello—. A mí me han dicho que soy espectacular.

—Eso lo diría tu ego. El mío opina que eres tolerable antes del café.

Ríe bajito y me atrapa de nuevo con un beso lento, de esos que saben a «quedémonos aquí para siempre». El colchón parece abrazarnos con cada movimiento y el mundo se reduce a las sábanas revueltas, a nuestras piernas enredadas y a sus dedos acariciando mi clavícula como si fueran pinceles.

—Oye —dice al rato, con voz adormilada—, ¿crees que si cerramos bien las cortinas y apagamos el móvil el mundo entenderá que no existimos hoy?

—Creo que el mundo podría esperar. Pero no estoy tan segura de tu madre.

Como si el universo me diera la razón, el teléfono de Archie vibra sobre la mesita. Él se estira, lo toma sin soltarme del todo y lee el mensaje con el ceño fruncido.

—¿Quién es? —pregunto, apoyando la barbilla en su pecho.

—Mi madre —responde arrastrando las palabras—. Dice: «Vestíos. Bajad a la puerta. Y no tardéis, que hace frío».

Me echo a reír y él resopla, derrotado.

—¿Ves? Te dije que el mundo no iba a esperar.

—Mi madre no es el mundo. Es peor —dice mientras rueda hacia el borde de la cama—. Pero ha ganado. Como siempre.

Se pone en pie sin camiseta, con el pelo revuelto y cara de domingo. Lo observo desde las sábanas, sonriendo sin poder evitarlo.

—Archie…

—¿Sí?

—Te quiero así. Sin focos. Sin presiones. Solo tú.

Él se detiene, me mira y sonríe de ese modo que solo guarda para mí.

—Pues así me vas a tener —responde—. Todos los domingos que quieras.

Y salimos de casa cogidos de la mano, sin saber qué tiene Diana preparado esta vez, pero seguros de que cualquier cosa será mágica si estamos juntos.

Bajamos tomados de la mano, abrigados a medias y todavía con las mejillas calientes por las risas de la mañana.

Al salir del edificio, el aire fresco de Chicago nos da la bienvenida, pero lo que de verdad nos deja helados es la escena frente a nosotros.

Diana y Elizabeth están apoyadas con toda la intención sobre un deportivo brillante, negro mate, con detalles que gritan «Archie» por cada centímetro.

Parece sacado de uno de sus sueños adolescentes, de esos que nunca se atrevió a verbalizar en voz alta por miedo a que fueran demasiado.

—¿Qué…? —murmura Archie soltándome la mano sin darse cuenta.