La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 45. Archie
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Capítulo 45. Archie

Archie

Volver a Chicago sin Sara es como caer en una versión paralela de mi vida.

Todo está en su sitio, pero yo no encajo en nada.

Cuando el avión aterriza, tengo la absurda esperanza de verla entre la gente, esperándome como tantas veces.

Sus ojos me buscan, el pelo revuelto por el viento y la sonrisa impaciente que siempre me hacía sentir en casa. Pero no está. Y no va a estar.

Tomo mi maleta en silencio, cruzo el aeropuerto como si flotara por encima de mí mismo y subo a un taxi sin tener muy claro a dónde quiero ir.

Podría llamar a alguien, pero… ¿a quién?

Así que le indico al conductor que me lleve a casa.

No al ático vacío que ya no es mío, sino al apartamento que mi madre compró por si algún día necesitaba refugio.

En el que vivimos tantos momentos juntos.

Me recibe un silencio distinto al que estoy acostumbrado, más denso. Como si todo en este lugar supiera que vengo derrotado. Por un segundo me pesa todo: las decisiones, la distancia y la pérdida. Ella.

Sara lo llenaba todo. Le proporcionaba sentido a mi vida, a esta ciudad y a este lugar. Y ahora…, ahora no tengo nada de eso. Y necesito marcharme; no quiero estar aquí.

Vuelvo al campo de golf casi por inercia.

Me presento con la bolsa al hombro y el frío clavándoseme en los nudillos.

Pero no soy el mismo. Y lo noto. También lo notan ellos.

El recepcionista me mira con incomodidad.

El entrenador, que antes salía a saludarme con entusiasmo, se queda parado al verme.

No dice nada. Yo tampoco. Solo niego con la cabeza y me doy la vuelta.

No necesito que me lo digan. Ya lo sé. Me lo ha quitado todo. Y no sé cómo asimilarlo.

Voy a otro campo. Y a otro. Llamo. Escribo. Insisto. Todos dicen lo mismo, aunque con distintas palabras: «no hay plazas», «lo sentimos mucho», «circunstancias ajenas», «revisa tu correo». Y cuando alguien por fin me lo dice a la cara, sin adornos ni excusas, me quedo callado:

—Sabes cómo funciona esto.

Sí. Lo sé. Y duele igual. Vuelvo a casa, cuelgo la bolsa tras la puerta y me dejo caer en el sofá como si cargara cien kilos en la espalda.

Echo de menos el olor de Sara. Su risa. Sus «ya te vale» en medio de mis dramas y su forma de caminar descalza por la habitación como si todo fuera suyo. Y, en el fondo, lo era. Todo era suyo.

Abro la carpeta de mi proyecto: «La casa familiar soñada».

En cuanto veo el boceto, me paralizo. Las líneas, los espacios, los detalles.

.., todo grita su nombre. Cada rincón fue pensado con ella en mente.

Cada estancia tiene algo suyo: su risa, su forma de ver el mundo y su manera de imaginar un futuro que, al parecer, ya no existe.

No puedo seguir. No puedo dibujar sin pensar en ella.

Esa casa no es solo un diseño: es su reflejo.

Es ella. Cierro la carpeta con un gesto seco.

Mañana será otro día. O no. ¿A quién le importa?

Las semanas pasan sin orden, ni ritmo ni sentido.

Voy a clase. Me siento al fondo. Tomo apuntes como un autómata.

Entrego los trabajos a tiempo. Como cualquier otro alumno.

Nadie me reconoce. Nadie me espera. Y eso, que al principio me alivia, empieza a doler de otra forma.

Como si me estuviera borrando sin darme cuenta.

Me pierdo entre los pasillos y entre los días.

Las voces a mi alrededor me parecen ajenas, como si viviera tras un cristal grueso.

Tengo ganas de entrenar, pero no me lo permiten.

A veces dejo la bolsa en la entrada y ni la toco.

Un martes por la tarde, al salir de Dibujo Técnico, escucho mi nombre.

—Eh, Archie —dice Malik, un tipo con el que he hablado un par de veces—. ¿Te vienes al bar? Hay trivial night . Dicen que eres bueno en deportes.

Tardo en reaccionar. ¿Salir? ¿Con gente? ¿Reírme? No recuerdo la última vez que hice algo así sin Sara. Ni quiero recordarlo. Me quedo mirándolo un segundo, dudando.

—Vale —respondo, sin saber muy bien por qué. Acaso porque necesito oír mi propia voz diciendo que sí a algo.

Esa noche no respondo a ninguna pregunta útil.

Ni una. Me siento fuera de lugar al principio, con el gesto tenso, los hombros rígidos y la cabeza en otro sitio.

Pero ellos me acogen como si nada, como si no hiciera falta fingir.

Y, sin darme cuenta, me río. Me río de verdad.

De una tontería que dice Clara —la chica que se sienta tres filas delante—, que resulta tener un sentido del humor tan absurdo como brillante.

Me río cuando Malik finge un acento escocés terrible.

Me río hasta que me duele un poco el pecho…

, pero de una forma buena. Por un rato se me afloja algo por dentro.

No es felicidad ni mucho menos. Pero es un respiro.

Empiezo a decir que sí con más frecuencia. A quedarme tras la clase, porque no tengo nada urgente que hacer. A tomar café en grupo. A escuchar conversaciones ajenas y, de vez en cuando, introducir algún comentario. Nadie se sorprende. Como si siempre hubiera estado allí, solo que en silencio.

Clara me pide ayuda con Dibujo Técnico. Se le atraganta la perspectiva.

Me siento a su lado en la biblioteca y empiezo a explicárselo como me enseñaba Charles: con ejemplos absurdos, figuras imposibles, puentes que cuelgan del cielo o casas con escaleras que no llevan a ninguna parte.

Ella se ríe. Me mira como si de veras creyera que tengo talento para esto.

Y mientras hablo, mientras dibujo líneas en su libreta y le muestro cómo convertir un caos de trazos en algo claro, me doy cuenta de que no me siento vacío. No del todo.

Sara sigue allí. No se ha ido. Está en mi tono de voz cuando explico con paciencia.

En la forma en que abro los brazos al hablar, como hacía con ella para exagerar las ideas.

En cada ejemplo. En cada comparación. Pero ya no es un dolor lacerante.

Es una presencia callada. Como una canción triste que ya me sé de memoria. Una que puedo tararear sin romperme.

Un domingo por la tarde suena el móvil. Es mi madre.

—Hola, cariño —dice con esa voz suave que me desarma siempre, como si pudiera ver a través de todo lo que intento esconder.

Nos quedamos en silencio unos segundos. El tipo de silencio que solo se da entre dos personas que se conocen de verdad. Y de pronto me siento como si tuviera cinco años otra vez. Como si estuviera en la cocina de casa, con las piernas colgando de la silla y las manos pegajosas de mermelada.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Lo intento —respondo con honestidad. No sé decirle otra cosa.

—Eso basta —dice ella. Y no hay juicio en su voz. Solo ternura.

Me cuenta cosas pequeñas: que ha llovido en Edimburgo toda la semana; que el gato del vecino sigue colándose por la ventana como si la casa fuera suya; que encontró una caja con cartas mías de cuando era niño, esas que firmaba «tu Archi con i».

—Qué vergüenza —me río, tapándome la cara, aunque no pueda verme.

—Te encantaba poner corazones. Eras un romántico incorregible —dice con esa risa ligera que siempre suena como una canción de cuna.

—Sigo siéndolo —respondo sin pensarlo.

Y es verdad. Aunque ahora el romanticismo me duela.

Hablamos casi una hora. De nada importante.

De todo lo esencial. Y por un rato todo lo que me pesa se vuelve un poco más liviano.

Como si con cada palabra suya me devolviera partes de mí que había guardado muy al fondo.

Al colgar, me quedo mirando el techo. Y por primera vez en mucho tiempo me siento más… vivo. Más yo.

Vuelvo al proyecto. No por la nota ni por la universidad.

Lo hago porque lo necesito. Porque si no sigo dibujando esa casa, me asfixio.

Porque es lo único que me mantiene atado a algo que aún siento real.

Me siento frente al plano en blanco y respiro hondo, como si cada línea pudiera ordenarme por dentro.

Redibujo los espacios. Modifico la cocina para que tenga más luz, como le gustaba a ella.

Añado una ventana de banco con cojines para que pueda sentarse a leer o a mirar cómo llueve.

Trazo un columpio bajo el árbol del jardín.

Un tragaluz sobre la cama, por si una noche quisiéramos mirar las estrellas sin salir.

Una pequeña estantería en el pasillo, pensada solo para libros antiguos, de esos que la apasionan.

Cada gesto en el papel es un recuerdo. Un anhelo. Un pedazo de ella que no quiero soltar. Todo está pensado para Sara. Aunque no esté. Aunque no vuelva.

* * *

Llega el final del trimestre. Me entregan el resultado del proyecto: es la nota más alta del curso. Malik me da una palmada en la espalda. Clara me envía emojis de fueguitos y un «¡Lo sabía!». Yo solo sonrío. Sigo sin entrenar y siento que me he rendido, lo que me irrita mucho.

No he llamado a mi padre y él tampoco a mí.

No quiero enfrentarme a él todavía. No mientras siga sintiendo esta rabia.

O este miedo. No sé qué es más fuerte. Pero ya no me siento tan solo.

La ciudad es la misma, pero yo ya no. No soy el Archie que se fue a Escocia con la cabeza llena de ruido.

Tampoco el que volvió con el corazón en pedazos.

Soy solo Archie. El que empieza a reconstruirse, aunque sea despacio.

Aunque sea sin ella. Y tal vez, solo tal vez, eso sea suficiente. Por ahora.

* * *

—Aquí es —le digo a Malik mientras el coche se detiene entre el barro y la hierba congelada.

Malik frunce el ceño y observa a su alrededor.

No hay nada. Solo terreno virgen, algo de nieve acumulada en las esquinas, un par de robles secos y una extensión plana que se pierde en la línea del horizonte.

El cielo está gris, pero limpio. Y hay silencio.

Un silencio distinto, como si el mundo contuviera la respiración.

—Tú estás loco —dice con una sonrisa entre dientes—. Loco de remate.

—Puede ser.

—¿Vas a construir un campo de golf aquí? ¿En serio?

—En serio. Y no uno cualquiera, sino el campo.

Malik se mete las manos en los bolsillos y mira otra vez. No me responde de inmediato. Creo que intenta entenderlo.

—¿Esto es lo que estabas planeando?

—Sí. Bueno, más bien… esto es lo que tú dijiste en broma una vez. ¿Recuerdas? Me dijiste que, si no me dejaban jugar en ningún campo…, construyera el mío.

—Tío. Era una broma.

—Pues gracias por la mejor broma de mi vida.

Malik se ríe. Observa a su alrededor de nuevo, esta vez con otros ojos. Lo noto. Cambia la forma en que pisa, como si ya estuviera caminando sobre césped recién cortado.

—¿Y vas a hacerlo tú solo?

—No. Bueno…, sí. Con ayuda. He hablado con algunos arquitectos de campos profesionales. Y he presentado una solicitud al Ayuntamiento para desarrollar el terreno como espacio deportivo. Tengo los permisos en marcha.

—¿Y el dinero?

—Parte de la herencia de mi padrastro, Charles.

Malik asiente respetuoso. Él sabe lo que Charles significaba para mí y lo que representa esto.

—Él siempre decía que debía invertir. Que debía arriesgarme.

Equivocarme. Pero hacer cosas. Dejar de vivir según los planes de otros.

—Me agacho y recojo un puñado de tierra.

Está fría y húmeda. La dejo caer entre los dedos—.

Me criaron para seguir un camino. Y cuando ese camino desapareció, me perdí.

Pero ahora…, ahora tengo esto. No sé si va a funcionar.

Pero quiero hacerlo. Quiero que exista. Un campo libre.

Sin nombres de familia grabados en mármol.

Sin puertas que solo se abren a los de siempre.

Un lugar para jugar. Para empezar otra vez.

—¿Y lo vas a llamar cómo?

Me encojo de hombros. No lo había pensado.

Mentira: lo pienso todos los días. Pero no le digo aún lo que tengo en mente.

Aún no. Pasamos casi dos horas caminando por el terreno.

Le indico dónde irá el hoyo uno. Dónde planeo construir una casa club.

Dónde podrían instalarse paneles solares para que sea autosuficiente.

Le hablo de un pequeño sendero que recorrerá el bosque que hay más al fondo y de la idea de ofrecer clases a jóvenes sin recursos para que tengan acceso a este deporte elitista sin necesidad de apellidos con linaje.

—Lo has pensado todo, ¿eh?

—Me ha costado muchos días sin dormir.

Malik me observa como quien descubre a alguien por segunda vez.

—Estoy orgulloso de ti, tío. De verdad.

—Gracias.

Y me doy cuenta de que yo lo estoy un poco también. No porque vaya a tener éxito, ni siquiera porque lo esté haciendo bien, sino porque estoy haciendo algo. Al fin. Cuando regresamos al coche, el sol ya se ha ocultado del todo. Me quedo mirando por la ventana mientras Malik espera a que arranque.

En mi cabeza, el campo ya existe. Veo las banderas ondeando, los swings en el aire y los niños corriendo por el césped.

Veo a Charles sentado en una silla de madera, sonriendo.

Veo a Sara caminando por la loma con un vestido claro, descalza, como si la tierra no le pesara.

Cierro los ojos. Voy a construirlo porque quiero, porque puedo y porque, aunque nadie me lo haya dicho aún, me lo debo.

—¿Y Sara? —pregunta Malik de pronto.

—¿Qué? —respondo sin entender, o sin querer entender.

—Cuándo vas a ir a verla —insiste al mirarme de lado—. Creo que ya es hora de que hables con ella.

Trago saliva. Miro al frente. El suelo bajo mis pies ya no parece tan firme.

Hablar con ella. Solo de pensarlo me tiembla el estómago.

¿Qué pasa si me odia? ¿Qué pasa si no quiere volver a saber de mí?

¿Qué pasa si ya no queda nada? Pero ¿y si sí?

Siento que llevo meses corriendo en círculos alrededor de esa pregunta.

Y tal vez ha llegado el momento de averiguarlo.

De dejar de esconderme tras excusas, miedos o «no es el momento».

Porque nunca va a haber un momento perfecto.

Pero esta vez puedo ser yo el que dé el paso.

—Sí —digo por fin, casi en un susurro.

Malik sonríe. Yo respiro hondo. Y sé que se acerca el momento de volver a buscarla.