Capítulo 31. Sara
Sara
Es él. El padre de Archie. No lleva abrigo, solo el traje oscuro y una expresión que no dice nada…, pero que lo dice todo.
Es imposible no fijarse en el parecido: la misma mandíbula fuerte, los mismos ojos claros, esa manera de fruncir el ceño que Archie arrastra desde siempre.
Pero hay algo en su mirada que lo hace parecer una versión más fría y dura, como si el tiempo hubiera tallado en él una armadura que Archie aún no ha terminado de forjar.
Y entonces mi mente vuela hacia Elliot. La misma intensidad en la mirada, pero con una sombra diferente, más oscura y más difícil de descifrar.
De repente, todo encaja y se desmorona a la vez.
Pienso en la familia de Archie y recuerdo las palabras de Elliot cuando me preguntó si su padre sabía de nuestra relación.
Algo me dice que este hombre que tengo delante no quiere ni verme por su culpa.
Siento que el pecho se me aprieta, como si esas miradas me clavaran agujas.
No sé qué pensar, qué sentir o qué esperar.
Archie, Elliot y su padre: tres piezas de un puzle que apenas empiezo a entender y que amenaza con romperse en mil pedazos en mis manos.
Se acerca con la misma educación medida que su hermano, aunque su sonrisa es… distinta. Fría. Blue, que parece inmune a todo, sonríe con la naturalidad de quien no sospecha nada. Lo besa en la mejilla de forma muy cariñosa y le presenta a Kylie.
—Ah, y ella es Sara. —Yo siento que me asfixio—. La novia de Archie.
Kylie se gira hacia mí. Yo me quedo petrificada.
Él me mira. Y por un segundo se hace el silencio.
Sus ojos se clavan en los míos con una expresión que no necesita palabras.
No es sorpresa. No es duda. Es otra cosa.
Algo más oscuro y contenido. Me observa como si ya supiera quién soy… y como si no le gustara nada.
—¿Así que tú eres Sara? —pregunta con una voz tan baja que parece una amenaza disfrazada de cortesía.
Trago saliva, pero no alcanzo a responder. Dice algo más, rápido y en voz muy queda; algo que ninguna de nosotras entiende. Ni siquiera estoy segura de que lo diga en inglés. Luego se da la vuelta, sin esperar respuesta, y vuelve a entrar en el coche. La puerta se cierra con un clic seco.
Nos quedamos en silencio. Blue parpadea un par de veces.
—Hostia… —murmura.
La miro.
—¿Qué has hecho, Blue?
—Mi tío no sabe que Archie y tú… Lo siento…
Silencio. Nos quedamos las tres quietas en medio de la acera, con las manos llenas de esterillas, el pelo electrizado por la bufanda y el corazón en la garganta.
Blue me dirige una mirada de disculpa lenta y torcida.
Entonces el padre de Blue se adelanta con una sonrisa educada, aunque un poco tensa.
—Perdona la reacción de mi hermano —dice dirigiéndose a mí—. No está acostumbrado a estas sorpresas. Pero, con sinceridad, estoy encantado de conocer a la novia de mi sobrino.
Su voz es fría, con una cortesía que resulta casi incómoda.
Lo miro e intento no dejarme intimidar, mientras siento que dentro de mí algo se tensa aún más.
Dentro del coche, el padre de Archie ni siquiera me mira a los ojos.
Su mirada se clava en la esquina opuesta, evitando cualquier contacto conmigo.
—Blue, tenemos que irnos ya.
—Sí, voy. Perdona, Sara.
Blue y su padre se dan la vuelta y entran en el coche sin más palabras.
Yo me quedo petrificada en la acera, con las manos todavía apretando la esterilla, sintiendo cómo el frío no solo viene del invierno, sino de ese muro invisible que él acaba de levantar entre nosotros.
El silencio se instala, pesado, hiriente, y me cuesta recordar cómo se respira.
El coche arranca sin hacer ruido y el viento helado me sacude la cara como si quisiera despertarme. Pero sigo ahí, inmóvil.
—¿Sara? —la voz de Kylie me llega amortiguada, como desde muy lejos—. ¿Qué te pasa?
Parpadeo. No me había dado cuenta de que seguía a mi lado.
—Nada… —miento.
Kylie entrecierra los ojos, frunce el ceño y me toma del brazo.
—Vamos. Estás tiritando.
—Kylie…
—Nada de Kylie. Vamos. Ahora.
Tira de mí con una fuerza inesperada y cruzamos la calle en silencio. El edificio aparece ante nosotras como un refugio, aunque hoy ni eso me reconforta. Siento que una puerta invisible se ha cerrado con violencia. Y yo me he quedado fuera.
Subimos en silencio. El ascensor tarda más de lo normal, como si el edificio también sintiera el peso de la escena que acaba de ocurrir. En el pasillo, las luces parpadean otra vez. Esta vez no me dan ganas de llorar; solo me hacen sentir más fuera de lugar.
—¿Vas a decirme qué ha pasado o piensas seguir con esa cara de «me quiero evaporar»? —pregunta Kylie al detenerse frente a su puerta.
La miro, pero no sé qué decir. Me muerdo el labio.
—No estoy segura de lo que pueda pasar ahora.
—¿Con qué? ¿Con quién? ¿Qué ha sido eso, Sara? Parecías una estatua.
—Es complicado.
Ella cruza los brazos.
—Pues lo descomplicas. Vamos. Entra. Te invito a un café y me lo cuentas como personas civilizadas.
Parpadeo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. No me vas a dejar con la intriga. Además, somos vecinas. Qué menos que una charla de pasillo con cafeína.
Y, sin darme tiempo a negarme, abre la puerta de su apartamento y me hace un gesto para que entre.
—Vamos, que no muerdo. Solo juzgo un poco.
Sonrío débilmente y entro. Su casa es acogedora y cálida, con luces suaves y olor a canela.
Me sorprende lo mucho que contrasta con el frío que traigo encima.
Nos sentamos en la cocina y, mientras Kylie prepara dos tazas, yo me quedo en silencio.
El vapor de la cafetera llena el aire con un aroma suave, pero yo solo siento frío en el pecho. Hasta que no puedo más.
—Era el padre de Archie —digo casi en un susurro.
Kylie se gira a mirarme por encima del hombro, como si ya lo hubiera sospechado.
—Eso ya lo he intuido. ¿Y?
—El hombre que iba en el coche. El segundo. El que no ha querido ni mirarme. Es su padre.
—¿Y? —repite sin juicio, pero con la curiosidad clavada en el entrecejo.
Entonces me doy cuenta de que no me estoy explicando bien.
—No le ha hecho ni pizca de gracia saber quién soy. Blue podría haberse callado…, pero no lo hizo.
Kylie me pasa una taza caliente y se sienta frente a mí.
—Pero ¿por qué? ¿Qué más da quién seas?
Bajo la vista. Miro el vapor que se escapa del café como si ahí pudiese leer una respuesta.
—No lo sé —respondo primero. Pero sí lo sé.
O al menos empiezo a intuirlo—. Bueno…, supongo que será porque Elliot le ha contado todo.
Que Archie y yo estuvimos juntos cuando yo era su profesora, que me echaron del internado por culpa de él.
Y ahora…, ahora todo encaja. El padre de Archie sabe quién soy y no me quiere cerca de su hijo.
Trago saliva. Me arden los ojos, pero no voy a llorar. No aquí.
—Elliot me lo advirtió —añado en voz baja—. Me preguntó si su padre lo sabía. Me lo dijo como si fuera una amenaza. Y yo no quise creerlo. Pensé que estaba intentando asustarme…, o hacerme daño.
Acaricio el borde de la taza con los dedos.
—Pero ahora creo que lo sabía desde el principio. Que Elliot y su padre han hablado. Y que, de alguna forma, esto estaba decidido antes de que yo llegara. Como si hubiesen trazado un plan para apartarme de Archie. Solo faltaba que me dejaran ver su desprecio en persona.
Levanto la mirada hacia Kylie.
—¿Y si se lo prohíbe? ¿Y si Archie tiene que elegir? ¿Y si… ya lo ha hecho?
Kylie deja la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Entonces, que se joda —dice sin pestañear—. Si Archie permite que su padre o su hermano decidan por él, entonces no es el chico que tú recuerdas. Ni el que merece estar contigo.
Me deja sin palabras.
—Sara, te estás partiendo la cabeza por lo que pueda pasar, por lo que quizá pase.
Pero lo que sí ha pasado, lo que ya es real, es que tú has luchado como una loca por salir adelante, por construir algo aquí.
No viniste a Chicago a suplicar que te quieran.
Viniste a ser tú. Y eso no te lo puede quitar ningún padre con cara de funeral ni ningún Elliot desde Escocia.
Apenas me doy cuenta, pero se me han llenado los ojos de lágrimas. Kylie me sostiene la mirada.
—Así que, si te va a doler, que te duela por algo que valga la pena. No por ellos.
Yo trago saliva. El nudo en la garganta sigue ahí, apretando más con cada palabra.
—Es que no soy solo yo —susurro—. No me da miedo que me odien a mí. Estoy acostumbrada. A las miradas, al juicio, a las consecuencias. Ya he perdido trabajos, ciudades, reputación…
Levanto la vista. Mis ojos se encuentran con los de Kylie y en ellos hay más miedo del que me gustaría reconocer.
—Me da miedo lo que pueda pasarle a él. Lo que le cueste estar conmigo.
Porque sé cómo funciona ese mundo. Lo he visto.
Si su padre decide que no…, si lo pone entre la espada y la pared, si lo amenaza con quitarle lo que tiene, con hundirlo profesionalmente…
, Archie podría perderlo todo. Por mí. —La voz se me rompe al decirlo—.
Y no sé si puedo cargar con eso. No sé si debo.
Kylie respira hondo. No aparta la mirada.
—Sara… —dice más suave ahora—, estás preocupada porque eres una buena persona. Pero no puedes vivir la vida por él. Ni elegir por él. Si Archie decide estar contigo, con todo lo que eso implique, será su decisión. Suya. No le robes esa libertad pensando que lo proteges.
Cierro los ojos un segundo. Me duele cada palabra porque sé que tiene razón. Y, aun así, duele más imaginar a Archie enfrentándose solo a ese monstruo de traje y sonrisa fría.
—¿Y si no puede? ¿Y si lo intenta y no le dejan?
Kylie suspira, se aparta un mechón del rostro y apoya los codos sobre la mesa.
—Sara, no sirve de nada que te mates pensando en todas las posibilidades.
Puedes pasarte la noche entera imaginando finales horribles, pero eso no cambiará lo que vaya a pasar.
Lo único que puedes hacer es esperar a que Archie vuelva y hablar con él.
Contarle lo que ha pasado. Lo que has sentido.
Lo que te preocupa. Y entonces, que pase lo que tenga que pasar.
La miro en silencio. Su forma de decirlo, sin adornos ni dramatismos, me sacude más que cualquier consuelo.
—¿Y si no vuelve igual? —pregunto en voz baja.
—Entonces ya lo sabrás. Pero no te tortures antes de tiempo. Lo que no puedes hacer es callarte. Si Archie es quien tú crees que es, va a querer saberlo. Y si no…, bueno. Mejor saberlo ahora.
Trago saliva. El café ya está frío en mis manos, pero no me importa. Kylie se pone en pie y me da un apretón leve en el hombro antes de sentarse en su sillón.
—Cuando llegue, habla con él. No huyas de lo que sientes. No te escondas. Porque si tú lo haces, no esperes que él luche.
Asiento con el corazón temblando y una certeza creciendo en silencio. Tengo que hablar con Archie. Aunque me muera de miedo, aunque duela. Porque lo que pase después… dependerá de los dos.
—Gracias por el café, Kylie —digo al ponerme de pie—. Y por escucharme. De verdad.
Ella sonríe con suavidad, ya en la puerta.
—Cuando quieras. Para eso están las amigas, ¿no?
Le devuelvo una sonrisa débil y salgo. Mis pasos suenan huecos en el pasillo mientras vuelvo a mi apartamento, con las manos en los bolsillos y la cabeza hecha un nudo.
Nada más cerrar la puerta tras de mí, me quito los zapatos y dejo caer la chaqueta en el perchero.
Enciendo la luz tenue del salón. Todo está en silencio; demasiado silencio.
Busco el móvil y marco su número. Una vez.
Dos. Pero salta el buzón. Apagado. Claro.
Todavía no ha aterrizado. Me lo dijo: «Te llamo cuando llegue». Y sé que lo hará.
Me obligo a preparar algo de cena, aunque no tengo hambre.
Dos rebanadas de pan y un poco de queso.
Un sándwich insípido que apenas consigo tragar.
Lo acompaño con agua del grifo, sin ganas de más.
Después me lavo los dientes, me pongo el pijama de cuadros y me meto en la cama.
Doy vueltas. Escucho los sonidos del edificio: una tubería que cruje, una puerta que se cierra en algún piso, el murmullo lejano del ascensor.
Pero nada de eso me distrae de lo que de veras me pesa.
Rebobino la escena una y otra vez: la mirada del padre de Archie, el modo en que se giró como si no mereciera ni verme, las palabras de Kylie flotando todavía en mi cabeza.
Y, sobre todo, espero. Espero su llamada.
Su voz. Algo que me ancle de nuevo. Tardo en dormirme, con el móvil en la mano y el pecho apretado.
Pero al final, sin darme cuenta, el sueño me vence. Y, por unas horas, todo desaparece.