Capítulo 32. Sara
Sara
El colegio está lleno de voces, de pasos por los pasillos y de un murmullo constante entre clases.
Pero yo no oigo nada. O no escucho de verdad.
Estoy en piloto automático, con una sonrisa educada para los alumnos y una palabra amable para algún profesor, pero con la cabeza en otro lugar.
En él. Reviso el móvil cada pocos minutos, aunque no haya notificaciones.
Y cuando por fin vibra, el corazón me da un vuelco.
Abro el mensaje al instante. Solo unas pocas palabras.
Archie: Cuando salga del entrenamiento voy a tu casa.
Eso es todo. Ni un «hola», ni un «he llegado bien», ni un «te echo de menos». Solo eso. Cortante y seco. Tecleo deprisa.
Yo: Vale. ¿Estás bien? Llámame cuando puedas.
Lo envío y espero. Un minuto. Cinco. Diez. Nada. Marco su número. Suena. Pero no contesta. Y, aunque intento obligarme a pensar que está ocupado, que aún no ha visto mi mensaje, que tal vez solo necesita tiempo…, la ansiedad me sube por la garganta como una ola.
Las horas pasan lentas. Cada clase, cada pausa y cada saludo se sienten innecesarios. Un decorado sin sentido. Cuando por fin termina la jornada, me quedo un segundo frente a la puerta del colegio. Hace frío, hay viento y estoy cansada. Pero no quiero volver a casa a esperar. No puedo.
Abro el mapa en el móvil y tecleo: «Ridge Country Club».
El punto aparece al norte, no tan lejos.
Podría llegar en metro y luego caminar, o quizá combinar con un autobús.
Calculo la hora. Tal vez si me doy prisa llegue antes de que termine el entrenamiento.
Tal vez me vea. Tal vez podamos hablar de frente.
Sin filtros. Sin mensajes fríos. Sin fantasmas entre nosotros.
Guardo el móvil, me subo la bufanda y empiezo a caminar hacia la estación con una sola idea en la cabeza: no voy a perderlo sin luchar.
El Ridge Country Club se extiende ante mí como un espejismo helado en mitad del invierno.
El césped, aunque cuidado, está endurecido por el frío, y el lago que se ve a lo lejos refleja el gris del cielo como un espejo roto.
Me bajo del autobús con las mejillas ardiendo por el viento y los dedos entumecidos.
No tengo ni idea de si he llegado a tiempo, pero camino deprisa, siguiendo los carteles, hasta que empiezo a escuchar el clic seco de los golpes.
Y entonces lo veo. Archie.
Está solo en el campo de prácticas, con un gorro negro cubriéndole la cabeza y un abrigo fino sobre la ropa deportiva.
El viento le azota el rostro, pero no parece notarlo.
Se prepara, flexiona las piernas, eleva el palo…
y golpea con precisión. El sonido del impacto es limpio, firme y profesional.
No me ha visto. Me quedo donde estoy, tras una hilera de arbustos que flanquean el camino, oculta por la distancia y el silencio.
No hago ni el intento de llamarlo. Solo lo observo durante varios minutos.
Golpea una bola tras otra, con una concentración que me deja sin aliento.
No es el chico de bachillerato que conocí hace un año.
No es el alumno que escondía el talento bajo capas de rabia.
Es… otra cosa. Es un jugador. Uno de verdad.
De repente me doy cuenta de cuánto ha cambiado en estos meses.
Lo mucho que ha mejorado: su postura, su control, su enfoque.
Lo lleva en la sangre, en los gestos y en los silencios.
El golf es lo suyo. No porque se lo impusieran ni por complacer a nadie; es porque ahí, en ese campo, parece respirar de otro modo.
Y yo estoy aquí, con los pies helados, el corazón en la garganta y la certeza incómoda de que tal vez… yo no formo parte de ese mundo. Pero lo quiero. Lo quiero tanto que me duele. Respiro hondo y salgo de mi escondite. Es hora de hablar.
Me decido a cruzar el campo. Camino con paso firme, aunque por dentro todo se tambalee. Archie sigue practicando, absorto en su rutina y por completo ajeno a mi presencia. Me acerco por el sendero lateral, intentando no llamar la atención, cuando una voz seca me detiene.
—¿Qué haces aquí?
Me giro en seco. Su padre. El mismo hombre que no quiso ni mirarme en la calle. Va impecable, como siempre: traje gris oscuro, abrigo largo, manos enguantadas a la espalda, y esa expresión medida, contenida…, peligrosa.
Trago saliva.
—He venido a hablar con Archie.
Me sostiene la mirada un segundo interminable antes de negar con la cabeza, como si yo fuera una niña que no entiende nada.
—No tiene nada que hablar contigo. Archie está donde debe estar. —Su tono es tan frío que me cala más que el viento invernal—. No le haces bien. Lo distraes. Y él no puede permitirse distracciones ahora.
No sé qué decir.
—El golf es su vida. Es su futuro. No lo eches a perder otra vez.
Sus palabras me atraviesan. «Otra vez». Siento un nudo formarse en mi garganta. Lo miro con los labios apretados. Y por un segundo…, dudo. ¿Tiene razón? ¿De verdad soy una distracción? ¿Un obstáculo?
—Yo no…
No termino la frase. A lo lejos, Archie se prepara para otro golpe, pero me ve.
Nuestros ojos se cruzan solo un segundo.
Solo una mirada. Y entonces falla. El palo roza mal la bola, que cae a un lado, torpe, sin fuerza ni dirección.
Cierro los ojos. Lo he desconcentrado. Lo he interrumpido.
Tal vez su padre tenga razón. Tal vez yo nunca debí haber venido.
Archie alza la vista otra vez. Nos ve a su padre y a mí.
No lo duda ni un segundo. Camina hacia nosotros con paso firme y decidido, con el palo aún en la mano y la mandíbula tensa.
Su cuerpo entero es un torbellino contenido.
A cada paso que da, mi respiración se hace más corta.
No quiero que me vea así. No quiero que piense que he venido a discutir con su padre ni a meterme donde no me llaman.
Retrocedo un poco, apenas un paso, pero él lo nota.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta mientras clava los ojos en su padre, sin apartar la vista ni un momento.
No le responde. Archie desvía entonces la mirada hacia mí, con el ceño fruncido, entre confundido y molesto.
—Sara. ¿Qué haces aquí?
No sé qué responder. Porque lo sabía hace una hora, cuando decidí venir a darle una sorpresa; cuando me pareció buena idea demostrarle que estoy con él y que no le tengo miedo a su mundo.
Pero ahora, con su padre al lado, con ese fallo reciente y con esa acusación en los ojos… , ya no estoy tan segura.
—Yo… solo quería hablar contigo —consigo decir al bajar la mirada.
—¿Hablar de qué? —pregunta, más suave ahora, pero sin perder la tensión del rostro.
—No aquí —murmuro, sin atreverme a levantar los ojos del suelo—. No delante de tu padre.
Lo noto desconcertado, enojado y herido. Su padre ni se inmuta. El silencio que se instala es espeso y eléctrico. Y todo lo que siento es que estoy de más. Que esta escena no me pertenece. Que quizá he cruzado una línea que no debía.
—¿Por qué no quieres hablar delante de mí? ¿Quién eres tú? —espeta su padre con una sonrisa helada, sin mirarme siquiera—. ¿Una fan? ¿Una profesora nostálgica? ¿Una distracción pasajera?
Sus palabras me cortan como cuchillas, porque no las esperaba; ni ese tono ni esa crueldad. Por un segundo me falta el aire. Pero Archie no vacila.
—Es mi novia —dice alto y claro.
El silencio que sigue es atronador. Su padre lo mira por fin, con una mezcla de incredulidad y asco. Pero Archie da un paso más y se coloca un poco delante de mí, como si quisiera protegerme y como si me defendiera sin preguntarme si deseo que lo haga.
—Y más te vale ir acostumbrándote a verla, porque va a estar cerca. Mucho. A partir de ahora —remata sin apartar la vista de su padre ni un segundo.
No sé qué decir ni qué sentir, porque todo está pasando tan rápido que mi cerebro apenas puede procesarlo. Pero sí sé una cosa: Archie me está eligiendo. Y eso, aunque me aterre por lo que implica, también me atraviesa como una chispa que enciende algo dentro de mí.
—¿Estás seguro? —pregunta su padre despacio, con una calma que da miedo—. ¿Vas a elegir a esta chica antes que todo lo que te estoy ofreciendo?
Archie no responde de inmediato. Yo siento que me hundo. Me vuelvo pequeña y minúscula, como si su presencia pudiera borrarme solo con una mirada. Pero Archie no se mueve. No duda.
—Sí. Estoy seguro.
La mandíbula de su padre se tensa. Luego suelta una risa seca y amarga.
—Piénsatelo bien, Archie. Porque si haces esto.
.., si la eliges a ella, lo pierdes todo.
No va a quedarte ni un centavo. No va a quedarte una casa.
No va a quedarte ni un puto palo de golf.
Te vas a dar de bruces con la vida real.
Y ahí no hay comodines, ni apellidos, ni papá que te salve.
Y cuando estés ahí fuera, empapado, solo, sin nada… , ya no será mi problema.
Lo dice sin alterarse y sin levantar la voz. Y precisamente por eso da tanto miedo. Archie no se inmuta. Solo repite, sin apartar la vista de su padre:
—Entonces ya estás tardando.
Por un momento pienso que va a golpearlo o a decir algo peor.
Pero el hombre solo resopla indignado, gira la cabeza con desprecio y se da la vuelta.
Camina con la espalda recta y los puños cerrados, alejándose sin mirar atrás.
Solo cuando desaparece de nuestra vista me atrevo a respirar.
Y entonces me doy cuenta de que estoy temblando.
Pero no de frío, sino de todo lo que acaba de pasar, y de lo que puede pasar ahora.
Archie no dice nada durante unos segundos.
Se limita a mirar el punto por donde su padre ha desaparecido.
La mandíbula apretada. Los puños, igual.
Sé que le hierve la sangre. Lo conozco y sé que por dentro está al borde del estallido.
Pero también sé que se está conteniendo por mí.
Cuando al fin gira la cabeza hacia mí, su expresión cambia.
Apenas, pero cambia. Se le nota el esfuerzo en el gesto, en los hombros que intenta aflojar, en el tono que fuerza para sonar tranquilo.
—Lo siento —dice, bajando un poco la voz—. No tenía por qué hablarte así.
Yo no sé ni qué decir. Tengo el corazón en la garganta y un nudo en el estómago.
—Archie…
Él da un paso hacia mí.
—No pasa nada —añade—. Está cabreado. Pero se le pasará. Siempre se le pasa. Es su forma de marcar límites.
Yo no puedo evitar mirarlo con los ojos muy abiertos. ¿De veras? ¿Eso es todo lo que piensa?
—¿De verdad crees que esto se le va a pasar?
Él se encoge de hombros. Intenta parecer más relajado de lo que está, pero se le nota la tensión en los dedos y en la forma en que mira hacia un lado, esquivando mi expresión.
—¿Y si no lo hace, Archie? —le pregunto—. ¿Y si…?
Me callo. Ya estoy haciendo lo que juré que no haría: ponerle más peso encima. Y él lo nota. Da un paso más y me rodea con los brazos.
—Shhh… —murmura mientras me aprieta contra su pecho—. Te echaba de menos. Eso es lo único que me importa ahora.
Yo me quedo quieta. No sé si abrazarlo o decirle que abra los ojos. Su perfume me envuelve. Su voz también. Y por un instante, me dejo ir. Pero muy dentro de mí, algo ya no encaja. No por él. Sino por todo lo que nos rodea. Y no puedo evitar pensar: «¿Y si esto es solo el principio?».
—Acompáñame —dice Archie sin soltarme del todo—. Voy a recoger mis cosas y nos vamos.
Asiento en silencio y caminamos juntos hacia las instalaciones.
Él sigue con la mandíbula apretada y en modo automático, como si el cuerpo le funcionara, pero la cabeza estuviera en otra parte.
Entramos en el vestuario y Archie se dirige directo a su taquilla.
Abre la puerta con fuerza, toma su mochila de entrenamiento y empieza a buscar.
—Las llaves… —murmura mientras rebusca con una mano.
Yo me acerco y lo observo. Cada vez se mueve con más rapidez y tensión.
—¿No están?
—No. Estaban aquí. Siempre las dejo en el bolsillo lateral.
Se agacha, vacía parte de la mochila y gira la bolsa entera sobre el banco. Nada. Yo también miro a mi alrededor; lo ayudo a buscar entre las toallas, bajo los bancos y en los compartimentos.
—¿Seguro que no las dejaste dentro del coche?
—No. Estoy seguro.
Nos miramos. Y, sin decir más, salimos hacia el aparcamiento. La brisa de la tarde es gélida. Archie se adelanta unos pasos, escaneando con la mirada el lugar… hasta que se detiene en seco. El coche no está.
—No… —susurra.
Yo llego junto a él y lo miro.
—¿Seguro que era aquí?
Él no responde. No hace falta; lo veo en su cara. Su padre se lo ha llevado.
—Se lo ha llevado —murmura como si necesitara oírlo en voz alta para creerlo—. Ha cogido mi coche.
—¿Tu coche?
—Bueno, es suyo. Todo lo que uso… es suyo.
Se pasa las manos por el pelo y da una vuelta sobre sí mismo como si buscara alguna lógica o alternativa, pero no la hay. Es un castigo: directo, inmediato y cruel.
—No ha dicho una palabra. Ni una —masculla con los dientes apretados—. Solo ha venido, ha soltado su amenaza, y se ha llevado el coche como si yo fuera un niño al que le quita el juguete.
Yo lo miro. Quiero decirle algo que lo alivie, pero nada suena bien. Nada sirve.
—¿Quieres que pidamos un taxi?
Archie niega con una mezcla de rabia e impotencia en los ojos.
—No. Vamos andando. Necesito despejarme. O romper algo. Lo que ocurra primero.
Y empezamos a caminar. Sin coche, sin llaves y sin certezas. Con una sola cosa clara: su padre acaba de declarar la guerra. Caminamos sin decir nada.