La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 30. Sara
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Capítulo 30. Sara

Sara

Hace frío. Un frío de esos que se meten bajo la ropa y se quedan ahí instalados.

Salgo del colegio con las manos en los bolsillos, el gorro calado hasta las cejas y la bufanda cubriéndome casi toda la cara.

No hay nadie en la puerta más que un par de profesores que se despiden con presteza antes de echar a correr hacia sus coches.

Yo camino despacio, como si no tuviera prisa por llegar a casa. Y en realidad no la tengo.

Antes de las vacaciones de Navidad, a veces lo esperaba en el gimnasio, otras nos encontrábamos en el apartamento para cenar o simplemente para tirarnos en el sofá a no hacer nada. Y ahora…, ahora es como si todo eso hubiera sido parte de una vida que ya no está.

Bruce me ha preguntado por él esta mañana; también por Diana.

Ha oído lo de Charles, claro. Le he contado que estuve en Escocia y que el funeral fue hace dos días.

No he querido dar muchos detalles. ¿Qué voy a decir?

¿Que Archie está roto por dentro y yo no puedo hacer nada?

¿Que regresé con la sensación de que debía quedarme a su lado?

Cuando llego a mi edificio, empujo la puerta y una ráfaga de aire caliente me golpea la cara. El contraste con el exterior me deja los ojos húmedos, aunque puede que no sea solo por eso. En la recepción está el portero de siempre, Frank, ojeando un periódico viejo tras el mostrador.

—Buenas tardes, señorita Pérez —dice con una sonrisa amable.

—Hola, Frank.

—¿Recién llegada del trabajo? Bueno, ya queda menos para el viernes. Le han traído un paquete esta mañana.

Parpadeo, algo sorprendida.

—¿Sí? ¿De quién?

—No ponía remitente, solo su nombre. Lo subí a su apartamento, como de costumbre.

—Gracias.

Le devuelvo una sonrisa débil antes de dirigirme al ascensor.

La puerta se abre con un chirrido metálico.

Dentro huele a desinfectante y ambientador.

Pulso el botón del quinto piso y me apoyo en la pared mientras siento cómo el ascensor asciende con lentitud.

Cuando se abren las puertas, me encuentro de frente con Rhys.

Lleva ropa de deporte, una camiseta sin mangas que deja ver los tatuajes de sus brazos y una botella de agua en la mano.

Parece recién salido de un anuncio de gimnasio.

—¡Ey, pelirroja! —me saluda con una sonrisa amplia—. ¿Vuelves ya?

—Sí, acabo de salir del colegio —respondo, intentando que mi voz suene normal.

—¿Vienes al gym ? —Me hace un gesto con la cabeza—. Hoy toca piernas. Prometo no hacerte sufrir mucho.

Me río apenas un poco.

—Gracias, pero paso. Creo que hoy me conformo con sobrevivir.

Rhys me observa un segundo más de la cuenta, como si notara algo extraño en mi tono, pero no insiste.

—Otro día entonces. Si cambias de opinión, estoy abajo.

—Lo tendré en cuenta —miento.

Paso junto a él y camino por el pasillo.

Las luces siguen parpadeando, como si el edificio también tuviera un mal día.

Busco las llaves en el bolso con manos torpes, abro la puerta del apartamento y entro.

El silencio me envuelve de inmediato, como una manta pesada.

Dejo el bolso en la encimera, me quito las botas y me quedo allí, de pie, mirando el sofá.

Está todo en su sitio, como siempre. Pero todo se siente distinto: vacío, frío. Como yo.

Antes de dejarme caer en el sofá, miro el móvil.

Son las cinco y once de la tarde. En España ya son más de las once de la noche.

Hoy es la cabalgata de Reyes. Aunque ya no haya niños en casa, mis padres siguen yendo.

Por costumbre, por nostalgia o por simple terquedad.

Y, justo a esta hora, seguro que ya han vuelto.

Me imagino a mi madre quitándose el abrigo en la entrada y a mi padre quejándose del frío mientras saca caramelos del bolsillo.

Entonces lo veo: el paquete. Está sobre la mesa, justo donde Frank dijo que lo dejó.

La caja está decorada con rotuladores de colores, llena de estrellas, corazones y dibujos torpes que reconozco al instante.

Frases como «te queremos», «abrir solo en caso de emergencia emocional» y «sorpresa de tus Reyes Magos» están escritas con la letra de mi madre: grande y enérgica.

Sonrío, aunque se me llenan los ojos de lágrimas.

Claro que es suyo. Solo ella haría algo así.

Acaricio uno de los bordes con la yema de los dedos, pero no lo abro todavía.

Quiero hacerlo con ella al teléfono. Como si estuviéramos juntas en el salón de casa. Sonrío sin querer y marco su número.

—¡Hola, mi niña! —contesta mi madre al primer tono con esa alegría que siempre me rompe un poco por dentro.

—Hola, mamá. ¿Ya estáis en casa?

—Sí, hace nada. ¿Te puedes creer que tu padre ha logrado robar otra bolsa de caramelos a los niños? —Escucho risas de fondo y su voz que protesta en broma. Me río.

—No cambia nunca.

—Y tú, ¿qué?, ¿cómo estás? ¿Ya en casa?

—Sí. Me vine directa del colegio. Hace un frío horrible. Estoy congelada.

—¿Y qué tal el día?

—Raro. Ver a todos, volver al edificio…, me sentí como desconectada. Es como si todo hubiera cambiado. Echo de menos a Archie.

Ella guarda silencio un segundo. No necesita decir nada. Su silencio es más elocuente que cualquier frase de consuelo.

—Desde luego que sí, cariño. Es normal. Pero estás ahí, ¿no? Sigues. Eso también cuenta. Y en nada vuelve.

Me echo la manta encima, esa de cuadros rojos que compré el primer mes que llegué.

Es fea, pero abriga. Y mientras ella me cuenta cómo ha ido la cabalgata, cómo el rey Baltasar ha saludado a la tía o cómo casi se cae la abuela del bordillo, yo cierro los ojos.

Y por un momento, aunque siga aquí, aunque esté lejos, me siento en casa.

—Por cierto —dice de pronto con tono travieso—, ¿te ha llegado algo hoy?

Me río por lo bajo.

—Lo tengo delante. Acabo de verlo. Está pintado como si lo hubiera decorado un grupo de niños en una excursión.

—¡Es arte moderno maternal! —responde ella, fingiendo indignación—. Ábrelo. Venga, quiero estar cuando lo veas.

Me incorporo, cruzo las piernas y acerco la caja.

Rompo con cuidado el precinto de los bordes y, al abrirla, un aroma suave a colonia y lavanda se escapa.

Dentro hay una bufanda de lana tejida a mano, en tonos burdeos y crema.

Mi color favorito. Un pequeño bote con turrón casero envuelto en papel de cocina, dos polvorones medio deshechos en papel de aluminio y una caja de chocolate con una nota que dice: «Para cuando te duela el alma».

También hay una foto. Una antigua, de cuando era pequeña y estaba subida a hombros de mi padre durante una cabalgata, con la cara llena de chocolate y una corona de papel dorado.

La tomo con cuidado. Me tiemblan los dedos.

—Mamá…

—La tejí en secreto para que no lo vieras cuando viniste. Y sí, he metido polvorones. Sé que odias que se rompan, pero no me aguanté.

—Gracias —susurro—. De verdad. No sabes cuánto lo necesitaba.

—Sí lo sé —responde con suavidad.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Yo, con la bufanda en las manos.

Ella, al otro lado del teléfono, seguramente también con un nudo en la garganta.

Justo entonces suena el timbre. Frunzo el ceño.

No espero a nadie. Miro el reloj: las cinco y treinta y siete de la tarde.

¿Será Rhys? ¿O algún paquete más? Qué extraño.

—Mamá, te dejo. Han llamado a la puerta.

—¿A estas horas? ¿Quién es?

—Ni idea. Luego te escribo, ¿vale? Gracias por todo. Te quiero.

—Te queremos. Abrígate.

Cuelgo. Camino hacia la puerta y miro por la mirilla.

Genial. Abro. Blue y Kylie están ahí, sonrientes, vestidas con capas imposibles de ropa deportiva térmica, como si acabaran de salir de un catálogo de yoga polar.

Blue lleva una esterilla colgada al hombro y Kylie sujeta un termo humeante entre las manos.

—¡Hola, preciosa carámbano! —dice Blue con una sonrisa radiante.

—Te echamos de menos, así que hemos venido a secuestrarte —añade Kylie, entrando sin pedir permiso.

—No, no, no. Esperad. Ni de broma. Con el frío que hace no pienso ir al parque a hacer yoga. Estáis locas.

—Lo sabemos —responde Blue mientras cruza el umbral tras Kylie.

Intento cerrarle la puerta en broma, pero empuja con la cadera y se cuela.

—En serio, chicas, hoy no. Estoy congelada, agotada, destrozada en lo emocional y…

—Por eso mismo —dice Kylie mientras se deja caer en el sofá como si fuera suyo—. Nada mejor que un poco de aire helado y estiramientos ridículos para resetear el alma.

—Además —añade Blue, señalando la bufanda que aún tengo en las manos—, tienes que estrenar eso. Es perfecta para una sesión espiritual al aire libre con vistas al lago helado.

Resoplo. Me cruzo de brazos.

—Sois peores que los Reyes Magos.

—Los Reyes traen regalos. Nosotras traemos sabiduría milenaria y café caliente —dice Kylie mientras levanta su termo.

Sus risas llenan el apartamento. Por dentro, una parte de mí quiere decir que no; quedarse aquí con la manta y el turrón.

Pero otra parte…, otra parte agradece la interrupción.

Al fin cedo. No sé si porque me han acorralado, porque no quiero estar sola o porque Blue me ha puesto su gorro de lana con orejitas de oso por encima del abrigo mientras cantaba Let it go sin ningún tipo de pudor.

—Vale, pero una cosa os digo —gruño mientras bajamos por la acera resbaladiza—: si se me congelan los dedos de los pies, vais a tener que amputármelos vosotras mismas.

Kylie se ríe sin pizca de compasión.

—No seas dramática. Este aire gélido rejuvenece. Mira mi cara: hidratación natural.

Llegamos al parque. Está casi vacío. Solo un par de corredores enmascarados hasta las cejas y un tipo paseando a un perro que parece un reno.

El lago está por completo helado. La superficie refleja la luz mortecina de las farolas, como si alguien hubiera extendido una sábana de cristal sobre la ciudad.

El aire duele en los pulmones, pero hay algo…

limpio en él. Blue despliega las esterillas sobre la nieve pisoteada.

Miro alrededor, dudo si de verdad quiero ponerme a hacer posturas de yoga aquí, con este frío que congela a cualquiera.

—Venga, que no muerde —dice Blue al tiempo que me da una palmada en la espalda.

Nos sentamos en postura de loto, o algo que pretende serlo. El frío traspasa mis pantalones y me dan ganas de salir corriendo, pero entonces Kylie empieza a guiarnos con su voz calmada:

—Respira. Siente el aire. Suelta todo lo que pese.

Cierro los ojos. Inspiro. El aire helado me pincha la nariz y la garganta, pero también despeja algo que llevaba apretado desde que llegué a Chicago. Escucho el crujido lejano del hielo, el viento que mueve las ramas desnudas y, de repente…, me siento ligera.

—Sonríe, Sara —susurra Blue mientras se estira como un gato sobre la esterilla—. Esto es terapia gratis. Y, por cierto…, mi primo vuelve mañana.

Abro un ojo y la miro de reojo, sin cambiar de postura.

—¿Esto forma parte de la terapia o del chantaje emocional?

—Un poco de ambas —contesta ella con una sonrisa inocente que no engaña a nadie—. Vamos, admítelo. Entre el yoga, el frío y la información privilegiada, ya te sientes mejor.

—No pienso darte la razón —murmuro, pero no puedo evitar reírme—. Además, no es nada privilegiada, ya lo sabía.

Y sonrío. Sonrío de verdad.

Cuando abrimos los ojos, el cielo está teñido de un azul profundo y las primeras luces de los edificios se reflejan en el hielo del lago.

La ciudad parece una postal congelada. Por primera vez en días, mi cabeza está en silencio: sin Archie, sin el colegio, sin la soledad de mi apartamento.

Solo yo, el frío y el mundo que sigue girando.

—¿Ves? —dice Kylie, levantándose para estirar los brazos al cielo—. No estamos tan locas.

—Bueno…, un poquito sí —respondo mientras me río y el vapor de mi aliento se mezcla con el aire helado.

Para mi sorpresa, me gusta. La clase termina entre risas, estiramientos mal hechos y manos congeladas. Recogemos las esterillas con dedos torpes y volvemos a caminar de regreso, las tres envueltas en capas de ropa, bufandas y la euforia inesperada de haber sobrevivido al yoga invernal.

—No quiero decir que os odio, pero os odio —murmuro cuando me froto las manos.

—Lo dices con una sonrisa —responde Kylie.

—Es el entumecimiento facial, no te emociones.

Estamos cruzando la calle cuando un coche negro, brillante y enorme se detiene justo delante de nosotras. Las luces cortas iluminan la acera y por un instante nos detenemos, confundidas. Desde dentro, dos hombres con traje nos observan de arriba abajo con una expresión que no termino de descifrar.

—Tranquilas —dice Blue de inmediato con una risita—. Es mi padre.

El del asiento del conductor baja primero. Es un hombre elegante e imponente incluso con el abrigo largo y la bufanda bien colocada. Se acerca con paso firme y una sonrisa suave en los labios.

—Buenas tardes, señoritas —saluda con un tono educado, casi ensayado—. ¿Pasando frío?

—Un poco —responde Kylie, simpática como de costumbre.

Yo asiento e intento no parecer incómoda. Blue le da un beso en la mejilla como si fuera lo más normal del mundo.

—Papá, ella es mi profesora de yoga, Kylie, y esta es Sara.

Antes de que pueda decir nada, la puerta del acompañante se abre y el segundo hombre baja del coche. Lo reconozco en cuanto pone un pie en la acera.