La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 27. Sara #2
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Capítulo 27. Sara #2

Los matasuegras vuelan por el aire cada cinco minutos.

Alguien los hace sonar con fuerza sin venir a cuento y todos saltamos del susto.

Mi tía no deja de lanzar confeti sobre la comida, asegurando que da suerte.

Mi padre ha puesto música de fondo, una lista que va de Mecano a Queen sin transición posible.

Elizabeth está en su salsa. No para quieta.

Ríe, baila, se sube a una silla para dar un discurso que nadie entiende y luego intenta convencer a la abuela de que pruebe un cóctel sin alcohol que ha preparado ella misma con zumo de piña, granadina y una cereza flotando.

—Esto es como vivir en una película —le dice a mi prima—. Pero en vez de Nueva York, es Ibiza. ¡Mucho mejor!

Archie la observa de reojo con una sonrisa tranquila que no se le ha borrado en toda la noche. Me acerco a él y le susurro:

—Gracias por fingir. De verdad.

Él no responde con palabras. Solo me toma de la mano bajo la mesa y la aprieta.

A las doce menos cinco, mi madre reparte las uvas en vasitos de plástico numerados.

Elizabeth las cuenta en voz alta como si fuera la responsable oficial de la tradición.

Scott ladra como si supiera que algo grande está a punto de pasar.

Todos se levantan. Las campanadas suenan desde la televisión del salón, que hemos girado para verla todos.

Y entonces…, silencio.

Primera campanada. Todos atentos. Una uva. Segunda. Archie ya se atraganta. Cuarta. Mi abuela va por la tercera. Sexta. Confeti anticipado. Décima. Mi tía escupe la uva de la risa. Duodécima. Gritos, abrazos, brindis, besos. Año Nuevo.

—¡Feliz año! —grita Elizabeth mientras me abraza fuerte—. ¡Este va a ser el mejor!

Y yo, aunque sé que mañana volvemos a Escocia, aunque sé lo que nos espera, no puedo evitar pensar que tiene razón. Porque este momento, esta risa, esta locura con gorros y matasuegras…, son de los que se quedan para siempre.

Cuando los fuegos artificiales se apagan sobre el mar y las bengalas se consumen entre las manos, mi prima Val sugiere que bajemos al puerto.

Que vayamos al local de siempre, ese donde, pase lo que pase, hay ambiente.

Mi madre nos da vía libre con una mirada que dice «sabed volver» y Elizabeth protesta, claro, que ella también quiere venir, que no es justo.

Pero mi padre ya se ha adelantado y le promete dejarla ver una película en el salón mientras se come lo que queda del roscón. Se le pasa el enfado enseguida.

Así que nos vamos. Alba, Laura, Lu, Archie, Marcos, Val y yo, caminando entre farolas y risas, con los tacones en la mano y el confeti todavía pegado al pelo.

El puerto está lleno de vida, como si la isla no quisiera dormir nunca.

El local, por supuesto, está como siempre.

Nos conocen. Nos saludan por nuestros nombres.

Y aunque la música cambia cada año, el espíritu sigue siendo el mismo.

Tiene farolillos de colores, funk mezclado con clásicos de los dos mil y mesas bajas con sofás en los que nos dejamos caer como si no nos hubiéramos reído en todo el año.

—Esto sí que es empezar bien —dice Alba, alzando su copa con una sonrisa desbordante.

—Sara, ¿cómo has sobrevivido un invierno sin esto? —pregunta Laura, soltando una carcajada.

—De milagro —respondo, dejándome caer hacia atrás con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá—. Aunque reconozco que se echa de menos más cuando vuelves.

Brindamos. Ríen. Reímos. Y cuando Archie aparece al fin con unas cervezas frías, las chicas lo reciben como si fuera uno más desde siempre.

Lu le lanza una servilleta arrugada que le da de lleno en la cara y le arranca una risa; Alba le pregunta por el golf como si fuera un viejo colega al que le sigue la pista y Laura lo observa con esa mirada analítica suya, como si ya tuviera una teoría, pero aún no quisiera soltarla.

Y él… encaja. Se ríe, responde, se deja llevar. Cuando suena una canción que reconozco al instante, lo tomo de la mano sin pensarlo.

—Ven —le digo, arrastrándolo entre risas hacia el pequeño rincón improvisado como pista de baile.

Él duda medio segundo, pero acaba siguiéndome.

Bailamos sin pensar, con los cuerpos sueltos, las risas fáciles y los brindis que van y vienen.

Me subo a sus pies como una niña y él me sostiene de la cintura para no perder el equilibrio.

El roce es constante. La música lo envuelve todo.

Hay algo eléctrico en el aire. En algún momento, nuestros rostros quedan cerca. Más cerca de lo necesario.

—Me gusta esto —murmura él con la voz más grave de lo habitual—. Tú, así. Riéndote. Bailando. Brillando como si el resto del mundo no importara.

Mi cuerpo responde antes que mi mente: una corriente cálida me recorre de arriba abajo. El alcohol me sonroja las mejillas. Me acerco un poco más. Su respiración roza la mía.

—A veces —le digo sin dejar de mirarlo—, el resto del mundo realmente no importa.

Sus manos en mi cintura se afianzan. Las mías se deslizan por su nuca, por su pelo. Nos movemos al ritmo de la música, pero ya no estamos bailando: estamos tocándonos con cada nota. El sudor, el calor, las luces suaves; todo es una excusa. Todo arde.

—Dime que esta noche no quieres pensar —susurra con la voz rasgada.

—No quiero —respondo.

Y, aunque no nos besamos, aunque el momento se estira como una cuerda a punto de romperse, sé que lo haremos. Que es inevitable. Que estamos jugando con fuego y, por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de quemarme.