La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 28. Sara
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Capítulo 28. Sara

Sara

Esa última noche en Ibiza había sido perfecta: risas, brindis y abrazos bajo un cielo lleno de luces. Una Nochevieja en familia y con amigos que aún me dejaba calor en la piel, como si todo hubiera estado bien por unas horas.

Pero al despertar, Elizabeth había llorado.

Para ella, Ibiza había sido un paréntesis, un respiro luminoso donde Charles parecía estar lejos del dolor.

Allí no lo había visto apagarse, y volver a Escocia era volver a la realidad.

Regresamos al mediodía y ahora me encuentro sentada en uno de los bancos del pasillo del hospital, con el móvil pegado a la oreja.

—Los he dejado a solas, en familia —digo en voz baja—. Sé que Archie me necesita, pero… también necesita esto. Despedirse como familia. Estar con Charles sin pensar en mí ni en nadie más.

Mi madre guarda silencio unos segundos al otro lado del teléfono.

—Has hecho bien —responde al fin, con esa calma que siempre me ancla—. No es fácil estar ahí, Sara. Estoy orgullosa de ti.

Asiento, aunque no puede verme.

—No sé si sirve de algo, pero… estoy aquí.

—Eso ya lo es todo.

Nos despedimos y cuelgo con un suspiro. Me dejo caer hacia atrás y apoyo la espalda en la pared fría del hospital.

La bata blanca de una enfermera cruza el pasillo.

Los pitidos suaves de una máquina suenan en alguna habitación cercana.

Todo es pulcro, estéril, demasiado tranquilo para el dolor que habita dentro.

Respiro hondo. Miro al techo. Después, a los lados. Mis ojos se pierden en los detalles: los botes de gel hidroalcohólico, los carteles sobre higiene, el fluorescente que parpadea un poco al fondo. Y entonces lo veo.

Elliot.

Está ahí, como salido de la nada. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa expresión indescifrable de siempre.

Frío. Elegante. Imperturbable. Ni rastro de culpa en su rostro.

Ni un atisbo de duda. Todo mi cuerpo se tensa.

La mirada se me endurece al instante. Él me observa.

No dice nada. Tal vez espera que yo sí lo haga.

Pero no puedo. No quiero. Porque frente a él no siento nervios ni ese cosquilleo idiota de otras veces.

Solo un nudo en la garganta y una rabia tan silenciosa como antigua.

Porque fue él. Él lo empezó todo. Él me tendió una trampa con palabras bonitas y falsas sonrisas.

Él arrastró mi nombre al barro y me dejó caer sin remordimientos.

Él me quitó lo que más quería. Y aún no lo he perdonado. Ni pienso hacerlo.

Elliot se despega de la pared con una lentitud calculada. Sus pasos resuenan sobre el suelo de baldosas como un eco molesto que no puedo evitar seguir con la vista. Se acerca con las manos en los bolsillos y la mirada fija en mí.

—Sara —saluda, como si nada—. Qué sorpresa. ¿Qué haces aquí?

No responde con afecto ni con hostilidad. Solo emplea ese tono neutro y pulido que siempre usó como escudo. Como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Como si no se hubiera convertido en el motivo por el que lo perdí todo.

—¿Qué hago aquí? —repito, sin moverme del banco—. Estoy con Archie.

Él alza una ceja.

—¿Estáis juntos? —La pregunta es suave, pero cargada. Casi suena a burla. Me pongo de pie sin pensarlo, el corazón me late en las sienes.

—No hables como si tuvieras derecho a preguntar eso —le espeto—. Como si lo nuestro no hubiera existido. Como si no me hubieran despedido por tu culpa.

Su mirada se endurece apenas un segundo.

—No era mi intención que te echaran —miente con un suspiro—. Pero tampoco fingiré que no sabías en lo que te estabas metiendo.

—¿De veras? —suelto al tiempo que avanzo un paso—. ¿Esa es tu defensa? ¿Que debería haberlo sabido?

Él me sostiene la mirada sin pestañear. Por un momento, creo que va a encogerse de hombros o a darme algún discurso moralista de los suyos. Pero, en lugar de eso, su expresión cambia. Se vuelve más seria. Más seca.

—¿Archie te lo ha contado todo?

Me freno. Frunzo el ceño.

—¿Contarme qué?

Silencio. Él observa mis ojos, buscando algo. Cuando habla, su voz baja un tono.

—Si mi padre se entera de que estás con Archie…, le arruina la vida. Así. —Chasquea los dedos—. No le temblará el pulso. Se acabaron los fondos, las competiciones, los entrenamientos. Todo.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Pero no dejo que lo note.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un hecho —responde, sin inmutarse—. Y tú lo sabes. Solo que prefieres no pensarlo.

Mi respiración se agita. Me niego a apartar la mirada. Él sigue ahí, erguido, como si llevara las de ganar. Como si su único interés fuera recordarme que nunca fui parte del juego; solo una pieza más para sacrificar.

—Y tú, ¿qué? —pregunto, sintiendo la rabia como un latido en las encías—. ¿Vas a contárselo?

No me responde. Pero no hace falta, porque ya he entendido que, para Elliot, callar también es una forma de poder.

El silencio entre Elliot y yo apenas dura un par de segundos más, pero se siente eterno.

Hasta que una puerta se abre al fondo del pasillo.

Archie. Sale de la habitación con los ojos enrojecidos, las mejillas húmedas y la mandíbula tensa.

Lleva las manos cerradas en puños a los costados, como si solo eso lo mantuviera entero.

Apenas da un par de pasos cuando nos ve. Cuando lo ve a él.

Su expresión cambia al instante. El dolor se transforma en furia contenida. La mirada se le endurece.

—¿Qué coño haces aquí? —escupe mientras clava los ojos en Elliot.

La voz le sale más grave, más rota. El pasillo se llena con el peso de la tensión. Elliot ni se inmuta.

—He venido a despedirme de Charles.

—Tú no tienes derecho a despedirte de él —responde Archie, dando un paso al frente—. Tú no tienes derecho a estar aquí.

—Archie —empiezo, en un intento de detenerlo, pero él ni me mira.

—Lárgate —suelta, y su voz sube lo justo para que se oiga tras la puerta entreabierta—. No quiero verte cerca de nosotros. Ni ahora ni nunca más.

En ese momento, Diana aparece desde dentro de la habitación. Lleva los ojos húmedos y apoya una mano temblorosa sobre el marco de la puerta. Mira a Elliot con firmeza.

—Archie —dice en voz baja, pero con autoridad—. Basta. Este no es el lugar. Ni el momento.

Archie traga saliva. Se gira un segundo hacia su madre y algo en su postura se quiebra. Pero no se disculpa. Solo respira hondo, como si se obligara a tragarse toda la rabia.

—No deberías estar aquí —repite, esta vez en un tono más bajo, mirando a Elliot por última vez.

Y luego se da la vuelta. Se aleja de nosotros, de la tensión, del dolor, de todo.

Yo me quedo quieta en medio del pasillo.

Diana vuelve a entrar sin decir nada más.

Elliot me mira una última vez antes de marcharse, pero ya no hay palabras.

Solo un muro entre nosotros que no se va a derrumbar.

Y en el aire, ese sabor amargo de todo lo que pudo haber sido y ya no será.

Archie no tarda en volver. Tras caminar solo por el pasillo y apoyar la cabeza un instante contra la pared, finalmente se sienta a mi lado.

No dice nada al principio. Solo deja caer los hombros, con las manos entrelazadas entre las rodillas y la mirada perdida en el suelo.

Nunca lo había visto así. No como ese chico fuerte, elegante y seguro de sí mismo, sino como un hijo que está perdiendo a su padre; un padre que no es de sangre, pero que lo quiere de igual modo.

Trago saliva y me obligo a no decir lo primero que me viene a la cabeza, porque sé que no busca consuelo. Solo estar.

—No puedo irme ahora —murmura, como si hablara para sí—. No…, no me iré hasta el final.

Asiento en silencio. A su lado. Presente.

—Pero tú sí puedes —añade, girando la cara hacia mí por fin. Sus ojos están hinchados, vidriosos y rojos—. Puedes irte a descansar. Dormir un poco. Comer algo. Esto va para largo, Sara.

Niego con suavidad.

—No quiero irme —le digo—. Quiero quedarme contigo.

Él baja la vista, como si mis palabras le dolieran tanto como le reconfortaran. Se pasa una mano por la cara, exhala lentamente.

—Lo sé. Pero necesito saber que estás bien. Que no estás sola ni pasando la noche en un banco de hospital por mi culpa. Por favor.

Me muerdo el labio. Le aprieto la mano. Está helada.

—Está bien —cedo con voz baja—. Iré a casa de Evaine. Ya he hablado con ella. Me quedaré allí esta noche.

Archie cierra los ojos unos segundos y asiente, agradecido y aliviado.

—Gracias.

—Estoy a una llamada de distancia —le recuerdo—. Si necesitas cualquier cosa. Lo que sea.

No responde. Solo aprieta mi mano con un poco más de fuerza.

Nos quedamos en silencio, sentados uno al lado del otro, compartiendo el mismo aire pesado del pasillo.

Archie no habla más y yo no necesito que lo haga.

Me limito a estar ahí, a dejar que el tiempo pase sin exigir nada.

Le sostengo la mano. Respiro a su ritmo.

El teléfono vibra entre mis dedos. Lo miro con discreción.

Evaine: Ya estoy fuera. No tengas prisa. Estoy en la puerta.

Suspirando, le enseño el mensaje a Archie. Él asiente y ambos nos ponemos de pie. Antes de marcharme, le aprieto la mano una última vez.

—Voy a despedirme de tu madre y de Elizabeth —murmuro.

—Te acompaño.

Volvemos a la habitación en silencio. Dentro, la atmósfera es densa pero tranquila. Charles parece profundamente dormido. Diana le acaricia la mano con ternura. Elizabeth está sentada al otro lado de la cama con la cabeza gacha. Ambas alzan la vista cuando entro.

—Solo quería despedirme —digo en voz baja, con un nudo en la garganta—. Me voy a casa de Evaine, pero… volveré mañana temprano.

Diana se levanta y me abraza con fuerza, con un calor que no esperaba. Elizabeth me sonríe con dulzura, aunque su mirada brilla.

—Gracias por venir, Sara —susurra Dianaa—. De verdad.

—¿Necesitáis algo? —les digo, pero niegan. Suspiro y me doy media vuelta, sintiendo cómo se me aflojan las piernas al salir de nuevo al pasillo.

Archie camina a mi lado hasta la entrada del hospital.

Afuera ya ha oscurecido y las luces anaranjadas de la calle tiñen todo de un tono suave y extraño.

A lo lejos, un coche oscuro está aparcado frente a la puerta.

Veo la silueta de Evaine al volante. Antes de que me acerque, Archie me detiene. Me gira hacia él y me abraza.

No es un gesto rápido ni mecánico. Es un abrazo sincero y largo, como si le costara soltarme. Yo le rodeo el cuerpo con los brazos y me pego a su pecho, sin decir nada. El sonido de su respiración contra mi oído es lo único que escucho.

—Te llamaré —me susurra, con la voz rota pero firme.

Asiento contra su pecho. Me cuesta soltarlo.

Cuando me separo, cruzo la calle hacia el coche.

Evaine sale para ayudarme con la puerta, pero se queda quieta al vernos.

Su mirada va de Archie a mí y, durante un segundo, la emoción le cruza el rostro.

No dice nada enseguida, pero se nota que está conmovida.

—Es la primera vez que os veo así —dice al fin, con una sonrisa tenue que no esconde la tristeza—. Me alegra…, aunque ojalá fuera en otro momento.

Archie asiente, tragando saliva.

—Gracias por cuidar de ella.

Evaine le pone una mano en el brazo con suavidad.

—Y siento mucho lo que estáis viviendo, Archie. De verdad.

Él asiente de nuevo. No puede hablar más. Me subo al coche. Y mientras nos alejamos, lo miro por la ventana. Sigue ahí, de pie frente al hospital. Solo. Pero, por primera vez, lo siento de veras conmigo.

Durante los primeros minutos, no hablamos. Afuera, las calles de Edimburgo se deslizan entre luces de farolas y árboles negros contra el cielo. El sonido bajo del motor es lo único que nos acompaña hasta que ella rompe el silencio.

—¿Cómo está Charles?

Sus palabras son suaves, sin prisas. Como si no quisiera forzarme a hablar, pero supiera que necesito hacerlo.

—Muy mal —respondo, con la voz aún áspera—. No creo que pase de esta noche. Diana y Elizabeth no se han movido de su lado. Y Archie… —Trago saliva y miro por la ventana—. Nunca lo había visto así. Roto de verdad.

Evaine asiente con los ojos en la carretera. La luz tenue del salpicadero le dibuja sombras en el rostro.

—Charles fue muchas cosas…, pero, sobre todo, se portó como no lo hizo su padre.

—Sí. Y aunque nunca lo dijeran…, se querían.

Volvemos a quedarnos en silencio unos segundos. El coche avanza por una avenida más amplia, salpicada de escaparates cerrados y algún ciclista solitario.

—Y vosotros —dice entonces Evaine, con voz baja, como tanteando el terreno—, ¿cómo estáis?

—¿Nosotros?

—Tú y Archie. Esta noche… os he visto. De verdad.

No me espero que diga eso. Parpadeo. Me remuevo en el asiento, sorprendida por lo directo de su tono.

—¿Y qué has visto? —pregunto, intentando sonar ligera.

—Dos personas que han pasado muchas cosas. Y que, aun así, se abrazan como si el mundo fuera un lugar seguro durante cinco segundos.

No respondo. Me quedo mirando la oscuridad a través del cristal. Luego me rindo, porque no tiene sentido callarlo.

—Estos dos días en Ibiza… han sido los mejores que he tenido con él —confieso en voz baja—. Ha sido parte de mi familia. Ha comido con mis padres, ha bailado con mis amigas, se ha mojado en mi mar. Y yo… he sido parte de él. Por fin.

Evaine me mira de reojo con esa media sonrisa cálida que siempre tiene cuando sabe que estoy diciendo algo que cuesta expresar.

—¿Y eso es lo que quieres?

—Sí —respondo sin pensarlo—. Quiero eso. Quiero poder mantenerlo en el futuro. Sin esconderme. Sin tener que irme cada vez que pasa algo. Solo… eso. Una familia. Una vida juntos, real.

Evaine asiente y no dice nada más durante unos minutos.

Solo sigue conduciendo, con la noche protegiéndonos como una manta fina.

Y en el fondo, aunque duela todo lo que está pasando, por primera vez siento que tengo claro lo que quiero.

Que puedo decirlo en voz alta. Y que alguien, al menos una persona, está ahí para escucharlo sin juicio.