Capítulo 27. Sara
Sara
Al día siguiente, la tarde cae despacio sobre la casa con ese tono dorado que solo tiene el sol en Ibiza cuando se cuela entre los limoneros del jardín. Huele a cebolla pochada, a tomate frito y a algo dulce que todavía no sé qué es, pero que seguro lleva la firma de mi madre.
Mi madre, Elizabeth y yo nos hemos proclamado, sin oposición alguna, las encargadas absolutas de la cocina.
Llevamos delantales puestos, tenemos las manos llenas de harina y las mejillas rojas de tanto reír.
Elizabeth, subida a una banqueta, remueve con energía una mezcla que ha bautizado como masa mágica.
Mi madre prueba una cucharada de arroz y frunce los labios.
—Le falta sal —dicta con tono solemne.
Yo le paso el salero como si se tratara de un bisturí en una operación a vida o muerte.
—Sal, doctora.
—Gracias, enfermera.
Nos reímos las tres y, en ese momento, suena un golpe sordo desde el salón.
—¿Estáis vivos? —grito sin dejar de pelar patatas.
—¡Apenas! —responde mi padre desde el otro lado—. Tu tío ha decidido que el sofá tenía vocación de bloque de cemento.
—Es que la tiene —añade mi tío entre quejidos—. ¿Quién compra muebles así?
—¡Yo! —responde mi madre desde la cocina, orgullosa—. ¡Y no me arrepiento!
Entre tanto, Archie y Marcos han desaparecido hace horas. Se han ido, como no podía ser de otra manera, a jugar un partido de golf. Según Marcos, hoy tocaba ver a la estrella en persona. Según Archie, «demostrarle a tu hermano cómo se juega en silencio». Ninguno ha vuelto aún.
Estoy cortando calabacín cuando vibra mi móvil.
Lo tengo apoyado contra un bote de espaguetis, así que la notificación se ilumina: Diana ha llamado.
Llamada perdida. Es la madre de Archie. Abro los ojos y miro a Elizabeth, que en ese momento decora una bandeja de canapés con tanto orgullo que parece haberlos inventado ella sola.
Sin pensarlo, desbloqueo el móvil y marco videollamada.
—¿A quién llamas? —pregunta mi madre sin mirar mientras remueve una cazuela.
—A su madre —respondo—. Va a querer ver esto.
La llamada tarda unos segundos en conectar. Elizabeth sigue decorando como si estuviera en un concurso de cocina, por completo ajena. Entonces aparece el rostro de Diana en la pantalla, elegante incluso desde el hospital, tras llevar días sin descansar y con una luz tenue detrás.
—¡Sara! Qué sorpresa.
—Hola —digo con una sonrisa—. Pensé que te gustaría ver algo.
Giro la cámara despacio hacia Elizabeth, que en ese momento está colocando ramitas de romero en los canapés, muy concentrada. No se da cuenta de nada.
—Adivina quién es la chef estrella de la tarde.
El rostro de Diana cambia al instante. Se le iluminan los ojos.
—Elizabeth…
La niña levanta la cabeza al oír su nombre. Ve la pantalla. Se queda quieta un segundo. Luego sonríe.
—¡Mamá! Estoy cocinando —le habla con ese perfecto acento inglés.
—Ya lo veo, cariño —dice ella, y su voz suena más suave que nunca—. Lo estás haciendo precioso.
En ese instante, todo —el ruido del salón, el hervor de la olla, la luz del atardecer— se queda un poco en segundo plano. Porque hay algo en esa videollamada que une dos mundos que hasta hace nada estaban demasiado lejanos.
—Me lo estoy pasando muy bien —dice Elizabeth con la cara pegada a la pantalla—. Sara es muy divertida. Cocinamos, me deja probar de todo y me ha enseñado a usar el exprimidor sin salpicarme los ojos. Casi.
Diana sonríe, pero sus ojos se humedecen al instante. Intenta mantener el gesto, elegante como siempre, pero la emoción la desborda. No es tristeza exactamente, es otra cosa. Algo que se parece al alivio… mezclado con miedo.
—Me alegra tanto verte así, cariño —dice en voz baja, como si temiera romper ese momento.
Entonces Elizabeth baja un poco la voz, como si supiera que está tocando un terreno delicado.
—¿Puedo hablar con papá?
El silencio es casi imperceptible, pero yo lo siento. Se detiene el tiempo lo justo para que Diana respire antes de contestar. Lo hace bien, con una serenidad entrenada, pero no lo bastante como para que yo no note el esfuerzo.
—Ahora no puede, cielo. Está… descansando un poco.
—Ah —dice Elizabeth, sin sospechar nada—. Vale. Le das un beso de mi parte.
—Por supuesto.
La llamada sigue unos segundos más, hasta que Elizabeth vuelve a la encimera para seguir con su decoración. Es entonces cuando bloqueo la pantalla suavemente y me acerco a mi madre.
—¿Puedes quedarte un momento con ella? —le susurro.
Me mira, asiente en silencio y se agacha para preguntarle a Elizabeth si quiere encargarse de vigilar el horno.
Yo salgo al porche con el móvil en la mano.
Busco un rincón donde el sol ya no da de lleno y marco de nuevo.
Diana responde casi al instante. Esta vez su rostro aparece más cercano, sin la sonrisa. No hay testigos.
—¿Sara?
—Hola —digo con cuidado—. No quería que Elizabeth notara nada. Pero… ¿estás bien?
Diana parpadea y, por un momento, parece que va a decir que sí; que todo está bajo control. Pero ya no tiene que fingir.
—No… —susurra al fin—. No, la verdad es que no.
Me quedo callada. Sé lo que viene, pero me niego a adelantarlo.
—Charles ha empeorado —dice muy despacio, como si cada palabra pesara una tonelada—. No creo que aguante mucho más.
El aire se vuelve más denso a mi alrededor. Todo sigue igual: las voces desde la cocina, la música bajita que suena desde el salón, algún pájaro entre los pinos... Pero hay algo que se quiebra, aunque no haga ruido.
—Lo siento —susurro—. Lo siento tanto.
Ella asiente. Se lleva una mano al rostro y cierra los ojos unos segundos. Luego los abre de nuevo.
—Gracias por lo que estás haciendo por mi hija —dice—. De verdad, Sara. No tienes ni idea de lo importante que es esto para nosotros.
—Sí que la tengo —respondo, y lo digo en serio.
Nos quedamos en silencio unos segundos más, como si no hiciera falta añadir nada.
Diana asiente una última vez, se recompone y corta la llamada.
Me quedo en el porche con el móvil aún en la mano, mirando la luz del atardecer que se cuela entre los árboles.
Pienso en él, en Charles, en todo lo que no se está diciendo y en lo que viene. Porque lo sé; lo siento venir.
No me da tiempo a reaccionar cuando unas manos cálidas rodean mi cintura por detrás y siento el aliento de Archie en mi cuello. Me besa despacio, susurrándome con esa voz grave y tranquila que me estremece:
—¿Sabes quién le ha dado una paliza a quién?
Sonrío sin poder evitarlo. Conozco demasiado bien a mi hermano para imaginar que estará furioso en este momento. Pero por un instante me olvido de todo. Archie se aparta un poco para mirarme y de repente detecta la tensión que intento disimular.
—¿Qué te pasa? —me pregunta, preocupado.
Miro al suelo, intentando ordenar las palabras que no quiero decir. Pero él no me deja. Con paciencia, con ese tono que usa cuando sabe que no hay escapatoria, se lo cuento todo.
—He hablado con tu madre —le digo al fin—. Charles está peor, mucho peor. No cree que aguante mucho más.
El silencio cae entre nosotros, pesado y denso. Al fin, Archie suspira y aprieta los labios.
—Mañana tomamos un vuelo —decide con firmeza—. Tenemos que estar allí con ellos.
Asiento sin dudarlo.
—Sí —murmuro—. Tienes razón. Debemos ir.
Nos quedamos ahí juntos, sintiendo que, en medio de tanta incertidumbre, al menos podemos apoyarnos el uno en el otro.
Archie no dice nada más. Me rodea con un brazo y me besa la sien.
Cuando entramos de nuevo en la cocina, ya no queda ni rastro de la conversación que acabamos de tener.
Su rostro está en calma, incluso divertido, como si nada hubiera cambiado.
Comprendo que, por Elizabeth, va a fingir. Por ella, puede con todo.
En la cocina, el caos ha evolucionado a organización: la mesa está puesta en el salón bajo las luces que cuelgan.
Mi madre va y viene con bandejas; mi padre bromea con su cuñado sobre la alineación de las sillas y mi prima Val llega corriendo desde el coche, vestida por primera vez con su traje de lentejuelas negro.
—¡Huele a gloria! —grita desde lejos.
Mi abuela se ha instalado ya en una de las sillas con su abanico en la mano y exige que le sirvan primero, «por edad y por sabiduría».
Y nadie se atreve a llevarle la contraria.
La cena empieza entre risas, brindis y platos que se repiten por duplicado.
Elizabeth se sienta entre mi madre y mi prima, feliz, hablando por los codos.
—¿Y tú de dónde vienes, pequeña? —le pregunta mi tía con una copa en la mano.
—De Escocia —responde ella como si hablara de una calle más allá—. Vivo en un castillo.
—¿Perdón? —se ríe Val—. ¿En serio?
—Sí. El castillo de Charles. Mi padre. Bueno, es nuestro castillo, en realidad. Está en la costa, con acantilado y escaleras y habitaciones secretas.
—¿Habitaciones secretas? —repite mi abuela, abriendo los ojos—. ¿Y tú qué haces aquí, princesa?
—Estoy de vacaciones. Sara me ha enseñado a exprimir naranjas sin salpicarme y Scott duerme en mi cama.
Todos se ríen. Incluso Archie. Sobre todo, Archie.
La cena no es solo una cena. Es la cena de fin de año.
Y eso, en mi casa, significa una mezcla gloriosa de confeti, risas, ruido y un ligero caos controlado por mi madre, que lleva una lista impresa de horarios y platos aunque finge que todo fluye por arte de magia.
Las copas de cava aún vacías tintinean cada vez que alguien las roza.
Todos llevamos gorros de cartón absurdos: el mío tiene una estrella que no deja de caerme sobre la nariz, Archie ha heredado uno con orejas de burro (gracias a mi prima Val) y Elizabeth lleva una diadema con el número del nuevo año que se ilumina en colores distintos cada pocos segundos.