Capítulo 26. Sara
Sara
—Ven. —Lo agarro de la mano para guiarlo hasta la habitación contigua. Abro un poco más la puerta, ya que no se encontraba cerrada por completo, y le pido a Archie que mire.
Elizabeth ya está dormida. Está hecha un ovillo bajo la manta, con la mejilla hundida en la almohada y el ceño todavía fruncido, como si no hubiera terminado de soltar la rabia o el miedo.
Archie la observa en silencio. Se agacha, le acomoda la manta por encima de los hombros y le retira un mechón de pelo de la frente.
—¿Quieres descansar tú también? —le susurro, consciente de que él también debe de estar agotado.
Él asiente, casi sin mirarme.
—Sí. Un poco.
Salimos sin hacer ruido, con cuidado de no despertar a nadie.
La casa parece suspendida en una calma que no me atrevo a romper.
Atravesamos el pasillo y cruzamos la cocina hasta llegar al porche.
No hay nadie. Solo el rumor lejano del mar y el aire cálido que se cuela entre las cortinas.
Entra una luz suave, envolvente, como si el mundo estuviera cubierto por una manta, igual que nosotros.
Nos tumbamos en las hamacas y nos cubrimos con las mantas que dejó mi madre.
La suya le llega hasta el pecho. Yo me envuelvo por completo y dejo que el cuerpo se relaje poco a poco.
Estamos tan cerca que nuestras piernas se rozan apenas bajo el tejido.
No decimos nada. Él cierra los ojos. Yo miro el cielo, donde apenas se ven algunas nubes a través de las ramas del pino que asoma por el lateral.
El silencio no pesa. Pero hay algo que me arde dentro, una pregunta que llevo demasiado tiempo reteniendo. Me giro un poco y busco su perfil a la luz tenue que entra desde la cocina.
—Ahora que no está ella… —susurro—, ¿puedo preguntarte algo?
Archie abre los ojos despacio. Me mira sin decir nada. Sus ojos tienen ese brillo opaco que me parte el alma.
—Charles —digo solo eso.
Lo veo tragar saliva. Mira hacia delante, al vacío verde del jardín. Se queda así, mudo, como si necesitara ordenar algo en su interior antes de expresarlo en voz alta.
—Creo que no le queda mucho —dice al fin con voz áspera, sin mirarme—. Pero… no quiero que Elizabeth lo sepa. No quiero verla triste.
Me quedo en silencio unos segundos, sintiendo cómo esas palabras se clavan en mi pecho como una piedra fría.
El dolor que traen no es solo suyo. Es de toda la casa, de toda la historia que arrastran.
De su hermana, que duerme sin saber que su mundo está a punto de romperse.
Me incorporo un poco y lo miro. Él sigue sin moverse, con la manta hasta el pecho y los ojos fijos en el jardín, como si esperara que el aire le respondiera algo.
—No va a estar triste —le digo en voz baja, pero firme—. Mientras esté aquí, no. Te lo prometo.
Él frunce apenas el ceño, como si dudara de que eso sea posible.
—Va a reír, Archie. Va a reír todos los días. Aunque sea con tonterías. Aunque sea solo un poco. No quiero que se lleve de aquí más tristeza. Bastante tiene con lo que ya carga a sus espaldas.
No dice nada, pero noto cómo su cuerpo se relaja un poco, como si mis palabras le hubieran dado permiso para soltar algo. O al menos para respirar.
—No puedo cambiar lo que pasa en ese hospital —susurro—. Pero aquí sí. Aquí podemos hacer que duela un poco menos. Que sea un refugio. Aunque solo sea por unos días.
Archie cierra los ojos. Asiente muy despacio. Por un segundo, creo que va a romperse; que va a dejarse caer de una vez por todas. Pero no lo hace. Solo respira hondo, como si tuviera que mantenerse entero por ella. Por todos.
—Gracias —murmura—. No sé cómo... ni por qué haces todo esto, pero… gracias.
Apoyo mi cabeza contra el respaldo de la hamaca. No quiero que me vea la cara. Me conozco: si me mira así mucho rato, acabo llorando con él.
—Porque te quiero —respondo en voz tan baja que apenas se oye—. Y a ella también; parece mentira, pero es así.
No necesito mirarlo para saber que se ha quedado inmóvil.
—Descansa, Archie.
No dice nada. Y yo tampoco. Nos quedamos así, en silencio, con las mantas hasta la barbilla, los cuerpos a medio tocar y el sonido del mar como una canción antigua.
Él cierra los ojos. No estoy segura de si duerme o simplemente se esconde del mundo por un momento.
Pero, poco a poco, su respiración se vuelve más lenta y profunda. Entonces lo sé: ha caído rendido.
Me quedo a su lado un buen rato, sin moverme; escucho cómo duerme. Al verlo al fin descansar, con esa expresión tranquila que tan rara vez se le nota, comprendo lo mucho que lleva dentro y todo lo que ha intentado sostener sin ayuda. Me duele.
Entonces la veo. Una sombra pequeña y desorientada aparece al fondo del pasillo y cruza el umbral que da al jardín.
Es Elizabeth. Camina descalza, con la manta arrastrando por el suelo y los ojos entreabiertos.
Como si no supiera muy bien dónde se encuentra o como si no quisiera estar allí.
Me levanto en silencio y corro hacia ella antes de que lo vea.
—Shhh… —le susurro mientras la tomo de la mano—. Está dormido; ven, vamos a dejarlo descansar un poco, ¿sí?
Ella asiente sin decir nada y me sigue en silencio, con la manta colgando de un hombro. La llevo hasta la cocina, donde no necesitamos encender la luz, puesto que la de la tarde es más baja, pero lo alumbra todo.
—¿Quieres comer algo? —le pregunto, mientras me arrodillo para abrir la despensa.
—¿Tienes algún zumo natural? —dice, frotándose los ojos.
Sonrío.
—Mejor. Vamos a hacerlo.
Busco las naranjas en el frutero, las llevo hasta la encimera y saco el exprimidor.
Ella se sube a una banqueta y empieza a cortar las frutas conmigo.
Jugamos a ver quién saca más zumo de cada mitad y, cuando terminamos, el vaso está lleno hasta arriba y huele a verano.
Saco unas galletas y las ponemos en un plato.
Nos sentamos juntas en la mesa y, por un momento, parece que todo está bien; que no hay nada fuera de sitio.
Ella mastica con la boca llena, me cuenta que en su escuela hay una gata a la que ha llamado Miss Purple y que tiene pesadillas raras desde hace semanas.
Yo le cuento que de pequeña creía que las naranjas venían ya exprimidas dentro de las botellas, y se ríe con una risa tan limpia que me dan ganas de abrazarla fuerte.
Y entonces lo siento. Archie. Cuando levanto la mirada, está ahí, de pie en la puerta de la cocina, apoyado contra el marco y con el pelo revuelto.
Nos observa en silencio. No dice nada, pero su expresión lo dice todo.
Nos ve a las dos juntas, riendo. Y yo sé que, aunque no lo diga, en ese momento respira un poco más tranquilo.
—¿Dónde está todo el mundo? —pregunta desde el marco de la puerta, con voz algo más ronca por el sueño.
Levanto la vista mientras recojo los platos.
—Se han ido a hacer la compra para mañana. Querían dejarlo todo listo antes de que todo el mundo vaya a comprar como si fuera el fin del mundo en vez del año.
Elizabeth da un salto en su asiento, con la energía recuperada de golpe gracias al azúcar y al zumo.
—¿Podemos bajar a la playa? ¡Con Scott!
Miro a Archie, que se encoge de hombros como si no tuviera fuerzas para llevar la contraria a nadie.
—Claro —respondo sonriendo—. Pero ponte una chaqueta, que ahora refresca.
Ella sale disparada hacia su habitación con las galletas aún en la mano. Yo me apresuro a recoger la cocina. Paso un trapo por la encimera, enjuago el exprimidor y meto los vasos en el lavavajillas. Archie se acerca despacio.
—¿Quieres que la vigile yo?
—Quiero que bajes conmigo —le digo sin pensarlo y sin mirar atrás—. A ella le hará ilusión. Y a mí también.
Nos abrigamos los tres y Scott, que se había hecho un ovillo en el sofá, se despereza y nos sigue sin dudar.
Bajamos por el sendero que lleva a la playa, con la arena todavía templada del día bajo nuestros pies.
El mar ruge suavemente al fondo y hay algo en el aire que huele a sal y a limonero.
Elizabeth va delante, con los brazos abiertos como si volara.
De pronto se detiene y señala un punto invisible en el horizonte.
—Este sitio me recuerda a las escaleras del castillo —dice—. Deberíamos llevarte un día; allí siempre hay nubes, pero se parece.
Me quedo quieta un segundo. Miro a Archie. Él ya me está mirando a mí. Y no decimos nada, pero ambos sonreímos. Porque yo ya he estado allí. Ya he caminado por esas escaleras, ya he sentido el viento en la cara y el vértigo en el estómago. Ya lo he visto todo con él. Pero eso…, eso nadie lo sabe.
—Seguimos bajando, ¿no? —le digo a Elizabeth, animándola a continuar—. ¡Scott, espera!
Scott corre hacia la orilla y Elizabeth lo sigue gritando su nombre. Archie y yo nos quedamos arriba, observándolos desde el camino.
—¿Te lo imaginabas así? —le pregunto en voz baja, sin dejar de mirar el mar.
Él se toma su tiempo.
—No —responde—. Es mejor.
—Archie —le digo con un tono más suave—, gírate un momento.
Él frunce el ceño, curioso, pero obedece. Se da la vuelta y mira hacia donde le indico, entre los pinos que bordean el sendero, un poco más arriba del camino.
—¿Ves esa casa pequeña? —pregunto.
—¿La de la verja azul? —asiente—. Sí, pensé que era de algún vecino.
Sonrío. Me encanta este momento, justo este: poder contárselo.
—Mi padre me ha regalado el solar. Todo ese trozo de terreno es mío.
Lo mira con más atención, como si de repente el lugar tuviera un significado distinto.
—¿En serio?
Asiento, y el corazón se me acelera un poco, pero es de los buenos.
—Quiero construir ahí una casa más grande. No ahora…, pero en un futuro, cuando las cosas estén más claras. Una casa con espacio para todos. Para cuando vengamos, para tener mi propio lugar, mi rincón.
Él no dice nada al principio. Solo observa. Y yo no necesito más que eso: saber que lo está imaginando conmigo.
—Es una buena idea —dice al fin con una media sonrisa—. Aquí podrías ser feliz.
—Aquí soy feliz —respondo sin dudar.
Archie me mira de nuevo. Me sostiene la mirada. Hay algo en sus ojos que me desarma, como si de repente viera más allá, más profundo. Como si por fin entendiera por qué lo traje aquí, por qué quería que él viera esto.
Abajo, en la orilla, Elizabeth grita de risa porque Scott le ha salpicado todo el vestido con agua salada. La vida, por un instante, se siente completamente en paz.
—¡Archie! —grita Elizabeth desde abajo, con los pies ya en la orilla—. ¡Bajad! ¡Venid ya!
Él suelta una risa corta, resignada, y se gira hacia mí con una ceja levantada.
—Parece que tenemos orden directa.
—No conviene llevarle la contraria —respondo sonriendo.
Bajamos por el último tramo del sendero hasta que la arena empieza a ceder bajo nuestros pasos. Elizabeth nos espera con los brazos en jarras y una sonrisa que no le cabe en la cara. Scott salta a nuestro alrededor, salpicando sin piedad.
—¡Venga, mojaos conmigo! —exclama Elizabeth, y nos lanza agua con las dos manos como si fuera una pequeña furia marina.
Archie se echa hacia atrás instintivamente, torciendo el gesto.
—Estoy con vaqueros…
—¡Y yo con vestido! —le contesto—. No pasa nada, ¡se secan!
Y sin pensarlo más, corro hacia la orilla y dejo que la espuma me alcance.
El agua está fría, pero me da igual. Me empapo los tobillos, las piernas, el dobladillo del vestido.
Siento la sal en la piel, el viento en la cara y esa risa mía que no intento controlar.
Elizabeth grita de alegría y corre tras de mí, resbalando un poco, pero sin caerse.
Se ríe tan fuerte que contagia. Scott se mete hasta la panza, mueve la cola y luego corre a salpicar a Archie de forma directa.
—¡Scott! —protesta él, pero ya es tarde.
Tiene los bajos mojados. Nos mira con una mezcla de resignación y diversión.
—Vale, vale —dice al fin—. Me rindo.
Entonces se lanza también. Corre tras su hermana, le echa agua encima y ella chilla y le lanza más.
En menos de un minuto estamos los tres empapados, cubiertos de sal y arena, riendo como si el mundo fuera solo esto: espuma, sol que se esconde y carcajadas.
Jugamos. Nos tiramos en la arena. Elizabeth intenta enterrarme los pies y yo me dejo.
Archie se lanza encima de las dos y acabamos en una montaña humana, riendo hasta que nos duele la barriga.
Entonces ella, jadeando por la risa, dice algo que se me queda grabado:
—Nunca había conseguido que nadie hiciera esto conmigo en Escocia… ¡Nunca! Allí siempre hace frío, o a todos les da pereza, o se quejan del agua o de la arena. Pero tú, Sara…, tú no te quejas nunca.
La miro desde el suelo, aún tumbada, con el pelo y las piernas cubiertos de arena.
—Es que esto es parte de mí —le digo—. Yo no sé estar cerca del mar y quedarme seca.
Archie me mira. No dice nada, pero su sonrisa lo dice todo.
Me doy cuenta de que este momento, esta risa, esta niña feliz en la orilla…
, es justo lo que él necesitaba ver. Elizabeth empieza a tiritar un poco.
Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y los labios algo morados, aunque no deja de sonreír.
—Será mejor que volvamos —digo, aún riéndome entre jadeos—. Si no, alguien se va a resfriar.
—Yo no tengo frío —dice ella, tiritando.
—Y yo soy astronauta —respondo, guiñándole un ojo.
Archie se pasa una mano por el pelo mojado, que ya empieza a pegársele a la frente.
Está empapado de pies a cabeza. Me mira y asiente, sin protestar.
Sabe que tengo razón. Subimos de nuevo por el sendero, con Scott corriendo delante como si tuviera cuerda.
Vamos descalzos, con las zapatillas en la mano y los pantalones goteando.
La arena se nos queda pegada a la piel, pero nadie se queja. Ni siquiera Elizabeth.
Cuando llegamos a casa, las luces del porche están encendidas. Se oyen voces en la cocina, risas, pasos. Ya han vuelto todos.
—¡Ahí están los náufragos! —grita Marcos desde dentro—. ¿Qué habéis hecho? ¿Una expedición submarina?
—¡Nos hemos mojado en el agua! —dice Elizabeth entre risas—. ¡Con vestido y todo!
Mi madre aparece en la puerta con una toalla en la mano.
—Entrad, venga, antes de que cojáis una pulmonía. ¡Al baño los tres ahora mismo!
Archie me lanza una mirada divertida mientras nos arrastramos hacia el interior, mojados, arenosos, desordenados…, pero felices. Al cruzar el umbral, siento que esta casa, por unas horas, ha sido justo eso: un refugio.