Capítulo 25. Archie #2
Caminamos de vuelta a casa. El camino entre las macetas, el olor a romero y a pino, la luz dorada sobre las piedras…
, todo tiene algo de irreal. Como si esto no pudiera pertenecer al mismo mundo que el gris perpetuo de Escocia.
El porche está cubierto, con una mesa de madera grande ya servida.
Las sillas son de mimbre y están llenas de cojines desparejados.
Elizabeth ya está sentada y habla animadamente con Alberto, que la escucha con la paciencia de un santo.
Hay platos de una ensalada que no conozco, una fuente de pollo al horno dorado, otra de patatas crujientes con romero y una ensalada colorida que parece recién tomada del huerto. Me siento al lado de Sara, y su madre me pasa una servilleta con una sonrisa.
—Come, hijo. Aquí no dejamos a nadie con hambre.
—Gracias —respondo, y es lo único que consigo decir. Porque algo en esa mesa, en ese momento, me aprieta el pecho.
Comemos todos juntos, como si fuéramos parte de esa familia desde siempre.
Marcos cuenta una anécdota sobre un cliente que confundió Formentera con Portugal, Elizabeth intenta corregir su pronunciación en español y todos nos reímos.
Incluso yo. Sobre todo yo. Y de pronto echo de menos algo que nunca tuve: una comida al sol en diciembre.
Una familia que ríe sin miedo. Un lugar donde todo parece encajar.
Miro a Sara. Ella me devuelve la mirada con tranquilidad, sin urgencia ni preguntas.
Y entonces lo sé: estoy exactamente donde debería estar.
Elizabeth ha comido tanto postre que me sorprende que aún pueda hablar: tartaletas, fruta, flan…
Mi madre no le deja comer tanto azúcar, pero hoy todo es diferente.
Hoy no hay reglas. Y ella está feliz, así que la he dejado hacer.
Sara la observa con una sonrisa mientras Elizabeth intenta explicarle, entre cucharadas de nata, cómo se organiza la biblioteca de su colegio por orden temático y cronológico.
—Eso no puede ser cómodo —dice Marcos.
—No es para que sea cómodo, es para que tenga sentido —responde ella, como si fuera evidente.
Pero mientras habla, se le van cerrando los ojos. Una vez. Otra. Hasta que al fin se queda quieta, con el tenedor en el aire.
—Creo que el madrugón empieza a pasarle factura —dice Paloma mientras la mira con dulzura—. ¿Quieres que la lleve a descansar un rato?
—Claro —respondo—. Si no te importa…
—¿Importarme? —dice ella, mientras se levanta—. Está como en casa. Y a mí no me cuesta nada. Además, así aprovecho y le cambio la ropa, que se ha vuelto a manchar de arena hasta detrás de las orejas.
Elizabeth ni protesta. Se deja llevar como un cachorro dormido, medio abrazada a Paloma, que le acaricia el pelo con una naturalidad que me conmueve.
Sara me mira. Solo con los ojos. No hace falta que diga nada.
Se levanta y me hace un gesto con la cabeza para que la siga.
Entramos en la casa por una puerta lateral, subimos unas escaleras iluminadas por la luz que se cuela entre las contraventanas y, al final de un pasillo blanco, se detiene frente a una puerta.
—Es mi habitación —dice en voz baja, como si el resto del mundo siguiera durmiendo.
La abre y me deja pasar. Es sencilla, con detalles que reconozco al instante: un póster de una banda que escuchaba cuando nos conocimos, libros por todas partes, un atrapasueños junto a la ventana... Y, en la cama, una caja envuelta en papel kraft con un lazo rojo mal hecho.
—No lo he envuelto muy bien… —dice, como disculpándose.
—¿Es para mí?
—¿Para quién, si no?
Me siento en el borde de la cama y empiezo a deshacer el lazo con cuidado.
Ella se sienta frente a mí, con las piernas cruzadas.
Abro la caja. Y me quedo quieto. Lo primero que veo es una fotografía nuestra, en blanco y negro, enmarcada.
Es de aquella tarde en Chicago, cuando creíamos que nada podía estropearse; sentados en el césped del parque.
Y un ciervo que no sé dónde voy a poner, pero que, al regalármelo ella, hasta me parece gracioso.
Debajo, perfectamente doblada, hay una hoja oficial.
La reconozco al instante: una solicitud de inscripción para estudiar Arquitectura.
Ya tiene mi nombre. Ya tiene marcada la universidad.
Ya está casi terminada. Me quedo mirándola.
Siento que el aire se detiene un segundo.
Levanto la mirada. Sara está sentada frente a mí, con las piernas cruzadas y las manos unidas sobre las rodillas. Me mira sin pestañear.
—No te enfades —dice por fin—. No quiero que dejes el golf. No es eso. Pero creo…, creo que puedes tener las dos cosas. Que puedes ser feliz haciendo algo más que competir. Algo que te llene.
Me paso una mano por el pelo. No sé qué decir. Ella se inclina un poco hacia mí.
—No tienes que decidir ahora. Solo quería que supieras que lo he pensado. Que me importas lo suficiente como para imaginarte en algo más que una rutina que te hace daño. Y… si algún día quieres estudiar Arquitectura, esto puede ser un primer paso.
La hoja tiembla un poco entre mis dedos. Nunca me lo había planteado en serio. Nunca había creído que pudiera ser posible ni que nadie lo viera en mí. Y ahora está aquí. Ella lo ha visto.
—Eres la única persona que piensa en lo que realmente quiero —digo en voz baja.
Sara sonríe, pero no dice nada. Así que hago lo único que puedo: la abrazo. Fuerte.