La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 25. Archie
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Capítulo 25. Archie

Archie

Cuando vuelvo a la habitación, Charles ya está despierto. Elizabeth se sienta en la butaca y juega con sus pulseras; mi madre está sentada al borde de la cama y habla en voz baja con él.

—Archie —dice en cuanto me ve—. No te enfades, ¿vale? Pero te dejaste el teléfono y... he hablado con Sara.

Me quedo inmóvil un segundo. Bajo la mirada al móvil que me ofrece y no doy crédito a lo que escucho. Lo desbloqueo. Una llamada recibida: de Sara.

—Ha tenido una buena idea —añade mi madre—. Y creo que deberías hacerlo por tu hermana.

Elizabeth alza la vista, atenta. No dice nada; está esperando.

—¿El qué? —pregunto sin saber muy bien a qué se refiere.

—Os vais a Ibiza —dice ella al fin, con una sonrisa suave—. Tú y Elizabeth. Sara ha dicho que no le importa. He comprado los billetes ahora mismo. Os vais el día treinta por la mañana.

Abro la boca para decir algo, pero Charles me interrumpe con un gesto. No habla; solo me mira, serio, como si me leyera por dentro. Luego asiente. Una vez. Corto. Suficiente. Y entonces Elizabeth se pone en pie de un salto.

—¿Vamos a Ibiza? —pregunta, con los ojos como platos—. ¿En serio?

—Sí, cielo —responde mi madre, acariciándole el pelo—. Vas a ver el mar. Y estarás con tu hermano, con Sara y con su familia celebrando el Año Nuevo, con las costumbres de España.

La sonrisa de Elizabeth es tan grande que parece que le ilumina toda la cara. Pero, después, duda. Su expresión se apaga un poco.

—¿Y no vamos a pasar el Año Nuevo aquí?

Mi madre se queda un segundo callada, pero le toma la mano con ternura.

—Este año tu padre y yo estaremos en el hospital —dice con voz serena—. Pero tú vas a estar con Archie. Y os vais a cuidar mucho. ¿Verdad?

Asiento despacio. Aún no entiendo del todo cómo ha pasado todo esto, pero hay algo en la mirada de Elizabeth, en la forma en que me agarra la mano, que hace que me trague cualquier objeción.

Y entonces solo pienso en Sara. En lo que ha hecho por nosotros.

Y en las ganas que tengo de tenerla entre mis brazos.

Mi madre se levanta despacio y le hace un gesto a Elizabeth.

—Vamos a ver si encontramos algo rico en la cafetería, ¿sí?

Mi hermana duda, porque acaba de volver de allí, pero acaba asintiendo.

Antes de salir, me lanza una última mirada que me parte en dos.

Tiene esperanza; tiene ilusión. Y yo no tengo ni idea de cómo sostenerla.

Cuando la puerta se cierra tras ellas, la habitación se queda en silencio.

Solo se oye el pitido lento de las máquinas y el leve zumbido del oxígeno.

Charles intenta incorporarse, pero no puede. Me acerco enseguida.

—Déjame —le digo.

Le paso un brazo por detrás de la espalda y lo ayudo a sentarse mejor. Está más delgado y más pálido. Pero sonríe.

—Gracias, hijo.

Me congelo por un momento. Nunca me había llamado así. Me siento al borde de la cama sin saber qué decir.

—Escucha, Archie —dice, con voz débil pero firme—. Yo ya no tengo mucho tiempo.

Me quedo muy quieto. No lo niego. No finjo. Solo lo escucho.

—No quiero que Elizabeth me vea así —continúa—.

No quiero que su recuerdo de mí sea este.

.., esta cama, esta maldita habitación. Quiero que tenga un Año Nuevo feliz.

Que ría. Que corra por la arena. Que no me vea apagándome.

—Cierra los ojos un momento. Le tiembla un poco la voz—. Hazlo por mí. Por favor.

Trago saliva. Me cuesta hablar, pero cuando lo hago, las palabras salen solas.

—Para mí, Elizabeth lo es todo. Haría cualquier cosa por ella.

Charles me mira y veo algo parecido a la paz en sus ojos. Como si por un instante pudiera respirar más hondo.

—Lo sé —susurra.

Le acomodo un poco mejor la almohada tras la espalda y me quedo allí, a su lado, mientras el sol de invierno se filtra por la ventana y lo baña todo de un dorado apagado. No hace falta decir más.

* * *

El avión toca tierra con un leve salto y Elizabeth aprieta mi mano, aunque no dice nada.

Lleva rato mirando por la ventanilla, con la cara pegada al cristal y los ojos muy abiertos.

Todo es nuevo para ella. Para mí también.

Caminamos por el aeropuerto arrastrando las maletas.

Elizabeth no para de girar la cabeza en todas direcciones, como si el techo fuera a desaparecer y el cielo a caerle encima de golpe.

—¿Vendrá un chófer a buscarnos? —pregunta con un tono que parece más propio de una ejecutiva que de una niña de diez años.

—Más o menos —respondo, medio sonriendo—. Ya casi estamos.

Y entonces la veo. Sara está allí, junto a un hombre que debe de ser su padre.

Tiene la misma expresión firme, casi imposible de mover.

En cuanto nos reconoce, levanta la mano y empieza a caminar hacia nosotros con paso decidido.

No dice nada; solo se lanza a abrazarme.

Me toma por sorpresa, pero no me aparto.

No pienso; no calculo. Me hundo en ese abrazo como si me estuviera esperando desde hace semanas. Porque en realidad… lo estaba.

—Hola —susurra junto a mi oído—. Gracias por venir.

No puedo hablar. Solo cierro los ojos un segundo. Cuando se separa, se agacha frente a Elizabeth con una sonrisa cálida.

—Hola, cielo —dice—. ¡Qué mayor estás! ¿Me das un abrazo?

Elizabeth la observa con cierta desconfianza, como si la estuviera evaluando. Luego asiente, como si aprobara lo que ha visto, y se lanza a sus brazos con una educación medida.

—Me llamo Elizabeth —dice con tono serio, como si no lo supiéramos—. ¿Tú eres la novia de Archie?

Sara se ríe, pero no responde. Solo le guiña un ojo.

—Y yo soy Alberto, el papá de Sara —dice entonces el hombre, acercándose con paso tranquilo, y le ofrece la mano a mi hermana—. Bienvenida a Ibiza. Oye, qué bien hablas español, niña.

—Saco muy buenas notas en el colegio —responde Elizabeth con absoluta seguridad.

Nos echamos todos a reír. Y, por primera vez en mucho tiempo, me siento ligero.

—Bienvenido, Archie.

Me ofrece la mano y la estrecho con firmeza. Luego me da un par de palmadas en el brazo, y esa cercanía inesperada hace que toda la tensión que me ha acompañado durante el vuelo se evapore de golpe.

—Gracias por invitarnos en unas fechas tan importantes.

—La familia debe ayudarse en momentos como estos.

Le agradezco el gesto con una leve inclinación de cabeza; no quiero que mi hermana sea consciente de lo que está pasando.

Sara nos invita a seguirla hasta el aparcamiento del aeropuerto.

Su padre camina a nuestro lado, mientras le pregunta a Elizabeth cosas sobre el colegio con un acento español marcado, pero perfectamente comprensible para mi hermana.

Ella responde con su tono de siempre: serio y correcto, como si hablara con un diplomático.

Cuando llegamos al coche, Sara saca la llave y abre el portón de un todoterreno viejo y enorme, con el maletero lleno de cosas: una tabla de paddle surf , una mochila abierta, una toalla mojada y pelos de perro por todas partes.

—¿Eso es… normal? —murmura Elizabeth junto a mí, frunciendo la nariz.

Yo también tengo mis dudas, pero me inclino hacia ella y le susurro:

—Compórtate. Estamos de visita.

Ella suspira, pero asiente con solemnidad y sube al coche sin decir más.

El trayecto es corto. Al bajar, el aire huele a mar y a sal, y el cielo está tan azul que duele mirarlo.

La casa está en una colina, con vistas abiertas al Mediterráneo: blanca, luminosa y rústica.

Casi irreal. Y entonces, sin previo aviso, un perro sale disparado de la entrada y se lanza sobre Elizabeth.

—¡Scott! —grita Sara, pero ya es tarde.

El perro la derriba como si fuera un peluche. Cae de espaldas en la grava y Scott empieza a lamerle la cara como si la conociera de toda la vida. Por un segundo todos nos congelamos. Pero entonces Elizabeth, con los brazos extendidos y llena de arena, empieza a reírse a carcajadas.

—¡Me ha tirado! ¡Es enorme!

Todos terminamos riendo. Hasta yo. Desde la puerta, una mujer con el cabello recogido tras una diadema hippie y mirada cálida sale a nuestro encuentro con una sonrisa.

—¡Ay, por Dios, la niña! Ven aquí, preciosa; vamos a limpiarte antes de que te conviertas en una croqueta.

Es la madre de Sara. Le da un beso en la mejilla a su hija, me dedica una mirada amable y toma a Elizabeth de la mano con total naturalidad, como si la conociera de toda la vida.

—Yo soy Paloma. No os preocupéis por nada, ¿sí? Estás en tu casa, cariño —nos dice, y hay algo en su tono que me desarma.

En ese momento aparece otro chico, joven, con el mismo aire relajado que todos aquí. Viste unas bermudas y una camiseta vieja, y camina como si nunca tuviera prisa.

—Así que tú eres el famoso Archie —dice sonriendo—. Ya era hora. A ver si antes de que te vayas jugamos un partido de golf. Quiero comprobar si eres tan bueno como dicen.

Sara pone los ojos en blanco.

—Ni se te ocurra provocarlo, hermanito. Que como empiece a ganar, no para.

Yo sonrío. Me cae bien. Me gusta esta familia.

—Te voy a enseñar la casa —dice Sara mientras me toma de la mano—. Sobre todo el exterior. Para mí es lo más bonito.

La sigo por el jardín, entre pinos y muros de piedra encalada, hacia una terraza con vistas al mar.

El sol se refleja en el agua y el sonido de las olas llega suave, como si alguien lo hubiera bajado de volumen.

Y entonces me doy cuenta: estoy en paz. Cómodo.

Como si llevara toda la vida aquí. Con ella.

Estamos aún en la terraza cuando escuchamos la voz de Paloma desde dentro:

—¡Niños, a comer! ¡Ya está todo en el porche!

Sara me lanza una sonrisa cómplice.

—Aquí siempre comemos fuera, aunque sea invierno. Mientras haya sol, mi madre no perdona el porche.