La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 24. Sara #2
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Capítulo 24. Sara #2

Y justo cuando estoy a punto de cerrar la caja, me asalta una idea.

Una locura. Una visión tan clara y nítida que me deja sin aliento y hace que me quede quieta, como si el mundo se detuviera por un instante solo para dejarme verla entera.

Una casa nueva. Aquí. En este trocito de tierra que ahora es mío.

Donde crecí. Donde todo tiene raíz. Donde mi corazón, incluso cuando huye lejos, siempre regresa.

Una casa pensada desde el alma: luminosa, abierta al mar, con paredes blancas que respiren calma y techos altos que dejen espacio para soñar.

Una chimenea encendida en invierno. Una cocina enorme, donde quepamos todos sin apretarnos, donde los aromas se mezclen con las risas y los abrazos.

Donde mi madre prepare su caldo y mi abuela su sofrito.

Una habitación con libros y con música. Un porche lleno de macetas.

Y, en las noches como esta, un ventanal desde el que mirar el cielo y sentir que, incluso en la incertidumbre, todo está bien.

Una casa que se parezca a mí. Una casa que se parezca a nosotros.

Y entonces, sin pensarlo, lo veo a él: a Archie.

Caminando por este mismo terreno, con los planos bajo el brazo y el ceño fruncido mientras mide las distancias con esos ojos suyos que todo lo entienden.

Él, con su forma de pensar en ángulos y estructuras, en cómo encajan las cosas.

Él, con su sensibilidad escondida entre líneas rectas y cálculos.

Diseñando conmigo. Escuchándome. Dibujando mis sueños y lo que aún no sé que quiero.

Me arde el pecho con solo imaginarlo. No porque la casa sea real ni porque esté cerca, sino porque es una posibilidad.

Una idea que nace del amor: del amor que siento por él y de la fe, casi inconsciente, en que tal vez él lo sienta también.

Me incorporo de golpe, con el corazón palpitando fuerte y ese impulso que aparece cuando algo es demasiado grande para guardarlo.

Busco el portátil, abro el navegador y dejo que mis dedos hagan el resto.

Y ahí está: Illinois Institute of Technology (IIT).

College of Architecture. Moderno, exigente y ambicioso.

Perfecto para alguien como él. Está en Chicago, no muy lejos de donde vive; podría estudiar y seguir jugando al golf.

Podría hacer ambas cosas; podría elegir un camino nuevo, donde también exista esta parte de sí que aún no ha explorado.

Descargo el formulario y lo imprimo. No me importa la hora, ni que esté en pijama, ni que el mundo esté dormido.

Lo doblo despacio, con cuidado, como si ese papel fuera más que un trámite.

Y lo guardo en la misma caja donde esta mañana mi padre dejó las escrituras y la cerradura.

Como si también fuera una llave. Una promesa.

Una puerta que quiero abrir con él, si se atreve. Si quiere. Si el futuro nos deja.

También tomo el reno que le he comprado esta misma tarde y, con una sonrisa, lo guardo dentro y cierro la caja con emoción.

Me quedo unos segundos quieta, mientras me abrazo las piernas y siento algo bonito por dentro.

Tal vez nunca pase, tal vez él nunca lo sepa, pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, siento que el amor que le tengo puede transformarse en algo bueno.

No solo en dolor o nostalgia, sino en un futuro que empieza a dibujarse aquí.

En esta habitación. En esta isla. En este rincón del mundo donde aprendí que los sueños, si se cuidan, también pueden echar raíces.

Me levanto con el sonido suave del día entrando por la ventana, pero lo primero que hago es tomar el móvil y llamar a Archie. Quiero saber cómo está Charles y cómo está él. Pero no es Archie quien contesta, sino su madre.

—Hola, Sara —dice con voz cálida—. Archie ha salido a desayunar con Elizabeth a la cafetería.

Respiro un poco más tranquila, aunque la preocupación no desaparece.

—¿Y Charles? ¿Cómo está?

—Va a estar muchos días ingresado —responde con pena—. Está triste porque sus hijos no puedan disfrutar de la Navidad con él. —Me alegra escuchar que añade a Archie como un hijo suyo—. Pero lo importante es que él debe descansar.

Sin dudarlo, siento que quiero ayudar.

—Si a ti te parece bien, pueden venir a mi casa, tanto Archie como Elizabeth. Así no estarán solos; viene Año Nuevo y, aunque se debe estar en familia, creo…

Escucho su sorpresa y su agradecimiento.

—Gracias, Sara. De verdad. A Elizabeth le irá muy bien, porque está muy triste al ver a su padre tan débil. Y no quiero que pasen ese día tan especial en el hospital.

—Por eso.

—¿Pero no les importará a tus padres?

—Para nada; en cuanto sepan lo que ocurre, serán ellos los que me digan que los invite.

—Qué suerte tiene mi hijo de haberte encontrado.

—¿Tú estarás bien? —me preocupo por ella también.

—Si ellos son felices, yo también lo seré. Si te parece, ahora mismo compro los vuelos y le pido a Archie que te diga cuándo van.

—Perfecto. Te debo mucho, Diana; es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que hiciste por mí.

—No me debes nada. Solo quiero que seáis felices.

Con el corazón emocionado, termino la llamada, bajo hacia la cocina para explicarle a mi madre lo que sucede y, tal como esperaba, acepta sin dudarlo.