Capítulo 24. Sara
Sara
Cuando despierto, estoy sola en la cama. Me giro, aún adormilada, y veo que Val ha recogido sus cosas. Hay una nota doblada sobre la almohada:
Gracias por dejarme vivir una noche tan mágica. Nos vemos esta tarde.
Val .
Sonrío. Me estiro como un gato y salgo de la habitación con mi pijama de renos y mis calcetines gruesos. La casa huele a café y a algo dulce, seguramente el roscón que mi madre ha escondido como si fuera un tesoro nacional.
—Buenos días, dormilona —me saluda mi madre desde la cocina, ya con el delantal puesto.
—Feliz Navidad —le digo, abrazándola por la espalda. A mi lado aparece Marcos, despeinado, rascándose la cabeza.
—¿Desayuno con regalos? —pregunta con los ojos brillantes, como cuando teníamos ocho años.
—Desayuno en el salón, con regalos —confirma mi padre desde el pasillo, con una bandeja llena de tazas.
Nos acomodamos todos en el suelo, entre cojines, mantas y papeles de regalo.
Encendemos la chimenea, ponemos villancicos de fondo y vamos abriendo los paquetes uno a uno: calcetines, libros, una camiseta de mi grupo favorito, un perfume, un nuevo estuche de rotuladores para Marcos, una bufanda tejida por la abuela. ..
Y de pronto, el ambiente cambia. Mi padre se pone de pie y desaparece por el pasillo. Lo vemos volver con dos cajas grandes envueltas en papel rojo, pero lo que más llama la atención no es el tamaño, sino su expresión. Está nervioso; casi emocionado.
—Estas..., estas dos últimas —dice al tiempo que deja las cajas frente a nosotros— son especiales.
Nos miramos, sorprendidos. Mi madre también está emocionada.
—¿Especiales cómo?
—Especiales de verdad —responde él, y se cruza de brazos como si quisiera protegerse de nuestras reacciones—. Y son para vosotros: Sara y Marcos.
Abro los ojos, intrigada. Marcos ya ha empezado a arrancar el papel como si le fuera la vida en ello.
Yo, en cambio, me quedo quieta. Algo me dice que esto no es un regalo cualquiera.
Ambos miramos el interior de la caja. Marcos es el primero en sacar lo que hay dentro: una cerradura negra con una llave plateada que cuelga de un cordel. Frunce el ceño, desconcertado.
—¿Es… una cerradura? —pregunta mientras la gira entre los dedos.
Yo saco la mía. Es igual: pesada, nueva y fría al tacto. Entonces, mi padre da un paso adelante y se aclara la garganta. Está nervioso, pero también ilusionado. Lo conozco demasiado bien como para no notarlo.
—Durante toda mi vida —empieza con una media sonrisa— he tenido un sueño.
Uno sencillo, pero persistente: que esta tierra, esta finca que tanto nos ha dado, siga siendo parte de nosotros.
Que no se pierda. Que crezca con la familia.
Que algún día, vosotros también la hagáis vuestra.
Aunque sea solo para volver en vacaciones… o en los días especiales.
Hace una pausa. Noto cómo la garganta se me cierra un poco, y mi madre le acaricia el brazo con suavidad para animarlo a seguir.
—Así que —continúa— hemos decidido dividir la finca en tres partes.
Esta casa seguirá siendo el hogar familiar, pero a partir de hoy, Sara, Marcos…
, tenéis cada uno una parte del terreno.
Las escrituras están en el fondo de la caja.
Y esa cerradura es simbólica —ríe un poco, con los ojos brillantes—, pero es también el primer paso hacia lo que algún día puede ser vuestra propia casa.
Ya tenéis algo pagado, que con los tiempos que corren… , no está mal.
El silencio se llena de emoción. Marcos se queda boquiabierto, procesando, y, después, sonríe con toda la cara. Se lanza a abrazar a mi padre con fuerza. Yo, en cambio, no puedo moverme. Solo aprieto la cerradura contra el pecho y siento cómo las lágrimas me caen sin aviso: limpias y calientes.
—Papá… —susurro, sin poder decir nada más.
Él se acerca, me rodea con los brazos y yo me dejo envolver como cuando era pequeña y tenía miedo a las tormentas.
—Gracias —digo al fin, entre sollozos—. Es el mejor regalo del mundo.
—Solo queremos que sepáis que siempre podréis volver —añade mi madre—. Que este lugar es vuestro. Siempre.
Nos abrazamos los cuatro, entre papeles rotos, risas contenidas y ese amor invisible que sostiene todas las casas verdaderas. Y, por un momento, el mundo se detiene. Y es perfecto.
Es un día luminoso, casi cálido para ser diciembre, así que tras el desayuno salimos a dar un paseo por Santa Eulària, donde han montado un belén precioso con casas blancas de estilo payés y figuritas diminutas con trajes típicos.
Mi madre señala cada escena con una sonrisa emocionada, como si fuera la primera vez que lo ve.
Después paramos en Santa Gertrudis, en su mercadillo navideño.
Hay música suave, puestos de adornos artesanales y olor a castañas asadas.
Compramos un pequeño adorno de madera para colgar en el árbol y yo elijo otro para Archie, con forma de ciervo.
Puede que no le guste, pero no lo he dudado: lo he visto y he pensado en él, así de simple.
Con la emoción por la tontería que acabo de comprarle, le mando un mensaje.
No digo nada concreto, solo un «hola», algo igual de tonto.
Solo porque me acuerdo de él. Pero el mensaje no se entrega.
Me encojo de hombros y supongo que estará ocupado.
Seguro que está entrenando o comiendo con su padre.
Y es entonces cuando me acuerdo de Elliot.
También está con ellos. Se me encoge la tripa por todo lo que pasó, por lo que aún no entiendo del todo y por esa sombra que parece no irse nunca.
Pero me obligo a dejarlo estar; a no permitir que eso enturbie este momento, esta paz rara y preciosa con mi familia. Al menos hoy.
A media tarde, ya en casa, le escribo de nuevo.
Algo tierno. Algo que dice «te echo de menos» sin decirlo del todo.
Pero nada. El doble check no aparece. No responde.
Miro su perfil: no ha publicado nada desde el veintidós.
Y, aunque intento disfrutar de la tarde, del vinilo que suena de fondo con mi padre mientras tararea, hay una pequeña piedra en mi pecho que me impide estar en paz por completo.
Cuando cae la noche y ya hemos cenado las sobras de ayer, estoy en mi habitación, en pijama, con el móvil en la mano y sentada en el borde de la cama. Y entonces suena. Archie.
—¿Hola? —respondo al instante, con el corazón acelerado.
—Hola, Sara. Perdona. No había podido llamarte antes.
—¿Estás bien? ¿Por qué no llegaban mis mensajes?
—Estoy en Escocia. Acabo de llegar.
—¿Cómo? —Me incorporo, confundida—. ¿Pero por qué has ido antes de tiempo? ¿No ibas a pasar las Navidades con tu padre?
Un silencio. Luego su voz, más baja y cansada.
—Mi madre me llamó. Charles no está bien. Tuvo una recaída y... tomé el primer vuelo.
Me quedo callada. Todo encaja ahora: el silencio y la desconexión.
—Archie…, lo siento mucho.
—Gracias —dice, y su voz se quiebra un poco—. No quería preocuparte. Solo... necesitaba estar aquí. Con ellos.
—Claro. Desde luego que sí. Me alegra que me hayas llamado.
—Ojalá hubiera podido estar contigo hoy —añade con un susurro—. No sabes cuánto te he echado de menos.
—Yo también —respondo—. Te he echado de menos. Mucho.
Hay un silencio suave entre los dos. Casi cómodo. Como si, a pesar de la distancia y las malas noticias, aún estuviéramos agarrados por un hilo invisible.
—Te llamo mañana, ¿vale? —dice él—. Mi madre me está esperando para entrar al hospital.
—Cuando puedas. Estaré aquí.
Y colgamos. Me recuesto en la cama, con el móvil en el pecho.
Esa noche no consigo dormir. Doy vueltas entre las sábanas, abrazada a la almohada y con el pecho apretado.
Archie no ha escrito más y, aunque me ha contado lo de Charles, aunque sé que está con su familia, algo no me deja tranquila.
Pienso en él, en cómo debe de sentirse. En su madre y en su hermana pequeña, Elizabeth; esa niña que siempre parecía ajena a todo el caos de los adultos y que se le colgaba del cuello como si fuera su héroe.
Y me gustaría estar allí. No para hacer nada en concreto; solo para estar.
Para mirarlo y que supiera que no está solo.
Me levanto sin hacer ruido, con ese desvelo triste que no se cura con infusiones ni con canciones suaves.
Me acerco a la ventana del pasillo. Todo está en calma.
Afuera, el jardín duerme, el cielo está cubierto y la brisa mueve apenas las ramas del olivo.
Entonces la veo: la caja, sobre el escritorio, con la cerradura negra y los documentos bien colocados dentro.
Me acerco y la abro. Saco el plano y las escrituras.
Paso la yema de los dedos por el papel como si fuera un mapa del tesoro.
Y ahí está: mi padre ha elegido para mí justo ese terreno.
Ese rincón donde está mi pequeña casita, la de siempre.
Donde he leído, donde he llorado, donde he soñado con escapar y también con quedarme.
Me arrodillo en el suelo con los papeles en la mano y sonrío.
Porque, aunque hoy todo pese, aunque Archie esté lejos y el mundo no parezca tan amable, hay algo dentro de mí que se enciende: una certeza cálida de que pertenezco a este lugar y de que todo, tarde o temprano, estará bien.