Capítulo 23. Sara
Sara
Mi madre lleva toda la tarde en la cocina, cantando villancicos en bucle mientras prepara platos que solo come una vez al año, pero insiste en cocinar como si fuéramos veinte.
La mesa está decorada con ramas de pino, velas rojas y servilletas que mi padre ha doblado como si fueran cisnes.
Todo es igual que siempre. Y, al mismo tiempo, todo es distinto.
Estoy en casa. En mi isla. Rodeada de gente que me quiere. Y, sin embargo, siento que una parte de mí sigue allá, al otro lado del Atlántico.
—¿Ya está todo listo? —pregunto desde el marco de la puerta.
Mi madre asoma la cabeza desde la cocina, con harina en la mejilla y las manos llenas de masa.
—Casi. Falta el pescado… y tu hermano.
Mi padre, sentado en el sofá con una copa de vino, levanta la vista.
—¿Marcos aún no ha llegado?
—Ha dicho que venía directo del puerto. Debe de estar subiendo.
Justo entonces, la puerta se abre y mi hermano entra con el pelo revuelto y una sonrisa de esas que contagian buen humor aunque no quieras.
—¡Feliz Navidad, familia! —Deja una caja en el suelo—. Y traigo pan recién hecho del pueblo. No me deis las gracias.
Nos reímos todos a la vez. Es como si el aire se aflojara.
Como si la risa fuera el único idioma posible esta noche.
Nos sentamos a la mesa cuando ya ha oscurecido del todo.
Fuera, el mar está en calma y las luces del pueblo titilan como un reflejo borroso de las estrellas.
Dentro, el calor de los nuestros. El bullicio.
Los brindis. Y las voces superpuestas de una familia que solo consigue reunirse completa una vez al año.
Mi abuela ocupa la cabecera de la mesa, con su collar de perlas de siempre y esa mirada que lo observa todo.
Aunque quiero pensar que es la misma de siempre, ya no es así; ya no es tan consciente de dónde está ni con quién, y eso me apena, porque ahora la veo muy poco y cada vez que vuelvo ha empeorado un poco más.
A su derecha, mi tía recita el menú de la noche como si fuera un poema navideño.
Al otro lado, mi tío sirve vino a todos como si lo hubieran nombrado camarero oficial de la noche.
Y mi prima, que ahora estudia en Valencia, se ríe de cualquier cosa y me lanza miradas cómplices cada vez que nuestros padres se ponen sentimentales.
Mi madre saca una botella de cava que guarda solo para ocasiones especiales. La descorcha con cuidado, como si temiera que algo se rompiera, y va llenando las copas una a una. Mi padre se aclara la garganta, se pone en pie con la copa en alto y todos guardamos silencio, casi por reflejo.
—Bueno —empieza con esa media sonrisa que solo usa cuando está a punto de ponerse serio—. No soy de discursos…, ya lo sabéis. Pero esta noche estamos todos. Y eso no pasa siempre.
Mi madre le sonríe desde su sitio. Mi abuela asiente sin decir nada. Mi tía y mi tío dejan los cubiertos y se inclinan hacia delante.
—Este año ha sido complicado. Para todos.
Hemos tenido momentos difíciles, de esos que uno no sabe cómo explicar…
, y aun así, aquí estamos. Juntos. Riéndonos.
Comiendo. Haciendo lo que mejor sabemos hacer: querernos a pesar de todo.
—Hace una pausa y nos mira a todos—. Y yo solo quiero brindar por eso.
Por los que estamos en esta mesa, por los que no han podido venir y por los que echamos de menos.
Porque, aunque estemos lejos, o la vida nos lleve por caminos raros… , esta siempre será vuestra casa.
Me mira un segundo más de lo necesario. Lo noto. Lo sabe.
—Y por ti, hija —añade—. Porque te has hecho fuerte, valiente…, y aunque estés a miles de kilómetros, no te has ido nunca de aquí.
Levanta la copa.
—Por la familia.
—¡Por la familia! —responden todos.
Y yo sonrío, porque no puedo evitarlo, aunque en el fondo, en ese rincón donde no llega el cava ni el pescado al horno, me acuerdo de él. Y entonces suena el móvil. Un mensaje. Lo miro bajo la mesa, como si fuera un secreto.
Archie: Feliz Navidad, mi chica de pelo rojo. Me habría encantado estar allí. Pero me alegra que estés con los tuyos.
Me muerdo el labio. Cierro los ojos un segundo. Pero no respondo. Aún no. Levanto la copa y me uno al brindis.
—Por todo lo que hemos vivido —dice mi madre.
—Y por todo lo que aún está por venir —añado yo, casi en un susurro.
No sé si me oyen. Pero me siento bien. En casa. Al menos esta noche.
Volvemos a sentarnos y seguimos comiendo, como si nada pudiera romper ese momento.
El pescado al horno desaparece entre comentarios cruzados, risas y anécdotas de otros años.
Mi tío cuenta, por enésima vez, la historia del día que confundió un coche de policía con un taxi y se subió borracho después de una fiesta.
Mi prima revive su intento fallido de hacer turrón casero el año pasado y cómo acabó pegado al mármol de la cocina durante días.
—Parecía cemento armado —se queja entre risas.
—¡Porque no seguiste la receta! —le dice mi tía, dándole un codazo.
Y entonces, como siempre, llega el comentario inesperado.
—A ver si este año alguno trae una pareja decente a la mesa —suelta mi abuela mirando a todos con los ojos entornados y la copa en la mano—. Porque yo no me pienso morir sin conocer a alguien que merezca la pena en esta familia.
La carcajada es general. Mi tía pone los ojos en blanco, mi prima casi se atraganta con el cava y mi madre niega con la cabeza entre risas.
—Mamá, por favor…
—¿Qué? —responde ella muy digna—. Yo solo digo lo que todas pensamos.
—Bueno, bueno… —dice Marcos con una sonrisita traicionera—. Lo que pasa es que mi hermana no ha contado que tiene novio. Uno que vive en un castillo. En Escocia. Como los de las películas.
—¡Marcos! —Le suelto una colleja que hace reír a todos—. ¿Te quieres callar?
—¿Un castillo? —pregunta mi tía al tiempo que alza una ceja.
—¿Tiene sirvientes? —añade mi prima, burlona.
—¿Y gaiteros por los pasillos? —se ríe mi tío.
—¿Y un lago con monstruo incluido? —remata mi padre al borde del brindis.
—No es suyo —resoplo, roja como un tomate—. Y nos estamos conociendo…
Pero nadie escucha. Ya están todos construyendo su propia versión: que si se llama Archibald, que si juega al golf y al polo, que si se pone falda los domingos, que si en su casa desayunan avena con whisky .
—¡Y seguro que tiene un mayordomo que le pone los calcetines! —suelta Marcos, muerto de risa.
—¡Calla ya! —Le lanzo una servilleta, pero no puedo evitar reírme con ellos.
Porque da igual. Porque esta noche es nuestra. Y estamos juntos. Y todo está bien. Cuando el reloj marca la medianoche y el cava se ha convertido en risas, suena el timbre. Mi madre resopla divertida, como si supiera perfectamente de quién se trata.
—Ya están aquí tus mosqueteras —dice mi padre con media sonrisa.
Abro la puerta y ahí están: Laura, con una corona de luces led en la cabeza; Alba, con un gorro de Papá Noel; y Lu, con una bolsa llena de bengalas y turrón.
—¡Venga, pelirroja! ¡La playa nos espera!
Me despido de todos con abrazos y promesas de volver pronto, mientras mi madre me coloca una bufanda alrededor del cuello y mi abuela me recuerda, muy seria, que no me acerque demasiado al fuego.
Marcos ya está en el porche, justo donde el sendero se abre entre los árboles, esperándonos con una sonrisa y las manos en los bolsillos.
—¿Vamos o qué? —digo mirando a mi prima, que este año, por fin, ha cumplido los dieciocho.
—¿Puedo? —pregunta ella lanzando una mirada nerviosa a sus padres.
Mi tía duda un segundo, pero mi madre interviene enseguida.
—Que se quede a dormir aquí. Así os quedáis todos más tranquilos.
—Venga, Val, te vienes —dice Marcos pasándole un brazo por encima del hombro.
Val sonríe emocionada y se une a nosotros sin pensárselo más. Y entonces sí, salimos todos con rumbo a la playa, con el aire fresco en la cara, los ecos de las risas familiares detrás y la noche de Navidad por delante.
Bajamos hasta la arena iluminada por las llamas.
Una hoguera enorme ya arde en la orilla.
Hay música, turrón, bebida y caras conocidas por todas partes.
Gente que creció conmigo. Gente que no necesita explicaciones.
Nos abrazamos, bailamos y cantamos villancicos desafinados.
Y por un rato, solo por un rato, no echo de menos nada. Ni siquiera a él.
La hoguera chisporrotea frente a nosotros, lanzando destellos naranjas que bailan sobre las olas.
La arena está fría bajo nuestras botas, pero nadie parece querer moverse.
Estamos sentadas sobre unas mantas, las cinco juntas, abrazadas por el murmullo constante del mar.
Marcos y el resto se han alejado un poco para preparar música y cerveza, dejando este momento para nosotras.
—Vale, ahora sí —dice Laura al tiempo que me da un codazo—. Suéltalo. ¿Qué pasa con ese escocés?
—Sí —se suma Alba con una sonrisa cómplice—. Que nos tienes con el alma en vilo desde que llegaste. Solo has dicho que todo va bien, pero queremos saber más. ¡Queremos saberlo todo!
—Sara… —insiste Laura, mirándome con esa ternura que siempre ha tenido cuando sabe que algo es de verdad—. ¿Te gusta?
Me quedo en silencio unos segundos. El viento me revuelve el pelo, el fuego cruje y la risa de Val con otros chicos suena a lo lejos, como un eco de otro tiempo.
—Sí —respondo al fin, bajando un poco la voz—. Me gusta.
Lu me observa con atención.
—¿Mucho?
—Mucho —admito. Y entonces lo suelto, sin más, porque no tiene sentido callarlo, porque con ellas siempre ha sido fácil—. Creo que estoy enamorada.
Las tres se quedan en silencio por un instante, como si mis palabras acabaran de aterrizar entre nosotras. Y luego estallan.
—¡Lo sabía! —grita Alba, levantando los brazos como si hubiera ganado una apuesta.
—¡Tía, qué fuerte! —ríe Lu—. Sara, nuestra Sara, la de corazón blindado, ¡enamorada!
—¡Por fin! —Laura me abraza por un costado—. Estoy tan feliz por ti…
—Es raro —murmuro mirando las llamas—. Es... como si todo tuviera sentido y, a la vez, no tuviera sentido nada. Me da miedo, pero no quiero dejar de sentirlo.
Lu apoya la cabeza en mi hombro.
—Eso es el amor, tonta.
Y entonces disparamos. Clic . Una foto con todos sonriendo, iluminados por la hoguera, congelados por fuera, pero ardiendo por dentro.
Una de esas imágenes que sabes, sin necesidad de filtros, que vas a querer guardar para siempre.
La cuelgo en Instagram con una frase sencilla: «La Navidad es esto. Siempre».
Y sí, lo hago sabiendo que él la va a ver.
Que tal vez, aunque esté en otro mundo ahora mismo, en otra cena, en otra realidad, al vernos allí juntos, entre fuego y risas, sonría un poco.
O piense en mí. Solo un segundo. Abro su perfil sin pensarlo demasiado.
Nada nuevo. Ni una historia. Ni una foto.
Como si el día de Navidad fuera solo otro día cualquiera para él.
Suspiro. Cierro el móvil. Y vuelvo a meterme entre los míos. Porque esta noche es nuestra. Y no pienso dejar que se me escape.
De repente aparece Luigi con el abrigo medio abierto y olor a leña y cocina, tras haber cerrado el restaurante. Laura corre a abrazarlo entre vítores y bromas, y en pocos minutos ya están diciendo adiós.
—Nos vamos ya —anuncia ella mientras se ajusta el gorro rojo con luces—. Pero prométeme que no te vas a quedar hasta que salga el sol.
—Prometido —respondo, aunque las dos sabemos que no depende de mí, sino de esta noche.
Lu aprovecha el movimiento para escabullirse también. Le da un beso rápido a Alba, que levanta las cejas y sonríe como quien ya se lo esperaba.
—Ya me contarás qué pasa ahí —le digo en voz baja cuando ella vuelve a mi lado.
—Lo de siempre: nada y todo —responde riendo.
Nos quedamos un rato más sentadas junto a la hoguera, con Val acurrucada entre nosotras, feliz de estar incluida por fin en algo de mayores.
Marcos, mientras tanto, está desatado. Baila con sus amigos, canta a gritos canciones de los noventa y tontea con descaro con una chica morena de ojos grandes que no conozco.
Se le nota en la cara: está en su salsa.
—¿Quién es esa? —pregunta Alba por lo bajo.
—Ni idea, pero se ve que le gusta.
Reímos. Y entonces, sin avisar, siento que ya está bien. Que el frío empieza a calar por encima de la magia y que Val ya ha tenido suficiente por hoy.
—¿Nos vamos? —le pregunto.
—Sí, tengo los dedos de los pies como cubitos.
Nos despedimos de Alba con abrazos largos —le prometo que la veré en dos días— y comenzamos a andar por el sendero de vuelta a casa. Las linternas del móvil nos guían, aunque el camino lo conocemos de memoria.
—Gracias por traerme —dice Val con voz baja y feliz.
—Gracias por venir.
Y seguimos caminando. Con el rumor del mar a nuestras espaldas, las estrellas por techo y el calor de lo vivido todavía latiendo en los bolsillos.
Cuando llegamos a casa, el silencio es casi tangible.
El resto de la familia ya duerme, o se ha retirado a sus habitaciones.
Val y yo nos cambiamos rápidamente y nos metemos en mi habitación, donde el calor de la calefacción contrasta con el frío que todavía siento en las manos.
Nos acostamos en la cama, una junto a la otra, compartiendo el edredón.
Val se acurruca y me mira con esos ojos curiosos que parecen querer saberlo todo.
—Sara… —empieza en voz baja, casi en un susurro—. ¿Es verdad lo de Archie? ¿Va en serio?
Respiro hondo y la miro. No puedo evitar sonreír, porque nunca había tenido que explicar algo así a nadie tan joven y sincera.
—Sí —confieso con suavidad—. Va en serio. Estoy enamorada. De verdad.
Val se queda un momento en silencio, como si quisiera guardar mis palabras en un lugar especial.
—Me alegro mucho por ti —dice por fin sonriendo—. Te lo mereces.
Nos quedamos en silencio un rato, escuchando el leve crujido de la casa y el latido calmado de la noche. La sensación de que, por esta vez, todo está bien.
—Buenas noches, Sara —dice con una voz cansada, pero feliz.
—Buenas noches, Val. Dulces sueños.
Apaga la lámpara de mi mesilla y se gira de lado. Yo me quedo unos segundos mirando el techo con una sonrisa tranquila. Tomo el móvil, sin pensarlo mucho, y le escribo a Archie:
Yo: La noche ha sido preciosa. Familia, amigos, hoguera en la playa…, todo ha ido genial. Pero me hubiera encantado que estuvieras aquí conmigo. Que vieras lo que es una Navidad rodeada de ruido, bromas, abrazos. Ojalá algún día puedas vivir una así a mi lado. Buenas noches, Archie.
Envío el mensaje. Y entonces cierro los ojos, dejando que la tranquilidad me envuelva y que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro parezca algo bueno.