La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 22. Archie
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Capítulo 22. Archie

Archie

Salgo del aeropuerto directo al frío. El viento me golpea la cara como una advertencia y, por un momento, me arrepiento de no haberme quedado un rato más con ella. Aunque nada hubiera cambiado.

El coche está helado por dentro; será porque ella ya no está… Niego con la cabeza, me obligo a irme y enciendo el motor. En cuanto pongo las manos en el volante, el móvil vibra. Pantalla iluminada: «Papá». Contesto sin pensarlo.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—En el coche. Acabo de salir del aeropuerto.

—¿Del aeropuerto? —Hay una breve pausa al otro lado—. ¿Qué hacías allí?

—Nada importante.

—Perfecto. Escucha: vas a entrenar duro hasta el veinticuatro. Ese día te espero en el torneo. Después cenaremos juntos en casa. Elliot estará ahí también, así que prepárate para no bajar la guardia. Dormirás aquí esa noche.

Aprieto la mandíbula.

—Entendido.

—No quiero que se te olvide que estas Navidades tu única prioridad es ganar. Nada más.

La llamada se corta sin un adiós. Apoyo la cabeza un segundo contra el reposacabezas y cierro los ojos. Luego arranco y salgo del aparcamiento, con la ciudad extendiéndose delante como una promesa fría y exigente. Ya ni recuerdo cuándo fue la última Navidad que viví sin tener que demostrar nada.

Llego al ático, dejo la mochila tirada junto a la puerta y me quito el abrigo sin ganas.

Todo está en silencio, como siempre. Me ducho rápido —agua caliente que no logra despejarme del todo— y me visto con ropa de entrenamiento: pantalón térmico, camiseta negra y sudadera.

Mientras me ato los cordones de las zapatillas, echo un vistazo al móvil.

Nada nuevo. Ni un mensaje suyo. Claro. Está volando.

Me quedo unos segundos con el teléfono en la mano.

Y entonces me llega el recuerdo, nítido, como si acabara de pasar.

Sara descalza en mi cocina, con mi sudadera puesta y el pelo aún húmedo por la ducha.

Tarareando bajito mientras preparaba café, como si estuviera en casa.

Como si siempre hubiera estado aquí. Se giró al notar que la miraba y sonrió; esa sonrisa suya que desarma sin pedir permiso.

—¿Qué? —dijo divertida—. ¿Nunca has visto a una chica hacer café en condiciones?

Me reí. Y en ese momento supe que estaba perdido.

Parpadeo y el recuerdo se disuelve. Tomo los palos y vuelvo a salir. El campo de golf está a veinte minutos: lo bastante lejos como para pensar y lo bastante cerca como para no poder escapar. Cuando llego, él ya está allí.

—Llegas tarde —dice sin levantar la vista del green .

—Cinco minutos.

—Cinco minutos que podrían marcar la diferencia entre estar listo y no estarlo.

No respondo. Camino hasta mi zona, saco un hierro siete y empiezo a golpear sin decir una palabra. Cada golpe sale tenso, duro, sin dirección. El sonido del impacto es seco, molesto. Y no tardo en oírlo acercarse.

—¿Qué te pasa hoy?

Lo ignoro. Sigo golpeando.

—Archie. —Ahora su voz es más firme—. Estás fuera de lugar. ¿Quieres hablar o prefieres seguir tirando como si fueras un amateur ?

Le lanzo una mirada rápida. Fría.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Vuelvo a colocarme. Otro golpe. Mal. Maldita sea. El entrenador suspira y se aleja unos pasos al tiempo que se cruza de brazos. No insiste, pero no necesita hacerlo. Sé con precisión lo que me pasa. No tiene nada que ver con el swing . Ni con el torneo. Es ella.

En este momento, en este campo helado, con los dedos agarrotados y la rabia bajo la piel, el único lugar donde querría estar es con ella. Pero no estoy. Estoy aquí. Como siempre. Cumpliendo.

Otro golpe. Corto, sin control. El hierro vibra en mis manos. Me giro frustrado, lanzo la bola lejos con un gesto seco y dejo el palo clavado en el suelo. El entrenador me observa desde unos metros de distancia. Ya no tiene los brazos cruzados. Ahora camina hacia mí con paso lento y firme.

—¿Sabes lo que más me molesta? —dice sin levantar la voz—. No es que estés fallando. Ni siquiera que llegues tarde. Es que ni lo estás intentando.

No respondo. Me limpio las manos con el guante mientras miro al suelo.

—Tu padre ha puesto todo en este torneo. Todos lo saben. Los patrocinadores, los clubes, los medios. Van a estar mirando. A ti.

Lo miro, por fin.

—¿Y?

—¿Y? —Se ríe sin humor—. ¿Y? Que no eres solo otro jugador. Eres el hijo de Philip Williams. Y eso tiene un precio.

—Lo sé —respondo entre dientes.

—Pues no lo parece. Porque si lo supieras, no estarías aquí lanzando bolas como si esto fuera una terapia de mierda. Este no es el campo para tus dramas. Es el campo para ganar.

Me muerdo la lengua. Si abro la boca ahora, lo estropeo todo. Y lo sabe. Lo disfruta.

—Vuelve a concentrarte, Archie —añade más bajo—. Tienes tres días. Entrena o piérdelo todo. Y no me hagas quedar como un idiota frente a tu padre. No me arrastres contigo.

Se aleja sin esperar respuesta. Y ahí me quedo. Solo, con los guantes fríos, los dedos temblando y la certeza clavada en el pecho: nadie me va a perdonar si fallo. Y yo tampoco.

Respiro hondo. Una vez. Dos. Miro el campo delante de mí.

Las líneas perfectas del green . El cielo helado.

El silencio tenso que flota en el aire como una amenaza.

Y, de pronto, me acuerdo de ella. De Sara.

De cómo me miró antes de subir al avión.

De cómo me besó, sin prometerme nada y, aun así, dándomelo todo.

Está lejos. Pero estamos bien. Y eso…, eso es más de lo que tuvimos el año pasado por estas fechas.

Más de lo que creí que volvería a tener.

Me saco los guantes, los froto un momento entre las manos y me los vuelvo a colocar. Recojo el hierro siete del suelo, lo limpio, me coloco de nuevo. Ajusto los pies. Respiro. Esta vez, el golpe es limpio. Preciso. El sonido, correcto. La trayectoria, exacta.

Golpeo otra. Y otra. Vuelvo a sentir el control, el ritmo. El silencio ahora trabaja para mí, no contra mí. No hay magia. Solo concentración. Técnica. Disciplina. Lo que siempre ha habido. Pero esta vez también hay algo más. Algo que me sostiene sin pedírmelo. Sara.

Entreno toda la tarde. Y al día siguiente. Y al otro. El cuerpo me duele al final de cada jornada, pero es un dolor conocido, casi reconfortante. Como si, por fin, volviera a ser yo. Hasta que llega el veinticuatro de diciembre.

El campo está cubierto por una escarcha fina que cruje bajo los pies.

El cielo está despejado, de un azul pálido, y hay fotógrafos en la entrada del club.

Todo huele a tensión, a expectativas. A exigencia.

Me ajusto los guantes, respiro hondo y camino hacia la mesa de inscripción.

Mi padre está allí. Impecable, como siempre.

De pie junto a él, apoyado en una barandilla, está Elliot.

No dice nada. Ni un gesto, ni un saludo.

Solo me observa, como si ya supiera que algo va a estallar hoy.

—Llegas justo a tiempo —dice mi padre con ese tono que nunca sube ni baja—.

El señor Dalton está en la grada, con los del club.

Estará observando todo el torneo. Si haces lo que tienes que hacer, puede ser tu nuevo patrocinador para la próxima temporada.

Así que concéntrate. Hoy lo das todo. ¿Entendido?

Asiento sin decir palabra. Sus ojos no se ablandan ni por un segundo. Miro a Elliot. Nada. Sigo esperando que diga algo, lo que sea. Pero no lo hace. Solo aparta la mirada, como si yo no existiera. Lo conozco lo suficiente como para saber que lo hace a propósito. Es su manera de castigarme.

—¿Algo que quieras decirme tú? —pregunto seco.

Silencio. Perfecto. Me vuelvo hacia la mesa, firmo la inscripción con trazo firme, recojo la tarjeta y me alejo de ellos sin mirar atrás. No pienso darles el gusto de verme dudar.

Camino hacia mi punto de salida. Los árboles aún están cubiertos de escarcha. Las banderas, inmóviles. Me detengo y saco el móvil del bolsillo. Vibra justo entonces. Es ella.

Sara: Suerte hoy. Haz que se arrepientan de haber dudado de ti. Estoy contigo. Sé el mejor .

Sonrío casi sin darme cuenta. El pecho se me afloja un poco. No mucho. Pero lo suficiente. Ella lo sabe. Guardo el móvil. Me coloco los guantes. Tomo el primer palo. Estoy listo. Hoy juego por mí. Y por ella.

Juego limpio. Firme. Cada golpe es justo lo que tiene que ser.

El drive sale recto, largo. El approach , preciso.

El putt , casi automático. No escucho nada más allá del sonido de la bola, el roce del palo con el césped y las respiraciones contenidas a mi alrededor.

Hay cámaras, murmullos y evaluaciones silenciosas.

Pero no me importan. Estoy donde siempre he estado.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no juego para complacer a nadie. Juego porque quiero ganar. Y gano.

Con varios golpes de diferencia. El último hoyo lo cierro con un birdie impecable.

Algunos aplauden. Otros solo asienten, con esa mezcla de respeto y resignación que se da cuando alguien lo hace mejor que tú.

Me quito la gorra y agradezco el gesto. Camino hacia el borde del green .

Mi padre está allí con las manos en los bolsillos.

Cuando me acerco, asiente serio. Pero hay algo en sus ojos. Una chispa, mínima, pero real.

—Buen trabajo —dice.

Solo eso. Pero viniendo de él, es como si me hubiera abrazado.

Elliot no dice nada. Ni me mira. Pero los tres nos vamos juntos como si fuéramos una familia perfecta y feliz.

Subimos al coche. Él se sienta detrás, en silencio.

Mi padre conduce con una mano en el volante, tranquilo, como si no acabara de colocarme como favorito del torneo de invierno.

Cuando llegamos, la casa huele a carne al horno, a velas, a Navidad. Una mesa de madera larga, decorada sin excesos, con una botella de vino abierta y una bandeja con pan recién hecho. Todo preparado. Todo en su sitio. Como siempre.

—Feliz Navidad —dice mi padre mientras se quita el abrigo.

Yo solo asiento. No es lo que imaginaba.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, no se siente tan mal.

Nos sentamos a la mesa. Mi padre sirve el vino con la misma precisión con la que mide todo lo que hace.

La conversación gira en torno al torneo, a los próximos entrenamientos y al calendario de enero.

Elliot no dice nada. Yo tampoco. Comemos en silencio durante un rato; el único sonido es el de los cubiertos chocando con la vajilla. Hasta que él habla.

—¿Y Sara?

Levanto la vista despacio. No sé si lo ha dicho por fastidiar o porque realmente quiere saber. Pero me mira directo, sin rastro de burla. Y entonces, el golpe seco. Mi padre aporrea la mesa con la palma abierta. Las copas tiemblan. El vino se derrama un poco.

—Ese nombre no se menciona en esta casa. —Su voz no sube, pero duele más que si gritara—. Archie está centrado. Enfocado. Haciendo lo que debe hacer. Esa persona no tiene cabida en su vida.

Clava los ojos en mí buscando algo. Complicidad, quizá.

Sumisión. No se la doy. No digo nada. Solo bajo la mirada al plato y corto la carne con más fuerza de la necesaria.

Elliot ni se inmuta. Vuelve a su copa. Como si todo esto ya lo hubiera escuchado antes.

Como si lo estuviera esperando. La cena continúa.

Tensa. Silenciosa. Y yo solo pienso en ella.

En lo lejos que está. Y en lo cerca que siento su voz cuando leo sus mensajes en mitad de todo esto.

Mi padre recibe una llamada. Se levanta con gesto serio y sale al pasillo con el móvil pegado a la oreja. Apenas cierra la puerta tras de sí, me giro hacia Elliot.

—¿Qué estás haciendo?

Él ni siquiera finge sorpresa. Deja el tenedor en el plato, se limpia la boca con la servilleta y me sostiene la mirada.

—Solo he hecho una pregunta.

—Sabes perfectamente lo que haces cada vez que la nombras delante de él.

Se encoge de hombros.

—¿Acaso he dicho algo que no sea verdad?

Aprieto la mandíbula. El vino se me atraganta en la garganta.

—¿Sabe que aún la ves? —continúa con esa voz suave que me pone al límite—. ¿Que vas a su casa y ella duerme en la tuya? ¿Qué crees que pasaría si se enterara?

Lo fulmino con la mirada.

—¿Otra vez vas a encargarte tú de decírselo?

Silencio. Sus labios se curvan apenas; una mueca más que una sonrisa. Como si todo esto le divirtiera.

—No lo sé. ¿Tendría que hacerlo?

—No empieces, Elliot.

—No soy yo el que vive con miedo a que papá descubra lo que realmente haces sin que lo sepa.

La puerta del pasillo se abre. Mi padre vuelve al tiempo que se guarda el móvil en el bolsillo del traje. Nos quedamos en silencio al instante. Las copas, intactas. Los platos, casi vacíos. La tensión, espesa como el vino derramado sobre el mantel.

—¿Todo bien? —pregunta mirándonos.

—Perfecto —respondo.

Pero por dentro ya estoy deseando que esta noche acabe. Y que llegue el momento de volver a ella.