La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 21. Sara
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Capítulo 21. Sara

Sara

Estoy sentada en el suelo, junto a la cama, doblando camisetas que huelen a suavizante y a rutina. La maleta abierta sobre la colcha es un recordatorio constante de que, por unos días, vamos a separarnos.

Archie está en la barra de la cocina, pero su presencia pesa en todo el apartamento.

Está más callado que de costumbre. Responde con monosílabos, arrastra los pies al caminar y no ha hecho ni un solo comentario sarcástico desde que empecé a meter ropa en la maleta.

Eso, en él, es preocupante. Aparece por la puerta del vestidor con una taza humeante entre las manos y se apoya en el marco sin decir nada. Lo miro por el rabillo del ojo.

—¿Estás bien?

Asiente, pero no me mira. Lo dejo estar unos segundos, mientras doblo un jersey con lentitud exagerada, como si esa prenda fuese una bomba de relojería.

—Archie...

—Estoy bien —responde, esta vez con un poco más de firmeza, pero sigue sin mirarme.

—¿Seguro?

Silencio. Se sienta en el suelo a mi lado apoyado en una de las cómodas, justo al lado de la maleta. Mira el contenido un instante y luego a mí. Finalmente habla:

—No me apetece quedarme aquí. No con mi padre... y mucho menos con Elliot.

—Lo sé —susurro, mientras dejo el jersey a un lado para acercarme a él.

Desde que nos reencontramos en Chicago no hemos cruzado ni una palabra sobre Elliot; lo hemos evitado ambos.

—No tienes que fingir —digo, sentándome a su lado—. Solo estar. Y luego, en unos días, irás con tu madre a Escocia; te espera Elizabeth Ross —bromeo, sabiendo lo mucho que le importa su hermana pequeña—. Estará deseando verte.

—Lo sé, y yo a ella. —Consigo que sonría.

—Después volveremos a estar aquí los dos juntos.

Me mira por fin. Y hay un brillo triste en sus ojos, ese que a veces aparece cuando se esfuerza demasiado por no sentirse herido.

—Odio cuando te vas.

Le acaricio la mejilla, despacio.

—Yo también. Pero voy a volver, ¿vale? Es solo Navidad. Vamos a sobrevivir.

Hace un gesto como si no estuviera del todo convencido, pero al fin asiente. Se inclina hacia mí y apoya su frente en la mía.

—Te voy a echar de menos.

—Y yo a ti.

Nos quedamos así unos segundos, respirando juntos. Su nariz roza la mía y, por un instante, desearía que el tiempo se detuviera, que no hubiera maletas, ni despedidas ni aviones esperando. Luego, en un intento por romper la tristeza que amenaza con instalarse en el cuarto, le sonrío.

—Podrían cancelar los vuelos —suelta como si nada, con ese tonito despreocupado que usa para hacerme reír.

—¿Otra vez? —le respondo, arqueando una ceja—. No, la historia no puede repetirse. Ya sabes cómo terminamos.

—Con nieve, cena improvisada y la mejor noche de nuestras vidas —dice, fingiendo inocencia.

—Y también con un hermano entrometido, un despido y dos corazones rotos —le recuerdo, aunque la risa me tiembla en los labios.

Suspira, resignado. No dice nada más. Solo me rodea con los brazos y me aprieta con fuerza contra su pecho.

—Esta vez todo va a ir bien —susurra cerca de mi oído—. Lo prometo.

Cierro los ojos. No sé si las promesas sirven de algo cuando el mundo es tan imprevisible, pero al menos me aferro a su voz, a su olor, a este abrazo que sabe a hogar. Y entonces, como si me leyera el pensamiento, añade:

—Te espero a la vuelta. Para seguir decorando la casa, para seguir contigo.

Sonrío. Porque en el fondo eso es todo lo que quiero yo también.

—Oye —le digo de pronto, recordando algo mientras abro el armario de la derecha—, ¿me ayudas a hacer una última cosa antes de irme?

—¿Qué necesitas? —pregunta sin dudar, mientras me sigue.

Saco una caja llena de pequeños paquetes envueltos con papel de estrellas doradas y rojas. Algunos tienen lazos torcidos y otros están decorados con pegatinas que parecen sacadas de una papelería infantil. Son imperfectos, pero hechos con cariño.

—Regalos para los vecinos. —Esos que me invitaron a sus noches en la terraza y a sus clases de yoga, y que siempre están a un golpe de timbre.

Archie me mira con esa sonrisa que me derrite.

—¿Vas a convertirte en el espíritu navideño del edificio?

—Puede. ¿Vas a ayudarme o no?

—¿Y perderme la oportunidad de ver la cara de Rhys cuando vea ese envoltorio? Jamás.

Le tiendo un paquete y me pongo de pie.

—Pues venga, Santa Claus, tenemos trabajo que hacer.

Tocamos primero en el 533. Kylie abre con su habitual ropa de yoga y el moño despeinado en lo alto de la cabeza. Al vernos, sonríe con calidez.

—¡Ey, parejita navideña! —bromea—. Qué bien os veo.

—Solo queríamos darte esto —le digo, mientras le entrego la bolsita.

—¡Ay, qué monos! —La abre allí mismo y se ríe al encontrar una vela con aroma a canela y una nota escrita a mano—. Gracias, de verdad. Esto me va a venir genial para mis clases del miércoles. ¡Felices fiestas!

Seguimos por el pasillo y paramos en el 512. Rhys abre con unos vaqueros rotos, una camiseta de los Pixies y cara de haber estado durmiendo o tocando la guitarra. Tal vez ambas cosas.

—¿Qué pasa? —gruñe al principio, pero al vernos con las bolsas, alza una ceja.

—Pequeño regalo navideño —dice Archie, entregándole uno.

Rhys lo mira, luego a mí. Sonríe apenas.

—No sabía que esto se hacía en Chicago —murmura, pero toma la bolsa—. Gracias. Supongo.

—Felices fiestas —le decimos, y él asiente antes de cerrar con un leve gesto de despedida.

Bajamos al tercero y tocamos en el 322. Maverick abre tras unos segundos. Alto, serio, con la barba recién arreglada y las gafas caladas en la nariz.

—Hola —saludo—. Solo venimos a dejarte esto. Es por Navidad.

Archie le tiende la bolsa. Él la toma con cierta sorpresa, como si nadie hubiera tenido un gesto así en años.

—Gracias. Es… muy amable —dice con voz grave y, antes de cerrar, añade—: Felices fiestas.

Finalmente llegamos al 799. Julia abre con su melena rizada suelta y una gran sonrisa pintada en los labios.

—¡Sara! ¡Archie! Qué ilusión —exclama, al tiempo que me abraza sin dudar.

—Venimos a dejarte esto —le digo, y le doy el paquete.

—Sois lo más bonito del edificio —declara, emocionada. Rompe el papel con cuidado y sonríe al ver lo que hay dentro—. Esto va directo al centro de mi mesa. Gracias.

Intercambiamos abrazos, buenos deseos y promesas de vernos después de las fiestas. Cuando entramos de nuevo en casa, me quito el abrigo y dejo las llaves sobre la encimera. Archie se deja caer en el sofá con un suspiro satisfecho, aún con la bufanda a medio quitar.

—Vale. Esto ha sido mejor que cualquier otra cosa que hubiéramos hecho esta tarde —reconoce, dejándose caer hacia atrás, con los ojos cerrados.

Lo miro, sonriente, y voy hasta la estantería del fondo. Hay una pequeña caja envuelta en papel kraft con un lazo rojo. La tomo con cuidado y me acerco.

—Tengo uno más.

—¿Eh? —Abre un ojo, curioso.

—Para ti. —Le entrego la caja.

Él se incorpora de golpe, con el ceño fruncido.

—¿Qué? Pero… yo no he preparado nada para ti.

—No pasa nada. No era el trato. Esto es solo porque me apetecía.

La toma entre las manos como si fuera algo frágil y durante unos segundos no dice nada. Lo noto nervioso, incluso un poco culpable.

—Sara…

—Ábrelo.

Dentro hay una foto enmarcada: estamos los dos abrazados en la nieve, con el castillo de Charles a nuestra espalda, el invierno pasado. El día antes de que todo se fuera al infierno. También hay una nota, escrita en una tarjeta con un dibujo de renos:

Por lo bueno que tuvimos. Y por todo lo que aún no sabemos que viene.

Archie no dice nada. Solo la mira en silencio. Luego se pasa una mano por el pelo, con esa expresión que rara vez muestra: desarmada, vulnerable.

—Eres… —Mueve la cabeza, sin acabar la frase—. Maldita sea, Sara.

Me siento a su lado.

—No es gran cosa. Solo pensé que… ese día, antes de que todo estallara, fuimos felices. No quiero olvidarlo.

Él deja la caja a un lado y me toma la cara entre las manos.

—Yo tampoco.

Y me besa. Despacio. Con una ternura que me hace olvidar la tormenta, el colegio, la rabia y el miedo.

Solo quedamos él y yo. Y esta extraña calma navideña que empieza a colarse, poco a poco, en los rincones de mi vida.

Permanecemos abrazados unos minutos más, sin hablar.

No hace falta. Ya lo hemos dicho todo. O al menos, todo lo que podíamos decir por ahora.

Cuando me separo un poco, noto que se ha hecho tarde. La hora del vuelo se acerca y, aunque lo he estado posponiendo en mi cabeza, el reloj no perdona.

—Tengo que terminar de prepararme —digo en voz baja, casi como si me estuviera disculpando.

Archie asiente y se pasa una mano por la cara.

—Ve, yo te llevo al aeropuerto.

—Gracias.

Archie coge la caja con una sonrisa suave, de esas que no enseña a cualquiera, y durante un segundo me siento completa.

No dice nada, pero no hace falta. Esa sonrisa lo dice todo.

Me dirijo al vestidor para tomar el abrigo.

Mientras me lo pongo, repaso lo imprescindible.

Pasaporte, móvil, cartera. Todo está. Archie vuelve con la maleta en una mano y la caja en la otra.

Nos miramos un instante y luego él asiente con la cabeza, como si ese simple gesto pudiera protegernos de lo que sea que venga después.

—Vamos.

En el coche, el silencio es cómodo, aunque lleno de cosas que no decimos.

Las luces de la ciudad parpadean detrás de la ventisca, como si todo estuviera cubierto por una capa de nostalgia anticipada.

El parabrisas va dejando ver fragmentos de calle, nieve y oscuridad.

Me agarro al cinturón con una mano. Con la otra, busco la suya.

Él no aparta la vista de la carretera, pero entrelaza nuestros dedos.

—Se me van a hacer eternos estos días lejos de ti —confiesa, sin cambiar el tono.

—El dos de enero tengo el vuelo de regreso; son muy pocos días.

Asiente. No dice nada más. Pero noto cómo aprieta un poco más mi mano.

Cuando llegamos a la terminal, se baja conmigo y saca la maleta del maletero. Me mira como si no supiera muy bien qué decir. Y yo tampoco. Lo nuestro no está en el punto de las despedidas dramáticas ni de las promesas. Pero tampoco es indiferencia. Es algo más raro, más hondo.

—Te escribiré —digo.

—Vale.

Duda un segundo y luego me abraza. Fuerte. Con los dos brazos, como si no quisiera soltarme.

—Cuídate —susurra contra mi pelo.

—Tú también.

Nos separamos despacio. Él se queda quieto junto al coche mientras entro en el edificio y durante unos segundos siento su mirada en mi espalda.

No me giro. Pero sé que ya no me puede ver y es cuando respiro profundamente sabiendo que ya no está.

Aligero el paso porque tengo el tiempo justo para pasar por el control de seguridad y embarcar.

Me acomodo en el asiento junto a la ventanilla y abro el bolso para asegurarme, por tercera vez, de que he guardado bien el pasaporte y la tarjeta de embarque.

El avión está casi lleno y los motores ya rugen con ese sonido grave que precede al despegue.

Me abrocho el cinturón, tomo el móvil y escribo un mensaje rápido.

Yo: Ya estoy sentada, en hora. Si todo va bien, llego puntual. ¿Venís a buscarme?

Lo envío al grupo de casa. Enseguida aparece el doble check . Apenas pasan unos segundos cuando salta la respuesta de mi madre.

Mamá: ¡Claro que sí! Te veo en unas horas, mi pequeña pelirroja.

Sonrío sin poder evitarlo por esa manera suya de hablar como si todavía tuviera diez años. Miro por la ventanilla. La pista está cubierta de nieve y las luces del aeropuerto parpadean entre la niebla. Suspiro. Justo entonces vibra el móvil de nuevo. Es Archie.

Archie: Aún no ha salido tu vuelo y ya te echo de menos.

No tiene emoji. Ni punto final. Solo eso. Y, sin embargo, me desarma. Sonrío. Apoyo la cabeza en el respaldo y le contesto, justo antes de poner el modo avión:

Yo: Yo también.

Apago la pantalla. Cierro los ojos. Y dejo que el avión me saque volando de este torbellino que hemos empezado a construir, sin saber aún si será un refugio… o una tormenta más.