Capítulo 20. Sara
Sara
Acabamos en una tienda que parece haber explotado en Navidad.
Luces de colores, árboles artificiales, bolas de cristal, estrellas, renos, guirnaldas, mantas con copos de nieve…
El local brilla como si fuera una extensión de una postal navideña.
Hay música de fondo, un villancico en versión jazz , y en una esquina una pareja discute si poner luces blancas o de colores.
—Este. —Archie señala un árbol diminuto, con ramas desordenadas y una estrella torcida—. Es el elegido.
—Es el más feo.
—Justo como tú —dice, y me guiña un ojo.
Río. Por primera vez en todo el día, río de verdad. Y entonces ocurre: Archie agarra un cesto y empieza a llenarlo como si estuviéramos decorando el Rockefeller Center.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto entre risas.
—Terapia. Funciona mejor que cualquier psicólogo. Mira esto —dice al tiempo que alza un reno de peluche que mueve la cabeza al ritmo de Jingle Bell Rock —. Este necesita venir a casa. Se llama Dave.
—¿Dave?
—Sí, y tiene tres hijos y una hipoteca. Míralo bien: es un padre ejemplar.
—Estás fatal.
—Y tú estás demasiado triste, así que déjame hacer mi magia.
Sigue metiendo cosas: luces en forma de estrella, bolas que parecen hechas de galleta y una guirnalda con campanitas que tintinea a cada paso. Me da una corona horrible con purpurina verde fosforescente.
—¿Y esta pesadilla?
—Navidad también es sufrir visualmente. Es parte del contrato.
En otro pasillo, encuentra una figura de Papá Noel en miniatura que, al apretarle la barriga, canta con voz desafinada. Archie lo aprieta una y otra vez hasta que el encargado lo mira con cara de homicidio. Yo estoy llorando de risa.
—Archie, para, por favor —digo entre carcajadas, mientras me cubro la cara—. Nos van a echar.
—¿Ves? Ya te estás riendo. Misión cumplida.
—Eres insufrible.
—Y aun así me dejas quedarme a dormir en tu cama. Soy afortunado.
Terminamos en la caja con una mezcla de adornos tan aleatoria que parece que hemos vaciado la tienda a ciegas.
Archie paga mientras intento procesar cómo ha conseguido arrastrarme de este modo.
Salimos al frío con las bolsas colgando de ambos brazos.
En la calle, las luces navideñas parpadean como si quisieran darnos la bienvenida a algo mejor.
Y, por un momento, empiezo a creer que todo va a estar bien.
Volvemos a casa cargados, como si estuviéramos decorando una mansión y no mi minúsculo apartamento. Archie saca una bolsa con luces y me las pone en el cuello como si fueran un collar.
—Listo. Iluminación resuelta.
Pasamos la siguiente hora colocando adornos torcidos, colgando guirnaldas con celo en las paredes y peleándonos por dónde se ve mejor el árbol desde el sofá.
Cuando por fin nos sentamos, apagamos todas las luces y dejamos solo las del árbol encendidas.
Son suaves, cálidas. Bailan en la penumbra como si no supieran que hoy he estado a punto de perder a mis alumnos. Como si todo estuviera bien.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—Gracias —le digo en voz baja.
—Por nada. Aunque deberías dármelas por haberte salvado de la maldición de vivir sin espíritu navideño.
—Tú y tus tonterías…
—Tonterías que te han hecho sonreír —responde.
Y tiene razón. Por un momento, lo oscuro se ha apartado.
—Míralo —dice—. Es aún más feo con buena luz. —Rompe a reír y yo no puedo dejar de hacerlo, hasta que me cruzo de brazos y lo miro con seriedad fingida.
—Ese árbol nos va a acompañar toda la vida, te aviso.
—¿Toda la vida?
—Sí. Si algún día tenemos hijos —digo, sin pensar demasiado en lo que acabo de decir—, les contaré la historia del árbol feo que nos salvó una Navidad.
Archie se ríe y niega con la cabeza.
—Lo tiraré a la basura en cuanto te despistes.
—Por encima de mi cadáver.
—Ya veremos, futura madre de mis hijos —responde con una ceja alzada.
Me arrodillo para sacar una guirnalda mientras me echo a reír.
—¿Quieres pedir una pizza y cenar aquí?
—¿Lo preguntas en serio?
Lo miro desde el suelo, con la guirnalda enredada entre mis brazos.
—Sí. ¿Te quedas?
—Siempre.
Y no dice nada más. Solo se sienta en el sofá, con el árbol aún en la mano, como si fuera lo más valioso que tenemos.
Mientras tomo el móvil para pedir nuestra cena, siento que, de algún modo, estamos celebrando la Navidad más importante de nuestras vidas.
Aunque el árbol sea feo. O precisamente por eso.
Las pizzas llegan justo cuando ya me he puesto el pijama. Archie insiste en que las comamos en el suelo, frente al sofá, con una manta vieja que encuentra doblada en mi estantería y que convierte en unos sillones improvisados.
—Esto es romántico y cutre a partes iguales —le digo, mientras abro la caja de pepperoni .
—Como nosotros —responde, y choca su vaso de refresco con el mío.
Estamos en eso, con las luces navideñas encendidas, el árbol feo presidiendo la mesa y Archie diciendo tonterías sobre comprar renos inflables para su terraza, cuando suena mi móvil. El nombre de mi madre aparece en la pantalla. Me tenso. Está claro que ya se ha enterado.
—¿Vas a responder? —pregunta Archie.
Asiento y deslizo el dedo para contestar.
—Hola, mamá.
—¡Hola, hija! ¿Cómo estás?
Su voz suena tranquila. Casi demasiado tranquila. Me detengo. Hay risas al fondo, voces familiares. Mi padre. Marcos. El telediario no debe de haber llegado aún a casa.
—Bien… Bien. Acabamos de pedir pizza —respondo, echando una mirada a Archie, que mastica con aire inocente—. Estoy con Archie.
—¿Con Archie? ¿Otra vez en tu casa? —ríe—. ¡Pues ese chico se va a quedar a vivir ahí, ya verás!
—No me quejo —murmuro, al tiempo que noto que Archie alza las cejas, divertido.
—Oye…, ¿esas luces que veo detrás de ti? ¿Has decorado?
—Fue idea de Archie. Me arrastró a una tienda, me compró un árbol diminuto y luces horribles.
—¿Quieres decirme que has decorado tu casa por Navidad?
—Lo estoy intentando.
—Pásamelo.
—¿Eh?
—A Archie. Pásamelo.
Lo miro. Él se encoge de hombros y toma el móvil con una mano grasienta de pizza.
—Hola, señora Pérez —dice con su tono más educado—. Buenas noches.
La pantalla se ilumina con el rostro de mi madre, y me quedo mirando cómo la expresión de Archie se suaviza al escucharla.
Asiente, sonríe y le responde con un «por supuesto».
Después añade, un poco más bajo, aunque lo suficiente para que yo lo oiga: «Nunca dejaría sola a su hija. No en un día como hoy».
Cuando la llamada termina, dejo el móvil a un lado.
No le pregunto nada más; no hace falta. Solo me acerco y apoyo la cabeza en su hombro, mientras seguimos comiendo pizza en el suelo, frente al árbol más feo del mundo, bajo las luces más cutres de Chicago.
Y, por alguna razón, me siento más en casa que nunca.
* * *
—Archie, despierta. En serio, levántate.
Murmura algo incomprensible y se da la vuelta, enterrando la cara en la almohada. Me siento a su lado, con las medias en una mano y el móvil en la otra, mientras intento ponerme los zapatos al mismo tiempo que repaso mentalmente todo lo que tengo que hacer hoy.
—Archie, es urgente. ¡Tengo que estar en el colegio en veinte minutos!
Él abre un ojo.
—¿Pero no empezabas a las ocho y media?
—Anoche no vi el mensaje de Bruce. Me pidió que llegara una hora antes para hablar. La obra sigue adelante —le digo mientras intento encontrar mi abrigo debajo de la montaña de ropa que hemos dejado sobre la silla.
Eso sí que le hace abrir los ojos del todo.
—¿Va a hacerse?
—Sí —respondo, con un nervio contenido—. Bruce lo confirmó anoche. Pero necesito estar allí ya.
Salgo corriendo del baño con el pelo aún medio húmedo. Archie se sienta en la cama, despeinado, con la sábana enredada en la cintura.
—¿Quieres que te lleve?
—¡Gracias, pero ya he pedido un taxi! No me da tiempo; por favor, cierra bien al salir.
Le lanzo un beso al vuelo y trato de abrocharme el abrigo al mismo tiempo, pero justo cuando pongo la mano en el pomo de la puerta, lo oigo detrás de mí.
—No te vas a ir así.
Se acerca rápido, descalzo y en pantalón de pijama, con el pelo hecho un desastre y los ojos aún medio dormidos. Me toma con suavidad de la muñeca y me obliga a girarme hacia él.
—Dame un beso, como anoche —dice, y sonríe.
Y yo también, porque en realidad no quiero irme sin eso. Porque en medio del caos, de las cortinas agujereadas, del miedo congelado en la espalda, su boca sigue siendo el lugar más seguro del mundo.
—Tienes razón —susurro.
Nos besamos con urgencia y ternura a la vez, como si ese beso fuera a protegernos de todo lo que venga. Cuando nos separamos, él apoya su frente en la mía.
—Suerte hoy, aunque no la necesitas.
—Gracias por ayer —le digo, y siento que esas palabras se quedan cortas.
Él asiente, pero no dice nada más. Me acaricia la mejilla con los nudillos y me deja marchar. Esta vez sí, abro la puerta y salgo al mundo.
El trayecto hasta el colegio es más rápido de lo que pensaba.
El conductor ha puesto villancicos en la radio y en otras circunstancias me haría gracia.
Pero ahora, mientras miro por la ventana y veo escaparates brillantes, renos de luces blancas y árboles en todas las esquinas, solo puedo pensar en lo irreal que fue todo ayer.
Como si la ciudad entera celebrara una fiesta ajena a lo que vivimos en el teatro.
Al llegar al colegio, algo me hace fruncir el ceño. Hay dos agentes de seguridad en la puerta. Y un arco detector de metales recién instalado. El escáner de mochilas parece sacado de un aeropuerto. Detrás de mí, dos alumnos comentan que van a estar siempre vigilados.
Paso mi bolso por la cinta, levanto los brazos como me indican y espero. Es incómodo. Pero también tranquilizador. No puede volver a pasar. Camino por el pasillo principal en dirección al despacho de Bruce y me cruzo con Aurora, que llega al mismo tiempo. Me sonríe.
—Parece que no fue un sueño —le digo.
—No. Pero vamos a convertir este día en algo distinto.
Nos abrazamos en silencio y luego subimos juntas a la segunda planta, donde Bruce y Helen nos esperan.
La conversación con ellos es breve, pero está cargada de gravedad, lejos de los alumnos, con las ventanas cerradas y el aire denso.
Hay café frío en la mesa y papeles con listas de control. Todo está preparado.
—Seremos cautos —dice Helen, con voz serena pero decidida—. Habrá supervisión constante en los accesos, personal de seguridad en los pasillos, y todos los movimientos dentro del teatro estarán controlados.
—Los padres han sido informados —añade Bruce, mientras ojea un informe—. Todos los implicados han firmado un consentimiento por escrito. Nadie está aquí sin saber a lo que viene. Y los medios… no podrán entrar. No vamos a permitir que esto se convierta en un espectáculo.
Asiento en silencio. Aurora me aprieta el brazo bajo la mesa, como si esa fuera nuestra forma de darnos valor. Bruce deja el informe sobre la mesa con un leve golpe. Nos mira una a una con esa seriedad que solo adopta cuando algo realmente le importa.
—Esta función ya no es solo una obra escolar —dice, sin levantar la voz pero cargándola de intención—. Es una forma de sanar. Para ellos, para nosotros, para todo este lugar. Lo que pasó no lo podremos borrar, pero tal vez podamos darle otro final.
Nadie responde, pero en nuestros gestos hay algo parecido a la fe. Cuando volvemos al teatro, los alumnos nos están esperando. Algunos aún nerviosos, otros con los ojos hinchados por el cansancio; supongo que muchos de ellos no habrán podido dormir. Pero todos están allí. Y eso es suficiente.
El ensayo general arranca. Correcciones, ajustes, movimientos de último minuto.
Aurora grita más que nunca, Bruce entra y sale mientras marca el tiempo y Helen se encarga de asegurarse de que todo esté perfecto para la llegada de las familias.
El teatro vibra con una energía diferente.
Ya no es la emoción típica de una función escolar. Es otra cosa. Más intensa. Más viva.
Miro a los alumnos en escena. Miro a Aurora, moviéndose como si su vida dependiera de ello.
Miro las butacas vacías que pronto estarán llenas.
Y siento algo parecido al orgullo. Y al alivio.
Vamos a hacerla. Vamos a terminar este trimestre con algo más fuerte que el miedo. Vamos a regalarles una historia.
Aplaudo con todas mis fuerzas cuando cae el telón. Tengo las manos rojas y el corazón latiendo con una mezcla de alivio, orgullo y emoción pura. Lo han hecho. Han estado increíbles. Cada línea, cada silencio, cada gesto han estado cargados de verdad. Y yo no podría estar más orgullosa.
Detrás del telón, los alumnos estallan en abrazos.
Me buscan. Me rodean. Me abrazan con fuerza; algunos lloran, otros ríen, muchos hacen ambas cosas.
Siento sus cuerpos temblorosos, el peso de todo lo vivido, el esfuerzo, el miedo, la valentía.
Les susurro uno a uno cuánto los admiro, cuánto han crecido.
Me abrazan como si yo hubiera sido el ancla en medio del naufragio.
Pero ellos han sido mucho más fuertes de lo que creen.
Los padres, uno a uno, comienzan a acercarse. Me estrechan la mano, algunos me abrazan también. Me dan las gracias con palabras que se me clavan en el pecho.
—Gracias por su valentía, señorita.
—Mi hijo me lo contó todo. Dice que usted los salvó.
—No sé cómo agradecerle lo que ha hecho por nuestros hijos.
—Gracias por no rendirse.
Yo solo sonrío, aprieto sus manos con fuerza y repito que todos lo hemos hecho posible; que lo importante es que ellos, sus hijos, han querido seguir adelante.
Aurora se seca las lágrimas al otro lado del escenario, Helen está seria pero emocionada y Bruce ha perdido por completo la compostura: aplaude como un loco, con los ojos brillantes.
Y así, con el teatro aún lleno de aplausos y emoción, con el corazón henchido de amor por esta gente que ya siento como mía, termina la jornada. Se apagan las luces, los pasillos comienzan a vaciarse, las bufandas se ajustan al cuello y los gorros navideños vuelven a las cabezas de los alumnos.
Empiezan oficialmente las vacaciones de Navidad.
Y yo…, yo me siento completa.