La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 17. Archie
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Capítulo 17. Archie

Archie

—Vámonos —digo en cuanto se alejan los últimos niños y el autobús escolar gira la esquina del aparcamiento.

No necesito pensarlo ni planearlo; solo quiero estar con ella.

Sara me sigue sin preguntar a dónde vamos.

Eso, de algún modo, me hace sonreír. Caminamos juntos hacia mi coche, aparcado un poco más allá, bajo la sombra de unos árboles.

El sol cae con suavidad sobre el asfalto caliente y el murmullo del campo de golf queda atrás como una música lejana.

Abro la puerta del asiento del acompañante para ella.

—¿Tienes hambre? —le pregunto cuando se abrocha el cinturón.

—Siempre —responde como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Pongo el motor en marcha y miro la carretera.

—Hay un sitio cerca del río. Nada elegante, pero tiene unas vistas preciosas del lago y unos tacos de pescado que… —hago una pausa dramática— podrían hacer que te replantees tu nacionalidad.

Sara se ríe bajito al tiempo que gira la cabeza para mirarme.

—¿Estás intentando impresionarme?

—No. Solo intento llevarte a comer sin estropearlo.

—Entonces vamos —dice—. Pero que sepas que mis estándares son exigentes.

—Perfecto. —Le guiño el ojo—. Los míos también.

Con eso, dejo atrás el campo de golf y la distancia de los últimos días.

El tráfico es leve, el aire empieza a refrescar y Chicago se extiende frente a nosotros como una promesa.

Hoy no necesito nada más; solo a ella. El coche avanza con suavidad por la avenida.

Las sombras de los edificios altos se estiran sobre el asfalto y el aire empieza a cambiar: más fresco, con ese olor inconfundible del agua cerca.

Sara apoya un codo en la ventanilla y observa el exterior con una expresión tranquila, como si el simple hecho de estar aquí fuera suficiente; como si ya hubiéramos cruzado una frontera invisible.

—¿Y bien? —pregunta al fin mientras gira la cabeza hacia mí—. ¿Cómo fue el torneo? ¿Ganaste?

La miro de reojo y una sonrisa lenta se dibuja en mis labios.

—Por supuesto.

—Vaya —dice entre risas suaves—. Qué modesto.

—¿Te sorprende? —Levanto una ceja, disfrutando del juego—. ¿Desde cuándo no sabes que siempre gano?

—Te recuerdo que no siempre ganas —replica cruzándose de brazos, con esa media sonrisa que conozco demasiado bien.

—Eso fue estrategia; no quería que Flavio se sintiera mal. Le dejé ganar y lo sabes. Todo Colinton lo sabe.

—Ah, ¿sí? —Se ríe—. Pues qué caballeroso.

—Lo intento —respondo, encogiéndome de hombros con fingida humildad.

Ella niega con la cabeza, pero no deja de sonreír. Durante unos segundos, solo hay silencio. Pero es uno cómodo y fácil; de esos que no exigen nada ni pesan. Como si estuviéramos volviendo a algo que, en realidad, nunca se rompió por completo.

—Me alegra que estés aquí —dice de pronto, en voz baja.

—Yo nunca quise irme —respondo.

Y no hace falta que diga nada más. El río aparece a lo lejos, brilla con reflejos dorados bajo la luz de la tarde.

El restaurante está justo ahí, con sus mesas al aire libre y sus faroles encendidos antes de tiempo.

Aparco despacio bajo un árbol. Sara no se mueve aún. Me mira. Y yo la miro de vuelta.

No sé si esto será fácil. En realidad, sé que no lo será.

Porque en cuanto mi padre sepa que he vuelto a verla, caerá sobre mí como una maldita tormenta.

Elliot no se conformó con contárselo todo a Hunter; también fue corriendo a él, a mi padre, con el mismo veneno.

Desde entonces, el nombre de Sara está prohibido en mi casa.

Pronunciarlo es como escupir gasolina sobre el fuego.

Pero ahora no es momento de decírselo. Ahora solo quiero este rato, su risa y su voz.

El resto… ya llegará, como siempre ocurre.

Cruzamos la calle en silencio, con el sonido del tráfico lejano mezclado con el murmullo del río. Sara camina a mi lado y, sin pensarlo, entrelazo mis dedos con los suyos. No se aparta ni dice nada; solo aprieta un poco, como si esa presión leve fuera suficiente.

—¿Has venido antes por esta zona? —le pregunto mientras bordeamos la verja de hierro que separa el sendero del agua.

—No. He paseado cerca, pero nunca por aquí.

—Entonces acerté —digo sonriendo, como si no me jugara algo más grande que una primera cita.

Se lo merece. Después de todo. Después de todo lo que no sabe.

El restaurante es sencillo, pero tiene encanto: farolillos que cuelgan de los toldos, luces cálidas reflejadas en las copas y una terraza orientada hacia el oeste, donde el cielo empieza a teñirse de naranjas profundos.

Desde aquí se ve la torre del Tribune, imponente, y un poco más allá el Wrigley Building, con sus relieves blancos que brillan a esta hora como si alguien los hubiera limpiado solo para nosotros.

—Aquel de ahí —le digo señalando con la barbilla hacia el edificio con el reloj redondo— es uno de mis favoritos: el Wrigley. Siempre me ha recordado a una especie de castillo raro plantado en medio de Chicago. Cuando era pequeño, pensaba que vivía alguien dentro, una especie de rey moderno.

Sara sonríe y me mira con esa mezcla suya de curiosidad y ternura que desarma.

—¿Y ahora quién crees que vive ahí?

—Ahora sé que son oficinas, pero prefiero no pensarlo. —Hago una pausa y la miro de nuevo—. A veces es mejor quedarse con la versión bonita de las cosas.

Ella no responde. Solo me sigue, tranquila, mientras cruzamos entre las mesas hasta que nos asignan una en la esquina más cercana al agua.

Nos sentamos. Ella se quita la chaqueta.

Por un momento, todo el ruido de fondo —cubiertos, risas, vasos— desaparece.

Estoy aquí con ella y, por unos minutos, nada más importa.

El camarero nos deja las cartas y una jarra de agua helada con rodajas de limón. Nos dedica una sonrisa profesional antes de retirarse, dejándonos solos otra vez. Sara pasa las páginas del menú como si fuera una novela que no termina de convencerla.

—¿Tienes hambre o estás fingiendo que te interesa lo que vas a pedir? —le pregunto inclinándome un poco hacia ella.

—Estoy fingiendo —responde sin apartar los ojos del menú—, pero si digo que no tengo hambre, luego me arrepentiré.

—Yo voy a pedir la hamburguesa. Tiene el nombre del sitio, así que debe de ser buena. O es puro marketing , pero da igual.

—Eso suena muy a ti —dice alzando una ceja—. Elegir algo porque suena a apuesta segura... con un poco de riesgo.

—¿Crees que soy así?

—Creo que quieres que lo parezca. —Sus ojos se clavan en los míos, brillantes y más seguros que esta mañana.

Me río por lo bajo.

—Está bien. Lo acepto. Pero tú no eres tan impredecible como crees. —La miro como si intentara leer entre líneas—. Sigues diciendo lo que piensas, aunque te duela.

Sara baja un poco la vista, pero sonríe.

—¿Y eso es malo?

—Es una de las cosas que más me gustan de ti.

El camarero regresa y toma nota rápido. Cuando se marcha, el silencio se instala unos segundos: no es incómodo, solo está lleno de todo lo que no hemos dicho.

—¿Sabes? —dice ella mientras juguetea con el vaso—. Sabía que te encontraría allí. No sé por qué, pero algo me decía que estarías allí, y estabas.

Niego suavemente, esbozando una media sonrisa.

—No fui por casualidad. Bruce me dijo que ibais a ir a ese campo… y cambié todo para estar allí.

—¿En serio?

—Mi entrenador no estaba de acuerdo con mi cambio de última hora —respondo bajando la voz—, pero si tú ibas a ir, yo tenía que estar esperándote.

—¿Y si no te hubieran permitido cambiar de campo?

—Habría cambiado igual.

Sara me observa como si buscara una fisura, pero no la encuentra porque esta vez no estoy fingiendo. No con ella. No otra vez.

—Archie…

—Dime.

—¿Vamos a hacerlo bien esta vez?

Trago saliva. Esa pregunta no es pequeña en nuestra historia.

—Si tú quieres…, sí.

Sara asiente despacio.

—Entonces no me mientas; actúa pensando en mí primero.

—Lo haré. —Tomo aire—. Pero tú tampoco huyas.

—No lo haré.

Nuestros platos llegan y con ellos la sensación de que empezamos algo nuevo.

Tal vez esta vez sí funcione. La cena avanza entre bocados tranquilos y silencios cómodos.

Sara se apoya de forma ligera sobre la mesa, con la mirada perdida en el reflejo del río, mientras juega con una patata frita entre los dedos. Yo la observo. Es ahora o nunca.

—He pensado mucho en lo que me dijiste —digo de pronto, sin levantar demasiado la voz.

Ella gira la cabeza hacia mí, curiosa.

—¿Sobre qué?

—Sobre estudiar Arquitectura.

Sus cejas se alzan con sorpresa, pero no dice nada. Me tomo un segundo para ordenar las palabras.

—No quiero dejar el golf. Me gusta; es parte de mí. Y... a veces es lo único que parece tener sentido cuando lo demás no lo tiene. Pero lo de estudiar Arquitectura... siempre ha estado ahí, muy al fondo. Como algo que dejé aparcado porque nadie lo consideró importante. Ni siquiera yo.

Sara no me interrumpe. Me mira como si estuviera viendo una parte de mí que no había salido antes.

—¿Y ahora?

—Ahora no lo sé. —Me encojo de hombros y bajo la mirada al plato—. Quiero hacerlo. Pero hacerlo de verdad, no por llevarle la contraria a nadie. Solo que… es difícil.

—¿Por tu padre?

Levanto la vista. No me sorprende que lo haya entendido tan pronto.

—Sí —respondo al cabo de un segundo—. Él cree que perdería el tiempo. Que solo tengo un talento. Que si me distraigo, se acaba todo. Y a veces… me lo creo.

Sara estira la mano, apenas unos centímetros, como si quisiera tocarme, pero se contuviera por respeto al momento.

—Archie, estás a tiempo de decidir quién quieres ser. Y no tienes que hacerlo hoy, ni mañana. Solo… no dejes que nadie te convenza de que solo puedes ser una cosa. Porque eso no es cierto.

Sus palabras me calan más hondo de lo que esperaba. Me siento visto y, de forma extraña, comprendido.

—Gracias.

—No me las des todavía —dice con una sonrisa ligera—. Si acabas construyendo casas horribles, negaré haber tenido algo que ver.

—¿Te estás burlando de mi futuro como arquitecto?

—Jamás. Pero quiero que me invites a la inauguración de tu primer edificio.

—¿Y si mi primera construcción es nuestra casa? —respondo sin apartar los ojos de los suyos.

—Eso ya son palabras mayores.

—Yo voy a lo grande, ya lo sabes.

—Pues brindemos por esa casa…, la que guardará nuestros mejores momentos.

Y alzamos los vasos de agua como si fueran copas de cristal.

Brindamos como dos niños que pactan un secreto que solo ellos pueden entender.

Terminamos de cenar con calma, sin mirar el reloj.

Sara juega con la servilleta entre los dedos mientras le da el último sorbo al vaso de agua.

Yo pido la cuenta con una seña discreta al camarero.

Nadie nos molesta ni nos interrumpe. Es como si el mundo entero supiera que necesitábamos esta pausa para encontrarnos.

Cuando salimos del restaurante, la brisa fresca del río nos envuelve de inmediato.

—¿Te apetece dar un paseo? —le pregunto ofreciéndole la mano.

—Sí —dice sin dudar.

Caminamos despacio junto al río, sin prisa.

El cielo ha empezado a oscurecer y las luces de la ciudad se reflejan en el agua como un cuadro en movimiento.

Sara lleva los brazos cruzados, no como defensa, sino por el frío.

Lo noto cuando se estremece ligeramente.

Sin pensarlo demasiado, le paso el brazo por los hombros y la atraigo hacia mí.

Ella no dice nada; solo se deja envolver.

—Hace fresco —murmuro.

—Un poco, pero estoy bien —responde recostando la cabeza en mi hombro mientras seguimos caminando.

No hablamos mucho más. No hace falta. Todo está dicho o a punto de estarlo.

Su cuerpo encaja en el mío como si llevara años haciéndolo.

Como si no hubiera pasado el tiempo; como si todas las distancias hubieran sido solo un espejismo.

Pasamos por un puente de metal iluminado y desde allí señalo un edificio al otro lado del río.

—¿Ves aquel? Tiene una fachada brutal. Me recuerda a una maqueta que hicimos en primaria, cuando aún no sabía ni lo que era una viga.

Ella sonríe.

—Te pega. No solo mirar, sino imaginar cómo sería hacerlo tú.

—Lo imagino todo el tiempo —respondo sin pensar. La miro—. Pero contigo, aún más.

Sus mejillas se tiñen de rosa, por el frío o por mis palabras; no me importa el motivo. Caminamos un poco más, hasta donde dejé el coche. Le abro la puerta. Ella entra. Yo rodeo el capó con el corazón latiéndome como si volviera a tener diecisiete años. Arranco sin prisa.

—¿Vamos a casa? —pregunto.

—Sí —dice simplemente. Su voz suena tranquila, como si esa palabra, casa, significara algo más ahora; algo que empieza esta noche.

Y conduzco hacia la mía con ella al lado, con todo lo que no decimos pero sentimos y con la certeza de que esta vez, al cerrar la puerta, no seríamos solo dos cuerpos que se reencuentran. Seríamos nosotros, por fin, sin miedo.