La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 18. Sara
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Capítulo 18. Sara

Sara

La ciudad entera parece salida de una postal.

Las luces navideñas cuelgan de los árboles desnudos como si alguien hubiera querido vestirlos de esperanza, y cada escaparate compite por ser el más brillante, el más dulce, el más mágico.

En las aceras hay puestos con chocolate caliente, galletas de jengibre y bufandas tejidas a mano que huelen a hogar.

Un saxofonista toca Have Yourself a Merry Little Christmas en una esquina y, por un instante, todo parece en pausa.

Camino con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la bufanda hasta la nariz.

El frío me muerde las mejillas, pero no me importa.

La calle está decorada con guirnaldas y estrellas doradas, y los árboles del paseo tienen pequeñas lucecitas parpadeantes que se reflejan en el suelo como si caminara sobre un lago helado de colores cálidos.

Es diciembre. Última semana de colegio antes de las vacaciones navideñas. Y, por primera vez en mucho tiempo, me siento… en casa.

Mientras espero a que el semáforo cambie, repaso mentalmente todo lo que ha pasado desde que llegué a Chicago. No entiendo cómo ha podido cambiar tanto todo en tan poco tiempo. Supongo que cuando las piezas encajan, simplemente… lo sabes.

Aurora y yo nos hemos convertido en un equipo perfecto.

Profesora, compañera, amiga. Hemos trabajado codo a codo en la obra de teatro del colegio y hoy, por fin, es el ensayo general.

Está tan ilusionada que lleva dos semanas ensayando su discurso frente al espejo.

Yo no he querido decírselo, pero me lo sé de memoria.

Con los demás profesores también he encontrado mi lugar. No soy la nueva desde hace tiempo. Me incluyen en las reuniones, me confían proyectos, incluso me han pedido ayuda para organizar el intercambio del próximo trimestre. Soy una más. Y no solo en los papeles.

Y Archie… Archie es como mi regalo anticipado de Navidad.

Nuestro ritmo es otro. Él entrena mucho, a veces en exceso, pero aun así encontramos la manera de vernos.

Por las tardes, por las noches, a veces solo para cenar o ver una película.

Casi siempre terminamos en su casa, más amplia, más luminosa, más él.

Pero otras veces, cuando el tiempo lo permite, nos quedamos en la mía.

Y Archie ya no es un invitado: es parte del grupo.

Se sienta con Kylie, escucha los desvaríos de Rhys, se ríe con Blue.

Y lo más increíble es que Rhys lo ha aceptado.

Al principio parecía imposible. Pero ahora se saludan, se respetan.

Sé que no ha sido fácil, pero sé también que lo hace por mí.

Blue se ha unido a todo. A las cenas, a las charlas, a las clases de yoga.

Lo del yoga ya es parte de mi rutina semanal.

Kylie se ha encargado de eso con su habitual energía imparable.

Ni siquiera si tengo planes con Archie me libro.

Lo gracioso es que él ha empezado a venir a buscarme justo cuando termina la clase.

Se apoya en la puerta, me observa, me lanza esa media sonrisa suya.

A veces parece que aún no se cree que estemos aquí. Yo tampoco.

Mi familia está lejos, pero más presente que nunca. Me llaman, me escriben, me mandan vídeos. Ayer mismo Marcos me envió uno del velero adornado con luces navideñas y un gorro de Papá Noel en el timón. Mamá me repite que se nota en mi voz que soy feliz. Y tiene razón.

Llego al colegio con la sonrisa ya en los labios. El edificio está decorado con coronas verdes y la entrada huele a canela y papel pintado. Aurora me espera en el vestíbulo, con una carpeta en una mano y una diadema con cuernos de reno en la cabeza.

—Hoy es el gran día —me dice, entre nerviosa y emocionada.

—Lo sé. ¿Estás lista?

—Por supuesto que no —responde—. Pero eso nunca nos ha detenido, ¿verdad?

Nos reímos. Y en ese instante empiezan a llegar los alumnos, cargados con mochilas, disfraces mal doblados y nervios. Vienen cantando, algunos con luces en los gorros, otros con las mejillas pintadas de rojo. Aurora me lanza una mirada cómplice.

—Vamos a reunirlos. Último ensayo general.

Yo respiro hondo, como si estuviera al borde de un escenario. Y me dejo llevar.

La sala del teatro está iluminada por los focos del escenario, más cálidos que nunca por los adornos de papel colgados en los laterales. Aurora da las últimas instrucciones con una libreta en la mano, mientras yo reparto unas botellas de agua y acomodo al último grupo en su posición.

—¿Preparados para el gran ensayo general? —pregunto en voz alta.

Los chicos responden con un coro de síes, aunque no todos lo hacen con la misma energía. Mi mirada se detiene en John, que está al fondo, solo, con el libreto en la mano, pero sin mirarlo. No habla con nadie. No sonríe. Y eso, viniendo de él, no es habitual. Me acerco.

—¿Todo bien, John?

Él asiente. Pero no me mira a los ojos. Acaricia el borde del libreto con el pulgar, como si necesitara algo a lo que aferrarse.

—¿Seguro? —insisto en voz baja.

—Sí, solo... estoy un poco nervioso —responde sin más.

Le pongo una mano en el hombro e intento transmitir calma.

—Vas a hacerlo genial, como siempre. Confío en ti.

Se limita a asentir.

Las luces bajan un poco. Aurora hace una señal desde el lateral del escenario y los chicos toman sus posiciones.

Algunos ajustan sus disfraces; otros, los más nerviosos, se miran entre sí mientras contienen la risa.

Desde el público, donde me coloco con el libreto en la mano, sigo cada movimiento.

El telón no está cerrado; queremos que hoy se acostumbren a que haya ojos viéndolos.

Entonces, en medio de la escena de apertura, el diálogo entre dos hermanos que se reencuentran tras la batalla, John da un paso adelante. No está en su turno. No tiene diálogo aún. Camina hacia el centro del escenario. Y saca un arma del abrigo.

—¡Quietos! —grita.

El silencio es inmediato. Hay una breve pausa, casi cómica. Uno de los alumnos suelta una risa nerviosa. Aurora se gira hacia mí desde las cortinas con el ceño fruncido.

—John, ¿qué estás haciendo? —pregunto desde la platea, con voz clara pero serena.

—Es parte del ensayo, ¿verdad? —dice alguien del grupo, intentando seguir la corriente.

Pero mi pecho se contrae.

—John, eso no estaba permitido —añado, ahora más firme—. Recuerda que lo hablamos: nada de armas. Ni siquiera de utilería. Bruce y Helen fueron muy claros. Si se enteran, cancelarán la obra.

Él no se inmuta. Aprieta más el arma entre las manos.

—No es de mentira —dice entonces, en voz baja, casi en un susurro. Pero es suficiente para que lo escuchemos todos.

Aurora da un paso hacia el escenario.

—John…

Entonces, dispara al techo. Un sonido seco, brutal.

Genuino. El eco resuena por las paredes del auditorio como un trueno.

Y ahora sí, el pánico empieza. Los alumnos, paralizados por el miedo, apenas pueden respirar.

Algunos se abrazan entre ellos, otros miran a John con ojos desorbitados.

Aurora y yo estamos paralizadas, incapaces de reaccionar.

John avanza un poco más, con el arma aún en la mano, mirada fría y tensa.

—¡Cerrad esa puerta con llave! —ordena con voz firme, mientras mira a un par de chicos cerca de las cortinas.

Un par de alumnos, temblando, corren a cerrar y asegurar las puertas del teatro.

—No podéis salir —prosigue John, con voz quebrada por la rabia contenida—. Ya no aguanto más. Todos vais a morir conmigo.

El silencio se vuelve insoportable.

—¡No es un juego! —grita, mientras aprieta el arma—. Nadie va a salir vivo.

En ese momento, algunos niños comienzan a llorar. Otros se abrazan con fuerza. Aurora me mira en busca de una respuesta. Yo trato de mantener la calma, aunque por dentro estoy temblando.

—John, por favor —trato de razonar—. Este no es el camino. Hay otra forma.

Pero sus ojos no se suavizan. El teatro se convierte en una prisión improvisada. Tomo aire y me planto en el centro de la sala, hablando con voz firme pero suave:

—Todos, por favor, calma. Sentaos en el suelo, manteneos tranquilos y no miréis a John. Así estaremos todos más seguros.

Los alumnos obedecen; sus cuerpos temblorosos se desploman en el suelo. Sus ojos llenos de miedo miran al suelo o a mí. Me acerco lentamente a John, intentando conectar con él.

—John, por favor, nadie quiere hacerte daño. Podemos hablar, podemos arreglar esto sin que nadie sufra.

Pero lejos de calmarse, John aprieta el arma y dispara varias veces contra las paredes y las cortinas del telón.

Un grito desgarrador atraviesa la sala. Uno de los alumnos que se había escondido cerca de las cortinas grita de dolor: ha recibido un disparo.

Niego con la cabeza y, con los nervios a flor de piel, porque me tiembla todo el cuerpo, corro hasta él, me arrodillo, lo tranquilizo y reviso la herida con rapidez.

—Tranquilo, no es grave, pero… —Me quito el cinturón elástico de la falda y se lo enrollo en el brazo para que no sangre—. Apriétalo, y calma, solo es un roce; no te ha entrado la bala.

Intento mantener la calma para que nadie entre en pánico.

Aún no sé cómo yo misma no he caído en él.

O sí, pero al parecer no se me nota. Comienzan a sonar golpes fuertes en la puerta del teatro desde fuera y me inquieto, porque sé que están intentando abrirla, pero eso es peor: John se está poniendo más nervioso y es lo único que debemos evitar.

No sé hasta qué punto puede llegar. John me mira con ojos duros, con la ira mezclada con miedo.

—Sara —dice con voz firme—, llama a Helen. Dile que no intenten entrar. Que, si lo hacen, los mato a todos.

El silencio se vuelve aún más denso. Siento la presión en el pecho, pero sé que debo mantenerme fuerte. Con el corazón en un puño, saco el móvil con mano temblorosa y marco el número de Helen. John me observa con atención, casi como si estuviera midiendo cada movimiento.

—Hola, Helen —susurro, intentando que mi voz suene calmada y natural—. John está muy alterado —digo su nombre para que sepan quién es el culpable—. Por favor, dejad de intentar entrar o todo será peor. Ya hay un alumno herido; es leve, un roce, pero necesitará curas.

Escucho la voz calmada y firme de Helen al otro lado:

—Sara, aguanta ahí. La policía está de camino, pero no dejes que John se entere. Mantén la calma, habla con cuidado, como si nada pasara.

Asiento, aunque sé que Helen no me ve.

—Claro, Helen. Por favor, que no entre nadie. Es lo mejor para todos.

John me lanza una mirada fija, esperando a que cuelgue, pero yo mantengo el móvil pegado a la oreja y sigo hablando con normalidad.

—Nadie va a entrar, John. Pero, por favor, no vuelvas a disparar.

Helen me dice en voz baja:

—Resiste un poco más, Sara. Pronto estarán aquí.

Corto la llamada con un movimiento suave y vuelvo a mirar a John con una mezcla de determinación y tristeza.

El silencio se hace pesado, casi insoportable.

Los alumnos están sentados en el suelo, temblando, con los ojos fijos en John y el arma que aún sostiene.

Cada vez que dispara al techo o a las paredes, el eco retumba en todo el teatro y hace que más de uno se sobresalte o solloce.

Aurora y yo nos miramos todo el rato, nos hacemos señas; ella me señala la salida de emergencia, pero yo niego: cualquier movimiento podría incitarlo a volver a disparar.

Y los minutos se alargan, se eternizan, tanto que pierdo la noción del tiempo.

—Por favor, John, esto no tiene que acabar mal. Nadie quiere hacerte daño. Solo déjanos seguir con la obra y todo volverá a la normalidad.

John me mira con una mezcla de desesperación y rabia.

En ese instante, a apenas unos metros, un grupo de policías ya ha tomado posiciones alrededor del teatro, moviéndose con sigilo desde la entrada trasera y la salida de incendios.

Nadie hace ruido, y John no puede verlos, pero yo sí; contengo la respiración al tiempo que rezo para que no los vea.

John sigue apuntando con el arma, la tensión en su cuerpo es palpable.

De repente, sin previo aviso, dos agentes irrumpen por la salida de incendios.

Rápidos y decididos, se lanzan sobre John.

Él intenta reaccionar, pero la sorpresa y la rapidez son su peor enemigo.

Una lucha breve, feroz y desesperada se desata.

John forcejea, pero pronto le arrebatan el arma.

En un segundo, queda inmovilizado en el suelo mientras las esposas se ajustan a sus muñecas.

Los alumnos y los profesores permanecen paralizados, sin poder creer lo que acaba de pasar y muchos llorando desolados por el estado de nervios en el que se encuentran.

Yo respiro hondo mientras la adrenalina me late en las venas y una ola de alivio empieza a invadirme. Me dejo caer de rodillas al suelo, sin fuerzas para nada más que llorar. Helen y Bruce irrumpen en el teatro, visiblemente preocupados y alarmados.

—¿Estáis bien? ¿Algún herido? —pregunta Helen, mirando a Aurora con expectación y miedo.

—John sacó un arma —respondo, aún temblando—. Disparó varias veces y ha habido un herido leve, pero nada más.

En ese momento, se escucha la sirena de la ambulancia acercándose por el exterior.

Los paramédicos entran rápido, empujando una camilla.

Evalúan el estado del alumno, le retiran mi cinturón y se lo llevan.

La escena se convierte en un torbellino: profesores que intentan calmar a los alumnos, algunos de los cuales lloran o se abrazan; padres que comienzan a llegar; las preguntas se atropellan unas a otras.

—¿Qué le ha pasado a ese chiquillo para hacer algo así? —pregunta uno de los profesores.

—Algo que no hemos visto venir —contesta Bruce con voz firme—. Y esto no puede volver a suceder en un centro como este.

Helen se acerca a mí con una mirada que mezcla agotamiento y alivio.

—Sara, gracias. Lo he visto todo por la cámara y has sido muy valiente. Si no hubiera sido por ti… —Se lleva las manos al pecho y también se le caen las lágrimas.

Mientras tanto, afuera, las ambulancias, la policía y los medios empiezan a congregarse. La noticia se difundirá rápido. El teatro que horas antes había sido escenario de risas y esfuerzo ahora es un lugar marcado por el miedo y la incertidumbre.