Capítulo 16. Sara
Sara
Amanezco con la sensación de tener una piedra en el pecho.
No es resaca, anoche solo tomé una cerveza, ni cansancio físico.
Es otra cosa: un nudo sordo y molesto que se ha instalado entre las costillas y me recuerda cada vez que respiro que hay algo pendiente; algo que no se dijo del todo, pero que ya no puede desdecirse.
Rhys no volvió a mirarme el resto de la noche.
O tal vez sí, pero yo no me atreví a comprobarlo.
Me moví entre conversaciones y risas como si no pasara nada, fingiendo que la advertencia no me había dolido ni me había removido por dentro.
Maverick me sacó a bailar una canción ridícula y Kylie se empeñó en hacer una ronda de selfies con todos.
Pero incluso en medio del bullicio, la voz de Rhys seguía ahí: «Va a volver a hacerlo».
Me ducho despacio, como si eso pudiera aclararme las ideas.
Afuera, el cielo está nublado y el viento trae olor a tierra mojada.
Chicago se siente más gris hoy. Cuando salgo al salón, voy directa a la cocina y me preparo una taza de café para ver si me activo.
La tomo y me siento en el alféizar de la ventana, con las piernas cruzadas y la mirada fija en los árboles que se mecen con el aire.
No quiero pensar en Archie, ni en Rhys, ni en lo que significa que alguien desde fuera lo vea con tanta claridad.
Pero el silencio es traicionero y no soy buena ignorando lo que duele.
No lo pienso más. Apenas dejo la taza en el fregadero, salgo al pasillo y camino hasta el otro lado del rellano. Golpeo la puerta de Rhys con los nudillos, dos veces, firme.
Tarda en abrir. Cuando lo hace, viste una camiseta gris arrugada y tiene el pelo todavía húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Parpadea, sorprendido.
—Sara.
—¿Puedo pasar?
Su mirada busca la mía unos segundos, como si intentara adivinar mis intenciones. Luego se aparta a un lado y asiente.
—Claro.
Entro. El apartamento de Rhys es tal como me imaginaba: funcional, sobrio y sin demasiadas pretensiones.
Huele a café recién hecho. En una de las paredes del salón cuelgan varios discos de vinilo enmarcados: Fleetwood Mac, Bowie y un par de portadas que reconozco de fondo, pero no sé nombrar; sobre un mueble de madera clara reposa un tocadiscos antiguo.
Hay una guitarra en una esquina, una manta doblada en el sofá y unas deportivas tiradas bajo la mesa.
Todo habla de alguien que vive solo, cómodo con el silencio.
—Bonito lugar —digo, más por romper el hielo que por otra cosa.
Él cierra la puerta sin responder. Me observa, expectante.
—Quiero hablar contigo —suelto.
Asiente con lentitud.
—Te escucho.
—No sé qué pasó anoche —empiezo de golpe, sin rodeos—, pero no creo que estés siendo justo conmigo.
Frunce el ceño, pero no me interrumpe.
—No sabes nada de lo que ocurrió —continúo—. Entiendo que quieras protegerme o que pienses que ves algo claro desde fuera…, pero no es así. No cuando fui yo la que decidió marcharse; la que dejó de responder. Archie podría haber insistido, sí, pero lo aparté yo. No él.
Me detengo un segundo. Rhys baja la mirada. Yo respiro hondo.
—No quiero problemas, Rhys. Estoy empezando de nuevo aquí, intentando encontrar un equilibrio. No necesito sentirme juzgada. Si me equivoco, es mi problema. Nadie más tiene que cargar con eso.
Él levanta la vista con sus ojos serios, pero no fríos.
—No te estoy juzgando —responde con voz grave—.
Solo me importa lo que te pase porque te aprecio.
No me da igual si acabas hecha pedazos por alguien que ya lo hizo una vez.
—Se cruza de brazos y su expresión se suaviza un poco—.
Pero lo entiendo. No voy a entrometerme más. Es tu vida. Ojalá me equivoque.
Sus palabras quedan flotando entre nosotros, densas y pesadas.
—Su hermano fue el que de verdad me destrozó la vida —murmuro—. Fue quien lo complicó todo…, quien hizo que esto se volviera imposible.
Rhys asiente despacio, sin apartar los ojos de mí. No parece sorprendido, pero sí más serio aún.
—¿Lo quieres?
—Sí. Cuando estoy con él soy feliz. Cuando no pienso en todo lo que nos ha pasado, soy feliz.
Doy un paso atrás. Él no se mueve.
—Lo siento, Sara.
Se lo agradezco con un movimiento leve de la cabeza y, sin decir nada más, abro la puerta y salgo.
Al salir a la calle, las hojas secas crujen bajo mis botas y un viento frío me empuja a cerrarme mejor la chaqueta. El camino hasta el colegio me ayuda a ordenar mis pensamientos. No hay música hoy en mis auriculares; solo el murmullo de la ciudad que despierta.
* * *
La jornada empieza temprano. Mis clases transcurren con la rutina habitual: primeros verbos en pasado con los de octavo y un repaso de expresiones idiomáticas con los mayores.
A veces alguien menciona Ibiza y sonrío sin querer.
Otras veces, el acento latinoamericano de algún vídeo despierta curiosidad entre los alumnos, y eso me anima a improvisar.
A mediodía, me reúno con Aurora en el pequeño auditorio para repasar los avances de la obra. La escenografía empieza a tomar forma, los chicos ya no se ríen tanto en los ensayos e incluso hay un par de escenas que emocionan de verdad.
—Si seguimos así, vamos a dejar el listón altísimo —dice Aurora mientras hojea sus notas.
—Y tú te vas a quedar sin voz de tanto gritar «¡otra vez desde el principio!» —le respondo con una sonrisa.
Ella se ríe y niega con la cabeza. A su manera caótica, se está dejando la piel. Y yo… también, aunque no siempre se note. Cuando acaba la jornada y salgo al patio trasero del colegio, estiro un poco la espalda, cansada pero satisfecha. Entonces lo veo.
—¡Sara! —Bruce agita la mano con entusiasmo, apoyado en su bolsa de palos de golf—. ¡Vámonos, los chicos están entusiasmados!
Sonrío, contagiada por su energía.
El autobús escolar se detiene con un chirrido suave frente al campo de golf. Uno a uno, los alumnos bajan entre risas, empujones y voces agitadas. Bruce espera en la entrada con su gorra de visera y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Vamos, chicos, en fila! —dice Aurora mientras intenta imponer algo de orden, al tiempo que yo me cuelgo la mochila al hombro y saco la lista de nombres.
—Sara, ¿estás con el control?
Asiento y empiezo a pasar lista en voz alta mientras los pequeños corren hacia la entrada. Algunos se detienen a mirar los carritos de golf aparcados. Otros preguntan si hoy conocerán a alguien famoso. Yo solo sonrío y marco casillas.
—¿Puedo hacer fotos? —le pregunto a Bruce mientras él organiza al primer grupo.
—Claro, haz todas las que quieras. Luego las colgaremos en el álbum de la web. A los padres les encanta ver a sus fieras jugando a ser Tiger Woods.
Tomo el móvil y empiezo a captar imágenes: un niño que sujeta el palo al revés, dos amigas que posan con gafas de sol como si estuvieran en una pasarela, un grupo que intenta levantar la bolsa de palos entre todos.
El aire está fresco y lleno de esa emoción que solo se da cuando los niños se sienten grandes por un día.
En el trayecto desde el colegio hasta aquí, los había escuchado hablar sin parar.
Algunos cantaban, otros reían y uno incluso se inventó que su tío había jugado con Rory McIlroy en Escocia.
Yo solo miraba hacia atrás de vez en cuando y observaba sus caras y sus ojos brillantes.
En medio de todo ese caos alegre, sentí algo muy parecido a la felicidad: ser parte de esto; ser parte de ellos.
—Sara —dice Bruce en voz baja, a mi lado, con un tono cargado de algo que no alcanzo a identificar del todo.
Levanto la mirada y me quedo pálida de inmediato. Ahí está: Archie.
A lo lejos, en uno de los greens de práctica, vestido con ropa técnica oscura, la gorra echada hacia atrás y el cuerpo girando con esa precisión suya imposible.
Está practicando, sí, pero no de forma casual.
Sus movimientos son precisos e impecables.
Está concentrado y en su elemento. Y, aun así, lo sé: está aquí porque yo estoy aquí.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me duele. Intento recuperar la expresión, pero es inútil. Nuestros ojos se cruzan solo un segundo, pero basta. Él sostiene la mirada, serio y tranquilo, como si nunca hubiera dejado de verme.
—¿Ese es...? —pregunta Aurora mientras se acerca sin disimulo—. ¿Ese hombre tan guapo es de quien hablábamos el otro día?
No puedo responder. Bruce sí lo hace con una sonrisa ladeada, divertida pero cargada de intención:
—Ese mismo.
Aurora suelta una exclamación bajita y me dirige una mirada entre cómplice y sorprendida. Yo trago saliva e intento recomponerme, pero Archie ya ha vuelto la vista al frente y gira el cuerpo de nuevo, como si nada acabara de ocurrir.
—¡Profe! ¿Ese chico es famoso? —me pregunta uno de los pequeños mientras me tira del abrigo.
—Algo así —respondo con una sonrisa—. Es profesional.
—¿Y empezó como nosotros?
Lo miro y dudo. Luego asiento.
—Sí. Tal vez incluso más joven.
—¡Guau! —dice otro al tiempo que alza el palo de golf como si fuera una espada mágica.
Camino con el grupo, ayudando a repartir bolas y a corregir posiciones ridículas.
Aplaudo los intentos fallidos y me río con Aurora cuando uno de los niños confunde el palo con un bate de béisbol.
Pero mis ojos, aunque intenten disimularlo, vuelven a buscarlo una y otra vez.
Archie ya no practica. Está de pie junto a su entrenador, pero no habla.
Me observa con la calma contenida de quien espera algo: no una disculpa ni una explicación, solo el momento adecuado.
Yo no sé si quiero que llegue o si estoy retrasándolo a propósito.
Los niños siguen hablando del futuro, de torneos, de fama y de premios. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no pienso en ganar, sino en volver a estar con él.
Mis pasos me llevan hacia él casi sin pensarlo. Camino con el corazón en la garganta, con las manos frías y la voz guardada todavía en algún lugar que no encuentro. Cuando estoy a pocos metros, Archie da un paso hacia delante.
—Hola —dice.
—Hola —respondo.
Nos quedamos frente a frente. No nos tocamos. No hay abrazos ni gestos precipitados. Solo miradas y una línea invisible que los niños, sin saberlo, nos obligan a no cruzar.
—No sabía que venías —miente con un tono más bajo.
—Yo tampoco —me río, y no hace falta más. Ambos sabemos lo que eso significa.
—¡Profe, profe! —interrumpe una voz infantil a mi lado. Uno de los más pequeños, con las mejillas coloradas por el frío, nos mira a los dos con ojos brillantes—. ¿Ese es tu novio?
Antes de que yo pueda decir nada, otro niño se suma con toda la inocencia del mundo:
—¿Tú eres famoso? ¿Ganas mucho dinero con el golf?
Archie parpadea, sorprendido. Luego sonríe apenas, como si no supiera si reírse o correr.
—Bueno…, un poco de todo —responde con amabilidad.
Yo me tapo la boca para no soltar una carcajada.
—¡Chicos! —Bruce levanta la voz desde unos metros más allá, ya viéndolo venir—. ¡Vamos al autobús, venga! ¡Dejad tranquilos a los mayores!
—Pero yo solo quería saber si eran novios —protesta el primero mientras Aurora lo empuja con suavidad hacia el grupo.
—Y yo si tiene Instagram —añade otro por detrás.
—¡Al autobús, he dicho! —insiste Bruce, medio riendo, mientras los guía con una mezcla de paciencia y firmeza.
Cuando por fin se alejan y nos quedamos solos, Archie me mira. Su sonrisa ha quedado ahí, contenida en los labios, en los ojos y en los hombros que al fin parecen bajar un poco la guardia.
—Tus alumnos son intensos.
—No tienes ni idea.
Silencio. Pero esta vez es uno cómodo. Entonces se acerca Bruce con su sonrisa cómplice y el tono de voz justo para que solo nosotros dos lo oigamos:
—Si queréis quedaros un rato, no hay problema. Aurora y yo nos encargamos de la vuelta.
—Gracias, Bruce —murmuro, sintiendo que me tiende un puente sin preguntar nada.
Archie le hace un gesto de agradecimiento con la cabeza. Justo en ese momento aparece el entrenador, rígido como siempre.
—Archie, mañana a las seis. No llegues ni un minuto tarde.
Él cierra los ojos un instante. Luego asiente, visiblemente molesto.
—Sí. Ya lo sé.
El entrenador se marcha sin esperar respuesta.
—No parece muy simpático —comento en voz baja.
—No lo es —responde Archie sin dejar de mirarme.
—Y te quejabas de Graham.
—Graham es un santo a su lado. —Se ríe sin dejar de mirarme.
Por primera vez desde que llegué, siento que el mundo se ha detenido solo para darnos unos minutos más.
El silencio se acomoda entre nosotros. Esta vez no duele ni incomoda.
Solo está ahí. Archie baja un poco la cabeza, como si aún procesara la escena de hace un momento, y entonces me lanza una media sonrisa ladeada, esa que siempre aparece cuando está a punto de decir algo que me descoloca.
—¿Entonces…, soy tu novio?
La pregunta es la misma del niño, pero en su voz suena distinta: más suave, más real, más nosotros. Yo lo miro y no sonrío. Solo respondo:
—Eso te lo tendría que preguntar yo.
Archie alza las cejas, sorprendido por la réplica, y luego niega con la cabeza, divertido.
—Entonces... ¿me estás pidiendo que sea tu novio?
—Estoy diciendo que si alguien va a ponerle nombre a esto, no seré yo.
—Vale —responde bajando la voz un poco más, como si no quisiera romper el momento—. Entonces soy tu novio. Suena bien.
Nos quedamos en silencio un instante más, sostenidos por todo lo que no hace falta decir.
—¿Puedo invitarte a cenar esta noche? —pregunta al fin, sin solemnidad ni urgencia. Solo ganas. Solo nosotros.
—Sí —respondo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me siento exactamente donde quiero estar.