Capítulo 15. Sara
Sara
—¿Detalles? Vale, prepárate —digo entre risas mientras cruzo la avenida y me ajusto la bufanda al cuello—. Resulta que su prima, Blue, va a clases de yoga con mi vecina, Kylie. Y un día, sin esperarlo, apareció en la puerta de mi edificio.
—¡No! ¿Así, de golpe?
—Sí. La vino a buscar. Fue raro, te juro que no me lo esperaba. No hablamos, ni me acerqué; seguí mi camino junto a mis vecinos y desapareció.
—¿Te fuiste?
—Más bien se fue él, desapareció. Y no quedó ahí. Al día siguiente volvió. Pero esta vez no se escondió. Como si no le importara nada más.
—¿Y tú qué hiciste? —pregunta Evaine con voz queda, como si supiera que lo importante viene ahora.
—Lo miré. Solo eso. Lo miré y me rendí. Otra vez.
—¿Y ahora qué? ¿Qué piensas hacer?
Me detengo un segundo antes de cruzar. El semáforo parpadea en rojo, como si me pidiera que lo piense bien.
—No lo sé del todo, pero… quiero intentarlo. Aquí me siento distinta. Libre.
—¿Libre?
—Sí. Aquí no somos profesora y alumno. No hay internado, ni normas, ni nadie vigilando. Solo somos dos personas que se buscan sin miedo.
—Sara… —dice con cariño.
—Ya sé que no es fácil, pero… creo que puedo ser feliz, Evaine. Y esta vez quiero permitírmelo.
—Entonces hazlo, Sara. Deja de pedir permiso y vive.
Justo en ese momento, la pantalla de mi móvil se ilumina otra vez: Archie llamando.
—Es él —susurro, casi sin darme cuenta.
—Pues ya sabes —dice Evaine con una sonrisa en la voz—. A veces, el futuro empieza con una llamada. Cuélgame, anda, y atiéndelo.
—Te quiero.
—Y yo a ti, mi chica de pelo rojo.
Cuelgo. Respiro hondo. Y contesto.
—Hola, Archie.
Su voz tarda un segundo en llegar, pero cuando lo hace, me atraviesa. Tiene ese tono bajo, casi ronco, que le sale cuando está agotado de veras.
—Hola, Sara.
Cierro los ojos un momento, solo para saborearlo. Cuánto lo echo de menos.
—¿Todo bien? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Más o menos. Ha sido un día largo. El torneo está siendo una locura. Voy muy justo…, demasiado. Si mañana no remonto, estoy fuera.
—Vaya —susurro, apretando los labios—. ¿Has comido algo, al menos?
—Un sándwich horrible del hotel y una botella de agua. Y no me quejo, ¿eh? Pero estoy reventado. Las cosas no están saliendo. Y para colmo, mi entrenador no está siendo muy empático; eso de no haber ido al entrenamiento me está pasando factura.
—Lo siento, Archie. De verdad. Pero, oye, aún te queda un día. Y tú, cuando te enfadas con el mundo, haces magia. Siempre ha sido así. Esa rabia que tienes por dentro… te da fuerza. Confía en eso, por favor.
Él guarda silencio. Me lo imagino en la habitación de hotel, sentado al borde de la cama con la cabeza entre las manos, el cuerpo lleno de tensión. La mandíbula tensa, los ojos bajos.
—Me gusta cuando crees en mí más que yo mismo —dice al fin, con voz más cálida. Más suya.
—Pues acostúmbrate, porque pienso seguir haciéndolo. —Sonrío para mis adentros, bajito, mientras abro la puerta de mi casa, dejo todas las cosas sobre el sillón y permito que mi espalda se hunda en los cojines—. ¿Cómo es el hotel? ¿Tienes vistas?
—Una pared gris y un cartel de neón medio fundido. Es deprimente.
—¿Y si lo imaginas como un loft neoyorquino con luz cálida, olor a café recién hecho y una camarera guapísima que te sube el desayuno a la cama?
—¿La camarera eres tú?
—Desde luego.
Su risa me llega por el auricular, suave, sincera. Me calienta el pecho.
—Me gusta escucharte así. Tan natural, tan tú.
—Aquí soy libre, ¿no?
—Mucho —responde sin vacilar—. Te echo de menos; ahora mismo, lo único en lo que pienso es en volver para estar contigo. —Y su voz se quiebra un poquito, como si en ese «mucho» cupiera más de lo que puede expresar.
Me trago el nudo que me sube a la garganta. Lo siento tan lejos y a la vez tan cerca. Y yo, aquí tumbada, deseando poder cruzar como por arte de magia a su habitación y tocarle la cara.
—Yo también —digo.
Él no responde, pero lo oigo respirar más hondo.
—¿Tú qué tal? ¿El proyecto con Aurora salió bien?
—Sí, sí. Nos costó un poco convencerlos, pero al final nos dieron luz verde. Salimos a celebrarlo con una copa. Una cosa tranquila.
—¿Y ya estás en casa?
—Justo acabo de llegar. De camino me llamó Evaine. Hemos estado poniéndonos al día. Te manda saludos.
—¿En serio? Menos mal…, ya no está en mi contra. Ha costado, ¿eh?
—Que dejaras de ser mi alumno… —respondo bajito, con una sonrisa triste que él no ve, pero siente.
Hay un pequeño silencio al otro lado. Lo dejo estar. A veces las cosas necesitan espacio.
—No sabes lo borde que fue conmigo el resto del curso —responde por fin con una mezcla de resignación y humor—. Si hubiera podido fulminarme con la mirada, lo habría hecho sin pestañear.
—Bueno…, piensa que por tu culpa su amiga se fue del centro, de su casa, de su país. ¿Te parece poco?
Lo digo sin rencor, con una ironía suave. Ya no me arde esa frase por dentro. Ya no duele. Ahora es solo una verdad dicha con cariño.
—Lo sé. Y no se lo reprocho. A veces me he preguntado qué habría hecho yo en su lugar. Supongo que lo mismo. Defenderte. A su manera, fue lo más leal que pudo hacer.
—Sí —asiento mientras me acomodo mejor en el sofá—. Y yo necesitaba irme. No fue solo por nosotros, aunque entonces lo pareciera.
—Ya no estás huyendo.
—No. Ahora no. —Me sorprende la certeza con que lo digo—. Aquí…, no sé, Archie. Siento que puedo empezar de nuevo. Y que todo lo vivido, incluso lo difícil, tiene sentido. Que me hizo más fuerte.
—A mí también. —Su voz baja un poco, más íntima—. Me hizo crecer a golpes, pero crecí. Ya no soy aquel niño que creía que el mundo se compraba, que por ser quién era lo podía tener todo. Me hiciste ver que no era así.
—Y yo ya no soy esa mujer que sentía que se estaba traicionando por quererte.
Nos quedamos callados, pero es un silencio lleno de complicidad. De esos que solo se dan cuando dos personas han atravesado lo peor y siguen ahí, sin reproches.
—Hemos cambiado, ¿eh? —dice él con un deje melancólico.
—Mucho. Pero hay algo que no.
—¿El qué?
—Que sigo alegrándome de que hayas aparecido en mi vida. Aunque fuera en el momento menos oportuno.
Él suspira y ese sonido me llega como una caricia.
—Y yo me alegro de que nunca me hayas dejado del todo. Aunque estuvieras lejos.
Cierro los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el pasado no pesa. No me tira hacia atrás. Lo siento como lo que es: una historia que vivimos, con errores y con belleza, pero cerrada. Y ahora..., ahora estamos escribiendo otra.
—¿Mañana tienes mucho lío? —me pregunta de repente.
—Lo normal. Pero por la noche estaré libre. Si te apetece, hablamos después del torneo. Pase lo que pase.
—Me parece perfecto. Aunque aviso: si pierdo, voy a necesitar muchos mimos a distancia.
—Te haré el pack completo: palabras bonitas, voz suave, canciones por WhatsApp…
—¿También bailes ridículos?
—Solo si ganas.
Su risa suena más viva esta vez. Más luminosa. Me la guardo dentro.
—Gracias por contestar; me has alegrado el día.
—Gracias por llamarme.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Yo, con el teléfono pegado al oído, deseando que no se acabe. Que no se corte la línea ni esta sensación de estar cerca, aunque sean ciudades las que nos separan.
—Tengo tantas ganas de verte —susurra casi sin voz.
—Y yo. Aunque me dé miedo. Aunque no sepamos cómo hacerlo fácil.
—No me importa si es fácil —dice—. Solo que seas tú.
Me quedo muy quieta, con los ojos llenos de algo que no quiero que caiga. Y pienso que quizá este sea el tipo de amor que no necesita grandes promesas, solo pequeños gestos como este. Como una llamada. Como un «te escucho» en mitad del cansancio.
Justo cuando voy a decirle algo más, suena el timbre de la puerta. Me sobresalto un poco.
—Un segundo —le digo a Archie sin colgar.
Cruzo el pasillo con el móvil aún pegado a la oreja y abro la puerta. Desde el otro lado, Kylie me sonríe con esa energía suya que parece no acabarse nunca.
—¡Vamos, profesora! Te esperamos en la terraza. Hay vino y buena conversación —dice con una ceja levantada, como si ya supiera que no tengo excusa.
—¡Ahora subo! —le digo, contagiada por su entusiasmo.
—¿Quién era? —pregunta Archie al otro lado del teléfono con voz más viva.
—Kylie. Mi vecina y profesora de yoga de Blue. Me está reclamando para subir a la terraza con los del edificio. Ya sabes, vino, velas y teorías de la conspiración.
—¿Y estará tu vecino también? —pregunta con un tono que intenta sonar casual…, pero no lo consigue del todo.
Sonrío apoyándome en el marco de la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Estás celoso? —pregunto divertida mientras cierro la puerta.
—¿Yo? Para nada —responde enseguida, pero se ríe. Esa risa suya, medio burlona, medio rendida, me llega como un abrazo cálido—. Solo era... una pregunta rutinaria. Por seguridad.
—Claro, seguridad vecinal. Tranquilo, Rhys es majo, pero tú eres mucho más guapo.
—Eso ya lo sabía —dice fingiendo modestia.
—Ya, ya. No te lo creas mucho —bromeo.
—Aunque si me lo dices tú… me lo creo un poco más.
—Voy a colgar antes de que se te suba del todo.
—Vale —dice con una sonrisa que se nota incluso a través del teléfono—. Pero me ha encantado hablar contigo, Sara.
—Y a mí, Archie. De verdad. Cuídate esta noche. Y no te agobies con el torneo, ¿vale?
—Tú también. Y dile a Rhys que tengo un hierro nueve con su nombre.
—No se atrevería a mirarme dos veces. Tengo a un golfista celoso en Toronto que da más miedo de lo que aparenta.
—Así me gusta. Ahora sí que duermo tranquilo.
Colgamos con una sonrisa en los labios. Cierro la puerta tras de mí y cojo una chaqueta ligera. Subo las escaleras con la sensación cálida de que, aunque el mundo sea un caos y las distancias largas, hay cosas que todavía tienen sentido.
La terraza está casi llena. Las luces cálidas colgadas entre las plantas bailan con la brisa y las risas suenan como si todo fuera fácil, como si el mundo fuera simplemente eso: gente reunida, hablando, compartiendo el final de un día largo.
—¡Ya era hora! —me dice Kylie desde una esquina, levantando su copa.
Le sonrío y me acerco. Maverick está junto a la barbacoa, concentrado en una conversación con dos vecinos que no reconozco, y Rhys…, Rhys está más allá, apoyado en la barandilla, mirando al vacío como si el cielo pudiera contestarle algo.
Me acerco despacio.
—¿Todo bien?
Él no contesta al principio. Solo me mira de reojo; luego vuelve la vista al frente.
—Estás diferente —dice casi en un susurro—. Pero eso no es malo.
Frunzo el ceño. Me apoyo a su lado, sin dejar de mirarlo.
—¿Qué te pasa, Rhys?
Suspira. Aprieta la mandíbula y se pasa la mano por el pelo con ese gesto suyo tan típico, como si estuviera decidiendo si hablar o no. Al final, lo hace.
—Tu novio es un capullo. —Me quedo inmóvil. La palabra se clava como una espina, no por la grosería, sino por la certeza. No le pido que lo repita. No hace falta.
—Lo he visto antes, ¿sabes? Gente que hace daño. Que va, que viene. Que te revuelve por dentro solo para volverte a soltar. Ten cuidado, Sara. Va a volver a hacerlo. Y tú…, tú no mereces eso.
Me duele. No porque no haya pensado algo parecido en alguna madrugada solitaria, sino porque él lo diga así, tan directo, tan claro. No sé qué responder. No sé si quiero.
Miro al frente, como él antes. Las luces de la ciudad titilan entre los edificios. Mis dedos se entrelazan solos. No digo nada.
—¿Cerveza? —Maverick aparece de repente con dos botellas frías. Me tiende una y sonríe, ajeno a lo que acaba de pasar—. Estás muy seria, Sara. ¿Rhys te ha soltado otro de sus discursos filosóficos?
—Algo así —murmuro forzando una sonrisa.
Kylie me llama desde el otro lado de la terraza entre risas. Rhys sigue en silencio, su mirada perdida en algún punto más allá del horizonte.
Y entonces doy el paso definitivo hacia el grupo, hacia el ruido, la charla, las voces que no hacen daño. Me aferro a la botella fría y me sumerjo en la conversación como si eso pudiera silenciar lo que se ha quedado flotando entre nosotros.
Pero no se ha ido. La advertencia de Rhys está ahí, suspendida. No le he respondido y él no ha insistido. Pero ambos sabemos que esa conversación no ha terminado. Solo ha quedado en pausa.