La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 14. Sara #2
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Capítulo 14. Sara #2

—No hacen falta los detalles —dice, sonriendo con calma—. Pero te importa. Se te nota en la cara, en esa mezcla de cansancio y fuerza que pocos pueden fingir.

—¿Sí? —pregunto, un poco avergonzada, casi sorprendida por esa lectura tan certera.

—Sí —confirma—. Tienes cara de guerra perdida, pero feliz de haberla luchado. Esa sonrisa no es una sonrisa cualquiera.

No puedo evitar reírme, una risa que me libera y me llena de gratitud.

—Gracias, Aurora. Por esto. Por el proyecto. Por no mirarme como si fuera de otro planeta. Por entender que a veces las batallas más duras son las que menos se ven.

—Lo hago —dice, guiñándome un ojo—. Pero es mi planeta favorito últimamente.

Chocamos las copas con suavidad. Es un brindis silencioso por todo lo que está por venir. Por las batallas que hemos librado. Y por las que, juntas, estamos dispuestas a pelear.

Estamos terminando la última copa cuando el móvil de Aurora vibra sobre la mesa. Ella mira la pantalla y su rostro se ilumina.

—Es él —dice con una sonrisa suave—. ¿Me permites?

—Claro —respondo, apoyándome en el respaldo del sillón, cómoda.

Aurora responde la llamada y su voz se vuelve más dulce, más cercana.

—Hola, cariño —susurra.

Yo me quedo en silencio, viendo cómo cambia la expresión de Aurora al escuchar la voz del otro lado.

Es algo sencillo, cotidiano, pero se siente íntimo.

Justo cuando parece que la conversación va a alargarse, mi teléfono suena en mi bolso.

Miro la pantalla: Archie. Aurora me mira y yo levanto el pulgar en señal de «¿contesto o no? ». Ella asiente y yo lo tomo.

—Hola —respondo a Archie con una sonrisa que él no puede ver—. Estoy tomando algo con una compañera del colegio. ¿Te puedo llamar más tarde?

—Claro, cuando puedas llámame —responde él, y cuelgo.

Aurora se despide con un beso al teléfono. Guardamos los móviles y nos miramos, cómplices, sabiendo que, a pesar de nuestras complicaciones, somos felices.

—Si no te importa…

—Claro —asiento—. Yo también tengo cosas que hacer en casa —miento, porque no quiero que piense que no tengo nada que hacer.

Nos levantamos, recogemos nuestras cosas y salimos del bar.

La tarde fresca nos recibe mientras nos separamos con un abrazo rápido y sincero.

Camino con el móvil en la mano, pensando en llamar a Archie, cuando la pantalla se ilumina con un nombre que me hace sonreír sin pensarlo dos veces: Evaine. Contesto al instante.

—¡Sara! —su voz, cálida y llena de entusiasmo, me atraviesa el pecho como un abrazo a distancia—. ¡Por fin te pillo! Llevo días queriendo hablar contigo. Cuéntamelo todo, ¿cómo va eso? ¿Qué tal los profesores? ¿Los alumnos? ¿Te tratan bien? ¿Sigues viva?

Sigo caminando por la acera mientras su energía me arranca una carcajada.

—Sigo viva, sí. Algo cansada, pero bien. Me estoy adaptando poco a poco. Hay de todo, como siempre, pero Bruce, uno de los jefes de departamento, está siendo bastante majo. Y tengo una compañera genial, Aurora. Hoy presentamos un proyecto juntas y nos ha salido bien.

—¿Una compañera genial? Espera, ¿ya tienes reemplazo? —dice en tono teatral, y ambas soltamos una risa.

—¡Tú eres insustituible! —respondo, girando una esquina. La brisa fresca me roza el cuello y aprieto la bufanda—. Pero Aurora tiene chispa, es lista, rápida… y buena gente. Me recuerda un poco a ti.

—Uf, pobre chica —bromea—. ¿Y los alumnos? ¿Son tan adorables como nuestros pequeños monstruos?

—Hay de todo. Algunos me miran como si fuera un alienígena, otros me adoran porque soy «la nueva con acento», y tengo un grupito que empieza a engancharse al español. No me puedo quejar.

—¿Y la ciudad? ¿Te gusta? ¿Es tan enorme como dicen?

—Es inmensa, Evaine. A veces siento que podría caminar durante horas y no acabar nunca. Pero también es bonita. Hay vida en cada rincón, música, olores, gente distinta. Me abruma…, pero también me hace sentir viva.

Se hace un breve silencio al otro lado, como si Evaine necesitara tragar un nudo.

—Te echo tanto de menos, Sara. Sin ti la casa está vacía. Nadie usa tu taza de desayuno, tus zapatillas siguen debajo de tu cama, y tu habitación... parece que te fuiste corriendo, como si fueras a volver en cualquier momento.

Trago saliva con esfuerzo.

—Yo también te echo de menos. Echo de menos nuestra cocina caótica, tus tartas de manzana medio quemadas, las tardes en silencio con una copa de vino y una manta. Pero necesitaba esto, Evaine. Cambiar de aires, poner distancia. Ya sabes por qué.

—Lo sé —dice en voz baja, con esa comprensión que solo tienen las amigas de verdad—. ¿Y estás bien? ¿De verdad?

—Sí. A ratos me siento fuerte, a ratos un poco perdida. Pero… estoy bien. Estoy entera.

—¿Y él? —pregunta con esa delicadeza que solo Evaine tiene—. ¿Archie?

Suspiro y alzo la vista hacia el cielo entre los edificios altos. Apenas se ven las estrellas, pero están ahí.

—Lo he visto. Y, uf, Evaine…, parece otra persona. Ya no es el niño del curso pasado. Ha cambiado. Mucho.

—¿Perdona? —responde ella con fingida indignación—. ¿Y me lo sueltas así, sin anestesia? No, no, no. Quiero detalles. Todos.