Capítulo 14. Sara
Sara
El eco del agua caliente me envuelve, pero en mi mente no está solo el calor del baño, sino también la intensidad de su mirada, sus caricias suaves y aquella promesa que nos hicimos de ser libres en esta ciudad.
Dejar que el agua me arrastre lejos del ruido y la presión que me han acompañado estos días es un refugio necesario.
Hoy es un día importante y tengo que estar lista.
Mientras me seco, el móvil sobre la encimera vibra con insistencia.
Mis dedos aún húmedos lo toman con un pequeño temblor y, al ver el nombre de Archie que ilumina la pantalla, siento que el corazón se me acelera, como si el mundo se encogiera a ese instante.
No puedo evitar sonreír, porque, aunque la distancia y todo lo que nos rodea a veces parece demasiado, ese mensaje me recuerda que no estamos tan lejos.
Leo sus palabras una y otra vez en mi mente:
Archie: Ya en el avión. Te escribo cuando aterrice. Cuídate. Te quiero.
La sencillez de su mensaje esconde un mundo de cosas que él no dice pero que yo siento, y me invade una mezcla dulce de esperanza y miedo. Espero que todo salga bien para él, que este torneo sea solo un paso más para que volvamos a estar juntos.
Sin pensarlo demasiado, mis dedos escriben rápido la respuesta, como si enviarla me diera fuerzas:
Yo: Suerte en el torneo. Aquí estaré, esperándote.
Esa pequeña promesa, aunque silenciosa, me calienta desde dentro y me hace sentir capaz de enfrentar lo que venga hoy.
Con el ánimo elevado, me arreglo rápido y elijo la ropa que mejor refleja quién quiero ser hoy: segura, preparada y lista para enfrentar cualquier reto.
Al salir, el sol acaricia la ciudad con esa luz clara que solo tiene la mañana, y camino hacia el colegio con paso firme. Aurora me espera en la entrada; su cara es una mezcla de nervios y emoción.
—¿Lista para prepararlo todo? —me pregunta.
—Más que nunca —respondo.
Aprovechando que hoy no tenemos clases, Aurora y yo nos hemos encerrado en la sala de profesores con dos termos de café, una pila de libros y su libreta de notas, que ya parece un campo de batalla.
Pasamos la mañana afinando cada detalle del proyecto: redactamos el plan pedagógico, buscamos referencias, adaptamos el lenguaje para que suene formal sin perder fuerza y discutimos durante media hora sobre si debíamos o no usar la palabra «frente» en el título.
Cuando terminamos, la carpeta que hemos preparado parece más el dosier de una beca universitaria que una simple propuesta escolar.
Pero sabemos que vamos a necesitar cada una de esas páginas si queremos convencer a Bruce y a Helen en la reunión.
Entramos en la sala. Helen está ya sentada al fondo, recta, impoluta, con una libreta frente a ella y un bolígrafo perfectamente alineado con el borde. Bruce llega justo detrás de nosotras, con una taza de café en la mano y cara de no haber dormido lo suficiente.
—Vamos a escucharlas —dice él sin rodeos, mientras deja la taza sobre la mesa con un golpecito seco.
Helen no dice nada. Nos observa. Siento el impulso de alisarme la blusa o revisar mis apuntes, pero me obligo a mantenerme firme. Aurora, en cambio, sonríe. Esa sonrisa suya que parece decir: «Sé que esto va a costar, pero no pienso rendirme».
—Bueno —empiezo con voz clara—. Lo que traemos es un proyecto interdisciplinar pensado para los grupos de Español Avanzado y los de Historia Moderna.
Una obra de teatro en español, interpretada por los alumnos, basada en testimonios reales de combatientes extranjeros en la guerra civil española, centrada sobre todo en el frente de Aragón.
Bruce alza una ceja.
—¿Una obra de teatro?
—Sí —continúa Aurora, mientras se adelanta un paso—.
Inspirada en casos reales. Hay material de las Brigadas Internacionales, extractos de cartas y diarios personales, y lo más interesante: lo han trabajado indirectamente en literatura, con Orwell y Homenaje a Cataluña .
Queremos que ese interés se convierta en algo vivo.
Emocional. Que puedan explorarlo desde dentro.
Helen ladea la cabeza.
—¿Y por qué una obra? ¿Por qué no un ensayo? ¿O una exposición tradicional?
—Porque el teatro emociona —respondo—. Y emocionar es enseñar, en especial cuando hablamos de guerras que ya nadie quiere mirar. Queremos que los alumnos vivan la historia, que la respiren. No desde los libros, sino desde el cuerpo.
Bruce resopla por la nariz.
—¿Y vais a poner a chavales de secundaria a representar una guerra? ¿Quién va a morir en escena? ¿Van a gritar «¡No pasarán!» entre las taquillas y la sala de música?
Aurora contiene una risa, pero no se echa atrás.
—No habrá muertos —dice muy seria—. Ni sangre. Ni banderas. Solo emoción contenida. Canciones antiguas. Luz tenue. La memoria en sus voces. Nada más.
Silencio. Bruce bebe un sorbo de café. Helen sigue sin apuntar nada.
—Tenemos referencias —añado al momento—. Proyectos similares en otros colegios internacionales. Y hemos pensado en todo: logística, duración, posibles conflictos, cómo abordarlo desde el respeto y la pedagogía. —Le extiendo la carpeta con la propuesta impresa—. Todo está aquí.
Bruce la toma, ojea sin mucho interés al principio…, hasta que algo parece captar su atención. Una cita subrayada, quizá. O el plan de ensayos cruzados con los horarios de las clases. No dice nada.
—Y si funciona —continúa Aurora—, puede convertirse en una actividad anual. Una obra por curso, un idioma diferente cada vez. Un escaparate de talento y aprendizaje transversal. Y, además, la directora del departamento de Arte Dramático ya se ha mostrado interesada en colaborar.
Helen por fin levanta la vista.
—¿Y cuál es el objetivo pedagógico principal? —pregunta—. Porque esto suena bonito, pero quiero saber qué va a aprender el alumnado más allá de saberse unas líneas de diálogo.
—Empatía histórica —respondo al instante—. Comprensión de contextos complejos. Desarrollo del lenguaje emocional en otra lengua. Colaboración en equipo. Y una reflexión profunda sobre cómo se construyen las narrativas. Ellos no representarán héroes. Representarán humanos.
Helen se queda callada unos segundos. Cruza los brazos. Bruce cierra la carpeta y la deja sobre la mesa.
—De acuerdo —dice por fin la directora, con voz medida—. Pero con condiciones. Quiero ver el guion antes de que se empiece a ensayar. Nada de conflictos. Y ni una gota de sangre, literal o simbólica.
—Por supuesto —responde Aurora al instante.
Helen asiente.
—Y quiero que el título no contenga la palabra guerra.
—«Memoria de Aragón», quizás —propongo—. O «Voces del frente».
—Eso me gusta más —dice Helen, y es la primera vez que la vemos sonreír.
Bruce se estira en su silla y nos mira, resignado.
—Sois muy insistentes. Y eso puede ser una virtud o una condena. Veremos cuál de las dos resulta ser.
—Lo compro —dice Aurora, mientras alarga la mano hacia mí como si ya hubiéramos ganado—. ¿Te das cuenta de que acabamos de convencerlos?
—Ni yo me lo creo —le respondo, estrechándosela y conteniendo una risa.
—Enhorabuena a las dos —dice la directora antes de salir.
Bruce la sigue, cerrando la puerta tras ellos.
Salimos de la sala con las carpetas firmes contra el pecho y la sensación de haber conseguido lo imposible. La revolución ha empezado, aunque sea pequeña: luces apagadas, canciones viejas, un español impecable.
Y entonces pienso en Archie. No sé qué habrá tenido que enfrentar hoy, pero imagino que, igual que yo, también estará luchando. Y eso solo hace que lo quiera más.
La tarde cae rápido sobre Chicago, con ese cielo anaranjado que parece pintado a pincel seco. Al salir del colegio, Aurora me lanza una mirada cómplice.
—¿Una copa para celebrarlo? —pregunta, levantando una ceja—. Creo que nos la hemos ganado.
No tengo planes y, con sinceridad, después del nudo que llevamos acumulado desde esta mañana, la idea me parece gloriosa.
—Pensaba que nunca lo preguntarías —respondo con una sonrisa.
Terminamos en un bar tranquilo, de esos con luces cálidas y mesas pequeñas donde las conversaciones parecen flotar en el aire. Pedimos dos copas de vino y nos dejamos caer en los sillones como si el día nos hubiera exprimido.
—Vale —dice Aurora, tras el primer sorbo—. Oficialmente, estamos locas. ¿Tú sabes el lío en el que acabamos de meternos con esta obra?
—Una locura preciosa —respondo—. No todos los días se convence a Bruce y a Helen con un frente de guerra y canciones antiguas.
Nos reímos. La tensión de las últimas horas empieza a disolverse con cada trago. Hay algo fácil en estar con Aurora, algo natural. Como si fuéramos piezas que encajan sin demasiado esfuerzo.
—¿Y tú? ¿Tienes a alguien por aquí? —pregunta de pronto, como quien no quiere la cosa.
Titubeo, pero le devuelvo la pregunta:
—¿Tú primero?
Aurora se ríe por lo bajo, como si lo hubiera visto venir.
—Estoy con alguien, sí. Hace tiempo. Es mayor que yo.
Mucho mayor. Y…, bueno, no siempre ha sido fácil.
Familia, distancia, juicios ajenos, miradas de reojo, un montón de cosas que la gente ni se imagina.
Pero ¿sabes? Él es quien tiene el dinero, quien lleva la batuta en muchas cosas.
Yo soy la «chica joven» en esa historia.
Desde el principio hemos tenido todo en contra, como si el mundo quisiera que no funcionara.
La forma en que lo dice, sin vergüenza, pero con una sinceridad desarmante, me descoloca un poco. Me remueve algo por dentro, como si encontrara un espejo en sus palabras.
—Entiendo lo de no ser fácil —respondo, bajando la voz y acercándome un poco más—.
Yo también estoy con alguien. Aunque no lo parezca.
Es una historia rara…, complicada. También hay años de diferencia, secretos y cosas que no siempre podemos contar.
Pero el peso de tenerlo todo en contra… lo conozco.
Aurora asiente con suavidad, como si esa frase le fuera demasiado familiar, como si la sintiera propia.