La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Salimos de la cafetería. Afuera el aire tiene otro peso, como si el cielo también supiera que algo ha cambiado. Y mientras avanzamos por la acera, mientras nuestros pasos marcan un ritmo que ya no puedo frenar, una parte de mí grita que pare, que aún estoy a tiempo. Que aún puedo dar media vuelta.

Pero no lo hago. Porque la otra parte, la que ya está demasiado lejos de donde empezó, sabe que no hay vuelta atrás. Que acabo de dejar de sobrevivir. Y que, por fin, estoy empezando a vivir. En Chicago. Con todo lo que eso implique.

Nos detenemos en el semáforo y, al cruzar, mis ojos se fijan en un coche aparcado a unos metros de distancia. Un deportivo negro brillante, impecable, el mismo que vi el otro día. De esos que parecen sacados de un anuncio de televisión. No puedo evitar frenar en seco.

—¿No podía ser uno más discreto? —pregunto, con una mezcla de sorpresa y alarma.

Archie se gira hacia mí, divertido.

—No muerde, te lo prometo —responde con esa voz tranquila que tan bien conoce mis mecanismos.

Y sin dejarme tiempo a responder, me toma de la mano con total naturalidad, como si lo hubiera hecho ayer, como si el tiempo no hubiera pasado, como si mis dudas no fueran más grandes que mi cuerpo.

El contacto me paraliza un segundo. Su piel está tibia, firme, familiar.

Me dice algo sin decir nada. Y yo no lo retiro.

Camina conmigo hasta el coche. Rodea la parte delantera, abre la puerta del copiloto como si estuviéramos en una película antigua y me dedica una sonrisa leve.

—Sube.

Vacilo solo una fracción de segundo. Luego lo hago. No porque esté segura, sino porque algo en mí necesita sentir, por fin, que estoy viviendo.

Me acomodo en el asiento. El interior huele a cuero nuevo y a algo que reconozco como suyo: una mezcla de colonia suave y vida fácil. Cierra la puerta con delicadeza, rodea el coche, sube él también y se abrocha el cinturón de seguridad como quien no tiene nada que ocultar.

El motor arranca con un susurro elegante. Salimos a la calle y el tráfico nos envuelve. Yo miro por la ventanilla, todavía sin hablar. Afuera Chicago pasa rápido, pero dentro del coche todo parece suspendido, como si fuéramos dos figuras encerradas en una burbuja que se desliza por la ciudad.

Durante unos minutos me dejo llevar. La conducción de Archie es tranquila, segura.

Pone música baja, algo instrumental, y no dice nada.

Ni falta que hace. Yo tampoco hablo. Solo miro.

La ciudad va perdiendo altura mientras avanzamos hacia el sur.

Los rascacielos quedan atrás, igual que el ruido, el tráfico, las prisas.

A ambos lados empiezan a aparecer casas enormes, de ladrillo y piedra, con porches blancos, tejados altos y jardines cuidados con una precisión casi quirúrgica.

Las calles están llenas de árboles, de silencio, de esa calma que solo pueden permitirse ciertos barrios.

Y entonces llegamos. Beverly.

—¿Esto es Beverly? —pregunto casi en un susurro.

—Sí —responde Archie sin mirarme—. Morgan Park, en realidad. Mi edificio está justo al borde entre los dos.

Lo dice como si fuera lo más normal del mundo. Como si no acabáramos de entrar en otro universo. Un universo con historia, dinero antiguo y una elegancia que no necesita decorarse con logotipos.

Tomamos una curva y entramos en una calle ligeramente elevada.

Desde allí se ve parte del skyline de Chicago, recortado contra el cielo teñido de rosa y gris.

Archie aparca delante de un edificio moderno, sobrio, de líneas rectas y ventanales inmensos.

No tiene portero ni letrero llamativo. No lo necesita.

—¿Vives aquí? —pregunto, aunque la respuesta ya la sé.

—Ático. Con terraza en la azotea.

No digo nada. Me cuesta imaginarlo en ese tipo de vida. Aunque lo tenga todo. Aunque siempre haya tenido todo.

—¿Tu padre te lo buscó?

Él me lanza una mirada rápida, sin rastro de molestia.

—¿Mi madre te buscó el apartamento y el colegio?

Vuelve a preguntarme sin dureza, pero la pregunta me atraviesa. Porque sí. Porque esa es la verdad que no quiero mirar demasiado de cerca.

—No volveré a decirlo, entendido —murmuro, bajando la mirada.

Archie baja primero. Rodea el coche y me abre la puerta como si nada. Como si no supiera que mi corazón está golpeando tan fuerte que casi me impide moverme.

Me tiende la mano.

—Vamos.

Y yo…, yo voy.

Caminar a su lado por ese camino de piedra perfectamente alineado me hace sentir como si estuviera entrando en una película. El ascensor sube lento y en el reflejo de acero veo nuestras siluetas: la suya erguida, tranquila; la mía tensa, intentando no parecerlo.

Cuando se abren las puertas, el ático parece tragarse la tarde.

Hay luz por todas partes. Techos altos. Suelo de madera clara.

Cocina de revista con encimera de mármol.

Más allá, a través del ventanal, la terraza se extiende como un escenario privado: tumbonas, una mesa al fondo y, al otro lado de la barandilla de cristal… , el campo de golf.

El Ridge Country Club se extiende al otro lado del horizonte, como si formara parte del salón.

Me quedo quieta. Lo observo todo en silencio. El olor, el orden, los detalles. El mundo perfecto al que nunca he pertenecido. Y, sin embargo, aquí estoy. Dentro. No solo en su casa. En su vida. En esta ciudad.

Siento que algo se rompe, pero no en pedazos. Se rompe como se rompe una crisálida. Y por primera vez desde que llegué a Chicago…, siento que empiezo de verdad.