Capítulo 11
La cafetería está medio vacía. En una esquina tranquila, el ruido de la cafetera forma parte del ambiente, constante y casi inadvertido. Archie elige una mesa junto a la ventana sin preguntarme. Como si aún recordara que me gusta mirar hacia fuera.
Pedimos dos cafés. Él sin azúcar, como siempre. Yo apenas pruebo el mío.
—Has cambiado de color —dice, rompiendo el silencio—. Te queda bien.
—Gracias. Supongo.
No sé muy bien cómo empezar. Todo se siente demasiado frágil, como si cualquier palabra mal dicha pudiera estropearlo.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Chicago te trata bien?
Él asiente con ese gesto suyo, leve, casi resignado.
—Bien. Bastante bien, sí. Me muevo entre torneos, entrenamientos, patrocinadores…, ya sabes.
—¿Y la uni? ¿Empezaste Arquitectura, al final?
Archie baja la mirada. Se frota la nuca con la mano izquierda, incómodo.
—No. No la empecé.
Me quedo en silencio. Lo miro.
—¿Pero no decías que...?
—Lo decía. Y lo quería. Pero no es el momento. Hay demasiado en juego ahora. El circuito me exige todo el tiempo y, si quiero seguir avanzando, no puedo distraerme.
Su tono es sereno. Convencido. Pero también distante, como si ya hubiera cerrado esa puerta dentro de sí.
—¿Y no te pesa? —interrogo sin pensarlo demasiado.
Él me mira. No con molestia, pero sí con un punto de dureza.
—A veces. Pero supongo que uno no puede tenerlo todo.
Asiento despacio.
—Eras bueno dibujando. Lo sabías, ¿no?
Él sonríe con tristeza.
—Tú eras la única que lo decía.
Se me hace un nudo pequeño en el estómago. De pronto me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado desde que hablábamos así. De verdad.
—¿Y tú? —pregunta Archie tras un trago de café—. ¿Eres feliz dando clase aquí?
—Por ahora, sí. Sigo dando clases de español, pero ahora a niños más pequeños —respondo, intentando sonar natural, como si no me importara lo que piense. Como si no fuera importante que entienda que esta vez todo es distinto. Que ya no hay riesgo de que nada se repita.
Él asiente despacio.
—¿Y eso te gusta?
—A ratos. Me gusta enseñar. Pero no lo elegí del todo. Fue más bien una suma de circunstancias. Es mejor que seguir cuidando a los niños de mis vecinas y apuntada en la lista de espera para una plaza fija en mi país.
No añade nada, pero sus ojos no se apartan de mí. No parece estar juzgándome, pero hay algo que no dice. Algo que se queda suspendido en el aire.
Y yo lo noto. Esa especie de distancia nueva. Esa mirada que ya no es del todo la misma.
Por un momento me dan ganas de decirle algo, de hablar de lo que él dejó atrás. De su sueño de estudiar Arquitectura, de diseñar casas con luz natural y espacios abiertos. Pero no lo hago. Porque sé que esa puerta la cerró hace tiempo y no puedo abrirla por él.
Solo hay una especie de aceptación lejana, que duele más de lo que esperaba. Porque yo sí lo imaginaba dibujando planos, construyendo cosas. No repitiendo siempre el mismo golpe sobre el césped. Y duele verlo renunciar a eso, aunque él no lo diga.
Y él, quizás, también me imaginaba en otro lugar. Más cerca de lo que soñábamos. Más lejos de lo que ahora somos.
—Parece que los dos estamos siguiendo caminos que no eran exactamente nuestros —murmuro.
—Sí —responde sin mirarme—. Pero distintos en algo.
—Tú aún podrías cambiar de rumbo —le digo, sin poder callármelo más, como si esa frase fuera un último hilo al que aferrarme para no dejar que todo se desmorone.
Siento el peso de mis palabras colgando en el aire y, por un instante, temo haber sido demasiado directa. Pero es la verdad que llevo dentro, esa mezcla de esperanza y miedo que me estruja el pecho.
Archie me mira fijamente, sus ojos no esconden sorpresa ni rechazo. Al contrario, hay en ellos una calma casi inesperada, como si esas palabras estuvieran hechas para él tanto como para mí.
—¿Y tú? —me pregunta, con voz baja pero firme—. ¿Estás dispuesta a cambiarlo todo? ¿A dejarte amar de verdad, sin miedo a las consecuencias? ¿A ser libres, aquí, en esta ciudad?
Su pregunta me golpea con fuerza. Es mucho más que un desafío: es una invitación a romper las cadenas invisibles que nos atan. Siento cómo el nudo en mi garganta se aprieta y a la vez se afloja.
No es fácil responder. No después de todo lo vivido, después de las heridas que aún llevo en la piel y en el alma. Pero también sé que esa pregunta contiene una verdad que ya no puedo ignorar.
—No lo sé —confieso, apenas en un susurro, como si decirlo en voz alta hiciera más real ese temor—. Pero creo que ya no quiero tener miedo.
Un silencio se instala entre nosotros, pero esta vez es distinto. No es incómodo ni frío. Es denso, cargado de posibilidades. Él asiente y, en ese gesto, siento que por primera vez en mucho tiempo no estamos tan lejos. Que quizás, solo quizás, aún hay un camino para nosotros.
Me quedo en silencio unos segundos, sin saber qué decir. Para cambiar de tema, intento controlar los nervios y pregunto:
—¿Dónde vives ahora?
Archie sonríe, como si llevara tiempo esperando esa pregunta.
—En Beverly, cerca de Morgan Park —responde—. Muy cerca del campo de golf, en el Ridge Country Club.
Asiento, intentando imaginar ese lugar.
—¿Tu padre te ha organizado todo? —pregunto, queriendo entender cómo ha encajado esa nueva vida.
Él me mira con calma y, sin perder la serenidad, me devuelve la pregunta con una sonrisa irónica:
—¿Y mi madre te ha elegido el colegio y el apartamento donde vives? —dice, como para hacerme ver que nuestra situación no es tan diferente como parecía.
Me quedo pensativa, dándome cuenta de que, al fin y al cabo, ambos estamos navegando en caminos que otros han trazado para nosotros, aunque con nuestras propias dudas y decisiones.
—Touché —respondo, bajando un poco la mirada, pero no lo suficiente como para que no vea la media sonrisa que se me escapa.
Archie no añade nada. Se limita a dar un sorbo a su café, como si no hiciera falta explicar más.
—Supongo que al final todos estamos intentando mantenernos a flote —añado—. Haciendo lo que podemos con lo que hay.
—Sí —dice él—. Pero a veces lo que hay no es suficiente.
No sé si lo dice por él o por mí. O por los dos.
Nos quedamos en silencio unos segundos más, mirando a través del ventanal de la cafetería. Afuera la ciudad sigue su ritmo: coches que pasan, gente que cruza sin mirar, árboles que apenas se mueven con el viento.
—¿Y estás bien ahí? —le pregunto, volviendo a su barrio, a su casa, a lo que rodea su vida ahora—. En Beverly.
—Es tranquilo. Casi demasiado —responde—. Pero puedo entrenar sin interrupciones, y eso a mi padre le parece suficiente.
—¿Y a ti?
Tarda en responder. Se frota la palma con el pulgar, un gesto que reconozco de cuando se pone nervioso o piensa demasiado.
—No lo sé. A veces me da la sensación de que mi vida no me pertenece del todo. Como si la estuviera viviendo para alguien más.
Sus palabras me estremecen. Porque son lo que no me atreví a decirle antes. Lo miro en silencio y por un instante siento una conexión antigua, intacta, que sobrevive a pesar del tiempo y de todo lo que pasó.
—Yo también tengo esa sensación —murmuro.
Él me mira entonces, de verdad. Y por un momento no somos dos personas que se reencontraron por casualidad. Somos los mismos de antes, pero un poco más rotos, un poco más adultos.
Su móvil vibra sobre la mesa. El sonido es leve, casi imperceptible, pero yo lo siento como un temblor bajo la piel. Él lo ignora, sin siquiera mirar.
—¿No vas a responder? —pregunto, aunque sé que no tengo derecho a inmiscuirme. Y aun así lo hago. Porque hay algo en esa tensión que necesito deshacer, aunque sea con una frase.
Él suspira, como si volviera del todo a esta mesa, a este instante, y echa un vistazo rápido a la pantalla.
—Es mi entrenador. Quiere que entrene antes del anochecer.
Lo pone en silencio, lo deja bocabajo. La pantalla queda oculta, como si quisiera desterrar el mundo exterior. Como si solo esta mesa y yo existiéramos ahora.
—¿Y no vas a ir? —digo, incómoda.
—No. Estoy bien aquí.
Y lo dice sin mirarme, como si esa fuera la verdad más sencilla del mundo. Pero no lo es. Y eso me incomoda. No sé si por lo que dice o por cómo lo dice. Como si yo fuera razón suficiente para dejarlo todo. Como si él no tuviera que rendirse ante nadie más que ante este momento.
Y eso, en el fondo, me asusta. Porque yo no soy suficiente. O no quiero serlo. No otra vez.
El teléfono vibra de nuevo. Esta vez él lo coge, lo mira, duda un segundo… y cuelga. Sin contestar.
—Archie… —digo en voz baja, casi como una súplica—. Puede ser importante.
Y es entonces cuando me mira. Pero no como antes. No como en el colegio, ni siquiera como hace unos minutos. Me mira con esa profundidad con la que antes solía leerme, como si supiera dónde colocar los dedos para que algo dentro de mí tiemble.
Ese algo tiembla.
—¿Quieres conocer Beverly? —pregunta.
Mi corazón da un vuelco. El tipo de vuelco que no es bonito, ni poético ni fácil de manejar. Es de esos que te hacen revisar todo lo que creías haber decidido. De esos que duelen porque traen consigo una certeza: no debería.
Eso no es solo un paseo por un barrio. Es volver a cruzar esa línea que tanto me ha costado mantener. Pero ya he cruzado tantas…
Y aunque sé que no debería, sé que lo haré. Porque mi vida en Chicago, hasta ahora, ha sido una especie de simulacro. Rutinas impuestas, muros construidos a toda prisa, pasos medidos. Pero ahora…, ahora todo empieza a tambalearse. Y una parte de mí, una que creí muerta, quiere ver qué hay más allá.
Asiento. Apenas.
Él se levanta sin decir nada y deja un par de billetes junto a la cuenta sin mirar cuánto es.
El gesto seguro. El mismo de siempre. Descuelga la chaqueta del respaldo, me lanza una sonrisa ladeada —esa que solía romper mis defensas con una facilidad que odio y echo de menos— y me hace un gesto con la cabeza.
—Vamos —dice.
Y lo sigo.