Capítulo 10 #2
—Vale —dice Aurora, mientras garabatea algo en su libreta—. Ahora, lo difícil: ¿cómo se lo vendemos a Helen sin que nos mire como si quisiéramos incendiar el colegio?
—¿Y a Bruce? —añado con una sonrisa torcida—. Que es capaz de decir que no solo porque la palabra guerra le suena a logística.
Aurora alza las cejas.
—Bruce es más fácil de lo que parece. Si le haces creer que fue idea suya, acepta cualquier cosa.
—¿Y cómo se hace eso?
—Le llevamos una propuesta escrita, muy seria, con referencias, y le decimos: «Esto salió de aquella conversación que tuvimos sobre el impacto pedagógico de los relatos personales en la enseñanza de la historia». Aunque no haya existido nunca.
—Manipulación emocional. Me gusta.
—Se llama diplomacia institucional —corrige ella, muy digna—. Además, si tú te encargas de la parte histórica, se lo tomará más en serio. Eres la novedad exótica.
—¿Exótica?
—Española, joven, con experiencia internacional. La combinación perfecta para vender un proyecto «auténtico y enriquecedor» en el boletín interno del colegio.
—¿Y Helen?
—Helen solo necesita palabras clave. —Empieza a contar con los dedos—: Transversal, integración curricular, diversidad cultural, enfoque colaborativo, resiliencia..., y si puedes decir «aprendizaje significativo», ya está dentro.
—Madre mía. Me estás dando miedo.
—Es un arte. Llevo años en esto.
La miro con sincera admiración. Aurora no solo sabe moverse dentro del sistema: parece disfrutarlo. Y de pronto me doy cuenta de que esto, esta conversación, esta complicidad, es lo más parecido a formar parte de algo que he sentido desde que llegué a este colegio.
—¿Y si también hacemos una pequeña presentación preliminar? Un dosier visual, con imágenes, citas, un par de ideas escenográficas…, algo bonito.
Aurora asiente, entusiasmada.
—Perfecto. Lo presentamos como un proyecto piloto con opción a continuidad. Si conseguimos su aprobación, lo lanzamos con los de Middleton y Upperfield . Son los más maduros y los que mejor responden a este tipo de propuestas.
—¿Te parece si lo armamos este fin de semana?
—O mañana, después de las clases. Puedo traer algo de picar. Vino no se puede, pero podemos fingir que el té es vino.
Sonrío. Me gusta cómo suena ese «armamos». Me gusta aún más la idea de construir algo desde cero con alguien que no me conoce de antes, que no me arrastra al pasado ni tiene expectativas.
—Hecho. Mañana, entonces. Que empiece la revolución teatral.
—Con un poco de folklore histórico.
Brindamos de nuevo.
Cuando salgo del edificio, Bruce camina a mi lado. Hemos coincidido varias veces en el pasillo y, aunque nuestras materias no se cruzan demasiado, siempre es fácil hablar con él. Tiene ese tipo de presencia tranquila que no abruma.
—Buen trabajo hoy con los de Middleton —dice mientras bajamos los escalones del edificio—. Me han dicho que casi lloran con Orwell.
—Solo un poco —respondo, sonriendo—. Fue más una crisis existencial que un llanto real.
Bruce ríe por lo bajo, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.
—¿Planes para esta tarde? ¿Club de fans de George Orwell, tal vez?
—Corregir redacciones y, si me da tiempo, cenar algo decente. Ya sabes, la vida glamurosa de los profesores.
Pero entonces lo veo.
Archie.
Apoyado en una farola que hay frente a la puerta, las manos en los bolsillos, la mirada fija en mí. El abrigo gris oscuro, el pelo algo más corto. Está más serio, más adulto. O tal vez soy yo la que se siente distinta, como si acabara de retroceder un año sin previo aviso.
Me detengo sin querer. Bruce lo nota y, al seguir mi mirada, sonríe con reconocimiento.
—Vaya, Archie Williams. Hace siglos que no te veía por aquí —dice con un tono cálido, bajando los últimos escalones.
Archie le estrecha la mano con una sonrisa breve.
—Bruce. Qué gusto verte.
—El gusto es mío. ¿Todo bien?
—Sí, solo... vine a ver a alguien.
Bruce, siempre más perspicaz de lo que aparenta, intercambia una mirada rápida entre nosotros. La tensión flota en el aire, sutil pero evidente.
—Bueno —dice, dándome una palmada ligera en el brazo—, yo me voy. Me espera una cena con dinosaurios hambrientos.
—¿Dinosaurios?
—Mis hijos —aclara con un guiño—. Hasta mañana, Sara. Archie, cuídate.
—Tú también —responde Archie, mientras Bruce se aleja con paso relajado, sin volverse.
Quedamos solo nosotros dos.
—Hola, Sara —dice Archie. Su voz suena tranquila, pero algo en ella tiembla apenas.
Yo no respondo de inmediato. La sorpresa aún me pesa en los hombros.
—¿Tienes un minuto? —pregunta—. ¿Podemos tomar un café?
Miro hacia la cafetería de la esquina, como si la decisión estuviera ahí, esperándome entre mesas vacías y tazas humeantes.
Asiento.
—Vale. Un café.
Archie no sonríe, pero sus hombros se aflojan un poco. Empieza a caminar a mi lado. No lo miro. Aún no. Pero cada paso que doy junto a él me hunde un poco más en algo que no sé si estoy preparada para desenterrar.
Pero ya está ocurriendo. Ya no hay pantalla. Ni audios. Ni distancia.
Ahora somos dos cuerpos reales compartiendo un silencio denso. Y una historia sin resolver.