La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando despierto, lo noto enseguida. No es porque haya salido el sol ni porque la ciudad esté más silenciosa de lo normal. Es algo más sutil. Como si dentro de mí algo se hubiera recolocado. Una pieza. Una mínima, pero decisiva.

Me quedo unos segundos quieta, bocarriba, observando el techo blanco del dormitorio. El ventilador gira lento. Pero no es eso lo que me tiene así, en pausa.

Es su mensaje.

Anoche, después de hablar con mi madre —una conversación tranquila, sin reproches, de esas que me devuelven un poco el suelo bajo los pies—, apareció de pronto en la pantalla de mi móvil. Sin previo aviso. Sin promesas.

Archie: ¿Cómo te sentiste al llegar a Chicago?

Así, sin rodeos. Lo leí una y otra vez, con los latidos en las sienes. No esperaba que me escribiera. No de esa manera. Me dije que no tenía sentido responderle. Que ya era tarde. Que no quería abrir otra vez esa puerta. Pero mis dedos se movieron antes que mi voluntad.

Yo: Aquí, en Chicago, algo encajó. No sabría decir qué, pero por primera vez no me sentí de más. En Colinton, en cambio, la sensación era constante: rara. Descolocada. Como si siempre estuviera un paso fuera de sitio.

Tardó poco en contestar. Me preguntó cómo era mi apartamento, si me gustaba vivir sola, si ya me había perdido por el barrio o si seguía teniendo miedo a los semáforos americanos. Y luego, después de un silencio más largo, como si necesitara reunir valor, me escribió:

Archie: He hablado con mi madre. Me explicó cómo fue todo. Y no sé si tengo derecho a decirlo, pero… le estoy agradecido. Por volver a ponerte en mi camino.

Me quedé mirando esas palabras como si fueran un mapa.

O una brújula. No supe qué decirle. Solo respondí algo tonto, algo leve, porque no quería llorar.

Pero después seguimos hablando. De cosas pequeñas.

Cotidianas. Me preguntó si aquí también hay gaviotas ruidosas.

Le dije que sí, pero que tienen acento estadounidense.

Ahora apoyo el móvil en el pecho y respiro hondo. Me siento rara. No feliz. No del todo. Pero hay algo que no sentía hace semanas: ligereza. Como si por fin pudiera relajar los hombros.

Sé que esto no cambia nada. No hemos hablado de lo que importa. Ni de lo que duele. Pero fue bonito. Un pequeño paréntesis. Una tregua.

Y esta mañana, por primera vez desde que llegué a Chicago, no siento que esté huyendo.

Me ducho rápido, me recojo el pelo en un moño alto y salgo con un café en una mano y la bolsa del portátil en la otra.

En la parada del autobús, el aire huele a pan tostado y a asfalto caliente.

Llego al colegio con el tiempo justo para imprimir unas fichas y revisar el proyector antes de que entren los alumnos.

Clase de Español. Octavo de Middleton . Un grupo adorable, intensamente curioso… y terriblemente disperso. Les encanta hablar. De todo. Todo el rato.

—¡Miss Pérez! —grita Sasha apenas entra—. ¿Es verdad que en España todo el mundo duerme la siesta?

—¿A qué hora cenáis? —pregunta Marcus, sentándose a medio camino entre su silla y la de su amiga.

—¿Es cierto que en Ibiza van todos en bañador al supermercado?

—¿Conoces a Rosalía?

Respiro hondo.

—Buenos días a todos —digo en voz alta, firme, pero con una sonrisa—. ¿Podemos sentarnos y empezar?

—Pero solo una pregunta más —suplica Bella, con su cuaderno ya abierto—. ¿Tú eres de Ibiza, Ibiza? ¿O de un pueblo que se llama Ibiza pero en otra parte?

—De Ibiza, Ibiza. Pero eso no es lo importante ahora. Lo importante es que hoy vamos a trabajar los verbos en presente —respondo, señalando con el rotulador el título que he escrito en la pizarra: «¿Qué haces en tu día a día?».

—¿Tú también duermes siesta? —insiste Liam, girándose desde la última fila.

—Si no empezáis ya, os prometo que hoy vais a aprender a conjugar castigar en todos los tiempos verbales —respondo con cara seria, pero se me escapa una sonrisa.

Varias risas. Algunos se sientan por fin. Otros siguen con el murmullo medio encendido.

—Vale, chicos, vamos a hacer un trato —añado mientras camino entre las mesas—: si conseguimos terminar las actividades de hoy sin más interrupciones, os contaré una anécdota graciosa de cuando trabajaba en Escocia. ¿Trato?

Los ojos se les iluminan. Asienten con entusiasmo. Algunos chocan los cinco. Me dan miedo.

—Ahora sí, abrid el cuaderno. Página veinticuatro. «Yo me levanto, tú te levantas, él se levanta...» —empiezo a conjugar mientras reparten las fichas.

La hora ha sido intensa. Después de leer el texto sobre Orwell en la Guerra Civil —una versión adaptada que mezclaba pasado y presente, ideal para practicar el pretérito imperfecto—, se han quedado más enganchados de lo que esperaba.

Algunos hasta hicieron preguntas sobre España, sobre las Brigadas Internacionales, sobre qué significaba luchar por ideas que no eran tuyas.

Y, por una vez, me escuchan. Bueno, casi todos.

Cuando miro el reloj, quedan apenas cinco minutos. La mayoría ya ha terminado la ficha y los que no, hacen ver que sí. Me cruzo de brazos frente a la clase, satisfecha.

—Muy bien. Buen trabajo hoy. Podéis guardar las cosas.

—¡Un momento! —dice Sasha, alzando la mano como si estuviera en un juicio—. Dijiste que si trabajábamos sin interrumpir nos contarías una anécdota.

Un coro de «¡sí!» y «¡es verdad!» se levanta como una ola desde todas las mesas. Me congelo. ¿Por qué hablo sin pensar?

—Una anécdota de Escocia, ¿verdad? —añade Liam, apoyando los codos en la mesa con expresión traviesa—. Que sea buena.

Respiro hondo, intentando inventarme algo que sea gracioso, inofensivo y mínimamente apropiado. Descubro que es más difícil de lo que creía.

—Vale, vale…, a ver… —Me apoyo en la mesa—. Os voy a contar la historia de cómo un alumno intentó ligarse a una compañera con un poema «propio»…, aunque sonaba más a letra de reguetón que a poesía de Lorca, uno de los poetas más importantes en español.

Ríen. Los tengo. Sigo.

—Estábamos trabajando poesía en clase. Les pedí que trajeran un poema para leer en voz alta. Un alumno, no diré el nombre, llega con mucha seguridad, se levanta, se aclara la garganta y empieza: «Bebé, yo no te olvido, tú eres mi vicio…», y yo empiezo a sospechar.

—¡Nooo! —dice Bella, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Eso es de una canción!

—Exacto. Pero él seguía: «Tú me dejaste, pero yo sigo aquí, pensando en ti, bebecita…» —pongo voz grave para imitarlo—. ¡Y al final cierra su cuaderno y se gira hacia una chica de la clase con una mirada intensa, como si fuera Romeo! ¡Yo no sabía si reír o suspenderlo!

Las carcajadas llenan el aula.

—¿Y qué hiciste? —pregunta Marcus, llorando de la risa.

—Le dije que el plagio no era poesía... y que, si iba a copiar a alguien, al menos eligiera a Sabina.

—¿Quién es Sabina? —pregunta alguien al fondo.

Abro la boca para contestar, pero el timbre suena y el aula estalla en movimiento. Uno a uno se van despidiendo, todavía riendo, y varios me preguntan si en la próxima clase puedo contar otra historia.

—Depende de cómo os portéis —respondo con una sonrisa.

Después de la clase con los alumnos de Middleton , no me marcho a casa.

Tengo una hora libre y, por una vez, no me apetece sentarme sola en una cafetería ni pasear sin rumbo por los pasillos.

Me dirijo a la sala de profesores con el cuaderno bajo el brazo y la cabeza aún llena de las preguntas de los chicos.

La sala está casi vacía. Solo Aurora, la profesora de teatro, está sentada junto a la ventana, hojeando unos papeles con gesto concentrado. Lleva una taza entre las manos y gafas de pasta azul que le cuelgan en la punta de la nariz. Cuando me ve, levanta la mirada y sonríe.

—Sobreviviste a Middleton —dice, alzando la taza a modo de brindis.

—Por los pelos —respondo, riéndome mientras dejo mi cuaderno sobre la mesa y me sirvo un café en el rincón del fondo—. Aunque empiezo a cogerles el ritmo.

—Eso es más de lo que puedo decir de mis actores —murmura con una mueca teatral—. Están convencidos de que hacer teatro es gritar muy fuerte y tirarse al suelo.

Nos reímos. Me siento cerca, cruzando las piernas sobre la silla. Hay algo en Aurora que me gusta desde el principio. Tiene un humor seco, como si se riera del mundo antes de que el mundo se ría de ella.

—¿Qué vais a montar este año? —pregunto.

—Ni idea. Estoy entre dos opciones que no me entusiasman. Lo de siempre: comedia ligera o Shakespeare light para no ofender a nadie.

—¿Y si no hacéis lo de siempre? —digo, medio en broma, medio en serio—. Estaba pensando… Hoy en clase hemos estado hablando de exilios y guerras. Y se me ha ocurrido que quizás podríamos hacer algo inspirado en eso. En la historia reciente de España.

Aurora se endereza.

—¿La Guerra Civil?

—O el exilio republicano. Pero no de forma literal. Podríamos adaptarlo. Usar fragmentos de cartas reales, diarios, canciones. Mezclar épocas. Crear algo desde lo emocional.

Ella se queda en silencio unos segundos, como si le estuviera dando vueltas de verdad. Luego asiente despacio.

—¿Sabes que no es mala idea? Es potente. Y podríamos vincularlo con historia y literatura. Interdisciplinar, que suena bien en las reuniones.

—Exacto. Los de Middleton están leyendo a Orwell y les hablé del frente de Aragón. Se quedaron con ganas de saber más.

Aurora deja la taza y saca una libreta.

—Esto hay que anotarlo: «Proyecto Guerra». Pero sin muertos en escena.

—Solo emoción contenida y alguna canción antigua.

—Y si alguien se queja, diremos que es un homenaje educativo al valor de la memoria histórica.

Nos reímos otra vez. Pero esta vez hay algo distinto. Un pequeño hilo invisible que se ha tejido entre las dos. Una alianza inesperada.

—¿Te apuntas como asesora histórica, entonces? —pregunta Aurora.

—Solo si me dejas escoger la banda sonora.

—Trato hecho.

Brindamos con nuestras tazas de café como si hubiéramos firmado un pacto secreto.