Capítulo 9
Me levanto. Cierro el libro sin marcar la página, sin pensar. No puedo seguir aquí. No con él delante. No con ese olor tan suyo que no he olvidado, con esa manera de mirarme como si no hubiera pasado nada. Como si no hubieran pasado meses ni silencios ni heridas.
—Sara —dice mi nombre con un tono grave, sereno—. Por favor.
No le respondo. Recojo la chaqueta, la sacudo con un gesto torpe y me la cuelgo del brazo. Necesito irme. Alejarme. Recuperar el aire que su presencia me roba sin permiso.
—Somos adultos —añade, dando un paso hacia mí, pero sin tocarme—. Y nos debemos una conversación.
Me detengo. Estoy a medio camino entre huir y quedarme. Me cuesta mirarlo, pero lo hago.
—¿Una conversación? ¿Ahora?
—Sí. Ahora. Aquí. O donde tú quieras. Pero necesito que me escuches. Y si después no quieres volver a verme, te juro que desapareceré.
Trago saliva. Me duelen los dientes de apretar tanto la mandíbula. Me arde la garganta de tantas palabras no dichas.
—Archie, me destrozaste el presente. Y también mi futuro —respondo con voz tensa, sin concesiones.
Sus ojos se clavan en los míos. Se llenan de algo que no sé si es culpa o tristeza. Tal vez ambas cosas.
—No tienes idea de cómo me sentí —murmura—. Te fuiste sin avisar. Y cuando intenté…, no supe cómo…
—¿No supiste cómo? ¿Eso es lo mejor que tienes?
—lo interrumpo. Siento cómo se me quiebra algo por dentro—.
No te escribí, pero te esperé. Y tú… nada.
Silencio. Como si no hubiéramos sido nada.
Como si yo no hubiera significado nada. Podrías haber cogido un avión y haberte plantado en Ibiza; tú destruiste mi presente, tú deberías haber venido detrás, aunque no te respondiera, aunque no quisiera verte.
Fui la profesora que cayó rendida a tus pies, nada más. No signifiqué nada para ti.
—¡Claro que significaste! —responde de inmediato mientras da un paso hacia mí. Pero me aparto—. Solo que…
—¿Solo que qué? ¿Que tu orgullo? ¿Que tu obsesión con tu hermano era más importante que lo que tenías conmigo? ¿Más importante que mi trabajo?, ¿que mi vida?
Él niega con la mandíbula tensa, sin saber dónde colocar las manos.
—No fue así…
—Ah, ¿no? Pues lo pareció. Porque a mí me despidieron. A mí me expulsaron de tu mundo. Y tú lo permitiste. Lo permitiste, Archie. No luchaste. No hiciste nada.
Silencio. Un silencio que me pesa como una piedra en el pecho.
—Sara…
—Y luego vienes aquí, después de meses, montado en un deportivo, con tu nueva novia perfecta, a saludar como si nada —escupo, dolida, sin filtros—. ¿Dónde está ella, por cierto? ¿Blue? ¿Esperando en algún otro parque a que termines de arreglar tu pasado?
Archie me mira como si le acabara de lanzar un cubo de agua helada.
Y se ríe.
A carcajadas.
—¿De verdad crees que…? —empieza a decir, pero se detiene. Se pasa una mano por la nuca y niega, divertido, como si supiera algo que yo no. Pero no lo desmiente.
Eso me enfurece más.
—Eres un imbécil —suelto.
—¿Está todo bien? —pregunta una voz masculina a mi lado.
Es Rhys. No lo había visto acercarse. Está con las manos en los bolsillos y la mirada fija en Archie, con una expresión que no admite tonterías. Un segundo más y siento cómo el ambiente se vuelve eléctrico.
—Sí —respondo rápido, sin pensar. Aunque no sé si lo está.
Rhys se queda mirando a Archie un segundo más; lo está midiendo. No dice nada, pero el mensaje está claro. Luego me mira a mí.
—¿Quieres que nos vayamos?
—No. Yo… ahora iré, puedes ir tranquilo, estaré bien.
Asiente y da un paso atrás, sin apartar la vista de él. Y entonces se marcha.
Archie lo sigue con la mirada, con los labios apretados y la respiración contenida. Y cuando se asegura de que ya no está cerca, me suelta con acidez:
—¿Es tu novio?
Me quedo helada. Lo miro con incredulidad.
—¿En serio? ¿Eso es lo que te preocupa ahora?
Archie no responde. Pero sus ojos arden. Y los míos también.
Suspiro cansada. Exhausta. Me paso una mano por el rostro y me siento de nuevo en la hierba, cruzando las piernas con torpeza.
El parque sigue en calma. A lo lejos se escuchan las risas de un grupo de adolescentes y el murmullo suave de las hojas al moverse. La luz dorada del atardecer acaricia el césped como si todo siguiera en paz. Pero en mi interior hay tormenta. Una que ni esta brisa serena consigue calmar.
Nos miramos sin decir nada durante unos segundos. Él con los brazos a los lados, rígido. Yo, a medio girar, como si aún no supiera si marcharme o quedarme.
—Blue es mi prima —dice de pronto, rompiendo el silencio—. Vive muy cerca de aquí y siempre quiere que la lleve a todos lados en coche.
Parpadeo. ¿Prima?
—Rhys es mi vecino —respondo con tono neutro—. Es muy majo y desde el primer día me han acogido como a una más.
Nos estudiamos. No son solo palabras, son explicaciones. Justificaciones. Frases lanzadas como escudos para protegernos de todo lo que no decimos.
—¿Por qué Chicago, Sara? —pregunta con la voz más baja, más rota—. Sabías que podía estar aquí.
Le sostengo la mirada. Me duele el pecho.
—Pero no que, siendo tan grande, te vería justo en este maldito parque —confieso—. Y yo no he elegido esta ciudad.
Frunce el ceño. Me analiza. Busca grietas, busca verdades.
—Ah, ¿no?
Sus ojos se clavan en mí con intensidad. Sé lo que está pensando. Que he venido a buscarlo. Que he seguido sus pasos.
—Habla con tu madre, Archie —digo, esquivando la bala—. Tengo que irme.
Me pongo de pie, pero mis piernas no responden como deberían. Siento el peso del pasado tirando de mí, reteniéndome justo antes de escapar. Doy unos pasos. Uno, dos. Y entonces lo escucho.
—Sara.
Me detengo. No me giro.
—Quiero volver a verte —dice, y ahora su voz sí tiembla. No por inseguridad, sino por necesidad—. Quiero...
Cierro los ojos. Siento su voz cargada de recuerdos, de noches en vela, de besos, de promesas rotas.
—Aún no te he perdonado, Archie —respondo sin mirarlo—. Necesito asimilar todo.
Silencio. El tipo de silencio que corta. Que habla más que cualquier frase.
—Aquí podemos ser libres —dice casi en un susurro.
Me giro despacio, lo suficiente para mirarlo de reojo. Y asiento. No sé si como promesa, advertencia o despedida. Pero algo en mí se quiebra. Porque sé que no será la última vez.
Me alejo sin mirar atrás; cada paso se hace un poco más pesado, como si el aire se espesara a mi alrededor.
La voz de Archie se queda flotando en el aire, sutil y firme, respetando mi distancia pero clavada en mi piel.
No quiero que esta conversación termine así, pero tampoco estoy lista para enfrentar lo que su presencia despierta en mí.
Camino por la acera, las hojas crujen bajo mis pies y la brisa fresca de la tarde me envuelve con su frío apenas perceptible.
Los árboles del parque se recortan contra el cielo de un azul pálido que comienza a teñirse de tonos anaranjados y dorados.
El barrio es tranquilo; algunas ventanas tienen las cortinas cerradas, otras dejan ver la vida cotidiana de sus habitantes.
Un grupo de niños pasa corriendo con una pelota, sus risas infantiles rompen el silencio del atardecer y, por un momento, me invade una melancolía extraña, como si esa alegría ajena me doliera.
Mis dedos acarician el teléfono que llevo en la mano, buscando la calidez familiar del metal. Entonces suena. La pantalla se ilumina y aparece su nombre, pero esta vez es un mensaje el que me llega:
Archie: Lo siento. De verdad. Dame una oportunidad. Esta vez no voy a rendirme.
Las palabras son simples, pero llevan un peso que se me anuda en el pecho. Mi respiración se acelera y el pulso me retumba en los oídos. ¿Cómo puedo responder a esto? ¿Qué quiere de mí, después de todo? Quiero borrarlo, ignorarlo, pero no puedo apartar la mirada de la pantalla.
En ese momento, la puerta del edificio se abre y aparece Kylie con su habitual sonrisa contagiosa y un aire despreocupado. Lleva una chaqueta ligera y un bolso de tela que parece a punto de estallar, de tantas cosas dentro.
—Sara, ¿vienes al súper? —me pregunta con un gesto entusiasta.
Respiro hondo y asiento sin pensarlo. La idea de salir, moverme y distraerme de mi cabeza es demasiado tentadora.
Mientras caminamos, mis pasos se sincronizan con los de ella y las luces cálidas de las farolas comienzan a prenderse, lanzando reflejos amarillentos sobre las aceras húmedas.
La ciudad está viva pero tranquila; algún coche pasa a lo lejos, con sus neumáticos rozando el asfalto mojado.
Al fin, con una mezcla de nervios y alivio, me decido a contárselo a Kylie. Nos apoyamos contra una de las estanterías del supermercado, con las bolsas entre las manos, y bajo la voz para que nadie nos escuche demasiado.
—Hoy me he encontrado con Archie —le digo.
Kylie frunce el ceño, descolocada.
—¿Archie?
—Sí… —añado, dudando un segundo—. Alguien de mi pasado. Alguien importante.
Kylie se queda unos segundos en silencio, procesando la información, y luego suelta una sonrisa medio incrédula.
—¿En serio? ¡Vaya casualidad! Y ¿qué pasó?
Respiro hondo y le cuento con detalle, intentando ordenar mis pensamientos, cómo fue el momento en el parque, la tensión, las palabras no dichas y, sobre todo, que fue él quien recogió a Blue en ese coche lujoso.
—Y lo más loco —añado, mirándola fijamente— es que Blue es su prima. ¡Eso dice él! ¿Puedes creerlo? La misma chica que conocí en la clase y que me pareció tan inaccesible, tan perfecta, resulta que tiene ese vínculo con Archie.
Kylie se queda boquiabierta, fascinada, y luego ríe con esa mezcla de sorpresa y diversión que la caracteriza.
—¡No me lo puedo creer! ¿Así que tú y Blue, sin saberlo, estáis enredadas en la misma historia? Esto es como de novela, Sara. Te juro que a veces esta ciudad parece pequeña, por mucho que digan que es enorme.
Me río, aunque con una punta de amargura. La casualidad me ha puesto de nuevo frente a algo que creía cerrado, pero ahora siento que todo está más complicado que nunca.
—No sé si esto es bueno o malo —confieso—, pero ya no puedo escapar más. Tendré que enfrentarlo.
Kylie me da un apretón en el brazo, como quien te asegura que no estás sola.
—Vamos, que esto solo acaba de empezar.
—Oye, ¿tú sabes algo de Blue? —le digo, mirándola de reojo mientras intento parecer casual—. ¿Cómo sé que no me ha mentido…? No me fío mucho.
Ella frunce el ceño y saca el móvil. Los dedos ágiles deslizan la pantalla y aparecen varias fotos: Blue en distintos momentos, siempre sonriente y elegante, con Archie y otras personas que parecen de su familia. La luz suave de las imágenes revela una cercanía evidente.
—No sé mucho —confiesa—. Pero la sigo en Instagram. Tiene un par de fotos…, parecen familiares. —Kylie saca el móvil y me lo tiende—. Mira, es este chico —dice, señalando la pantalla.
Inclino la cabeza y, en cuanto lo veo, el pulso se me acelera.
—Sí… —murmuro—. Es él. Archie.
Asiento, devolviéndole el móvil y tratando de contener un escalofrío. No puedo evitar sentirme desplazada, como si ese vínculo familiar fuera una muralla más entre Archie y yo.
—¿Y tú qué crees? —insisto, mordiéndome el labio.
Kylie se encoge de hombros, con esa sonrisa mitad cómplice, mitad resignada.
—No lo sé, Sara. Si tanta curiosidad tienes, tendrás que descubrirlo.
La escucho, pero no digo nada.
Salimos del súper y caminamos por las calles del barrio, rodeadas de fachadas de ladrillo rojo y puertas pintadas con colores vivos.
Algunos balcones tienen macetas con flores que luchan contra la temporada y los árboles fluyen con la brisa que se intensifica un poco.
Las hojas secas se amontonan en las esquinas y los bancos del parque cercano están vacíos, como si esperaran a otra mañana para llenarse de vida.
El aire huele a tierra mojada y a pan recién horneado, y una cafetería cercana deja escapar aromas dulces que me hacen recordar tardes menos complicadas. Por un instante me permito un suspiro, dejando que esos pequeños detalles me roben la atención.
Kylie me habla y no es que el dolor desaparezca, pero al menos la presión disminuye y me permite pensar con algo de claridad.
—Gracias —le digo, sonriendo—. De verdad necesitaba esto.
Ella me mira con una sonrisa sincera y aprieta mi brazo en señal de apoyo.
Cuando llegamos al edificio de nuevo, me doy cuenta de que, aunque no sé qué va a pasar con Archie, hoy he dado un pequeño paso para seguir adelante. A veces no se trata de tener respuestas, sino de seguir andando aunque no las tengas.
La puerta se cierra tras de mí con un clic seco que me recuerda que estoy sola. Dejo caer las bolsas sobre la mesa de la cocina y me desplomo en una silla, con la mirada perdida en la ventana. Afuera las luces de la calle ya están encendidas, una a una, mientras el crepúsculo se funde con la noche.
Saco el móvil del bolso y, sin pensarlo mucho, marco el número de mi madre. Sé que no es la mejor hora, pero necesito escuchar su voz.
—Hola, cariño —responde con esa calidez que me envuelve al instante.
—Hola, mamá —digo con voz baja, casi un susurro—. Hoy ha sido un día... complicado.
Se hace un silencio breve, pero reconfortante.
—¿Quieres contarme? —pregunta con paciencia.
—No sé si sabría por dónde empezar —respondo—. Solo quería saber que estás ahí, que todo va a estar bien, aunque yo no lo sienta ahora.
Mi madre sonríe a través del teléfono, aunque no pueda verla.
—Estoy aquí siempre. Y aunque no te lo diga cada minuto, confío en ti. En que eres más fuerte de lo que crees.
Un nudo se me forma en la garganta, pero me esfuerzo por no romper a llorar.
—A veces todo esto me supera. Esta ciudad, la escuela y... él —murmuro sin querer nombrarlo.
—Ya lo sé, cariño. Pero no estás sola. Respira, da pequeños pasos y, cuando menos lo esperes, todo encajará.
Me quedo un rato escuchando su voz, como un refugio en medio de la tormenta.
—Gracias, mamá. No sé qué haría sin ti.
—Y yo sin ti, Sara. Ahora ve a descansar, que mañana es otro día para intentarlo.
—Lo intentaré —susurro con un ligero atisbo de esperanza.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la pantalla unos segundos antes de apagarla y dejar que la oscuridad me envuelva.