Capítulo 8
La terraza está iluminada con guirnaldas cálidas que cuelgan de una pérgola improvisada entre plantas y sillas desparejadas. Al fondo, una sábana blanca tensada a la perfección hace de pantalla. Frente a ella, cojines, mantas y colchones viejos cubren el suelo como si fuera un nido comunitario.
El aire huele a palomitas y a algo dulce que no logro identificar. Hay un murmullo bajo de conversaciones entrecruzadas, risas suaves, el sonido de los hielos chocando en vasos de cristal. La noche ha traído consigo una brisa amable. Y, por un momento, parece que el mundo no pesa tanto.
—¡Eh! —grita Kylie cuando nos ve aparecer—. ¡Sara! ¿Y tú no traes nada?
Me freno, un poco culpable, pero antes de que diga nada, Rhys levanta su bolsa con gesto triunfal.
—Yo he traído cervezas. Cuentan por dos —dice, guiñando un ojo.
—Bien jugado —dice alguien desde una esquina.
—Sabes que sí —responde Rhys, ya buscando un hueco entre los cojines.
Nos tumbamos sin más, sin ritual. Yo agarro una manta gris con pompones en los bordes y me la echo encima como si fuera una armadura suave. Me hundo un poco entre los almohadones, cruzo los brazos sobre el pecho y dejo que el calor me cubra.
La película empieza. Algo antiguo. Blanco y negro. Con subtítulos en francés.
Y entonces, por fin, algo dentro de mí cede.
El mundo se apaga un poco. El ruido baja de volumen. Archie se aleja de mi mente, como si lo colocara por un tiempo en una estantería, bien etiquetado, donde no pueda hacer daño por un rato.
Le doy al botón de pausa. Interno.
Respiro.
Veo la pantalla, pero no la película. Siento la noche, pero no el tiempo.
A mi lado, Rhys no dice nada. Pero no deja de mirarme. Lo noto, por el rabillo del ojo, en la forma en que su cuerpo no se relaja del todo, en cómo abre la cerveza sin apartar la vista de mí.
Él lo sabe. Y no me presiona. Y eso, sin que él lo sepa, me salva un poco.
La película sigue avanzando. A veces alguien suelta una carcajada suave o hace un comentario sobre lo poco que se entiende sin subtítulos en inglés.
Yo me limito a observar la luz parpadeante reflejada en la sábana, a sentir el peso de la manta sobre mis piernas y la proximidad del cuerpo de Rhys, que se mantiene a una distancia prudente, como si supiera exactamente cuánto espacio necesito.
No hablamos. No hace falta.
Poco a poco, los ruidos se apagan. Las voces bajan el tono. Alguien bosteza. El aire se vuelve más fresco y la brisa me acaricia el rostro como si quisiera tranquilizarme.
Y, sin darme cuenta, me duermo.
No sé cuánto tiempo pasa. Solo que, cuando abro los ojos, la película ha terminado, las luces de la terraza están más tenues y hay apenas un par de personas recogiendo mantas o botellas vacías.
—Eh —susurra una voz junto a mí—. Sara.
Parpadeo y veo a Rhys inclinado sobre mí, con una expresión entre dulce y divertida.
—Te has dormido toda la segunda mitad.
—No.
—Hace rato —dice Kylie desde el otro lado, envuelta en una manta de cuadros—. Se ha ido todo el mundo. Hemos estado hablando de si despertarte o dejarte aquí a vivir.
—He ganado yo —añade Rhys con una sonrisa ladeada.
Me incorporo con esfuerzo, frotándome los ojos.
—Lo siento. Creo que necesitaba desconectar más de lo que pensaba.
—Sí, se notaba —dice Kylie con suavidad.
Recogemos en silencio lo poco que queda.
El sonido de las botellas de vidrio chocando dentro de una bolsa acompaña nuestros pasos mientras bajamos juntos por las escaleras hasta la quinta planta.
La noche se ha vuelto más fresca y hay algo sereno en el aire, como si el edificio entero también estuviera descansando.
Nos detenemos en el rellano. El silencio se extiende unos segundos más de lo necesario.
—Bueno… —dice Kylie, estirándose—. Yo me voy a dormir. Que duermas bien, Sara.
—Gracias. Vosotros también.
Kylie se despide con un gesto y desaparece tras su puerta.
Rhys se queda un momento más. Me mira como si tuviera algo en la punta de la lengua, algo a medio formar. Pero no lo dice.
—¿Qué? —le pregunto, alzando una ceja.
Él niega con la cabeza, sonriendo apenas.
—Nada. Buenas noches.
—Buenas noches, Rhys.
Cuando entro en mi apartamento, todo está en silencio.
Solo se oye el zumbido del frigorífico y el crujido lejano de la madera al asentarse.
Me quito el chándal con movimientos lentos y lo dejo sobre el sofá.
La noche ha sido rara, pero amable. Como si el universo me hubiera dado permiso para respirar. Para no pensar.
Me giro hacia la cama y entonces lo veo: el teléfono, tirado bocabajo sobre la colcha, justo donde lo había dejado horas antes.
Lo cojo sin mucha intención, más por costumbre que por curiosidad y, al desbloquear la pantalla, me detengo en seco.
Tres llamadas perdidas. Las tres del mismo número. El suyo. Archie.
Una a las 20:17. Otra justo después, a las 20:19. Y una tercera, mucho más tarde, a las 21:46.
No hay mensajes. Solo las llamadas. Como si hubiera querido decir algo, pero no supiera cómo. Como si le bastara con el tono de llamada para comprobar si yo también estaba allí.
Y eso lo cambia todo.
No ha sido una coincidencia. No ha sido una alucinación, ni un reflejo, ni un mal recuerdo disfrazado de presente. Era él. Está aquí. Y me ha llamado.
Me siento al borde de la cama con el teléfono aún en la mano. Miro las notificaciones, la hora. No sé qué quiere. No sé si quiero saberlo. Pero ahora, al menos, ya no puedo seguir fingiendo que no ha pasado nada. Porque ha pasado.
Y, ahora sí…, empieza todo otra vez.
* * *
He dormido tres horas. Con suerte, cuatro.
Me levanto con los ojos pegados y el cuerpo como si hubiese corrido una maratón mientras soñaba. En cuanto abro los ojos, busco el teléfono a tientas entre las sábanas, aunque sé dónde está. Lo desbloqueo. Nada. Ni una llamada más, ni un mensaje, ni un «perdona, me equivoqué», ni un «¿estás bien?».
Solo las llamadas de anoche.
Me quedo un momento con la pantalla encendida. Su nombre. Las horas de las llamadas. El silencio que ha venido después.
Me levanto. Camino descalza hasta el baño.
Me miro al espejo. Las ojeras me llegan a las mejillas.
Cojo el corrector como si fuese una varita mágica.
No lo es, pero al menos me devuelve una versión de mí que parece más despierta, más firme, más funcional.
Me recojo el pelo en un moño y me pongo un poco de color en las mejillas. Hoy necesito parecer que estoy bien.
Aunque no lo esté.
Me visto sin pensar: pantalones anchos, camisa blanca, jersey fino, zapatillas cómodas. Y salgo a la calle.
El aire fresco me azota de golpe. Es agradable, pero no consigue espabilarme del todo. Camino despacio y, cada vez que oigo el motor de un coche girar la esquina, levanto la vista. Busco. Busco ese deportivo oscuro. Sus faros. Sus ojos.
Nada. Solo tráfico normal. Personas normales. Una mañana de martes cualquiera.
Llego al colegio con un nudo en el estómago. Aún no he desayunado. Aún no he pensado en qué voy a decirles hoy a mis alumnos. Aún no he logrado sacármelo de la cabeza.
Archie. Sus ojos en el coche. Sus llamadas. Su silencio ahora.
Cruzo las puertas del colegio y hago lo que mejor sé hacer cuando todo se tambalea: sonreír. Fingir. Ir hacia delante. Hoy no me permito hundirme. Aunque cada parte de mí quiera quedarse en la cama, mirando el móvil, esperando algo que no llega.
El segundo recreo me pilla sentada en una de las sillas del aula vacía, repasando la siguiente clase y fingiendo que no estoy mirando de reojo el móvil por si…, por si hay algo. Pero no. Nada. El mismo silencio.
Golpean suavemente la puerta y Bruce asoma la cabeza con su sonrisa habitual, esa mezcla entre entusiasmo genuino y energía infinita que a veces me abruma y otras me contagia.
—Hey, Sara —dice, apoyándose en el marco—. ¿Tienes un minuto?
—Claro —respondo, dejando el móvil bocabajo.
—El viernes llevamos a los de octavo al campo de golf. Ya sabes, parte de esa tontería de las tardes activas al aire libre. —Dibuja unas comillas en el aire con los dedos—. Me preguntaba si te animas a venir con nosotros.
Me quedo un segundo demasiado largo en silencio. Golf.
Golf.
Veo la imagen con nitidez: Archie, su postura, el palo en las manos, el gesto concentrado, la gorra, la camiseta blanca, el sol en su rostro. Siento que me falta el aire. Trago saliva y fijo la vista en el pupitre.
¿Y si está allí? ¿Y si entrena justo allí?
Bruce parece esperar mi respuesta y, aunque mi voz suena neutra, sé que la tensión me traiciona.
—Claro. Sin problema. Cuando hice la entrevista, dije que participaría en actividades extracurriculares, ¿no?
—Exacto —dice, sonriendo más—. Lo pasaremos bien. El campo está a unos veinte minutos y los críos se emocionan por cualquier cosa que implique salir del colegio.
Asiento y sonrío, solo para mantener las apariencias.
—Genial. Cuenta conmigo.
Por dentro no quiero. No me apetece lo más mínimo. No quiero ir a un lugar donde posiblemente pueda verlo. O peor…, no verlo, pero no puedo pasarme toda la salida esperando que aparezca.
Bruce dice algo más sobre los horarios y los formularios de permiso, pero apenas lo oigo. Solo asiento, repitiendo su última frase como un eco lejano.
Cuando se marcha, vuelvo a mirar el móvil. Nada.
No sé si en el fondo quiero que aparezca o si lo sensato sería pedir que alguien me cubra en esa salida. Pero ya he dicho que sí y no hay marcha atrás. Últimamente vivo así: aceptando lo que mi cuerpo entero rechaza.
Salgo de clase y me obligo a continuar la jornada con la misma máscara con la que he entrado al colegio, esa que muestra que todo va estupendamente. Y no pienso dejar que se caiga hasta que finalice mi jornada.
Cuando por fin lo hace, busco refugio en otro lugar.
El sol se cuela entre los árboles, tiñendo de oro la hierba. He bajado al parque con una novela bajo el brazo, busco algo que me mantenga la mente ocupada. Hoy no hay yoga, no hay vecinos y tampoco hay Blue. Sé que no vendrá. Y él..., él tampoco.
Camino sin prisa. El parque se siente más grande cuando no lo comparto con nadie.
Busco una sombra cómoda, extiendo mi chaqueta en la hierba, me tumbo bocabajo y abro el libro por la página marcada.
Intento concentrarme. La protagonista se debate entre lo que siente y lo que cree que debe hacer. Me suena demasiado.
No han pasado ni diez minutos cuando una voz me interrumpe.
—¿Tan interesante es ese libro?
Siento una descarga helada en la espalda. No hace falta mirar. Esa voz. Dios. Levanto la vista, lenta, como si el tiempo se hubiera vuelto líquido. Archie. De pie, a pocos pasos de mí, con las manos en los bolsillos y esa cara que no he podido sacar de mi cabeza ni un solo día.
Me incorporo y me siento sobre la chaqueta. El libro se queda abierto sobre mis piernas. Lo miro sin decir nada. No puedo. No sé por dónde empezar.
—Hola —dice él.
—¿Dónde está tu nueva novia? —suelto, sin pensarlo demasiado.
Sus cejas se levantan y, al segundo, suelta una carcajada tan sincera que duele. Una de esas que le hacen cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás.
—¿Hablas de Blue?
No respondo. Me limito a mirarlo, esperando que diga algo más. Algo que me saque de esta sensación de ridículo. Pero no dice nada. Solo me sonríe, como si supiera más de lo que está dispuesto a confesar. Y eso, por algún motivo, me irrita más.
—Me miraste como si no dieras crédito —murmuro—. Como si yo fuera un espejismo. Pero no te bajaste del coche. Ni llamaste. Solo... desapareciste.
—Llamé.
—Después, sí. Tres veces. Sin dejar ni un mísero mensaje.
—No sabía qué decir —admite, bajando un poco la voz—. No sabía si debía.
Nos miramos en silencio. Él sigue ahí, tan él como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si pudiera aparecer de la nada y trastocar todo lo que he construido en estas semanas.
—¿Qué haces aquí, Archie? ¿Pasaste por este parque por casualidad? —replico con ironía.
Él se encoge de hombros.
—No sabía que vivías aquí. Te juro que no sabía que estabas aquí, en Chicago.
La sinceridad en su voz es desconcertante. No sé si es parte del juego. O si realmente ha venido por casualidad. No sé nada. Y odio no saber.
—Pues ya me has visto. Supongo que puedes seguir con tu vida.
—¿Eso quieres? —pregunta en serio ahora.
Lo miro. Miro su cara, su boca, sus ojos. Todo lo que me hace daño y me atrae al mismo tiempo. No sé lo que quiero. No sé si quiero huir o que se quede sentado a mi lado. Pero no respondo.
Él tampoco presiona. Solo me observa. Y, por un instante, todo vuelve a ser tan confuso como siempre lo fue con él.