La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 7
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Capítulo 7

—¡ Namasté ! —finaliza Kylie, mientras junta las palmas con energía contagiosa—. ¡Gracias por regalaros este momento!

Algunos aplauden, otros se tumban un rato más, en silencio. Julia se acerca para ayudar a recoger las esterillas. Rhys le ofrece una botella de agua a la pareja que antes charlaba con ella. Y la mujer de las trenzas infinitas da una voltereta sin razón aparente antes de ponerse de pie.

Yo me estiro con los brazos en alto y suelto un suspiro largo, de esos que pesan y aligeran a la vez. Y entonces, la siento.

—Ha estado bien, ¿verdad? —dice una voz suave a mi izquierda.

Me giro y veo a una chica muy delgada, con una coleta rubia peinada con esmero.

Lleva unas mallas blancas impecables y un top a juego, ambos de tejido técnico que parece más caro que funcional.

Todo en ella transmite elegancia sin esfuerzo.

A su lado, cuidadosamente dispuestas sobre el césped, hay una esterilla, una botella térmica y una mochila de lona rígida, todo en tonos crema y visón, con detalles dorados.

Todo a juego. Todo de firma. Tiene un aire de editorial de moda, pero su sonrisa es cálida, cercana, desarmante.

—Sí —respondo, aún con la respiración lenta—. Mucho mejor de lo que imaginaba.

—Soy Blue —añade, tendiéndome la mano como si selláramos un pacto secreto.

—Sara —contesto, y se la estrecho con una sonrisa que me sale sola.

—¿Eres nueva por aquí? Porque no te había visto nunca en las clases. Y yo no me pierdo ninguna.

—Muy nueva. Es la primera —digo, y noto que con eso basta. No tengo que dar más explicaciones.

—Pues bienvenida. Seguro que repites. Kylie lo hace genial, y aquí nos tiene a todos como un reloj.

—Creo que no se me da muy bien…

—Nada bien —interviene Rhys, que pasa por nuestro lado con su esterilla enrollada al hombro.

Le doy un golpe flojo en la pierna mientras sigo sentada.

—¡Eh! Qué gratuito.

Blue se ríe.

—En dos días le coges el truquillo. A mí me pasaba igual, y ahora mira —dice mientras se estira los brazos por encima de la cabeza, con una elasticidad envidiable.

—Eso espero… —respondo, poniéndome en pie.

Empiezo a sacudir la hierba de la parte trasera de mis mallas, mientras todos a nuestro alrededor comienzan a recoger sus cosas también.

El sol empieza a descender, tiñendo el parque de tonos dorados.

Las hojas crujen bajo los pies mientras caminamos todos juntos en una fila un poco desordenada, siguiendo el sendero entre árboles.

Rhys tararea algo que suena como un mantra, pero con ritmo de canción pop.

La mujer de las trenzas infinitas se ha subido a un patinete que, a todas luces, no era suyo, y zigzaguea entre nosotros como una aparición.

Blue se coloca a mi lado, como si lo hubiera estado siempre.

Me habla con naturalidad sobre sus clases favoritas, sobre una cafetería ecológica a la vuelta de la esquina, sobre lo bonito que es tener este parque tan cerca de casa.

Y yo…, yo me siento bien. Por un instante, incluso feliz. Y ni siquiera sé por qué.

Al llegar a la carretera, nos detenemos unos segundos. Justo al otro lado están los apartamentos. Algunos se despiden con un gesto vago de la mano; otros comentan qué serie están viendo, si mañana toca madrugar o si alguien se anima a un brunch improvisado el domingo.

—Bueno, yo me voy ya —dice Blue, que se ha detenido a mi lado—. Me están esperando.

Sonríe con esa mezcla de prisa y calma que parece dominar tan bien.

Levanta la mano en un saludo elegante, se despide de todos como si los conociera de toda la vida, y echa a andar con paso seguro hacia un coche negro que espera al borde de la acera, reluciente bajo los faroles.

Un modelo deportivo, de líneas suaves y amenazantes, con las ventanillas bajadas y la carrocería impecable.

Y entonces lo veo.

Desde el asiento del piloto, unos ojos grises me miran con la misma sorpresa que siento yo. No hay duda. Es él.

Archie.

Durante un segundo, un solo segundo, todo dentro de mí se colapsa.

Es como si me hubieran empujado desde el borde de una piscina sin avisar.

Como si el aire se convirtiera en agua densa y no pudiera respirar.

Como si todos los ruidos del mundo, las voces del grupo, el viento, los coches, se amortiguaran en un zumbido lejano.

Lo único real son sus ojos. Esa mirada. Tan conocida, tan imposible, tan fuera de lugar.

Siento como el estómago se me encoge. El corazón, que había estado tranquilo, todavía en ritmo de yoga, empieza a latir de pronto con fuerza, desacompasado, como si no supiera qué hacer con lo que acaba de ver. La mandíbula se me tensa sin querer. No es miedo. No es rabia. No es tristeza.

Es todo eso junto. Y más.

Blue se inclina hacia él con naturalidad, le planta un beso en la mejilla, ligero, íntimo, nada ensayado, y luego, sin notar nada extraño, vuelve a girarse hacia el grupo para despedirse con la mano. Su sonrisa sigue allí, perfecta, brillante. Archie no deja de mirarme.

Y yo… yo no puedo dejar de mirarlo a él.

Todo mi cuerpo quiere moverse, huir, gritar, correr hacia él o esconderme detrás de Rhys, pero no hago nada.

Estoy clavada al suelo, congelada. Me siento absurda en mis mallas negras, con el pelo recogido al azar, con la respiración todavía entrecortada por la clase de yoga, mientras él está ahí.

En mi mundo. En esta nueva vida donde no debería estar.

Y está.

Y yo no quiero que esté, por lo que siento que debo huir, hasta que el claxon de un coche rompe el momento como un disparo.

—¡Sara! —grita Rhys, y de un tirón me aparta justo a tiempo.

Tropiezo contra él, que me sujeta con fuerza mientras el coche que casi me atropella pasa rozándome, con un chillido de neumáticos.

—¿Estás bien?

Estoy apoyada contra su pecho. Su mano aún me sostiene por el brazo. El corazón me late en los oídos. Miro hacia la calle. El coche negro ya no está. O quizá sí. No lo sé. No lo he visto marcharse. No sé cuánto tiempo ha pasado. Todo ha sido tan rápido y, al mismo tiempo, eterno.

—Sara… —insiste Rhys, ahora más serio.

—Sí. Sí, estoy bien —respondo, pero ni siquiera yo me creo las palabras.

Estoy lejos de estar bien. Estoy temblando. Y lo peor de todo es que sé muy bien por qué.

—Sara… —insiste Rhys, con el ceño fruncido.

—Estoy bien —repito, forzando una sonrisa que no se sostiene demasiado.

Me giro de nuevo hacia la calle. Busco el coche con la mirada, con una urgencia que no sé cómo disimular. Ya no está. La acera está vacía. Ni rastro del deportivo negro, ni del reflejo metálico de la carrocería, ni de Blue. Nada.

Ha desaparecido tan rápido como apareció.

Y me quedo ahí, con la sensación de haber soñado algo imposible. ¿Lo he visto de verdad? ¿Ha sido él?

Claro que sí. Lo sé. Lo sé como se sabe una canción sin pensar, como se reconocen unos labios incluso antes de que hablen. Han sido sus ojos. Su gesto. Esa forma de mirar que tantas veces me desarmó. Era Archie. Aquí. En Chicago.

Mi corazón sigue bombeando con fuerza, como si aún no pudiera decidir si tiene que correr o quedarse paralizado.

—Vamos —dice Rhys, más suave, soltándome al fin—. Ven, ya estamos cruzando.

Camino detrás de ellos sin saber muy bien cómo. Muevo los pies, esquivo bordillos, respondo con gestos a los comentarios del grupo, pero mi cuerpo va por inercia, como si yo no estuviera dentro de él.

Las luces del edificio parpadean cálidas cuando nos acercamos. Rhys abre el portal y espera a que pase. Kylie se vuelve hacia mí antes de despedirse.

—A las diez, ¿vale? Donde siempre —dice con esa sonrisa suya tan fácil, tan de hermana mayor.

—Claro —respondo, asintiendo sin pensar.

Ni siquiera sé de qué están hablando. ¿Una cena? ¿Un juego? ¿Una salida más? Mis labios se mueven por costumbre, pero mi mente está en otro sitio. Muy lejos.

—No llegues tarde esta vez —añade Rhys, señalándome con el dedo.

Asiento de nuevo, como una autómata. No escucho lo que dicen después. Algo de una peli, de traer vino, de no invitar a Julia porque siempre se duerme. Sus risas se alejan por el pasillo y yo me quedo sola frente a la puerta de mi apartamento con la llave en la mano.

Pero no estoy allí. Estoy en aquella calle, mirando ese coche. Mirándolo a él. Blue, tan impecable, tan brillante, lanzándose a besarle la mejilla. Él, inmóvil, mirándome como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Como si no esperara encontrarme allí. Como si le doliera.

¿Estaba con ella? ¿La estaba esperando a ella? ¿Desde cuándo? Y sobre todo: ¿por qué está aquí? ¿Sabe que vivo aquí? ¿Su madre se lo ha contado?

Mi pulso vuelve a acelerarse. Abro la puerta con torpeza, como si todo a mi alrededor me resultara ajeno. El apartamento me recibe con su silencio habitual. Las plantas, la alfombra, la taza de té que dejé por la mañana. Todo sigue igual. Todo... menos yo.

Me dejo caer sobre el sofá sin quitarme siquiera las deportivas. Me quedo mirando el techo sin pensar en nada concreto, solo con la imagen de Archie clavada en el centro del pecho. Su pelo revuelto, los ojos intensos, la expresión entre sorprendida y dolida.

Hace meses que no sé nada de él. Ya había aprendido a respirar sin escribirle. A sonreír sin preguntarme si él también lo hacía. A decir su nombre solo por dentro.

Y ahora…, ahora está aquí. Y lo único que quiero es entender por qué.

No sé cuánto tiempo paso sentada en el sofá.

Lo suficiente para sentir que el aire se ha vuelto espeso, como si cada pensamiento pesara más que el anterior.

Intento no pensar. Intento no recordar. Pero es inútil.

Todo se enreda: su cara, su mirada, la forma en la que Blue se inclinó hacia él, los meses de silencio.

Lo que fue. Lo que pudo ser. Lo que ya no sé si quiero que vuelva a ser.

Con un suspiro, me levanto. Necesito resetearme. Parar esta espiral absurda en la que he caído sin querer.

Entro al baño y abro la ducha sin esperar a que el agua se caliente del todo.

El chorro helado me recorre la espalda como un golpe de realidad y, aunque al principio me encojo por reflejo, dejo que el frío me despierte.

Cierro los ojos y apoyo la frente contra la pared.

Escucho el sonido del agua golpeando el suelo e intento concentrarme solo en eso, en el presente, pero mi cabeza sigue trayéndolo una y otra vez.

Archie. Chicago. Blue. ¿Por qué no puedo dejarlo pasar?

Cuando salgo, envuelta en una toalla, el vaho cubre el espejo y el mundo parece algo más borroso, más lento.

Camino descalza hasta la habitación y abro el cajón donde guardo la ropa cómoda.

Sin pensarlo mucho, saco el chándal verde oscuro.

Es ancho, calentito y tiene las letras de « C HICAGO » bordadas en el pecho.

Mi madre lo encontró en un mercadillo local la semana antes de que me viniera y no dudó en regalármelo.

—Para que te camufles entre la fauna —me dijo, riendo—. Y porque nadie puede estar triste con un chándal de terciopelo hortera.

Me lo pongo y, contra todo pronóstico, sonrío. Un poco. No mucho. Pero lo suficiente como para recordar que aún puedo hacerlo.

Justo en ese momento, suena el móvil. «Mamá», dice la pantalla. Lo miro. Me muerdo el labio. Y lo dejo sonar. No. No ahora. No en este estado. Lo dejo bocabajo sobre la mesa y me paso una mano por el pelo húmedo cuando llaman a la puerta.

—¿Quién...? —murmuro, arrastrando los pies hasta la entrada.

Al abrir, me encuentro con Rhys, con una cerveza en la mano y su sonrisa habitual en los labios. Pero al verme, su ceja se arquea y recorre mi atuendo de arriba abajo.

—¿En serio? —dice, señalando el chándal con el cuello de la botella.

Miro hacia abajo y vuelvo a sonreír, esta vez con ganas.

—Regalo de mi madre. Es edición limitada.

—Sí, limitada a los años noventa —responde, cruzándose de brazos. Hace una pausa. Me observa un segundo más, con los ojos entrecerrados—. ¿Quién era el tipo del deportivo?

Levanto la mirada despacio.

Dios. Lo sabe. Lo ha visto.

—Ah, no —dice, levantando las manos como si leyera mis pensamientos—. Ni se te ocurra decir que no lo conoces, porque sabes que sí.

Me apoyo en el marco de la puerta y suelto el aire como si llevara demasiado rato conteniéndolo.

—Es complicado.

—Venga. No me vengas con eso. Complicado es no saber si el tofu que te han puesto en el bol es en realidad queso. Esto tiene otra pinta.

Me echo a reír, a medias por la frase, a medias por la tensión.

—Está bien. Lo conozco. Se llama Archie.

Rhys no dice nada. Asiente como si ya lo supiera desde antes de preguntarlo.

—¿Ex? ¿Ex algo?

—Ex... todo —susurro, mirando hacia el pasillo vacío detrás de él—. Por su culpa estoy en esta ciudad.

—¿Cómo?

—Larga historia. Un mal final. O un final que no fue final. No lo sé. —Me encojo de hombros—. Pero sí. Vine aquí para empezar de cero. Y justo hoy..., aparece.

—Aparece con la chica guapa y el coche caro —añade él, sin dramatismo.

—Exacto.

—Qué cliché.

Nos miramos un segundo, en silencio. Siento que mis ojos empiezan a humedecerse, pero me niego a dejar que eso gane terreno.

—Estoy bien —digo, aunque suena más a súplica que a afirmación.

Rhys da un paso hacia mí y me da un golpecito suave en el hombro.

—¿Sabes qué? Hoy apesta. Mañana ya veremos. Y pasado mañana, probablemente estés riéndote de esto. Pero mientras tanto… —Levanta la cerveza—. Vente. Hay sofá, hay mantas feas y Kylie ha traído hummus de remolacha que jura que sabe a gloria.

Dudo un segundo, pero luego asiento. Y mientras cierro la puerta tras de mí, pienso que tal vez sí. Tal vez pueda reírme de todo, incluso de lo mío con Archie. Aunque hoy, ahora, no sepa cómo.