La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 6
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Capítulo 6

El despertador suena a las siete en punto. No lo necesito; llevo despierta desde antes de que amaneciera, mirando el techo en silencio. Es mi primer día en el colegio. Sin alumnos todavía, pero igual de importante. Hoy conozco a mis compañeros. Hoy empiezo de verdad.

Me levanto despacio, arrastro los pies descalzos hasta la cocina, donde el olor del café recién hecho comienza a llenar el aire. Lo programé anoche. Pequeñas estrategias para no echarme atrás por la mañana.

Mientras se calienta una tostada, me asomo por la ventana del salón.

La ciudad despierta despacio, pero con más ritmo que yo.

El cielo es una mezcla de azules suaves y naranjas, y el parque frente a casa ya tiene corredores y paseadores de perros.

Me detengo un momento solo para respirar.

Hace dos días que mi madre volvió a Ibiza y esta es la primera mañana en la que estoy sola de verdad.

Echo de menos su presencia, aunque nunca lo admitiría. Echo de menos su voz en la cocina o su risa al contarme algo absurdo. Pero también hay algo reconfortante en este silencio nuevo. Es mío.

Desayuno en la barra, de pie, mientras repaso mentalmente lo que tengo que llevar. Ordenador, carpeta, botella de agua...

Luego me ducho, elijo una blusa azul claro y unos pantalones oscuros.

Me maquillo apenas, lo justo para parecer despierta y no ir recargada.

El pelo rojo, ligeramente ondulado, lo dejo suelto.

Me miro en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gusta lo que veo.

No es una versión que alguien haya diseñado para mí. Soy yo.

Antes de salir, echo una última mirada al apartamento. Todo está en orden. Las plantas tienen agua, el portátil está cargado y la ventana del salón deja entrar una luz cálida que pinta el suelo de amarillo.

El aire de la calle me recibe fresco, pero no frío. El final del verano todavía se resiste. Bajo los escalones del edificio y empiezo a caminar. Según Google Maps, el colegio está a unos quince minutos a pie.

Y así, con el bolso al hombro, sigo la calle que todavía no me sé de memoria, pero que no tiene pérdida: es todo recto.

Paso por un café que huele tan bien que casi me tienta a detenerme, por una librería con escaparates llenos de títulos que quiero leer y por una panadería con bollos aún en la bandeja.

Todo tiene ese aire de nuevo, pero no me asusta.

Cuando empiezo a ver la estructura del colegio desde lejos, mi estómago se aprieta. Me detengo en la acera contraria solo para observarlo. Es real. Voy a dar clase allí dentro. Yo. Sara Pérez.

Cruzo la calle con paso firme. Hoy no hay adolescentes con mochilas ni timbres sonando, pero el corazón me late como si fuera mi primer día de instituto.

Y tal vez lo sea, pero desde el otro lado.

Nada más cruzar la puerta principal del edificio, respiro hondo. El interior es luminoso, amplio, con techos altos y suelos relucientes. Todo parece sacado de una serie americana: los pasillos pulidos, los carteles motivacionales en las paredes, el murmullo lejano de pasos y voces.

Y entonces lo veo.

—¡Sara! —me llama una voz desde el fondo del vestíbulo.

Levanto la vista y reconozco al instante la figura alta y delgada de Bruce, con su camisa remangada, gafas de pasta y esa energía entusiasta que ya me había llamado la atención cuando hablamos por videollamada desde Ibiza. En la pantalla parecía simpático. En persona… es todavía más expresivo.

—¡Bruce! —digo, sonriendo mientras me acerco. Me sorprende lo natural que suena decir su nombre.

Me recibe con un abrazo rápido, cálido y sin reservas, como si fuéramos viejos conocidos y no dos compañeros que apenas han intercambiado unas cuantas frases a través de una pantalla.

—No sabes lo bien que sienta ponerle cuerpo tridimensional a tu cara —bromea un poco—. Y sin pixelar.

—Y sin sonido desfasado —añado yo, riendo—. Aunque echo de menos tener un fondo de mar detrás de mí.

—Créeme, nadie puede competir con una videollamada desde Ibiza. El resto parecíamos atrapados en una oficina de seguros.

Nos reímos y, por un momento, se disipa toda la tensión que llevaba en los hombros. Bruce transmite esa calma amigable de quien sabe que un buen ambiente de trabajo empieza con una sonrisa.

—¿Has encontrado bien el colegio? —pregunta mientras caminamos juntos por el pasillo principal.

—Sí, he venido andando. Quería empezar el día conociendo la zona.

—Buena decisión. Este barrio tiene sus encantos, ya verás. Y no te preocupes por nada hoy, iremos con calma. Todo el mundo está deseando conocerte.

—Eso suena... un poco intimidante —digo, aunque sonrío.

—Tranquila, somos un equipo bastante relajado. Aunque tenemos nuestras rarezas, como todo claustro. Ya verás.

Subimos las escaleras hacia la sala de profesores.

La puerta está entreabierta y, al empujarla, me encuentro con una gran mesa ovalada rodeada de sillas.

Algunos ya están sentados, charlando animadamente con tazas de café humeante en la mano.

Otros entran tras de mí, y se saludan con abrazos breves o gestos cómplices.

Una mujer de rostro amable y gafas de pasta se acerca a mí con una energía serena.

—¡Hola! Tú debes de ser Sara Pérez, ¿verdad? Soy Isabella Ramírez, doy Historia en Middle School . Bienvenida —me dice, extendiéndome la mano con una sonrisa cálida.

—Sí, soy yo. Gracias. La verdad es que estoy un poco... abrumada todavía.

—Es normal, el primer día siempre es un pequeño caos. Pero te va a gustar. —Me guiña un ojo—. Siéntate con nosotras.

Me acomodo entre ella y otra mujer más mayor, de pelo gris recogido con esmero en un moño.

—Angelina, Latín y Griego Clásico —se presenta sin dejar de revisar unos horarios—. Me alegra ver caras nuevas.

Asiento, todavía ubicándome. Más profesores siguen entrando. Un hombre alto, de piel morena y sonrisa amplia, se presenta como Thomas Green, Historia en Upper School . A su lado, una joven pelirroja con vaqueros rotos y una camiseta de David Bowie se sienta con su taza de café reutilizable.

—Aurora Shepard, Teatro. Y sí, ya sé que parezco más una alumna que una profesora —bromea.

Ríen. Me relajo un poco.

Cuando todos están sentados, una mujer de voz firme que reconozco al instante sin necesidad de girarme, ya que es la directora, la misma que me hizo la entrevista por videollamada, da la bienvenida y pide que nos presentemos brevemente para que los nuevos sepamos quién es quién.

Mi turno llega rápido. Me aclaro la garganta.

—Soy Sara Pérez. Daré Español en Middle School , sobre todo a séptimo y octavo grados —digo, más segura de lo que pensaba.

—¡Perfecto! Nos hacía falta alguien como tú, Sara —dice David Chen, profesor de Matemáticas, desde el otro lado de la mesa—. ¡Bienvenida!

Sigo escuchando las presentaciones mientras memorizo caras y nombres: Nicole Evans, profesora de Ciencias en Upper School , parece de esas personas organizadas al milímetro.

Víctor Vega, idiomas modernos, tiene una voz suave y amable, y me da la sensación de que es de los que saben escuchar.

Jonathan Cruz, el profe de mates del Upper School , no para de bromear con todos.

La reunión sigue entre instrucciones del curso, temas administrativos y avisos de los nuevos horarios. Yo observo, tomo notas, me esfuerzo en no perderme. Pero, por encima de todo, empiezo a sentir que pertenezco. Al menos por ahora, este lugar no parece tan intimidante como me lo pareció Colinton.

Y mientras la reunión continúa, me permito una pequeña sonrisa. Este es el primer paso. Y no ha estado nada mal.

La jornada pasa en un torbellino de presentaciones, pasillos nuevos, listas de materiales y normas internas.

A pesar del cansancio, hay algo que me reconforta: la sensación de que todo empieza a tomar forma.

He conocido al equipo, he visto mi aula, incluso he dejado un par de libros en mi mesa. Estoy oficialmente aquí.

Cuando cruzo la puerta principal al final del día, el cielo ya empieza a teñirse con tonos dorados. Y ahí está Bruce, apoyado de manera despreocupada en la barandilla exterior, con una botella de agua en la mano.

—¡Sobreviviste! —dice con media sonrisa.

—Por poco —respondo—. ¿Este ritmo es normal?

—El de hoy ha sido suave —bromea—. Pero te acostumbrarás. ¿Te vas andando?

Asiento, ajustando la correa del bolso sobre mi hombro.

—Sí. La idea es intentar no perderme en el camino. Aunque ya he hecho el recorrido esta mañana.

Bruce se separa de la barandilla y camina conmigo unos pasos.

—Escucha, cualquier cosa que necesites —dice mientras rebusca en el bolsillo trasero de su pantalón y me tiende una pequeña tarjeta—, llámame. Vivo a solo unas calles de aquí. Si un día necesitas ayuda con algo del cole, cargar cajas, huir de una cena incómoda o lo que sea…, me mandas un mensaje.

—Gracias, Bruce. En serio. —Tomo la tarjeta y sonrío con sinceridad—. Es bonito saber que tengo a alguien cerca.

Él se encoge de hombros con una naturalidad encantadora.

—¿Y tú? ¿Cómo te va en tu nuevo hogar? ¿Te has aclimatado?

—Para mi sorpresa, bien —respondo—. Vivo en un edificio donde he conocido a varios vecinos muy majos. Por las noches subimos a la terraza común, tomamos algo, charlamos… Me he sentido bastante integrada desde el primer día.

—¿En serio? —Bruce parpadea, un poco sorprendido—. Qué rápido. Me alegra un montón; no siempre es tan fácil aterrizar en esta ciudad.

—Sí, ha sido suerte —asiento con lentitud—. Y también creo que…, no sé, necesitaba justo eso: conectar.

Bruce asiente despacio, como si entendiera algo más de lo que estoy diciendo.

—Pues no pierdas eso. El trabajo aquí puede absorberte si te dejas, y es importante tener vida fuera de estas paredes.

Nos detenemos en una esquina, justo donde él tiene que doblar para ir en dirección contraria.

—Entonces, ¿nos vemos mañana? —pregunta con una sonrisa.

—A primera hora. Y con café.

—Perfecto. Que tengas buena noche, Sara.

—Igualmente, Bruce. Y gracias otra vez.

Mientras se aleja calle abajo, me quedo un momento en la esquina con su tarjeta aún en la mano. Ha sido un día largo, sí, pero hay algo en el aire, quizás las luces que empiezan a encenderse o la promesa de una noche tranquila en la terraza, que me dice que tomé la decisión correcta.

Por primera vez desde que estoy aquí, el vértigo de lo desconocido cede paso a algo más cálido: pertenencia. Una sensación que en Colinton jamás me acompañó.

Cuando llego a mi puerta, aún tengo el móvil en la mano y estoy buscando las llaves en el fondo del bolso cuando escucho risas contenidas. Alzo la vista y me encuentro a Kylie y Maverick sentados en las escaleras del rellano, como si me estuvieran esperando.

—¡Ahí estás! —dice Kylie, poniéndose de pie de un salto como si fuera de goma—. ¡Perfecto! Llegas justo a tiempo.

—¿A tiempo para qué? —pregunto con una ceja levantada, aunque una parte de mí ya sospecha que esto no será tan simple como un saludo casual.

Maverick me lanza una mirada de súplica, con las manos juntas en un gesto de oración muda. Kylie lleva el pelo recogido en una coleta ridículamente perfecta y viste un conjunto deportivo que parece salido de un catálogo carísimo. Nunca la había visto tan fit .

—¿Qué está pasando? —repito, y esta vez los miro a los dos como si intentara atrapar a unos adolescentes en plena travesura.

—Clase de yoga en el parque. En diez minutos —anuncia Kylie como si dijera «nos vamos a tomar un helado», con total naturalidad.

—¿Clase de qué?

—Yoga. En. El. Parque —repite más despacio y con voz cantarina—. Gratis, al aire libre, con una instructora buenísima y vistas al lago. Vamos todos, incluso Rhys y Julia ya están allí. Solo faltas tú.

—Kylie… —Intento interponer algo parecido a una excusa, un muro, una señal de alto emocional, pero ella ya me coge del brazo.

—No me digas que no tienes mallas. Todo el mundo tiene unas mallas. Ve, cámbiate, tienes diez minutos.

—Es que acabo de llegar de trabajar…

—Y por eso mismo —interrumpe Maverick con súbita energía— lo necesitas. Ven, por favor. —Y de nuevo hace ese gesto desesperado de «no me dejes solo con esta gente».

Sus ojos me suplican con una intensidad que me hace reír.

—No sé, chicos… —Me hace reír—. Yo no soy muy buena con eso de doblarme como un pretzel gigante.

—¡No hay que ser buena! —dice Kylie, arrastrándome hacia la puerta de mi apartamento—. Solo necesitas presentarte y respirar. Lo demás lo hace el universo.

—¿Ahora también eres chamana? —respondo, ya con la llave en la cerradura.

—No, pero me estoy entrenando.

—Esto va a doler, ¿verdad?

—Cada fibra de tu ser. Pero después te sentirás como si hubieras renacido.

—Si sobrevivo —murmuro.

En cinco minutos me planto con unas mallas negras, una camiseta suelta y una coleta algo decente. Salgo de nuevo al rellano, donde Maverick me aplaude en silencio como si hubiera ganado una medalla.

—Gracias, gracias, gracias —me dice con los labios, sin voz—. Me estaban arrastrando y necesitaba una aliada.

—No me mires así; solo voy para que no me sigan tocando el timbre cada vez que se aburren.

—Mentira. Sabes que nos amas.

Y sí. Puede que un poco.

Bajamos los cinco pisos a toda velocidad y salimos a la calle justo cuando el cielo empieza a encenderse con los tonos anaranjados del atardecer. El aire huele a césped cortado, a verano que se resiste a irse. A ciudad viva.

—¿Y cómo es la instructora? —le pregunto a Maverick mientras trotamos cruzando la calle, como si no supiera que es Kylie, mi amiga.

—Parece una mezcla entre una bailarina de ballet y una monja budista. No suda. No parpadea. No se le mueve un pelo.

—¿Y tú por qué vas?

—Por la iluminación espiritual, obvio —contesta con ironía—. Y porque Julia amenaza con dejarme sin brownies si no hago cardio social al menos dos veces por semana.

—Ah, la clásica motivación por comida. Funciona.

Llegamos al parque y allí están: Rhys sentado sobre una esterilla, saludándome con la cabeza; Julia charlando con una pareja que no conozco; y una mujer alta y delgada con trenzas infinitas que parece levitar más que caminar.

Y Kylie se coloca frente a todos. Ella será, sin duda, la instructora mágica.

—¡Venga! ¡A fluir!

Respiro hondo. Estiro un poco los hombros. No sé si estoy lista para esto, pero supongo que eso es lo de menos.

Hoy me dejo llevar. Me dejo cuidar. Me dejo descubrir cosas que jamás habría imaginado hacer en otra ciudad, en otra vida. Y por primera vez en mucho tiempo, no estoy pensando en el pasado ni en lo que vendrá. Solo estoy aquí. En este parque. Con esta gente. Respirando.

Y fluyendo.