La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿Y tu madre? —me pregunta Kylie, dándole un sorbo a su cerveza mientras nos sentamos en un banco de madera algo gastado pero cómodo.

—Se ha acostado —respondo, sonriendo con cierta ternura—. Acabamos de llegar esta tarde desde España y está rendida.

—¿España? —interviene Julia, que se acerca con una copa en la mano y se sienta a mi otro lado—. ¡Qué envidia! ¿De qué parte?

—Ibiza —contesto, a sabiendas de que esa palabra siempre despierta alguna reacción.

—¡Oh, wow ! Playa, sol y fiestas, ¿no? —dice Rhys desde su rincón con una sonrisa ladeada.

—Sí, aunque no todo es fiesta, ¿eh? También hay gente normal que vive allí todo el año —digo riéndome—. Como mis padres, por ejemplo.

—¿Y has venido por trabajo? —pregunta Maverick, que hasta ahora había estado en silencio. Su voz es más amable de lo que esperaba.

Asiento.

—Sí. Empiezo a trabajar como profesora en un colegio la próxima semana. De español y literatura española.

—¡Anda! Tenemos una celebridad en el edificio —dice Kylie, bromeando—. Yo ni me atrevería a hablar en otro idioma que no sea inglés.

—Eso dices tú, pero con tu acento seguro que el español te suena hasta bonito —le respondo, y todos se ríen.

El ambiente es distendido, fácil. Nada forzado. Cada uno tiene su copa en la mano, hay un cuenco de nachos en el centro y una playlist suena bajito desde un altavoz que alguien ha dejado cerca de una maceta con plantas aromáticas.

Por primera vez desde que aterricé, no siento esa presión constante en el pecho. Solo un poco de paz, de aire fresco y la sensación de que quizás… este lugar también pueda ser mío.

—¿Y vosotros a qué os dedicáis? —pregunto curiosa, mientras me acomodo con la copa entre las manos. Me apetece saber más de estas personas que, por ahora, son las únicas caras conocidas en esta ciudad inmensa.

—Yo soy diseñadora gráfica —responde Julia antes de darle un sorbo a su vino—. Trabajo desde casa, así que, si me ves en pijama en el ascensor a las tres de la tarde, ya sabes por qué.

—Y con ese pelo rizado no hay forma de disimular que acaba de levantarse —bromea Rhys, y todos nos reímos.

—Tú no hables, que llevas los mismos vaqueros desde que te mudaste —le replica ella con una sonrisa.

—Trabajo en una tienda de discos —dice Rhys, encogiéndose de hombros—. Es pequeña, pero con alma. Y sí, me pagan por hablar de música todo el día. Un sueño.

—Yo estoy en ingeniería de software —dice Maverick, que parece que mide cada palabra antes de soltarla—. Teletrabajo también, así que valoro mucho estas noches para ver humanos y ser un poco social.

—Y yo soy instructora de yoga y pilates —interviene Kylie—. Pero aviso: jamás intento reclutar vecinos, así que puedes estar tranquila. Solo los ayudo si me lo piden desesperados después de una mudanza.

—Anotado. —Me río.

La conversación fluye con naturalidad, entre bromas y anécdotas breves. Me sorprende lo distintos que son entre ellos y, sin embargo, lo bien que encajan. Hay algo acogedor en este grupo, algo que me hace sentir menos extranjera.

Miro mi copa, que ya está medio vacía, y luego levanto los ojos al cielo. Desde aquí, las estrellas se dejan ver entre las luces de la ciudad. Respiro hondo. Tal vez no todo esté resuelto, pero esta noche es un buen comienzo.

—Bueno… —digo después de un rato, mirando el reloj del móvil—. Sintiéndolo mucho, creo que me voy a ir a la cama.

—¡Nooo! —se queja Julia con un dramatismo exagerado, levantando los brazos—. ¡Acabas de llegar!

—Un ratito más —añade Kylie, dándome un pequeño codazo amistoso—. Aunque sea hasta que termines la copa.

Miro el vino que me queda. No es mucho. El líquido se balancea con suavidad en la copa bajo la luz cálida de las bombillas que cuelgan por encima de nuestras cabezas.

Desde aquí, las guirnaldas de luz parecen flotar en el aire, como luciérnagas atrapadas en una coreografía tranquila.

El aire huele a verano tardío: a madera caliente, a césped recién regado y a ese aroma indefinible que tiene una ciudad cuando se va apagando.

—Vale. —Sonrío con rendición—. Hasta que me acabe esto.

—Eso me parece justo —dice Rhys, alzando su botella en un brindis silencioso.

Me acomodo mejor en la silla, cruzo las piernas y dejo que la brisa nocturna acaricie mis mejillas. Aquí arriba, el mundo parece un poco más pequeño, más manejable.

—Por cierto —dice Julia de repente, inclinándose ligeramente hacia mí—. Me encanta tu pelo rojo. Contrasta con lo dulce que pareces. Es inesperado. Y eso me gusta.

El comentario me toma por sorpresa. Coloco un mechón tras la oreja, sin darme cuenta, y noto que sonrío. Pero esta vez no es la sonrisa educada que ofrezco cuando alguien dice algo bonito sin conocerme. Es una sonrisa de esas que nacen desde dentro, suaves, agradecidas.

Porque esta soy yo. Con el pelo rojo y más corto, con la ropa que quiero llevar, sin tratar de parecer perfecta ni de encajar en un molde que nunca ha sido mío. No soy la imagen que otros han querido ver en mí. No aquí. No esta noche. No a partir de ahora.

Aquí, entre extraños que me han acogido sin hacerme preguntas complicadas, me permito ser simplemente Sara. Tal como soy. Sin tener que explicarme. Sin miedo a lo que puedan pensar.

Y eso…, eso se siente increíblemente bien.

Termino el último sorbo de vino, disfrutándolo. La copa vacía se queda tibia entre mis manos mientras contemplo el perfil lejano de los rascacielos y el reflejo tembloroso de las luces sobre el lago.

Este lugar, este edificio, estas personas… Tal vez no sean todavía mi hogar, pero por primera vez pienso que podrían llegar a serlo.

Rhys es el primero en levantarse. Lo hace sin prisas, estira un poco los brazos antes de recoger su botellín y se dirige a la salida con pasos tranquilos.

Parece moverse al margen de todo, como si no necesitara decir demasiado para hacerse notar.

Tiene ese tipo de presencia que no busca atención, pero la tiene igual.

Aprovecho el momento. Levanto mi copa vacía y la muestro al grupo con una pequeña sonrisa.

—Creo que este es mi momento para huir —anuncio.

—¡Bien jugado! —dice Julia con una risita cómplice.

—Nos vemos, Sara. Me alegra que hayas venido —añade Kylie.

—Hasta pronto —dice Maverick, medio tumbado en su silla.

Recojo mi copa de vino y me encamino hacia la puerta justo cuando Rhys la abre. Me mira solo un segundo, apenas una mirada de reconocimiento, pero algo en su gesto me resulta familiar. O cómodo. Como si ya nos conociéramos de otra vida.

—¿Planta cinco? —pregunta mientras pulsamos el botón del ascensor.

—Sí —confirmo.

Entramos y durante unos segundos reina un silencio fácil, de esos que no pesan. A mi lado, Rhys no parece incómodo. Al contrario, parece habitar el silencio como si le perteneciera. Me gusta eso. Yo también soy así. Nunca me ha gustado rellenar espacios con palabras solo por obligación.

Las puertas se cierran y el ascensor desciende con su zumbido sordo.

—¿Qué tipo de música te gusta? —pregunta de pronto, sin mirarme del todo.

La pregunta me toma un poco por sorpresa. No porque sea rara, sino por el momento: justo cuando creía que no iba a decir nada más.

—Pop variado… —respondo, bajando un poco la voz—. Ya sabes, lo típico. Comercial, fácil de cantar. Lo que suena en la radio y no puedes sacarte de la cabeza.

Me encojo de hombros, algo avergonzada por la respuesta. Espero que no me vea como alguien superficial.

Pero él solo asiente. No se ríe, no me juzga, no dice «oh, claro», ni se lanza a hablar de bandas indie que no conozco. Solo asiente, como si cada cosa que digo fuera válida.

—Ajá —murmura como archivándolo en su cabeza.

Me sorprende lo sencillo que ha sido hablarle. Lo natural. No tengo que explicar mis silencios ni disfrazar lo que me gusta.

El ascensor se detiene y salimos al pasillo en silencio. Las bombillas tenues iluminan la alfombra gris y los números de las puertas. Caminamos lado a lado, sin hablar, y sin embargo no me siento sola.

Cuando llegamos al punto en el que nuestros caminos se separan, me detengo.

—Buenas noches —le digo, volviéndome hacia él.

Rhys me mira y esta vez se detiene también. Su mirada es tranquila, sin apuro, como si pudiera quedarse un poco más ahí, parado frente a mí.

—Buenas noches, 590 —dice con una sonrisa leve, casi imperceptible, pero genuina.

Se da la vuelta y camina hacia su puerta. Yo lo observo hasta que entra en el 512 sin hacer ruido.

Cuando entro al apartamento, sonrío abiertamente.

Me deshago de la ropa, la dejo encima del sillón y me deslizo en la cama con cuidado de no despertar a mi madre, pero mi mente sigue despierta.

Repaso cada momento de la noche: la terraza, las luces, las risas, las presentaciones.

.. y la conversación silenciosa con Rhys.

Hay algo en él que me resulta familiar. Como una versión masculina de lo que soy cuando bajo todas mis defensas. Como si pudiera entenderme sin tener que decir mucho. Y no estoy acostumbrada a eso.

Estoy a punto de cerrar los ojos cuando escucho su voz, apagada pero clara en la oscuridad.

—¿Qué tal ha ido la toma de contacto con los vecinos?

Me giro hacia ella, sorprendida.

—¿Estás despierta? ¿Te he despertado yo?

—No, ya sabes que a veces me desvelo... Y te he oído entrar. Pero tranquila, estaba medio dormida. Solo tenía curiosidad.

Sonrío en la penumbra. Aun sin verme, sé que espera una respuesta que la tranquilice. Una señal de que todo esto, el cambio, el salto, el adiós, ha valido la pena.

—Ha ido bien —respondo con sinceridad—. Mejor de lo que pensaba. Hay un grupito que se junta en la terraza por las noches. Nada raro: unas copas, charla... Son todos muy distintos entre sí, pero me han hecho sentir bienvenida. Como si ya me conocieran un poco, ¿sabes?

—Eso me alegra —dice en voz baja. Y aunque no la veo, puedo imaginar su expresión: la mezcla de alivio y orgullo.

—Julia es diseñadora gráfica; Maverick, algo de software , no sé bien; Kylie da clases de yoga; y Rhys trabaja en una tienda de discos… Y es uno de los vecinos de nuestra planta; es bastante callado, pero majo. Me ha acompañado en el ascensor —añado, casi sin querer.

—¿Rhys? —repite, medio sonriendo, con ese tono de madre que detecta enseguida los matices.

—Nada, mamá. Solo hemos hablado un poco. Pero… no sé. Me sentí cómoda. Como si... fuera fácil estar con él. Y eso no me pasa mucho.

Hay un silencio breve y luego su voz cálida.

—Me gusta que hayas sentido eso. Lo vas a necesitar en esta ciudad. Sentirte tú misma, sin esfuerzo.

—Sí —susurro—. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, eso es justo lo que ha pasado. He sido yo. Sin más.

—Entonces ya estamos bien encaminadas —dice con un suspiro suave, y cierra los ojos otra vez.

Me acomodo bajo las sábanas con el corazón más ligero.

Y mientras la ciudad respira allá afuera, por primera vez siento que puedo descansar de verdad.

* * *

Unos golpes suaves en la puerta nos sobresaltan a las dos. Me incorporo de golpe en la cama, desorientada, mientras mi madre se despereza a mi lado con los ojos aún entrecerrados.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta, medio dormida.

—Han llamado —respondo en voz baja, mirando el reloj del móvil—. Son las ocho y cuarto.

Camino descalza por el suelo aún frío del apartamento y abro la puerta con cuidado. Al otro lado está Julia, tan radiante como anoche, con su moño deshecho, una camiseta ancha que dice «Coffee first» y una caja de cartón entre las manos.

—Buenos días, pelirroja —saluda, mientras alza la caja como si fuera un trofeo—. Esto es para ti. Es la bienvenida oficial al edificio.

Sonrío sin poder evitarlo.

—¿Dónuts?

—Dónuts de la mejor panadería de la calle Clark. Confía en mí, son casi una religión por aquí.

—Guau…, muchas gracias. —Abro más la puerta, divertida—. Pasa, por favor.

Julia entra con paso ligero, como si ya conociera el lugar, y deja la caja sobre la mesita del salón. Mi madre aparece desde el pasillo, con una bata fina y el pelo alborotado. Parpadea al ver a la visita.

—Hola… —dice en inglés con un acento fuerte, pero con esa calidez que atraviesa cualquier idioma—. Gracias por… el dulce desayuno. Muy amable de tu parte.

Julia se ríe con dulzura, como si entendiera perfectamente no solo las palabras, sino la intención detrás.

—De nada. Pensé que ambas necesitarían algo dulce esta mañana.

Mi madre se acerca un poco más, visiblemente emocionada, y toma a Julia de la mano durante un segundo. Su expresión cambia: de la cortesía pasa a algo más íntimo, casi maternal. La mira a los ojos con un brillo que reconozco enseguida.

—Por favor…, cuida de ella —dice con un acento más marcado, pero una voz firme—. Su familia está… lejos. Y ella es… mi todo.

Julia baja un poco la cabeza y aprieta su mano con suavidad, como si ese gesto sellara un pacto silencioso.

—Lo haré. Lo haremos —responde con sencillez—. Aquí nadie está solo, se lo prometo.

Yo me quedo quieta, observándolas. No suelo ver a mi madre emocionarse así delante de desconocidos, pero hay algo en Julia, en su energía, en su forma de mirar, en su forma de estar, que lo hace fácil. Que hace que quieras confiar.

—Gracias —susurro.

Julia me guiña un ojo y levanta la tapa de la caja.

—Venga, abrid paso. Tengo uno con glaseado de arce que grita tu nombre.

Y mientras el aroma cálido del azúcar se mezcla con la luz suave de la mañana, entiendo que la vida, incluso lejos de casa, sabe buscar sus propios pequeños milagros.