La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Me acerco a la ventana y asomo la cabeza. Kylie tenía razón: el parque se extiende como una alfombra verde, salpicado de gente que pasea, corre o juega con perros. Al fondo, el lago brilla con destellos dorados, como un espejo gigante.

—Será el lugar perfecto para las mañanas —murmuro sonriendo.

Mientras sorbo el café, me permito un instante para respirar. Mañana será otro día, pero esta noche, con esta taza caliente entre las manos y las luces de la ciudad encendiéndose, me siento un poco más en casa.

Después de dejar la cocina en orden, nos ponemos con el vestidor. Sacamos la ropa de las maletas, colgamos abrigos y poco a poco el espacio empieza a parecer menos extraño y más mío. Al fin, agotadas, nos sentamos en el sillón del salón, apoyándonos en la mesa de centro para comer algo rápido.

—Esto ya se parece más a una casa —dice mi madre mientras muerde un trozo de sándwich—. Aunque aún falta mucho por hacer.

Asiento, satisfecha de estar ya un poco más instalada. Saco el móvil y la miro.

—¿Quieres que llamemos a papá? Para que vea cómo está quedando todo.

Ella sonríe y asiente. Marco el número y al poco aparece su cara en la pantalla.

—¿Qué tal, chicas? —pregunta con voz cansada pero feliz de vernos.

Le muestro el salón y el vestidor, y aunque no dice nada, su expresión lo dice todo: preocupado, serio, con un punto de nostalgia.

—¿Y las vistas? —insiste mi madre con una sonrisa—. ¿Has visto la luz que entra? ¡Y ese parque justo ahí enfrente! Seguro que eso la anima.

Papá asiente despacio y por un momento parece que se relaja un poco.

—Sí…, tiene buena luz —murmura—. Eso cuenta mucho.

—Ya sabes que la decisión fue difícil, pero aquí estamos, empezando algo nuevo —le digo intentando transmitirle seguridad.

—Lo sé, hija —responde con un deje de orgullo en la voz—. Solo quiero que seas feliz.

Nos quedamos unos minutos más hablando, hasta que la conversación se vuelve más ligera y entre bromas, como si así borráramos un poco los kilómetros que nos separan.

Colgamos con la sensación de que, aunque todo está lejos y aún por hacer, no estamos de verdad solas.

Mi madre está tan cansada por el jet lag que me pide acostarse.

No discuto; sé que ha sido un día largo para las dos.

La única cama del apartamento es grande, así que durante unos días la compartiremos.

Ella se cambia de ropa y se tumba para descansar mientras yo miro a mi alrededor tratando de no hacer ruido, porque sé que cualquier sonido podría molestar su descanso.

El reloj me llama la atención: son las diez y veinte.

Afuera, la luz del atardecer se ha transformado en la calma azul de la noche.

Las últimas pinceladas de sol se cuelan tímidas por la ventana, parece que pintara las paredes con tonos suaves y dorados.

Me quedo unos segundos contemplando esa tranquilidad que contrasta con el torbellino de emociones que tengo dentro.

No lo dudo más. Me levanto con cuidado, abro el frigorífico y cojo una botella de vino que compré esta misma tarde con la esperanza de este momento. Me sirvo una copa; el líquido rojo y brillante parece prometerme un respiro, un instante para mí misma.

Salgo en silencio del apartamento, cerrando la puerta con suavidad para no despertar a mi madre, y me dirijo a la terraza común. La escalera cruje bajo mis pasos y el aire fresco de la noche me recibe como un bálsamo.

Quiero descubrir qué es eso que Kylie me ha prometido. Quiero saber si aquí, en esta ciudad y en este piso nuevo, podré empezar a sentirme en casa.

El espacio está iluminado con bombillas que cuelgan en hileras, creando un ambiente cálido y acogedor. Alrededor, varias mesas y sillas están distribuidas en pequeños grupos y en un extremo veo las barbacoas, por ahora tapadas, esperando quizá a ser encendidas más tarde.

Las vistas me dejan sin aliento. La ciudad se extiende a mis pies, un manto de luces que parpadean como estrellas caídas, y al fondo, la silueta oscura del lago refleja la luna. Es un contraste perfecto con la calma del parque que se ve desde mi ventana.

Entonces, una voz me saca de mi asombro.

—¡Sara! —Es Kylie, que aparece con una sonrisa amplia y me invita a acercarme—. Ven, quiero que conozcas al resto.

Me acerco un poco tímida, pero Kylie me sujeta del brazo con confianza y me presenta a los vecinos.

Primero está Maverick, vecino del 322, un hombre alto y serio que parece más bien reservado, con gafas y barba corta; luego Julia, del 799, una mujer de risa fácil y cabello rizado que ya me lanza una sonrisa cómplice; al lado de ella, Rhys, del 512, un chico con vaqueros desgastados y camiseta de música alternativa, que levanta la mano en señal de saludo.

Cada uno tiene su estilo, su manera de ser, y poco a poco siento que ese grupo, tan distinto entre sí, puede ser un buen comienzo para mí aquí.

—No te preocupes, Sara —me susurra Kylie—. Aquí somos una pequeña familia, ya verás.

Mientras tomo un sorbo de vino, dejo que la noche me envuelva y que la sensación de estar empezando algo nuevo me calme un poco el pecho.