Capítulo 4
¡Estoy en Chicago!
—Bueno… —dice mi madre con una mezcla de asombro y agotamiento en la voz—. Esto es mucho más bonito de lo que me había imaginado.
No contesto. Estoy demasiado ocupada mirando hacia arriba.
El edificio se alza elegante, con sus ladrillos rojizos y sus ventanales altos, como sacado de una serie de televisión.
Justo delante, el Lincoln Park se extiende como una promesa verde entre tanto cemento.
Más allá, aunque no se ve desde aquí, sé que está el lago.
El lago Míchigan. Me suena grande, frío, inabarcable. Como esta ciudad.
—¿Sara? —pregunta mi madre tocándome el brazo—. ¿Estás bien?
Asiento con la cabeza. No sé si por costumbre o por no preocuparla. Me limpio las manos sudadas en los vaqueros y busco las llaves en el bolsillo interior de mi mochila. Las noto frías, metálicas, reales.
—Vamos a ver cómo es por dentro —digo sin mucha convicción.
Empujo la puerta con torpeza, como si fuera la entrada a una vida que aún no sé si quiero atravesar del todo.
El vestíbulo es amplio, de techos altos y suelos brillantes.
Huele a aire acondicionado y a un tipo de limpieza que no llega a ser hogar.
En la pared de la izquierda, un espejo gigante refleja nuestras caras medio dormidas y nuestras maletas, que parecen multiplicarse.
Hay una pequeña recepción de mármol oscuro con una persona uniformada detrás, mirando el móvil. Levanta la vista solo un segundo, nos asiente con educación y vuelve a lo suyo. Mi madre le sonríe de todos modos, como si fuera su obligación moral. Yo la imito sin saber muy bien por qué.
El ascensor es antiguo, de esos que tienen espejo dorado y botones que se iluminan en rojo. Subimos en silencio. Mi madre me aprieta la mano.
—Estoy orgullosa de ti —susurra como si no quisiera que el ascensor se enterara.
Yo no digo nada. Solo asiento otra vez.
El apartamento está en el quinto piso. La llave gira sin problema. Abro la puerta y me invade un olor a madera nueva y detergente barato, como si alguien hubiese intentado borrar las huellas de los que vivieron aquí antes. Me detengo en el umbral.
No es grande; más bien lo contrario. Una única habitación hace de salón, dormitorio y zona de cocina y comedor.
Pero está amueblado por completo: una cama doble contra la pared del fondo, dos mesitas idénticas con lámparas pequeñas, un sofá blanco en forma de ele junto a la ventana, una mesa baja de cristal con una alfombra estampada y una cocina estrecha pero funcional, con electrodomésticos brillantes y encimera de granito.
A la derecha, una puerta lleva al baño, que desde aquí parece diminuto pero limpio.
Mi madre entra detrás de mí, arrastrando una de las maletas pequeñas.
—Es… acogedor —dice con su voz de cuando no quiere herir mis expectativas—. ¡Y tiene luz natural!
Me acerco a las ventanas. Desde allí se ve el parque, verde y vibrante, como una postal de verano eterno. A lo lejos se distingue el rumor del tráfico y las bicicletas que cruzan los caminos de tierra, mezclado con alguna risa. Todo parece tan vivo ahí fuera…, y tan lejano.
—Vas a estar bien aquí —añade mi madre con una sonrisa que le llega hasta los ojos—. Lo sé.
Yo no lo sé. Pero quiero creerla.
—¿Te ayudo a deshacer alguna maleta? —pregunta sin moverse del sitio.
—No hace falta. Vamos primero a comprar algo para cenar, ¿no? —digo intentando sonar práctica.
Mi madre me observa como solo una madre puede hacerlo. Con cariño, con duda, con ese radar de emociones ocultas que ninguna otra persona tiene.
—Vale. Pero luego me dejas ayudarte.
—Prometido.
Cerramos la puerta detrás de nosotras. Y al salir, siento que por fin estoy dentro de mi propia historia.
Una nueva, llena de incertidumbres, pero que he comenzado con mi madre, ya que no me ha dejado sola.
Aun sabiendo que a mi padre no le gusta que viaje sola, lo ha hecho.
Ha cogido sus cosas y ha volado conmigo diez horas para que yo sienta que la tengo a mi lado.
Ya estamos en la calle; el calor sigue ahí mismo, haciéndose notar entre los edificios. Mi madre saca el móvil y busca el supermercado más cercano.
—Mira este —dice señalando—. Hay un Jewel-Osco a pocas manzanas, en la intersección de Clark y BrynMawr.
Asiente mientras la pantalla muestra la ficha con el horario largo y la promesa de frutas frescas, carnes y verduras. Con eso bastará para arrancar.
Caminamos en dirección norte, entre coches y peatones. Los árboles de Lincoln Park dan sombra a ratos y, a ratos, se estrella el sol contra los cristales de las ventanas. Cruzamos dos calles más y llegamos a la puerta automática de Jewel-Osco: un paso más hacia la rutina, hacia lo cotidiano.
Dentro, el aire está frío y lleno de música suave que intenta colarse por los altavoces.
Cogemos un carrito que suena al girarlo y me toca a mí elegir la fruta: me detengo frente a las manzanas rojas y verdes, las peras jugosas, los plátanos maduros.
Meto unas cuantas sin pensar demasiado, como si al tomar cada pieza estuviera afirmando algo.
Mi madre va al pasillo de las verduras: pimientos, coliflor, carne fresca en bandejas transparentes. Regresa con un filete de pollo y un par de latas de bebida; las coloca en el carrito. Nos miramos y en su sonrisa hay alivio.
—Un poco de comida para los primeros días —murmura.
En la caja, mi madre paga mientras yo meto las cosas en bolsas reutilizables. El cajero dice algo sobre el calor; asentimos, sonreímos, seguimos. En menos de dos minutos estamos fuera, bolsas en mano, el aire caliente otra vez en la cara.
El camino de vuelta lo hacemos despacio. Cada paso retumba con la certeza de que ya no es una visita: es una mudanza a una ciudad nueva.
Cuando entramos al edificio cargadas con las bolsas, el ascensor tarda una eternidad en bajar.
El vestíbulo está casi vacío, salvo por un ventilador que gira perezoso en una esquina.
Al fin, un ding anuncia su llegada. Las puertas se abren y, justo antes de que entremos, sale una chica que parece sacada de una película de surf: altísima, rubia platino, piel de porcelana y una sonrisa que podría venderte cualquier cosa sin esfuerzo.
Lleva unos shorts vaqueros y una camiseta blanca que dice «Bondi Beach».
—¿Acabáis de mudaros? —pregunta con una voz melódica y un marcado acento australiano.
—Sí —respondo, algo descolocada por lo directa que es—. Bueno, yo. Ella es mi madre. Soy Sara.
—Encantada —dice dirigiéndose a las dos con una sonrisa que no decae—. Soy Kylie. Vivo en el 533.
—Yo en el 590 —respondo.
—¡Oh! ¡Entonces estás justo al final del pasillo! Tienes las mejores vistas, sin duda. Verás el parque entero desde tu ventana. Y si te asomas un poco…, hasta el lago.
—Eso suena bien —digo sonriendo por primera vez en un rato.
Kylie nos mira de arriba abajo, repara en las bolsas del supermercado.
—Primeras compras. Clásico. ¿Has encontrado el Jewel-Osco? ¿O has acabado en la tiendita cara de la esquina?
—El Jewel —respondo—. Gracias a Google Maps.
—Sabia elección. Lo otro es una trampa para turistas despistados —dice riéndose.
Hace una pausa, como si valorara si decir lo siguiente.
—Esta noche subimos algunos vecinos a la terraza común, sobre las diez. No es nada serio; llevamos algo de picar, unas cervezas, charlamos un rato. Si te apetece desconectar o conocer gente, pásate. Es informal, pero buena onda.
—Gracias…, lo pensaré —respondo agradecida.
—Sin presión. Solo trae lo que quieras beber y una sudadera, que a veces refresca ahí arriba. Bueno, ¡bienvenida al edificio!
Nos guiña un ojo y se despide con un gesto alegre antes de salir a la calle. Mi madre me mira con esa expresión de «¿has visto qué maja?» sin necesidad de decir nada.
—Ya tienes tu primer plan social. Y eso que todavía no has deshecho las maletas.
Sonrío, porque, sí, para mi sorpresa, ya tengo plan.
Nos adentramos en el ascensor y subimos hasta el quinto piso. Nada más entrar en el apartamento, mis ojos se clavan en el vestidor que hay justo enfrente de la puerta, donde las maletas están de pie, esperando a ser vaciadas y guardadas.
Como hemos dejado las ventanas abiertas para ventilar, me llega una buena ráfaga de aire fresco, aunque el sol aún calienta a pesar de la hora tardía.
—Oye, cuando lo miras por segunda vez no es tan pequeño —comenta mi madre mientras deja las bolsas sobre la encimera.
—No, el espacio está bien distribuido —le respondo, intentando ocultar lo agotada que estoy—. Además, las vistas valen la pena. Pensé que solo vería cemento y coches circulando sin parar, pero Diana ha buscado un buen lugar. Debo agradecérselo.
—Sí, hija, esa mujer ha hecho mucho por ti. Aunque sigo enfadada con ella porque me va a alejar de mi niña —dice mientras me abraza, y no imagina cuánto necesitaba ese gesto.
—Mamá, sabes que te quiero, ¿verdad? —La estrecho más fuerte—. Gracias por haber venido tan lejos. Si no fuera por ti, estaría sola y con dudas sobre si había elegido lo correcto.
—Sara, nunca vas a estar sola. —Nos miramos a los ojos y ambas los tenemos humedecidos—. Además, Kylie parece maja.
—Pues sí. —Nos reímos las dos y nos limpiamos las lágrimas.
—Primero pongamos algo en la nevera —dice mi madre mientras abre la puerta del frigorífico—. ¿Quieres que te ayude a sacar las cosas?
—Por favor —le digo, liberada de carga.
Mientras ordenamos las compras, la cocina se llena de aromas: el pan recién abierto, el café molido que ya empiezo a necesitar, el frescor de la fruta.
—¿Te apetece algo caliente? —pregunta ella mientras enciende la cafetera.
Asiento agradecida. El sonido del burbujeo del agua me arrulla un poco y me hace sentir que aquí, en este piso nuevo, algo puede empezar a encajar.
—Hija, tendrás que comprar más cosas; con esto no tienes para nada.
—Iremos haciéndolo, mami. De momento tengo una semana para situarme antes de las clases.