La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Siempre está así de limpio? —bromeo, intentando romper el silencio.

Archie deja las llaves sobre una mesa de cristal y se encoge de hombros.

—Casi nunca estoy. O me paso el día en el club…, o de viaje. A veces llego tan cansado que ni deshago la maleta. Pero me gusta tener orden.

—Sí. Se nota. —Mis ojos recorren los detalles: las estanterías minimalistas, el sofá de cuero claro, el aroma a madera y algo cítrico que no puedo identificar—. ¿Vives solo?

—Sí.

Lo dice sin darle importancia, pero la palabra queda flotando. Solo. Aquí arriba. Rodeado de todo esto.

—Debe de ser… solitario.

—A veces. Pero lo prefiero. No tengo que dar explicaciones. Ni fingir que estoy bien cuando no lo estoy.

Me siento en el borde del sofá, sin saber bien si es una visita o un interrogatorio emocional. Él se apoya en el marco de la ventana, con los brazos cruzados, mirándome sin hablar.

—¿Y tú? —pregunta por fin—. ¿También te sientes sola en tu apartamento?

Dudo. Es una pregunta directa. Casi cruel. Pero no lo dice con malicia.

—A veces. Pero al final te acostumbras. Lo que más echo de menos no es tanto a la gente, sino esa sensación de estar en un sitio que sea realmente tuyo. Donde no tengas que pedir permiso para existir.

Archie asiente como si entendiera.

—Y aun así viniste conmigo. Entraste en mi mundo —dice, sin reproches, pero con una intensidad nueva en la mirada.

—Tu mundo perfecto…, claro, el del príncipe encantador. Ya no me acordaba de eso.

Él sonríe ladeado.

—¿Y no lo sigo siendo?

—Lo fuiste. Hace un año. Pero ahora… —hago una pausa, buscando cómo decirlo—, ahora no sé bien quién eres.

—Tú tampoco eres la misma.

Nos miramos. Y en esa pausa se siente algo más real que la nostalgia.

—¿Te arrepientes de haber venido? —susurra.

No sé si habla de esta tarde o de Chicago. Pero niego con la cabeza.

—No. Solo me da miedo. Todo esto.

—¿Yo?

—Tú. Esto. Volver a sentir que quiero algo que no puedo tener sin romper otras cosas.

Sus ojos se suavizan.

—¿Y si ya está roto, Sara?

No tengo respuesta.

Él camina despacio hasta donde estoy sentada. No se acerca demasiado, pero la distancia se acorta. Lo suficiente para que lo sienta respirar.

—¿Te apetece salir a la terraza? —pregunta con voz más baja, casi un susurro—. No hay nadie. Solo la ciudad.

Asiento sin pensarlo. Él abre la puerta corredera.

El aire fresco entra como un recuerdo. Lo sigo sin hablar.

La terraza es amplia, con madera clara y luces cálidas empotradas en el suelo.

A un lado, un par de pesas, una esterilla enrollada y una bicicleta estática; al otro, una zona chill out con cojines enormes y plantas en macetas modernas.

Pero lo que me deja sin aliento es la vista: la ciudad se extiende bajo nuestros pies y, más allá, el verde del campo de golf se funde con las últimas luces del día.

—Es… irreal —susurro, acercándome a la barandilla de cristal.

—¿En serio?

—Sí. Es demasiado perfecto. —Suelto una risa baja, incrédula—. Hace un año vivía en una habitación pequeña, prestada por Evaine. Esto…, esto parece un decorado de película.

—Tal vez sea eso. —Archie se apoya junto a mí—. Un decorado donde fingimos que todo está en orden.

—¿Y tú finges?

—A veces. —Hace una pausa—. Pero contigo no quiero fingir.

Bajo la mirada. El corazón me late demasiado fuerte, demasiado rápido. Me aferro al borde de cristal como si eso pudiera anclarme a tierra firme.

—Esto es como vivir en otro mundo —murmuro—. En uno donde nada malo puede pasar.

—Y, sin embargo, aquí estamos tú y yo —responde—. Dos personas que saben que las cosas malas pasan. Que ya las han vivido.

Nos quedamos en silencio. No hay prisas. No hay reloj marcando el fin de la conversación.

Y allí, en lo alto de ese mundo al que no pertenezco, o eso creía, empiezo a imaginar que tal vez sí. Que tal vez, por un rato, puedo ser parte de él. De esta ciudad, de esta historia. De esta versión de Archie.

Y que quizás… esta es la primera página de mi verdadera vida en Chicago.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta Archie, apoyado en la barandilla justo a mi lado.

—Solo agua, por favor —respondo, tratando de no parecer demasiado nerviosa.

Él asiente y se aleja hacia la cocina. Me quedo en la terraza, mirando las luces de la ciudad que empiezan a encenderse. El aire fresco me envuelve, pero siento un nudo en la garganta.

Cuando Archie vuelve con un vaso de agua, noto que está helada, casi tanto como aquella tormenta de nieve de hace meses. La misma que nos pilló en el aeropuerto y por la que acabamos en el mar; nos lanzamos al agua helada sin pensarlo y aquello terminó por destrozarme cuando llegué a Ibiza.

—Esta agua me recuerda a aquel día —le digo con una sonrisa tímida, apoyando el vaso en la barandilla—. A la tormenta, al mar helado..., a lo mala que estuve cuando llegué a Ibiza. Nunca te lo conté. No te dejé estar en ese momento.

Él me mira, atento, y poco a poco parece que esos recuerdos también le brotan a él.

—¿Te acuerdas de esa cena improvisada en la alfombra del salón? Con mantas y cojines, frente a la chimenea, intentando entrar en calor mientras afuera la nieve no paraba de caer.

Asiento, y una sonrisa dulce se dibuja en mi cara.

—Y cómo salimos a caminar por la nieve, sin preocuparnos por nada, solo tú y yo, hasta que no pudimos evitar besarnos de nuevo, a pesar del frío, en el mar helado.

Él ríe bajito, recordando también.

—Volvimos corriendo, empapados, y nos metimos bajo esa ducha caliente que parecía salvarnos la vida.

Siento que el aire se vuelve más denso entre nosotros, cargado de nostalgia y de algo más.

—Lo repetiría una y mil veces más —dice él con una sonrisa que parece sinceramente feliz.

Y en ese momento, mientras el frío de la noche me envuelve y el resplandor de la ciudad brilla a lo lejos, siento que por primera vez en mucho tiempo no estoy sola. Que hay alguien dispuesto a compartir esos momentos, a estar conmigo, incluso en las tormentas más heladas.

—¿Por qué nunca me dejaste estar cuando estuviste mal? —pregunta en voz baja, buscando en mis ojos algo que duela menos que la verdad—. Llamé muchas veces —confiesa—, pero tú no contestabas. Te sentí distante, enfadada conmigo, y no quería agobiarte más. Pensé que necesitabas espacio.

—Necesitaba lo contrario —respondo, sin poder contener la herida—. Necesitaba saber que al otro lado del mundo seguías ahí, que me seguías el rastro, aunque fuera en silencio. Pero no estuviste, Archie. Te fuiste. Fue tu madre la que me encontró. No tú. Y eso me rompió más de lo que quiero admitir.

Él se acerca. Su mano busca la mía con una delicadeza que duele, como si todavía tuviera miedo de que me aleje. Como si supiera que este momento podría salvarnos... o terminar de hundirnos.

—Lo siento —susurra—. Nunca me había enamorado de nadie. No sabía cómo hacerlo bien. Me asustó perderte y no supe pelear por ti. Pero no volverá a pasar, Sara. No volveré a dejarte sola. Ni en lo bueno ni en lo malo. Quiero estar contigo incluso cuando el mundo se ponga en contra.

Un nudo feroz me aprieta la garganta. Ya no hay espacio para máscaras. Para dudas. Para medias verdades. Solo quedamos nosotros, con todo lo que fuimos y todo lo que podríamos volver a ser.

—¿Estás seguro, Archie? —le susurro, mirándolo con la urgencia de quien ya no se permite más caídas—. ¿Estás dispuesto a pelear por esto, aunque tu padre, o quien sea, se interponga entre nosotros? ¿Vas a elegirme, incluso cuando no sea fácil?

Él me sostiene la mirada con una firmeza nueva. Convincente. Irrefutable.

—Sin dudarlo. Sara. Llevo meses vagando como un imbécil, mirando cada foto que subías a Instagram, buscando rastros de ti en sonrisas que no eran para mí. Soñando con estar en ellas. Esperando un mensaje. Algo.

—Archie… —mi voz tiembla, cargada de todo lo que no supe decir cuando debí—. Yo también te busqué en cada cosa buena que me pasaba. Y en todas las malas, te eché de menos con rabia.

No hay más que decir.

Me acerco y su aliento choca con el mío. Lo siento tan cerca, tan conocido, tan inevitable, que el pasado y el presente se funden. Y, por un segundo, estamos de nuevo en Escocia, la noche en que lo elegí por encima de todo, justo antes de que el mundo se viniera abajo.

Ahora sé que no estamos en el mismo lugar, pero sí en el mismo punto.

Y esta vez no pienso soltarlo.

Él tampoco dice nada. Solo me mira. Luego sus dedos rozan mi mejilla con una ternura que desarma. Y antes de que pueda respirar otra duda, me toma en brazos.

—Archie… —susurro, sorprendida.

—Shh —dice con una sonrisa que me quiebra—. No quiero que camines. Quiero que recuerdes esto. Cada paso. Cada instante.

Apoyo la cabeza en su hombro y dejo que me lleve. Cruza el salón con decisión, la puerta se abre y el interior de su habitación nos envuelve en una penumbra suave. Sábanas blancas, madera cálida, el olor de su colonia mezclado con el silencio íntimo de un espacio que parece esperar este momento.

Me deja suavemente sobre la cama, pero no se aleja. Se sienta a mi lado. Me observa como si quisiera asegurarse de que estoy aquí de verdad. De que no es un sueño más de los que lo han perseguido estos meses.

—¿Y si mañana todo vuelve a complicarse? —pregunto con la voz temblorosa.

—Entonces mañana lo resolveremos juntos —responde él—. Pero hoy…, hoy solo quiero sentir que has vuelto.

Se inclina. Nos encontramos en un beso que no es precipitado, sino lento e intenso. Como si quisiera memorizar el sabor de mi boca y yo el de la suya. Como si todo el tiempo separados se comprimiera en ese roce de labios, en esa caricia que crece, que se enreda, que arde.

Sus manos me buscan, me exploran con la seguridad de quien conoce cada centímetro de mi piel y con el hambre de quien lleva demasiado tiempo soñando con ella. Le respondo sin miedo, sin contención. Porque lo amo. Porque lo he amado incluso cuando no debía.

Susurra mi nombre contra mi cuello y yo cierro los ojos, dejándome llevar. Y cuando nuestros cuerpos se funden al fin, no hay lugar para los errores del pasado. Solo estamos él y yo, reconociéndonos en la oscuridad, en la piel, en los suspiros ahogados que se nos escapan entre beso y beso.

No hay más palabras. Solo este instante. Y la certeza de que, aunque el mundo vuelva a ponerse en contra, esta vez no vamos a rendirnos.

* * *

La habitación está en penumbra, apenas iluminada por las luces de la ciudad que se cuelan por los ventanales.

La sábana blanca cubre nuestros cuerpos entrelazados, aún cálidos, aún vibrando con la intensidad de lo vivido.

Su pecho sube y baja despacio bajo mi mejilla y sus dedos dibujan líneas perezosas en mi espalda.

Ninguno de los dos dice nada durante un buen rato. No hace falta. Solo respiramos el mismo aire, compartimos el mismo silencio. Nos miramos como si quisiéramos memorizar este instante, por si acaso se desvanece al parpadear.

—Gracias —susurra él con una sonrisa suave y la voz rasgada por la emoción—. Por estar aquí. Por volver a mí.

—Gracias a ti —respondo sin apartar mis ojos de los suyos—. Por no rendirte. Por seguir sintiéndome incluso cuando parecía que no quedaba nada.

Nos besamos otra vez, pero ya no con la urgencia de antes, sino con la calma de quien ha llegado a casa. Es un beso que promete sin exigir. Que se ancla en el presente pero sueña con el futuro. Me incorporo un poco, con el corazón dividido entre el deseo de quedarme y la necesidad de irme.

—Tengo que volver —murmuro—. No puedo quedarme aquí; esta es tu casa.

Archie niega con la cabeza despacio; su mano rodea mi cintura con suavidad.

—No —dice, mirándome con una ternura que me desarma—. No quiero volver a separarme de ti. No tan pronto. No esta noche.

—Archie…

—Te prometo algo —interrumpe mientras se acerca a besar mi frente—. Cuando suene tu despertador, todo el mundo sabrá que he pasado la noche contigo. Que he dormido a tu lado, abrazado a ti. Ya no hay secretos, Sara. No más escondites, no más mentiras. Estoy contigo. Y quiero que el mundo lo sepa.

Me cuesta respirar. Su forma de amarme con verdad, con valentía y sin sombras, me sobrepasa.

—Eres idiota —le digo, sonriendo con los ojos húmedos—. Y lo peor es que me encantas así.

—Te quiero así —responde él—. Tal como eres. Tal como somos.

Y entonces me rindo. Me acomodo de nuevo en su pecho, con la piel aún ardiendo por todo lo que acabamos de compartir, y cierro los ojos mientras su respiración me arrulla, constante y segura.

Sus brazos me rodean como si pudieran protegerme de todo lo que existe fuera de estas paredes, como si no necesitara nada más en el mundo que este instante.

Por primera vez en mucho tiempo no tengo miedo del mañana. No me preocupa lo que dirán, ni lo que vendrá ni siquiera si todo esto es demasiado bueno para ser verdad. Porque esta noche, por fin, estoy donde quiero estar. No por impulso ni por nostalgia, sino por elección.

Con él. Con su cuerpo pegado al mío, con su corazón latiendo al compás del mío. Con su amor, claro y rotundo, envolviéndome como una promesa que no necesita palabras.

Y por fin descanso. Porque el lugar que siempre busqué… era este.