Capítulo 38
Eimy
Ander: Hola, preciosa.
Ander: Que disfrutes del día con tus amigos y tengas muy buenas compras.
Ander: Hablamos más tarde. Estoy deseando que me enseñes lo bien que te queda el vestido que vas a comprarte.
Ander: Aunque más me gustará quitártelo.
Sonreí como una tonta leyendo los mensajes y continué de la misma manera mientras le contestaba.
Eimy: Hola, guapo.
Eimy: Gracias. Estoy esperando a las chicas, ya vienen de camino. A Bruno pasaremos a buscarlo al bar.
Eimy: Eso espero, que pueda hacer buenas compras y termine el día satisfecha.
Eimy: Serás el siguiente que me vea con el vestido puesto, después de mis amigos. Aunque para quitármelo tendrás que esperar al día de la boda.
Me mordí el labio inferior.
Dejé la conversación abierta y solté un suspiro, antes de dirigir la mirada a la puerta de la floristería. No vi la calle, me quedé con la mente en blanco y distraída, sin ver realmente nada.
Era martes, las cinco y cuarto de la tarde, para ser más exacta.
Había quedado con Taylor, Cata y Bruno para tener una tarde de tiendas con mis amigos. El objetivo era encontrar tres vestidos preciosos para nosotras y el conjunto perfecto para Bruno.
La meta era sentirnos elegantes, guapos, cómodos y que no nos dolieran mucho los bolsillos a la hora de pagar. Teníamos la esperanza de encontrar la ropa perfecta, a un precio razonable.
Sí. Al final había aceptado ir a la boda, por lo que mis amigos venían conmigo. Ya había avisado a Natalie y a Greta, ambas estaban informadas de que no había vuelta atrás.
Natalie se emocionó mucho, aunque ella no tuvo dudas en ningún momento de que la acompañaríamos en su día especial, junto a Eduardo.
Esta tarde Cata, Taylor y yo nos habíamos cogido fiesta en los trabajos. Mi madre me hacía el gran favor de quedarse a cargo de la floristería. Habíamos elegido este día porque Bruno lo tenía libre, desde la una del mediodía, y porque la boda era sábado e íbamos muy justos de tiempo.
El culpable de que pensara mucho más en lo de mi asistencia a la boda fue Ander y por ello terminé entrando en razón sobre lo de ir.
El sábado que vino a buscarme a la tienda y terminamos en su casa, para comer y todo lo que vino después, comenzó a meterme la idea en la cabeza y me quitó los pensamientos negativos.
Habíamos pasado un gran fin de semana juntos, ya que no solo estuvimos la mitad del sábado sin separarnos. Ese día, el sábado, después del primer encuentro íntimo en el que terminamos en su cama, nos quedamos descansando en ella y hablando de nuestras cosas, para conocernos.
Entre confesiones, secretitos e información privada, acabamos enredados de nuevo en la cama.
La segunda sesión de sexo fue igual de impresionante que la primera. Ander me llevó al orgasmo varias veces y, una vez saciados ambos y recompuestos, entramos al baño para asearnos y bajamos a la planta inferior con Skye.
Para mi sorpresa nos la encontramos durmiendo todavía. Ander rio por la cara que puse al verla en la misma posición en el porche, sobre su cama acolchada.
Eso sí, cuando escuchó el sonido de la correa que Ander movió a propósito, se despertó de golpe y corrió a buscarlo. Salimos a dar un paseo con Skye, por las calles de la zona de lujo en la que vivían.
Me llamó la atención, ya que dentro de la propiedad sobraba espacio. Ander me explicó que le gustaba sacarla para que estuviera acostumbrada a todo. Además, me dijo que Skye era muy curiosa y le gustaba ir de un lado a otro, investigando todo lo que encontraba en su paseo.
Me di cuenta rápido, en cuanto llegamos a un espacio grande y verde en el que pudo soltarla con total libertad.
El miedo era por otros perros, porque Skye era incapaz de hacer daño intencionado. A no ser que se viera en la obligación de ello, acorralada o en modo de defensa.
Después del paseo, Ander se dio una ducha y con varias cosas en una mochila, nos fuimos los tres para mi piso. Mairi no regresó a tiempo para poder verla de nuevo.
Pasamos la noche los tres en mi piso. Skye se portó genial. Después de revisar cada estancia y quedarse con los olores, se tumbó en el salón, cerca del sofá, y ahí se quedó tranquila, acompañándonos en todo momento.
Por supuesto, Ander y yo estrenamos mi cama. Antes de quedarnos dormidos y al poco de despertarnos el domingo. Ese día lo pasamos relajados en mi piso, saliendo a pasear con Skye para que se desahogara y preparando juntos la comida.
Fue un rato de muchas risas. Ander me demostró que no era tan serio como aparentaba y que cuando se sentía a gusto, en un ambiente que controlaba a la perfección, se mostraba relajado y muy, muy cercano.
Eso no significaba que no tuviera un carácter serio y como le había dicho ya varias veces, riendo, muy mandón. También le gustaba tenerlo todo bajo control. Era muy seguro de sí mismo y con grandes dotes de liderazgo.
El domingo, Ander se fue sobre las diez de la noche de mi piso, después de cenar.
Sonreí al recordar el fin de semana tan diferente que había tenido y lo bien me había venido y sentado estar con Ander. Me sentía muy distinta.
Un sonido me hizo mirar a hacia la derecha y sonreí al ver a mi madre caminando hacia mí.
Había ido a la cámara de refrigeración a por unas flores y venía con ellas y con una gran sonrisa.
—¿Ya has dejado de hablar con tu amorcito? —me preguntó.
—¿Qué dices?
Solté una carcajada.
Colocó las flores en el mostrador y se giró hacia mí, señalando con un gesto de la cabeza mi móvil.
—Antes de dejarte sola me has dicho que te había escrito Ander —dijo, con una sonrisa pícara.
Las personas importantes de mi vida, mi familia y amigos, sabían lo ocurrido con Ander. A mis amigos tuve que contenerlos porque esperaban que les contara cómo me fue el sábado con él, pero tuve que retrasarlo porque continué con Ander.
El domingo por la noche les hice una videollamada, después de que Ander se fuera, y entonces les conté el fin de semana que había vivido. No me dejé ningún detalle, sin entrar en los íntimos, y les dije que el sábado siguiente nos íbamos de boda.
Todos se ilusionaron, tanto por lo de Ander como por asistir a una boda tan especial y diferente. En ese momento supe que había hecho bien al aceptar ir. Sobre el regalo… no sabía qué iba a hacer. Iba a cobrar por el trabajo de la boda, por lo que todavía debía pensar en algo.
Lo mismo les decía a mis amigos de comprarle algún conjunto de collar, pendientes y pulsera, o algo así, aunque tuviera muchos. Haciendo un regalo conjunto podíamos dividir el gasto. Aún debía pensarlo bien, porque, por otro lado, me sabía muy mal regalarle a Natalie y a Eduardo no.
Tenía la cabeza hecha un lío con eso, pero paso a paso. Lo importante esta tarde era ir en buscar de un vestido para la boda y hablar con mis amigos sobre qué podíamos regalarle a la pareja.
Y, por supuesto, mis padres también estaban al tanto de todo lo de Ander. De ahí las palabras de mi madre, la que estaba muy feliz por mí. Por la noticia inesperada, porque había decidido ir a la boda, pero, sobre todo, porque no iba a renunciar al dinero del trabajo de esta.
—Me ha escrito y le he contestado, pero debe estar ocupado porque no ha leído todavía mis mensajes —le dije sonriendo.
—Cómo me alegro de verte así, cariño.
Me agarró la cara con las manos y me dio un beso en la frente.
—Sé que Ander va a marcar la diferencia de todos los intentos de relación que has tenido, hija. Ander es un hombre formal, de los pies a la cabeza.
—No sé si será así, mamá, pero está claro que es muy diferente a los hombres que se han acercado a mí en el pasado —suspiré.
—Disfruta mi niña.
Me abrazó y de esa manera nos pillaron Cata y Taylor. Golpearon la puerta de la floristería y mi madre y yo las vimos por la puerta de cristal.
Me despedí de ella, diciéndole y repitiéndole que me llamara para cualquier cosa que necesitara, y me acompañó hasta la puerta.
Mis amigas y mi madre se saludaron, antes de irnos caminando hacia la plaza del mercado. En esa zona estaba el bar donde nos esperaba Bruno, en el que trabajaba, y todas las tiendas de ropa a las que necesitábamos ir.
—A ver si tenemos el día animado y encontramos lo que buscamos —dijo animada Cata.
—Esperamos que sí porque no tenemos mucho tiempo —comentó Taylor.
—¿Qué tal os ha ido el día? —les pregunté, cruzando una calle.
—Ahora os suelto una bomba —rio Cata.
Taylor y yo la miramos con curiosidad, pero nos dijo que cuando estuviéramos con Bruno.
Taylor la agarró de un brazo, yo del otro, y así tiramos de ella casi poniéndonos a correr, para llegar rápido y saber qué bomba tenía que contarnos.
Llegamos a la terraza del bar riendo, donde Bruno estaba con un compañero hablando. Se despidió de él hasta el día siguiente y empezamos a caminar por las calles peatonales.
—Cuéntalo ya —le pidió Taylor a Cata.
La última rio, encantada. Debía ser algo muy bueno.
—¿El qué? —preguntó Bruno.
—Espera —le dije, agarrándome de su brazo.
Mi amigo me miró con diversión y yo le hice un guiño.
—Mañana es mi último día en la empresa. Por fin me largo y será a primera hora.
Voy a madrugar para cumplir con la entrada a la empresa y cuando esté en ella y me haya hecho un café con leche, sin haberme quitado nada de encima para irme rápido, iré al área de dirección y diré bien alto que desaparezco para siempre.
—¡Oleee…! —Aplaudió Taylor y todos reímos.
—Estupendo, cariño —le dije.
—Disfrútalo, preciosa —le pidió Bruno.
—Y tanto que voy a disfrutarlo porque, ¿sabéis que es lo mejor?
Que mañana a las nueve viene a una reunión uno de los clientes más importantes de la empresa y siempre ha tratado conmigo.
No quiere a nadie más, me lo ha dejado claro varias veces.
Así que se van a ver con la sorpresa y sin saber qué hacer —rio.
—¿Y el cliente? —pregunté.
—Ya he hablado con él —sonrió de medio lado—.
Le he dicho lo que iba a hacer e igualmente, se presentará en la empresa para liarla un poco más.
Me ha dicho que iba a hacerlo por mí y sé que es sincero.
Ya hemos quedado en hablar porque continuaremos haciendo negocios en la nueva empresa.
Encima llego a la nueva empresa con un cliente fuerte —contó emocionada.
Todos nos alegramos mucho por ella. Nos paramos en medio de la calle peatonal y nos dimos un abrazo en grupo. Terminamos riendo al notar que muchos nos miraban, lo que nos dio exactamente igual.
—Entonces empiezas pronto en la otra empresa, ¿no? —le preguntó Bruno.
—Sí. El lunes que viene. Tenía la intención de esperar hasta el último día para irme, pero qué leches. Con esto de la boda voy a tener unos días libres, antes.
—Bien hecho —le dije con un guiño.
—El viernes voy a una reunión en la empresa nueva, para comenzar a tope el lunes.
—Guay —dijo animada Taylor.
—Yo he hablado varias veces con Lewis, por mensaje —soltó Bruno.
Las tres giramos rápido las cabezas hacia él y Bruno soltó una carcajada por nuestra reacción.
—¿Y qué? —preguntó con impaciencia Cata.
—Muy bien, la verdad —contestó con una sonrisa ladeada—. Todas las veces que le he escrito ha sido para hablarle de lo del buceo. La verdad es que hemos estado bastante tiempo al móvil —rio.
—¿Y cómo lo has sentido? —le pregunté.
—No os sabría decir. Sin tenerlo delante y ver sus gestos y expresiones es complicado.
—Este sábado tienes otra oportunidad —le recordé.
—Lo sé. Sueño con eso. Tenéis que vestirme bien guapo y atractivo.
Reímos.
—Tú ya eres muy guapo y atractivo —le dije.
Me pasó el brazo por los hombros y me dio un beso en la cabeza.
—Así que tu interés sigue adelante —comentó Taylor, con una sonrisa pícara.
—Más que el primer día, así que imaginaros… —Carraspeó.
—¡Ay, que me emociono! —gritó Cata y volvimos a reír.
—Oye, debemos pensar en un regalo para la pareja —les dije.
—Es verdad —habló Taylor, pensativa.
Enseguida apareció una sonrisa en sus labios y los tres la miramos con interés.
—Dejádmelo a mí. Creo que tengo el regalo perfecto para ellos y será uno hecho con mucho amor.
—Vas a pintarles un cuadro —dije y acerté.
—Uno impresionante —afirmó Taylor.
—¿En el que llevas trabajando un año? —le preguntó Bruno.
—Exacto —rio Taylor—. Estoy a punto de terminarlo y qué mejor que hacerlo para la boda.
—Dios, es estupendo. ¡Van a flipar! —exclamé emocionada.
Taylor tenía un talento oculto que no dejaba ver mucho, y era el arte que corría por sus venas.