La chica de las flores Capítulo 37
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Capítulo 37

Ander

Después de grabarme su imagen en la memoria, me acerqué a Eimy y le ofrecí una mano para levantarse.

Cuando estuvo de pie frente a mí, la agarré de cada nalga y junté nuestros cuerpos. Mi miembro quedó aprisionado entre nosotros.

—Hora de cambiar de sitio —le dije.

Eimy asintió y yo sonreí de medio lado.

Hice más fuerza en sus nalgas y la subí para que me rodeó la cintura con las piernas. Con los brazos se sujetó de mi cuello.

Rozándole los labios y pasando la punta de la lengua por ellos, comencé a caminar. Salimos de la cocina, dejando las pruebas de lo que había sucedido dentro, por mi ropa.

Recorrí el salón y fui directo a la escalera. Eimy no prestó atención a las zonas nuevas por las que pasamos, como las escaleras y la planta superior. Hice todo el camino mordisqueándome los labios y saliendo al encuentro de mi lengua.

Yo estaba encantado por conseguir despistarla tanto que no supiera ni dónde se encontraba.

Una vez llegué arriba, me dirigí a mi habitación. Abrí la puerta y la cerré con el pie. No me paré hasta que tuve delante la cama.

Subí a Eimy sobre ella y se agarró de mis hombros, para no tambalearse al principio.

Cuando la tuve como quería, de pie en la cama, no perdí más tiempo para quitar capa por capa toda la ropa que me impedía verla desnuda.

Le bajé el pantalón y se lo saqué por los pies. Le toqué la braga entre las piernas, por encima, para comprobar con satisfacción que la tenía muy mojada.

Busqué su mirada, sonriendo de medio lado.

Metí un dedo por cada lado de la goma y tiré de esa prenda minúscula de tela. Hice exactamente lo mismo que con su pantalón, la braga terminó por algún lado de la habitación.

—Abre las piernas —le pedí.

Eimy lo hizo al instante, a pesar de la vergüenza que sentía. Me hizo gracia que se ruborizara a estas alturas, pero, por otra parte, comprendía perfectamente que fuera en este instante en el que se sentía vulnerable por su desnudez.

Dirigí la mano a su sexo y se agarró con más fuerza a mis hombros. Deslicé los dedos arrastrando sus fluidos, empapándome los dedos con ellos. Volví a adentrarme en su calor, para tantear cómo estaba la situación.

—Estás más que preparada —le dije.

—Sí —me confirmó con un jadeo.

—Agárrate fuerte y no te muevas.

—¿Qué…?

No esperé a darle una explicación. Al menos con palabras, porque con la lengua le quedó clarísimo a qué me había referido.

Le separé los labios vaginales y me agaché lo suficiente para poder tocar con la lengua su clítoris.

Gimió echando la cadera hacía mí, con necesidad.

Para darle bien lo que quería, me aparté y pasé un brazo por detrás de su espalda. Con el otro le doblé las rodillas.

Contuvo la respiración cuando su cuerpo se fue hacia atrás, pero yo guie su caída. Se quedó tumbada bocarriba en la cama y me subí de rodillas por sus pies.

Le abrí las piernas y me quedé entre ellas, viendo su sexo expuesto y brillante por primera vez.

Me eché hacia delante, hasta que apoyé las manos a los lados de su cadera. Busqué su mirada. Era la viva imagen del deseo y el placer.

Tenía el pelo revuelto, las pupilas dilatadas, los ojos más brillantes de lo normal, las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos, rojos y un poco hinchados por nuestros besos.

—Quítate el resto de la ropa —le pedí.

La quería desnuda, como tantas veces había imaginado en mi mente. Aunque la realidad estaba superando a la ficción. Todo lo que había visto y probado hasta ahora no podía compararse a nada.

Eimy se quitó la camiseta. Se quedó en sujetador, pero este desapareció rápido cuando curvó la espalda hacia arriba y dirigió sus manos hacia atrás. Se desabrochó la prenda de ropa y lanzó en sujetador a un lado, quedándose completamente desnuda para mí.

Apreté la mandíbula y no pude contenerme para agarrarle un pecho. Eimy se estremeció cuando me centré en el pezón, el que acaricié para después tirar de él con fuerza medida.

Volvió a curvar la espalda, pero por un motivo muy diferente. Ante su ofrecimiento inconsciente, me incliné y atrapé el otro pezón con la boca.

Su cuerpo se estremeció debajo del mío, mientras se lo succionaba y lo torturaba un poco. Me agarró del pelo con un tirón y me pegó más a ella. Pasé de un pecho al otro, varias veces, hasta que le dejé los pezones rosados.

Me alejé de ellos con una última pasada de la lengua, provocándole un suspiro profundo, y bajé hacia la zona que se había quedado esperándome.

—Ander… —Gimió.

Se agarró de nuevo a mi pelo, al mismo tiempo que movía la cadera hacia abajo, para sentir más presión de mi boca y mi lengua en su clítoris.

Le di lo que deseaba y necesitaba. Me la comí, tal cual. No me dejé ninguna parte ni pliegue por el que no pasé la lengua y los labios, pero centrándome siempre en su punto de máximo placer y en llenarla con la lengua y varios dedos, alternativamente.

Eimy se corrió con un grito desesperado, moviendo la cadera contra mi cara.

No la dejé recuperarse. Me levanté de la cama de un salto y fui hasta mi mesita de noche. De un cajón saqué un sobrecito que contenía un preservativo, y me lo puse mientras me acercaba de nuevo a ella.

Subido de nuevo a la cama, le levanté las piernas y se las abrí.

Bajé la mirada a su sexo, por el que deslicé la punta de la protección para que resbalara bien y sin problema. Eimy jadeó al sentirme y se agarró a la colcha con ambas manos.

Agarrándola de los gemelos, manteniéndole las piernas rectas hacia el techo, nos torturé a ambos entrando solo el glande en su interior, para después continuar con las caricias.

—No muevas las piernas —le pedí, cuando se las dejé apoyadas en mi pecho.

Ella asintió con energía, mientras se mordía el labio inferior, y entonces no esperé más. Me posicioné en su abertura y empujé con fuerza, clavándome hasta lo más hondo de su interior.

Ambos gemimos ante las sensaciones que nos recorrieron y durante unos largos segundos no me moví. Me quedé muy quieto dentro de ella, disfrutando del momento.

Hasta que no pude soportarlo más y me eché hacia atrás, deslizándome despacio, para después entrar de un empuje rápido y certero.

Ese fue el comienzo para el baile en el que los dos nos perdimos por completo.

Manteniéndole las nalgas separadas con las manos, y con la vista fija en la unión de nuestros cuerpos, viendo cómo acogía a mi miembro cada vez que la embestía y cómo salía este, cada vez más mojado, aumenté el ritmo hasta llegar a un ritmo de locura.

Los pechos de Eimy se movían por cada movimiento, sin control, al igual que lo hacía el resto de su cuerpo. Se mantenía en el sitio por el agarre en sus nalgas.

Mi habitación se llenó de jadeos, gemidos y pequeños gritos, entremezclados con gruñidos. El sonido del choque de nuestros cuerpos, por los fluidos acumulados era lo que más destacaba por encima de todo lo demás, al mismo tiempo que era lo que más nos incentivaba para ir a por más.

Eimy se corrió con fuerza, gritando mi nombre y agarrándose desesperada a la colcha. Yo continué embistiéndola, más fuerte, más duro, más rápido, aunque fuera imposible. Hasta que me corrí con gemidos de puro placer.

Después de balancearme un rato, alargando todas las sensaciones, sin salir de su interior me dejé caer a su lado, cubriendo una parte de su cuerpo con el mío.

No hablamos. Tampoco podíamos. Nuestros pechos subían y bajaban con la respiración descontrolada, la que salía de nuestros labios entreabiertos.

Durante un rato nos mantuvimos de esa manera, mientras recuperábamos el control de nuestros cuerpos y nos tranquilizábamos.

—¿Cómo estás? —le pregunté y tuve que carraspear.

—Genial —me contestó, con un suspiro.

Sonreí de medio lado.

—Me alegro.

—¿Y tú? —me devolvió la pregunta, girando la cabeza hacia mí.

Nos quedamos mirándonos a centímetros de distancia. Nuestras narices casi se tocaban.

—¿Cómo crees que estoy? Ahora mismo agotado y saciado, muy feliz.

En sus labios apareció una sonrisa preciosa.

—Yo también me alegro —dijo.

Soltamos una carcajada y nos traspasamos las vibraciones del cuerpo, al estar yo todavía dentro de ella.

—Deberíamos…

—Un poco más —le pedí.

Mi miembro todavía estaba erecto en su interior. No tanto como minutos atrás, pero sí lo suficiente para tener todavía un tiempo para poder alargar el momento.

Por ese motivo quise más. Eimy soltó un jadeo por el susto que se llevó. De un movimiento rápido la coloqué encima de mí y yo me quedé tumbado bocarriba.

Se incorporó un poco, quedándose sentada a horcajadas, y con ese nuevo movimiento gimió y yo apreté la mandíbula. La postura era la perfecta para clavarme más en ella, por completo, sin que hubiera una mínima separación entre nuestros sexos.

Cerré los ojos y entreabrí los labios, cuando rotó la cadera, balanceándose.

—Me encanta —suspiró.

Entreabrí los labios y admiré las vistas que me ofrecía.

—Tú sí que me encantas a mí —le dije con la voz ronca y tomada por el deseo, otra vez.

Parecía que iba a ser un día muy, muy largo, porque esto solo había hecho que empezar.

Tal vez Eimy no tuviera ni idea, y seguramente, ni siquiera se lo había planteado, pero yo lo sabía por ambos y con eso bastaba para calmar mi ansiedad por no tenerla.