La chica de las flores Capítulo 35
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Capítulo 35

Eimy

—No puedes afirmarlo —le dije.

—Y tanto que sí. No vas a dejar de ir por lo del regalo, ni mucho menos voy a permitir que pierdas el dinero de tanto trabajo y esfuerzo. No estamos hablando de unos cientos de euros.

—Ya lo sé, pero es decisión mía.

—Si yo puedo evitarlo, no.

Elevé las cejas y me crucé de brazos.

—Te aconsejo que vayas la semana que viene a comprarte un vestido, a no ser que quieras ponerte uno de los que tengas en tu armario.

—Ander…

—No, Eimy.

Se echó hacia delante y apoyó los brazos en las piernas.

—Si quieres mantenerme como cliente, te pido que disfrutes y que vivas sin pensar más de la cuenta. No pienses en qué tipos de invitados asistirán, ni cuantas personas serán. Deja todas las dudas y los nervios aparte, para acompañar a mi hermana y a Eduardo en uno de sus días más importantes.

—¿Acabas de chantajearme? —le pregunté entre sorprendida y divertida.

—Sí —contestó con seguridad—. Y puedo ir más allá. Tú decides —sonrió de medio lado.

—Eso no es justo —dije riendo.

—Tampoco sería justo para ti lo que me has contado. Estamos empatados.

Elevó las cejas.

—No voy a ir.

—Ya te digo yo que sí. Si hace falta voy a buscarte con mi hermana vestida de novia, a ver si entonces eres capaz de hacerla llorar.

—Deja de presionarme.

Negué sonriendo y muy nerviosa.

—Pues deja tú de ser cabezota.

Sonó el timbre y se levantó sin apartar la vista de mí.

—Piénsalo bien —me pidió—. Es muchísimo más sencillo de lo que tienes en la cabeza, Eimy.

Lo seguí con la vista, mientras caminaba. Entró en el salón y Skye se fue detrás de él.

Cogí una bocanada de aire y apoyé la espalda en el respaldo, con pocas fuerzas. Dirigí la vista hacia el jardín y dejé caer la cabeza en el respaldo.

Durante todo el tiempo que Ander tardó en regresar, mi mente no frenó. Pensé en todo lo que me había dicho y en las ganas que tenía de ir a la boda. El puñetero regalo me tenía la cabeza loca, pero en este instante iban ganando las ganas de hacer lo que me había pedido Ander.

¿Y si hacía caso a lo que tanto Natalie como Ander me habían pedido? Cerré los ojos.

—Eimy.

El susurro de mi nombre me hizo fruncir el ceño y querer darme la vuelta. Fue en ese momento en el que, cuando no pude, abrí los ojos.

Lo primero que vi fue la cara de Ander. Estaba sentado en el reposabrazos del sillón de al lado, con los brazos apoyados en las piernas y mirándome fijamente con poca distancia de separación.

—¿Qué…?

Tuve que carraspear para aclararme la voz.

—Te has quedado dormida —me habló suavemente.

Agrandé los ojos y me senté recta, separándome del respaldo.

—Joder —susurré—. No me he dado cuenta.

—Lo imagino —sonrió—. Hace un rato que se fue el repartidor del restaurante. Cuando vine a avisarte te encontré dormida y preferí dejarte descansar un poco. No estabas lo cómoda que necesitabas, pero igualmente te he dejado.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Un poco más de media hora.

Me sorprendí de nuevo.

—¿Y la comida?

—Tranquila. Está en el horno, a una temperatura que la mantiene.

—Vale —suspiré—. Lo siento. Era lo último que quería hacer.

—No te disculpes, Eimy. He sido yo el que te ha cambiado los planes que tenías. Sabía que estaba cansada.

—Me habrá dado un bajón de golpe al cerrar un rato los ojos. No lo he notado.

—No hay problema. ¿Comemos?

—Claro.

Fui a coger el botellín para tirarlo en la cocina, pero ya no estaba en la mesa baja de enfrente. Me levanté y no tuve que ir muy lejos porque Ander había montado la mesa del porche.

Había puesto las copas, los cubiertos, las servilletas, varios cucharones y los platos. Solo faltaba la bebida y la comida.

—Espérame aquí —me pidió.

—Quiero ayudarte.

Ander asintió y fui con él hasta la cocina. Una vez llegamos, cogió una botella de vino que dejó frente a mí, en la encimera, y fue al horno.

Este era muy grande y alargado. No había visto uno igual. Del interior sacó cinco recipientes y uno a uno los dejó sobre la isla.

Entre los dos volcamos los contenidos en los platos que cogí de donde me dijo Ander, y los llevamos a la mesa del porche.

En ese momento me di cuenta de que Skye estaba dormida sobre una cama acolchada. Había seguido mi ejemplo de dormirse.

—Se va a perder un festín —dije, pensando en lo que disfrutaría si estuviera despierta.

Ander rio y lo miré con curiosidad.

—Ya se lo ha dado —me aclaró—. Cuando he visto que estabas dormida le he preparado un buen plato para ella, mezclándole un poco de todo. Por eso está dormida y no se entera de nada. Durante un buen rato seguirá así.

—Vaya…

Miré a Skye sonriendo.

—¿Y ha sobrado toda esta comida? —pregunté porque era mucha.

—Come lo que quieras y puedas. No pasa nada si sobra. Si estuviera aquí Mairi te diría que es lo normal, cuando pido yo la comida —sonrió de medio lado.

—No he tenido mucho tiempo para hablar con ella, pero me ha caído muy bien. Igual que tus padres. Hay cosas que se notan a simple vista y solo con sus sonrisas sinceras y cálidas lo dicen todo.

—Se pondrán contentos cuando les diga esas mismas palabras de tu parte.

Comenzamos a servirnos la comida en el plato y cuando terminamos, Ander cogió la botella de vino y la abrió.

Primero echó en mi copa un poco.

—Pruébalo. Si no te gusta voy a por otro vino.

—No hará falta.

Cogí la copa y me la acerqué a los labios, para darle el primer sorbo.

—Está muy bien —le dije—. No entiendo nada de vinos, pero este es suave al paladar.

—Lo he cogido pensando en que pudiera gustarte.

—Gracias.

Dejé la copa en la mesa y, a pesar del calor que sentí en las mejillas, no aparté la mirada de la suya.

Ander terminó de llenar mi copa, sin desviar la mirada de la mía, y después hizo lo mismo con la suya.

La comida se veía deliciosa y el olor que desprendía era buenísimo. Comprobé enseguida que estaba riquísima, independientemente de la variedad de comida que me llevara a la boca. Tenía un sabor exquisito y la carne se deshacía en la boca.

—¿Has pensado mejor lo de la boda? —me preguntó.

Me limpié los labios con la servilleta y bebí un sorbo de vino, para terminar de pasar la comida.

—Me he quedado dormida.

—Ya…

—No sé lo que haré, Ander.

—Disfrutar de la boda de una amiga, junto al resto de tus amigos. ¿Te parece poca motivación?

—Sé lo que intentas, pero…

—Lo que intento es que estés allí y que yo pueda verte.

Me dejó sorprendida con esas palabras.

—Me debes varios bailes.

Sonrió de medio lado y solté una carcajada. Consiguió que me relajara de golpe. No del todo, pero sí lo suficiente.

—¿Yo? ¿Desde cuándo y por qué? —le pregunté.

—Sí, tú. Porque soy un cliente fiel a la floristería, desde casi su nacimiento. Y porque al mes me dejo un buen dinero en los ramos.

—Es elección tuya. No puedes exigir nada por eso —le dije divertida.

—Anoche estabas preocupada porque dejara de ser tu cliente.

Arqueó una ceja y apreté los labios.

—Por supuesto, eres uno de los mejores. Solo te supera tu hermana debido a la boda, pero solo por ahora. A la larga, si no dejas de comprar flores y plantas, mantendrás el primer puesto.

—Tú lo has dicho, tengo el primer puesto. Lo provisional no cuenta, por lo que mi hermana queda al margen. Me debes varios bailes para recompensarme.

—¿Y si acepto y bailo contigo todas las veces, te sentirás recompensado?

—Sí. Me recompensarás y me harás feliz —dijo serio.

En vez de moverme en la silla y que se notara mi nerviosismo por cómo me observaba, elegí coger mi copa y darle un buen sorbo al vino.

El líquido alivió mi garganta, pero no lo suficiente para el calor que me entró de golpe.

—Quién soy yo para quitar la felicidad a alguien… —hablé con diversión.

—Para más de una persona estoy seguro de que eres la única que puedes quitársela —me dijo.

Me observó de una manera que no supe qué más decir. Me dejó callada de golpe.

Ander continuó comiendo como si nada, mientras que yo comenzaba a no saber dónde meterme.

Miré hacia Skye y la vi durmiendo plácidamente. Me dio mucha envidia.

Lo imité y volví a comer. Para lo único que moví la boca durante un rato fue para comer y beber y gracias a eso conseguí relajarme un poco. No del todo, porque de vez en cuando notaba la mirada de Ander puesta en mí.

Cuando terminamos y después de vaciar las copas de vino, nos levantamos y recogimos para llevarlo todo a la cocina.

Llegué a ella dispuesta a fregarlo todo, ya que no quería dejarle trabajo extra a Mairi, para cuando regresara. Y era lo mínimo, ya que Ander me había invitado a comer y barato no debía haberle costado.

Abrí el grifo y Ander se puso a mi lado.

—Deja eso. No hace falta. Eres mi invitada.

—Los invitados hacen estas cosas y más —le dije con diversión—. Así que ya lo sabes, por si algún día comes o cenas en mi piso.

—Cuando me invites estaré encantado de encargarme de la cocina.

Giré la cabeza hacia él. Ander apoyó la cadera en la encimera.

—¿Sabes cocinar bien? —le pregunté, desviando el tema.

—Estamos hablando de fregar. Lo de los fogones no es lo mío.

Solté una carcajada y él sonrió, pero enseguida su sonrisa desapareció de sus labios y fue sustituida por seriedad. Levantó una mano y me retiró de la cara un mechón que me rozaba la mejilla.

Se lo enrolló en el dedo, varias veces, sin apartar los ojos de los míos, hasta que me lo colocó detrás de la oreja.

—Deja eso —me pidió, insistiendo.

Su voz sonó más ronca, profunda.

—Si quieres para más tarde, pero ahora no.