La chica de las flores Capítulo 34
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Capítulo 34

Ander

—¿Quieres que te enseñe ahora la casa o más tarde?

—Como quieras.

—De acuerdo. —Asentí—. Ven.

La llevé a la cocina, la que miró con el mismo interés que el salón.

—¿Qué te apetece beber? ¿Cerveza, refresco, agua o vino?

—Una cerveza está bien.

Saqué de la nevera dos botellines y después de abrirlos, le pedí con un gesto que me siguiera de nuevo.

Me dirigí al porche, ya que se estaba genial a cualquier hora del día. Los rayos del sol no entraban del todo nunca, por lo que siempre había sombra y ventilación para estar frescos.

Era uno de mis espacios preferidos, incluso para cuando trabajaba desde casa los fines de semana.

Estábamos sentándonos cuando llegó corriendo Skye. Fue directa a beber agua del cuenco que tenía en el porche. Tenía varios repartidos por la casa.

En el momento en el que sació la sed, se acercó a nosotros y se tumbó en el suelo quedando en medio de los dos.

Eimy y yo habíamos elegidos dos sillones, para estar más cómodos. Las sillas de la parte de la mesa alta las dejamos olvidadas.

—Antes de nada, voy a llamar al restaurante para no retrasar mucho la comida —le dije.

—Vale.

Saqué el móvil y busqué la carta del restaurante.

—Aquí tienes, para que te decidas por lo que más te apetezca.

Le ofrecí el teléfono y lo cogió, observando la pantalla.

—No tengo ninguna preferencia —dijo al cabo de unos segundos, pero de todas maneras siguió concentrada leyendo la carta.

Me llevé el botellín a los labios, sin apartar la atención de ella. Mientras bebía, bajé la mano y acaricié a Skye.

—Todo tiene muy buena pinta —comentó, indecisa.

—Puedo aconsejarte la comida que más me gusta, o si quieres, puedo pedir platos variados y así probamos diferentes.

—Me gusta la última idea. —Asintió.

—De acuerdo. Entonces me encargo yo.

Cogí el teléfono que me devolvió y marqué el número del restaurante. Hice el pedido, el que me confirmaron que estaría en media hora listo, más el tiempo de entrega. Como ya me conocían, solo tuve que dar mi nombre antes de colgar.

—Ya está. En unos cuarenta minutos traerán la comida —le informé.

—Estupendo.

—Al final voy a retrasarte más de lo que pensaba.

—No pasa nada —sonrió—. Ha sido salir de la floristería y se me ha pasado un poco el cansancio —rio.

—Es bueno saberlo. El trabajo la mayoría de las veces no sienta bien.

—Y menos después de dormir poco por haber salido de fiesta —negó.

Bebí otro trago de cerveza y Eimy hizo lo mismo.

—Ahora que la comida está en marcha, voy a aclararte el motivo por el que envié a Lewis a comprar las plantas.

Me eché hacia delante, para dejar el botellín en la mesa baja y redonda que tenía enfrente.

Eimy se quedó callada, a la espera de que continuara.

—Estaba con mi hermana el día que fue a la última prueba del vestido de novia. La acompañé y al salir, participé de manera indirecta en la conversación que tuviste con ella.

Levanté una pierna, para apoyar el tobillo en la otra.

—Aquel día Natalie te insistió para quedar y como todavía faltaba para que cerraras la floristería, te dijo que enviaría a alguien para compensarte el tener que cerrar antes.

Fue cuando yo ya estaba hablando con Lewis y le había pedido que fuera a la floristería para hacer una buena compra.

Natalie solo repitió lo que escuchó de mí.

—No había necesidad. Se llevó nueve macetas —dijo hablando más bajo de lo normal.

Apreté los labios.

—Y las repartí bien. Por aquí verás algunas —sonreí de medio lado.

Ella negó con la cabeza, pero con una sonrisa preciosa.

—¿Estás bien? ¿Te sientes a gusto?

—Si. Muy a gusto —me contestó.

—Perfecto.

—Ander…

—¿Qué?

—Yo…

Se quedó callada de golpe y apartó la vista de mí. Miró el jardín que quedaba a su izquierda.

—Nada —terminó diciendo.

—Dilo. Sea lo que sea lo que te ha venido a la cabeza.

Negó.

—Da igual. Era una gran tontería —suspiró.

Cogió su botellín de la mesa y le dio un buen trago a la cerveza.

—¿Vas a hacerme insistir? Como no me conoces te advierto que a veces no llevo bien la impaciencia.

—Es cosa mía —sonrió, un poco tensa—. Es que contigo pierdo muchas de las facultades que tengo —suspiró.

Elevé las cejas y me lo aclaró.

—Me refiero a que me pongo muy nerviosa cuando estás cerca, así que puedes hacerte una idea de cómo estoy desde que has aparecido en la floristería.

—Por ahora me gusta. Sigue —la animé.

Intenté no reírme al ver cómo abría los ojos un poco más de lo normal, por la sorpresa.

—¿Te gusta que esté nerviosa? —me preguntó con el ceño fruncido.

—Me gusta el motivo por el que estás nerviosa, que es diferente.

—A eso me refiero. Era lo que quería decir. Con esto último que has dicho y con casi todo lo demás, no sé a qué atenerme contigo. Me desconciertas.

—¿Eres de las personas que lo planifican todo y necesitan saber en todo momento lo que va a suceder, para no llevarse sorpresa?

—¿Qué? No —rio—. Mi única planificación son mis rutinas.

—Entonces no entiendo porque te desconcierto.

Fruncí el ceño.

—Porque a veces te acercas más de la cuenta —dijo, mirando al interior de la casa—. Está bien. —Cogió una bocanada de aire y me miró—. ¿Tienes pareja?

—¿Qué…?

Solté una carcajada tan fuerte que Skye se levantó y ladró.

—Vale. Lo siento. —Bufó—. Ha sido una pregunta fuera de lugar e indiscreta. No tienes que…

—No tengo pareja —contesté, interrumpiéndola para que no terminara lo que iba a decir.

Su expresión fue de sorpresa.

—No tienes pareja —repitió.

—Eso he dicho.

Arqueé una ceja.

—¿Cómo iba a tenerla si has notado que me he acercado a ti más de la cuenta? Si estuviera con alguien te aseguro que sería porque estoy enamorado, por lo que nunca le faltaría el respeto de esa manera.

—Yo… Vale —dijo ruborizada.

Se movió inquieta en el sillón.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión? Me gustaría saberlo.

Ladeé un poco la cabeza, mientras que con un gesto de la mano le pedí a Skye que se acercara. La acaricié, por el susto que le había dado al reír tan fuerte, y terminó sentada con la cabeza apoyada en mi pierna.

—Es que… no sé. Creí que tenías pareja por todos los ramos que te llevas a la semana. No fallas nunca.

—Para mi hermana, para mi madre, para Mairi, y para darle un toque de color a esta casa.

—Ah —sonrió con vergüenza.

Bebió otro trago de cerveza.

—En todo el tiempo que hace que voy a la floristería, nunca se me ha ocurrido pensar que me veías de esa manera —dije, negando con la cabeza.

—Pues sí —sonrió—. Y como casi no hablabas no tuve la oportunidad de conocerte poco a poco. Hay clientes de vienen mucho menos que tú a la floristería y puedo decirte cuantos son en la familia.

Rio y sonreí.

—Yo soy más de observar, de analizar y de ir dando pasos despacio. Al principio.

—Me he dado cuenta.

Miré la hora en el reloj de pulsera.

—Antes de que venga la comida me gustaría saber porque, cuando mi madre te ha dicho que os veréis en la boda, tu expresión ha cambiado. Ha durado muy poco, pero me he dado cuenta.

—Pues sí que eres observador.

—Ya te irás dando cuenta hasta qué punto.

Nos quedamos mirándonos a los ojos y vi la duda en los suyos. Tuvo ganas de preguntarme qué había querido decir con lo último, pero no lo hizo. En cambio, me explicó lo de la boda y mi madre, lo que no me gustó nada. En absoluto.

—Estoy pensando en rechazar la invitación de boda de tu hermana —me dijo.

—¿Por qué? —le pregunté, más serio de lo que pretendía mostrarme.

Eimy volvió a moverse en el sillón, inquieta.

—¿Por mi culpa? —insistí ante su silencio.

—¿Qué? ¡No! Tú no tienes nada que ver y, aunque fuera el caso, iría igualmente por mi amiga. Mi amistad con tu hermana es muy reciente, pero siento que puede ser una relación muy bonita, sincera y duradera. Al menos ella me lo transmite así.

—Estás en lo cierto. Natalie es lo que ves y sientes al estar con ella. No finge nunca y va siempre con la verdad por delante. Ha querido tu amistad y la ha conseguido, por lo que tienes una amiga para toda la vida.

Sonrió.

—He tenido mucha suerte de conocerla. Y a Greta también.

Asentí.

—¿Por qué no quieres ir a la boda? —le pregunté.

—Me encantaría ir.

—¿Entonces? No lo entiendo.

Fruncí el ceño.

—Lo que no quiero es ir sin un regalo. Tu hermana me insistió en que no quería ningún regalo mío ni de mis amigos, solo nuestras presencias en su día especial.

—¿Y cuál es el problema? Natalie ha sido sincera.

—Es que yo no me siento a gusto yendo a una boda como la de tu hermana con las manos vacías.

Bajó la mirada a su botellín.

—Será una celebración con mucha clase, lujosa y con muchísimo estilo. No tengo duda. Sois una familia muy importante, Ander. Una de las más ricas.

Se ruborizó de nuevo.

—Necesitaría un vestido, aunque esto podría solucionarlo la semana que viene. Todavía no le he dicho nada a tu hermana porque no quiero quitarle la ilusión.

Hizo una mueca.

—Me sabe muy mal, pero la única manera de que vaya es si acepta que le regale todo el trabajo de los arreglos florales para la boda.

—Eso es mucho —dije—. Aparte de que te quedarías sin una gran fuente de ingreso.

—Lo he estado pensando, pero, sobre todo, haciendo números, y puedo afrontar ese cambio. Quiero hacer feliz a tu hermana, me dolería que se sintiera mal, de cualquier manera, por mi culpa y la de mis amigos si decidimos no ir.

—¿Qué dicen ellos?

—Han dejado la decisión para mí. Harán lo que yo diga porque me entienden.

—Comprendo.

Tamborileé los dos en el reposabrazos del sillón, pensativo.

—Así que quieres rechazar la invitación por el regalo de bodas y también porque te sobrepasa el pensar el tipo de boda que será.

—Habrá muchos invitados y la mayoría, por no decir todos, muy importantes. Famosos, políticos, empresarios…

—Olvídate de eso. Es insignificante. Vais a ir a la boda.