Capítulo 31
—Me duele mucho la cabeza —se quejó Taylor a través del teléfono.
Sonreí al imaginarla haciendo un puchero. Cuando se encontraba mal o le dolía algo, se convertía en una niña pequeña.
Era sábado, rozaba el final de la mañana, por lo que no faltaba mucho para cerrar la floristería hasta el lunes. Estaba deseando que llegara ese momento.
Debía dar gracias a que había sido un día tranquilo en la tienda.
Terminé rápido con los pedidos de la web, ya que no fueron encargos complicados y, entre atender a los pocos clientes que habían entrado, hacer una previsión de las flores que necesitaba para la semana siguiente, contando con las de la boda de Natalie y Eduardo, más entretenerme con los últimos maceteros decorativos para la boda, se me había pasado la mañana bastante rápido, a pesar de la pesadez que sentía.
A primera hora, antes de salir de mi piso para venir a la floristería, le prohibí a mi madre venir. Tuve que amenazarla con no abrirle la puerta si se le ocurría asomarse por aquí.
Había abierto la tienda sin ninguna gana, ya que, la noche anterior, me metí en la cama cerca de las dos de la madrugada.
Era lo que tenía salir a tomar unas copas. Podría haberme ido antes del bar, pero me sentía tan a gusto que no me lo planteé. ¿Qué era una mañana con sueño, en comparación con lo bien que me lo pasé?
Nada. Además, en cuanto llegara a mi piso al mediodía, después de comer, tenía todo el tiempo que quisiera para echarme una siesta y no despertarme en bastante rato. Ahí me recuperaría del cansancio, porque no quería retroceder a cómo me sentí días atrás.
Todo era una rueda que poco a poco se hacía más grande.
Por eso Taylor se había quejado, por la salida de la noche anterior. Yo, como he dicho, llegué a mi piso antes de las dos de la madrugada, pero ella no llegó hasta pasadas las tres.
Eso sí, por lo poco que me había contado hasta ahora, mejor no le pudo ir la noche. La terminó con Quinn, bien pegados, aunque me había remarcado que lo hizo sufrir y se despidió de él dejando para otra ocasión lo bueno.
Lo que se resume en que no tuvieron sexo y que ahora a Taylor le tocaba esperar a que Quinn quisiera quedar de nuevo. Se intercambiaron los números de teléfono y por cómo había notado a mi amiga, sabía que en cualquier momento sucedería.
Al menos eso esperábamos ambas.
—Te duele la cabeza porque te pasaste un poco con la bebida y porque no has dormido mucho —le dije.
—Mierda, sí. —Bufó—. La culpa de que me haya tomado varias pastillas ya para el dolor de cabeza es del rubio. Cuando lo pille voy a hacerle pagar por cómo estoy —suspiró—. Joder, pero bien que mereció la pena.
Rio y sonreí.
—Pues quédate con eso. Es lo más importante. Lo demás lo arreglas con un buen sueño y descanso.
—Eso pienso hacer durante el día. ¿Cómo has llevado tú la mañana? Debes estar muy cansada, ¿no?
—Aquí estoy, al pie del cañón. Por ahora activada, pero porque no he parado. En cuanto pueda relajarme sé que me vendrá un bajón.
—Normal, cariño. Ayer fue muy bien.
—Sí —sonreí—. Nos lo pasamos genial.
—Después de tantos sobresaltos y sorpresas, mereció la pena.
Reímos.
—No me lo recuerdes. Todavía no lo he asimilado del todo —suspiré.
—Qué fuerte. No me has dicho si hablaste con Ander. Después de la cena no me enteré de casi nada.
—Normal, desapareciste con Quinn al poco de estar en el bar de copas —le dije con diversión.
—Sí —rio.
—No hablé mucho con Ander, la verdad —dije pensativa—. Pero en un momento de la noche me dijo que quería proponerme algo y que teníamos que hacerlo.
—¿El qué? —alzó la voz.
Apreté los labios.
—¿El qué va a ser? Hablar —le recordé.
—Ah. Joder, me he entusiasmado para nada.
Reímos.
—¿Y tú qué le dijiste? —me preguntó.
—Después de asegurarme de que no iba a dejar de ser mi cliente, porque le pregunté…
—¿Le preguntaste eso?
—Sí.
Puse los ojos en blanco, al escuchar sus risas.
—Ole tú. Claro que sí.
—Fue una pregunta totalmente normal y entendible —me justifiqué.
—Por supuesto… Continúa —me pidió con diversión.
—Pues, una vez que me respondió que continuaría viniendo a la floristería, entonces me dijo que debíamos hablar. Bueno, sus palabras exactas fueron que había pensado en que quedáramos solos, él y yo, para hablar con calma de todo.
Me quedé pensativa.
—Vaya… Pinta muy bien. ¿Cuándo?
—No pinta nada y no lo sé. El tema se quedó ahí y con mi confirmación de que aceptaba. Ya está.
—Bueno, Ander tiene muchas maneras de encontrarte y hablar contigo.
—Sí. —Negué con la cabeza.
—Oye, ¿y Bruno? ¿Pasó algo entre él y Lewis? ¿Viste algún acercamiento? Me quedé loca cuando nos contó quién le había gustado —suspiró.
—¿Qué iba a pasar con tanta gente alrededor? Estuvieron juntos toda la noche, pero como lo estuvieron Ander, Eduardo y Leo con ellos. Lewis y Bruno se quedaron poco tiempo solos, más que nada porque alguien debía quedarse guardando el banco que cogieron al llegar.
—¿Y no notaste algún avance?
—Bruno es muy reservado para esas cosas. Y me da a mí, con lo poquísimo que conozco a Lewis, que él es de la misma manera de ser. Lo que tengan que hablar lo harán en privado y en la intimidad que ellos quieran. No hay más.
—Vale —suspiró—. Todavía me cuesta creerlo.
—Taylor, debemos apoyarlo.
—Joder, ya lo sé. Y es lo que haremos en todo momento, pero es que nos pilló de sorpresa y fue totalmente inesperado. Por eso he dicho que aún no me he hecho a la idea. Yo, como tú y Cata, solo quiero que verlo feliz.
Sonreí.
—Nena, deja de hablar ya —dijo de repente.
—¿Qué dices? Si eres tú la que me estás dando conversación —reí—. Parece que no te duele la cabeza.
—Cállate. —Bufó—. Y tanto que me duele. Como que ya estoy tumbada en la cama y no pienso levantarme a comer.
—Si comes te sentirás mejor y recuperarás antes las fuerzas.
—Lo sé, cariño, pero como ahora mismo estoy bajo mínimos… —rio—. Tengo reservas de sobra. He desayunado fuerte precisamente para sentirme un poco mejor. Ahora lo que me pide el cuerpo es descansar y estoy a nada de cerrar los ojos. Tú recoge ya y cierra la puerta de la tienda. Es la hora.
Miré la hora en la pantalla y comprobé que pasaban unos minutos de la hora de cierre de la floristería.
—Pues sí. Se acabó por esta semana. Estoy deseando descansar el día y medio que tengo de fiesta —suspiré.
Me levanté de la silla y me quité el único guante que llevaba puesto.
—Hablamos por la tarde —le dije, saliendo de la zona de trabajo.
—Claro. Descansa, preciosa.
—Igualmente, y que te despiertes sin dolor de cabeza.
—Eso espero. Hasta dentro de un rato.
—Hasta más tarde. Besos.
—Besos, cariño.
Colgué sonriendo, mientras caminaba hacia la puerta. Cerré con llave, giré el cartelito para que se viera desde la calle que estaba cerrado, y me dirigí de nuevo a la zona de trabajo, para recoger.
No tardé mucho en hacerlo porque antes de la llamada de Taylor ya había llevado la mayoría de las flores a la cámara de refrigeración e incluso barrí la zona.
Estaba quitándome el delantal, después de dejar el móvil en el mostrador, cuando unos golpes en la puerta me hicieron girarme hacia ella.
Agrandé los ojos al ver a Ander a través de la puerta de cristal.
Me dije que esta era otra de sus excepciones y como la vez anterior que vino en sábado, había decido pasarse a por un ramo muy justo de tiempo. Bueno, hoy pasado de tiempo.
Solté el delantal en el mostrador y volví a la puerta para abrirla, girando la llave para desbloquearla.
—Ander… Hola.
—Hola, Eimy.
—Ahora no sé si preguntarte cuando te vea si vienes a por un ramo como cliente, o a saludarme como amigo, porque pasabas por aquí.
—¿Tú que crees? —me preguntó.
Sonreí nerviosa, cuando apoyó el brazo en el marco de la puerta. Ese movimiento lo acercó más a mí.
¿Por qué todo lo que hacía este hombre era tan llamativo? Parpadeé varias veces rápido, para salir del estado en el que me había quedado al verlo.
—No sé —reí, nerviosa—. No me equivocaré si digo que primero quieres saludarme y después pedirme un ramo.
Sonrió de medio lado.
—Vas por buen camino, pero te sobra algo. Siento decirte que hoy no vengo a por ningún ramo, aunque si estoy mucho tiempo aquí, puede que al final caiga en la costumbre.
—Ah, ¿no?
Negó con la cabeza.
—Llevo un rato fuera, esperando a que cerraras para venir. Ayer hablamos de que quedaríamos para hablar con calma y he pensado que hoy sería un día perfecto para hacerlo. ¿No te parece?
—Eh, sí. Claro —carraspeé.
—A no ser que tengas otros planes. Si es así no…
—No —lo interrumpí, quitándole esa idea—. En realidad, sí que tenía un planazo, pero da igual.
—¿Sí o no? —me preguntó, con una ceja arqueada.
—Sí y no —contesté riendo—. Sí, lo tenía: llegar a mi piso, ponerme cómoda, comer algo rápido y echarme en la cama a descansar.
La mañana me ha costado bastante porque me dormí sobre las dos de la madrugada y me he levantado temprano.
Pero no pasa nada si retraso un poco el ir a casa, para hablar contigo.
—Tal vez me he precipitado —dijo, separándose del marco de la puerta—. Lo lamento. No he pensado en lo poco que has descansado y que has trabajado toda la mañana.
Sacudió la cabeza. El cambio en él fue evidente.
—No tienes que sentir nada, Ander —le sonreí.
—¿Y si te invito a comer y después te dejo libre? Comer tienes que hacerlo igualmente.
—Me parece genial, pero no hace falta que me invites —acepté.
—Ya sé que no hace falta. Quiero hacerlo.
—Vale —sonreí, sintiéndome muy nerviosa—. Entonces…
—Te espero aquí —dijo y asintió.
Dio un paso hacia atrás, en la acera, y no me molesté en cerrar la puerta sabiendo que no se movería de la entrada.
Fui hasta el mostrador, de donde cogí el delantal y el móvil, y me dirigí al despacho. Una vez en él, después de guardar el delantal y de sacar el bolso del armario, me lo colgué y salí.
Lo único que necesitaba era el bolso, aunque antes de reunirme con Ander paré un momento en el baño para lavarme las manos y mirar mi cara en el espejo pequeño.