Capítulo 30
—Tuya.
Agarré la copa que me ofrecía Greta.
—Gracias.
Me la llevé a los labios y le di el primer sorbo. Era la segunda ronda, desde que llegué al bar de copas al que vinimos al irnos del restaurante.
La cena había estado de lujo, por cierto. La comida, buenísima.
Greta acababa de llegar con Natalie, con las bebidas. Ambas se empeñaron en ir a la barra a por las consumiciones y Cata y yo nos quedamos ocupando los taburetes y la mesa, y guardándoles sus taburetes.
Estábamos en una terraza al aire libre, sentadas en alto. Las cuatro terminamos sentadas y con los codos apoyados en la mesa, observando cómo la gente bailaba y hablaba en grupo.
La música estaba alta, pero era un volumen cómodo y no molestaba. Se podía hablar sin tener que alzar mucho la voz.
Los demás estaban repartidos por el local, iban y venían porque algunos habían dejado sus copas en la mesa. A otros, como Quinn y Taylor, no los veíamos desde pocos minutos después de llegar.
Leo, Eduardo, Bruno, Lewis y Ander estaban a unos metros de nosotros. Los tres primeros estaban sentados en el respaldo de un banco. Había varios repartidos por la terraza, así como también sofás que solo los primeros en llegar habían tenido el privilegio de ocupar, y los taburetes de las mesas.
Lewis y Ander estaban sentados en el asiento del banco, entre las piernas de los otros.
Todo estaba ocupado, no quedaba ni un hueco libre. Por suerte, donde había más alboroto y donde más se movía la gente era en el interior del local.
En la terraza se estaba de maravilla. Tenías todo lo del bar de copas al alcance, pero también respirabas al aire libre y podías moverte y hablar con total libertad.
Había varios grupos bailando cerca de nosotras, dándolo todo. A Greta, a Cata, a Natalie y a mí nos habían provocado más de una sonrisa. Nos tenían entretenidas, en el buen sentido.
—La fiesta está muy animada —dijo Natalie.
—Nunca habíamos estado en este local —comentó Greta.
—¿Es la primera vez? —preguntó Greta, sorprendida.
—Sí —le confirmé, riendo.
—Pero si es uno de los más famosos.
—Por eso mismo —le dije, con una sonrisa de medio lado—. Las noches que hemos pasado por delante del bar de copas siempre hemos visto mucha gente haciendo cola.
Me encogí de hombros.
—Esperar, teniendo la posibilidad de ir a otros que hay por la zona es una tontería. No tenemos paciencia —rio Cata.
—Vaya…
—Natalie es capaz de esperar horas, si se le antoja un sitio —comentó con diversión Greta—. Yo antes, al principio, era como vosotras, pero tanto tiempo junto a Natalie al final terminó pegándome parte de su impaciencia.
Se refirió a Natalie y ambas rieron.
—Yo soy incapaz de eso. —Negué con la cabeza.
—Oye, Taylor y Quinn han encajado de maravilla. Hace bastante que no se dejan ver —dijo Natalie, con una expresión pícara.
—Eso parece —afirmó Cata—. Son tal para cual. Desde que se han visto no han dejado de buscarse —rio.
—¿Y tú qué? —le preguntó Greta—. ¿Te interesa alguno?
—Joder, sería una pasada que al final salieran varias parejas de esta noche —habló emocionada Natalie.
—Que te estoy viendo venir con tanta emoción —le dije.
Soltamos una carcajada.
—Es que estaría genial —insistió, con un suspiro—. ¿Hay alguno que te guste?
—Todos los hombres que nos acompañan esta noche son muy guapos —dijo Cata, avergonzada.
Sonreí mirándola. No había luz suficiente para verla ruborizada, pero no me cabía duda de que se había sonrojado.
Yo tenía claro en quién había pensado y no había dicho.
—Todos son un partidazo —comentó Greta—. Ander, el que más —rio, sin apartar la mirada de la mía.
Le sonreí, intentando no mostrar lo que me recorrió por todo el cuerpo.
—Ambas tenemos debilidad por mi hermano —dijo Natalie, con un guiño.
También fijó la mirada en mí y entonces sí que comencé a ponerme nerviosa.
—Lewis sería un candidato sensacional —continuó Greta—. Es un pedazo de tío —sonrió.
Cata y yo nos miramos, porque nos vino a la cabeza Bruno. Lewis estaba descartado de una posible lista desde el inicio, aunque rechazara a nuestro amigo. Bruno se había fijado en él y eso entre nosotros era sagrado, saliera como saliera después.
—Lo siento, chicas, Eduardo es mío —comentó Natalie, con una risilla.
—Menuda suerte tuviste con él —le dijo Greta.
—Oye, que él tiene la misma suerte —se quejó Natalie, sin perder la sonrisa.
—Por supuesto, cariño.
Greta se acercó a ella para darle un beso en la mejilla y Natalie se quedó encantada.
—¿Entonces qué? ¿Nada de nada con ninguno de los chicos? Leo es un bombón también —continuó con el tema Natalie, hablándole a Cata.
—Con lo mal que nos salen siempre las relaciones con los hombres… —habló Cata y me miró.
Le sonreí asintiendo. Ese era nuestro gran historial.
—Es mejor que no piense en probar con ninguno —rio—. Prefiero cuidar la amistad que ha comenzado hoy, porque espero que sea duradera, antes que lanzarme a tener algo con alguno de ellos y terminar mal.
Negó con la cabeza.
—Un pensamiento muy maduro —le dijo Greta, sonriendo—. Pero no tiene por qué terminar mal. No se tiene suerte en el amor hasta que se encuentra a la persona indicada. —Le hizo un guiño.
—Por si acaso me quedo como estoy —volvió a reír Cata.
—Taylor está claro que no piensa igual —dijo Natalie con diversión, pero también con emoción.
—Ella se toma las cosas de diferente manera —comenté.
Estuve a punto de sacar el tema de la boda, pero al final no lo hice porque no me apeteció estropear la noche. No quería quitarle la ilusión a Natalie y la tenía, mucha ilusión porque la había dejado ver durante la cena.
Comentó varias veces lo bien que lo pasaríamos todos en la boda, y también, les dijo a Cata y a Taylor, como hizo conmigo, que podían elegir un vestido de fiesta de entre los suyos.
Era un encanto de persona.
—Aquí viene el tío más sexi y guapo de todo el bar de copas —dijo Natalie, con un silbido.
Esa fue la señal para saber que Eduardo se acercaba a nosotras. Después, la risa de él fue definitiva.
—Tú si que eres sexy y perfecta —le dijo él.
Llegó a su lado y le rodeó la cintura con un brazo. Natalie rio, porque se tambaleó en el taburete. Tuvo que agarrarse a él, pero con el beso que le dio lo demás dejó de importar.
—¿Qué tal?
Me sobresalté al escuchar a Ander a mi espalda.
Miré por encima del hombro y lo encontré parado muy cerca.
—Estupendamente —le contestó Greta, muy animada.
Leo estaba al lado de Ander. Bruno y Lewis se habían quedado en el banco, guardándolo para que no se lo quitaran. Aquí había que hacerlo así, si no querías verte sin nada.
—¿Te lo estás pasando bien? —le preguntó Leo a Cata.
Se puso a su lado en la mesa, con los brazos apoyados en ella.
—Claro —contestó ella—. Se está muy bien en este sitio.
—No habían venido nunca —comentó Natalie.
—En su lugar muy céntrico —habló Eduardo, un poco sorprendido.
—Y muy solicitado —añadí.
—Ya hemos dejado claro que lo de esperar no va con nosotros —dijo Cata—. Donde hay que hacer mucha cola no nos veréis nunca.
Se encogió de hombros.
—Nosotros no tendríamos la facilidad de entrar como hoy —comenté.
—La verdad es que es una suerte que Eduardo conozca al dueño del bar de copas —rio Natalie.
—Sí —sonrió él—, pero con esta mujer eso da igual. Cuanta más cola mejor, porque según ella, eso significa que vale mucho más la pena lo que sea.
—No te quejes, amor —le pidió Natalie.
—No es una queja. Es una realidad.
Eduardo, Greta y Leo rieron. Natalie hizo un puchero, mientras que Ander sonrió de medio lado.
Lo vi porque se pegó más a mí, al apoyar una mano en la mesa. Su brazo se rozaba con el mío.
Me recorrió un pequeño escalofrío ante la sensación, la que me recordó a lo que vivimos en la cámara de refrigeración de la floristería.
Tragué saliva, al mismo tiempo que cogí mi copa para aliviar mi garganta. Bebí un sorbo de bebida y al sentirme observada, giré la cabeza hacia Ander.
—Mmm… ¿Quieres? —le pregunté, al ver cómo miraba la copa y mis labios, alternativamente.
No me respondió, pero sí que me quitó la copa de la mano.
Lo demás dejó de existir, mientras observaba cómo giraba la copa en la mano y cuando la marca de mi pintalabios quedó frente a él, se llevó la copa a los labios.
Entreabrí los míos, al verlo beber por el mismo sitio que yo, el que había buscado a propósito.
¿Eso qué significaba? ¿Qué quería decir? Sentí como si hubiera sido un beso imaginario, pero sin contacto.
Ander no apartó la mirada de la mía, mientras bebía.
—Gracias —me dijo sin alzar mucho la voz.
Agradecí que no me devolviera la copa, porque habría sido muy evidente que me temblaba todo. La dejó en la mesa.
—Quiero proponerte algo.
—¿A mí?
Los nervios me jugaron una mala pasada porque mi pregunta no tenía sentido.
Ander elevó las cejas.
—¿Vas a dejar de ser mi cliente?
Hasta soné asustada.
Ander me dejó con la boca abierta, al soltar una carcajada. Era la primera vez que lo veía reír de esa manera.
¿He comentado lo guapísimo y atractivo que estaba, con su pantalón largo y un poco ancho, y la camisa de manga corta, ambas prendas de lino?
—No voy a dejar de ser tu cliente —me contestó, con un carraspeo—. Cuando te he dicho que quiero proponerte algo, estaba pensando en quedar tú y yo, para hablar con calma.
—Ah. Claro —sonreí, nerviosa.
—Estupendo. —Asintió serio.