Capítulo 29
—Mi hermano debe estar a punto de llegar —comentó Natalie.
—Sí —confirmó Lewis—. Lo he llamado y viene de camino.
—Genial —sonrió ella—. Me voy a la mesa.
Natalie accedió a la terraza y fue directa a nuestra mesa. A ella estaban sentados Eudardo, Leo, Cata, Bruno y Greta. Los demás estábamos fuera del límite de la terraza, de pie o apoyados en un gran macetero, como era el caso de Lewis y yo.
Taylor y Quinn se encontraban cerca de nosotros, pero con la suficiente distancia como para que tuviéramos conversaciones independientes. Ni Lewis ni yo nos enterábamos de lo que hablaban Quinn y Taylor, y lo mismo sucedía a la inversa.
—Con que no conocías a ninguna Natalie, ¿eh? —le comenté a Lewis, mirándolo de reojo.
Él soltó una carcajada, recordando al instante cuando vino a la floristería para llevarse nada más ni nada menos que nueve macetas. Sí, fue Lewis el que entró a la tienda aquella tarde.
—No te dije que no conociera a ninguna —me dijo.
—¿Cómo que no?
Agrandé los ojos.
—No —confirmó, con una gran sonrisa—. Cuando me preguntaste si conocía a alguien llamado Natalie, no te respondí. —Me hizo un guiño.
—Pero…
—Lo único relacionado con Natalie que te contesté fue cuando me preguntaste si venía de parte de ella.
—Me acuerdo. Me dijiste que no.
—Porque era verdad. No fui de parte de ella. Por cierto, me quedé con dos de las nueve plantas y lucen preciosas.
—Eso es bueno —sonreí—. Aunque muy pronto para cantar victoria.
Reí, por la cara que puso.
—¿Y entonces de parte de quien…?
No llegué a terminar la frase. Mis ojos fueron abriéndose por la sorpresa, mientras veía como Lewis sonreía de medio lado. Caí en ese instante en la respuesta.
—Por ahí viene el único culpable —dijo.
Señaló con la cabeza hacia mi izquierda y dirigí la vista hacia esa dirección.
Ander venía caminando tranquilo. Una mano la tenía en un bolsillo y con la otra sujetaba el móvil. Él no nos vio, iba atento a la pantalla.
—¿Qué hizo con tantas plantas? ¿Eran para regalar? —pregunté en tono más bajo.
—Eso es mejor que te lo responda él. Trabajo para Ander y solo cumplí sus órdenes —me dijo Lewis, sorprendiéndome—. Voy a…
Miré por encima del hombro, para saber el motivo por el que se había quedado tan callado de repente.
Sonreí al encontrar la causa. Lo que estaba sucediendo esa noche me parecía todo tan irreal…
Bruno estaba de pie, junto a la mesa donde los demás permanecían sentados. Se había levantado y Eduardo estaba diciéndole algo. Mi amigo reía con una de esas risas sinceras y fuertes. Era muy evidente que Bruno se sentía muy cómodo y relajado.
Como si se sintiera observado, que lo estaba siendo, miró hacia Lewis y hacia mí, sonriendo.
A mí me hizo un guiño y a Lewis… a él se lo quedó observando, aguantándole la mirada, hasta que sus labios se curvaron todavía más para alcanzar una gran sonrisa que escondía mucho.
Apreté los labios, conteniendo la diversión y la felicidad porque ambas se entremezclaron.
Lewis sacudió la cabeza, como si necesitara despejarse. Fue después de que Bruno fuera hacia el interior del restaurante.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Lewis buscó mis ojos y asintió.
—Me alegro —le sonreí.
—Gracias —me devolvió el gesto.
Comenzó a caminar y accedió a la terraza, para ir directamente a la mesa donde estaban nuestros amigos.
Me separé del macetero y miré hacia Taylor y Quinn. Ambos seguían hablando, cada vez más cerca del otro. Por lo que parecía, la noche no podía estar yéndoles mejor a ambos. Sonreí al ver a Taylor coquetear.
Decidí dejarlos solos, hasta que alguien de la mesa los llamara con un grito, pero en cuanto les di la espalda me encontré de frente con un cuerpo más alto y fuerte que yo.
Levanté la cabeza despacio, para encontré con los ojos de Ander.
—Hola —susurré.
—Hola —me correspondió—. ¿Todo bien?
—Sí.
—De acuerdo.
Ladeó un poco la cabeza.
—He escuchado que le preguntabas lo mismo a Lewis. ¿Él está bien?
—No sé lo que te dirá a ti si le preguntas. A mí me ha dicho que sí.
Asintió, sin apartar los ojos de los míos.
—Ander…
—Dejemos esa conversación para después de cenar. Así podemos hablar con calma y sin interrupciones. ¿Te parece bien?
—Claro —acepté.
No tenía la intención de hablar mucho con él porque me desestabilizaba, pero sí que necesitaba algunas respuestas que solo él podía contestarme.
—Tú primero —me pidió.
Me di la vuelta y tragué saliva, cuando sentí el contacto caliente de su mano extendida al final de mi espalda.
La tela del top no era un obstáculo para todo lo que me hacía sentir este hombre. Me entraron muchos calores de golpe, pero conseguí mantenerme firme sobre mis sandalias de cuña y caminar erguida y segura.
Todo un logro, sintiéndolo tan cerca de mí. Hasta que no me paré frente a la silla que elegí ocupar, él no apartó la mano.
Aunque no hubiera vuelto, a mi derecha tenía a Bruno, y, para mi gran sorpresa, a mi izquierda a Ander, porque eligió ese sitio para sentarse.
Tendría que haberme sentado antes. Menuda cena voy a tener , me dije.
Coloqué el bolso sobre las piernas y contuve la respiración en el momento que Ander se acercó un poco más a mí. Tanto que apoyó el brazo en el respaldo de mi silla.
Fue instintivo, me puse rígida en la silla. No pude controlarlo y de esa manera me encontré Bruno que nos vio de frente al salir del restaurante.
Mi amigo arqueó una ceja, mirándome divertido. Yo puse los ojos en blanco, sin que nadie más me viera.
El asiento que estaba justo delante de mí estaba vacío y el resto de mis amigos y los de Natalie… contuve la respiración al darme cuenta de que todos, sin excepción, nos miraban a Ander y a mí.
—Genial —susurré.
—¿Has dicho algo? —me preguntó Bruno, mientras retiraba su silla para sentarse.
—Sí. Que hay que avisar a Taylor y a Quinn —contesté disimulando.
Lewis fue el que se encargó de eso, llamando la atención de ambos.
—Buenos pulmones —le dijo Bruno.
Lewis lo miró fijamente tamborileando los dedos en la mesa.
—Lewis es un buceador experto —comentó Eduardo—. Alguna vez vamos con él unos cuantos. Nos lleva a descubrir las maravillas que hay bajo el agua, aunque nos falta todavía preparación y no podemos descender mucho.
—¿Habéis practicado alguna vez ese deporte? —nos preguntó Greta, a mis amigos y a mí.
Quinn y Taylor ocuparon en ese instante las sillas de enfrente de Ander y de mí.
—¿Qué deporte? —Quiso saber Taylor, con interés.
—Submarinismo —respondió Natalie.
—Ah, no —les dio la respuesta rápida a todos.
—Nosotros somos más de tierra firme —comentó Cata, riendo.
—Porque no habéis probado la experiencia —se dirigió a ella Leo, sonriendo.
—No sé… —dudó Cata—. Lo máximo que me meto en el mar es hasta que me cubre por el pecho, pero estoy más cómoda cuando el agua me llega por el estómago.
Se encogió de hombros.
Taylor soltó una carcajada de repente. Todos miramos hacia ella, sin comprender qué le parecía tan gracioso.
—Lo siento —se disculpó entre las últimas risas—.
Joder, es que me la he imaginado bajo el agua.
—Señaló a Cata—. No os imagináis lo que puede ser eso.
—Me miró y apreté los labios—. Cata es capaz de quitarse la bombona de la espalda para lanzársela al primer pez inofensivo que vea pasar por su lado, asustada.
Esta vez fuimos Bruno, yo y la misma Cata quienes reímos con ganas. Taylor no se había equivocado ni un poco.
Los demás terminaron uniéndose a nuestras risas.
—Joder —dijo Leo—. Pues entonces es mejor que te quedes en tierra firme, como dices.
Le hizo un guiño y ella sonrió bajando la mirada.
—Sí —hablé—. No es muy aconsejable que Cata pruebe la experiencia. Todos sus amigos nos opondríamos a esa idea, por su seguridad.
—¿Y tú?
Giré la cabeza hacia Ander y me encontré con su cara demasiado cerca de la mía. Cerré los ojos durante unos segundos, aspirando su olor.
Al final entreabrí los labios, dispuesta a… los cerré de golpe porque no le hubiera dicho que se apartara, sino que terminara de acercarse del todo a mí y que me besara de una puñetera vez.
Eso era un gran error porque, aunque hoy no estaba con ninguna pareja, no significaba que no la tuviera. Había muchos motivos por los que dicha persona podía haber faltado hoy y no iba a ser yo la que se arriesgara a meter la pata.
Me mordí una mejilla por dentro para no fastidiarla, antes de responder a su pregunta.
—¿Yo qué?
—Si ves interesante lo del buceo.
—Es interesante y tiene que ser emocionante, pero no sé si me veo en una igual.
—A mí me gustaría probar —comentó Bruno.
—¿Estás seguro? —le preguntó Lewis.
Frunció ligeramente el ceño, sin apartar la vista de Bruno.
—En todos los deportes hace falta mucha disciplina y concentración, pero el buceo, como otros tantos deportes, es de riesgo y no es para tomárselo a broma.
Ni para pasar un rato de diversión. Por supuesto, te divertirás, pero si sigues y con el tiempo, cuando puedas controlar por ti mismo y te sientas seguro. Un descuido puede significar…
—Sé lo que puede significar —lo interrumpió Bruno—. De la misma manera que sí, estoy seguro de querer hacerlo. ¿Me enseñas? Nunca he tenido una oportunidad tan cercana y segura.
Se miraron fijamente durante unos largos segundos, en los que nadie más de la mesa habló. Estaban sentados casi frente al otro.
La pausa la terminó Quinn, cortando la tensión que creó entre ellos.
—Sería genial tener a uno más en el grupo de buceo.
—Sí —estuvo de acuerdo Eduardo—. Las primeras veces debes ir solo con Lewis —se dirigió a Bruno—.
Él necesita estar muy pendiente de ti y de todo lo importante, así lo hizo con cada uno de nosotros.
Es algo muy serio y hay que hacerlo muy bien.
Cuando Lewis considere que puedes ir solo, aunque vigilado, entonces podremos organizar una salida.
—Estaría muy bien —dijo Ander.
—¿Tú sabes bucear bien? —le pregunté, con un nudo en el estómago.
Ander sonrió de medio lado.
—De los que estamos aquí, Ander es el segundo que más sabe. Lleva muchos años practicando con Lewis —me contó Natalie.
—Quinn, Eduardo y yo nos animamos más tarde —comentó Leo.
—Vale —sonreí y miré a Bruno.
—Voy a hacerlo e irá bien —me dijo mi amigo, al notar mi preocupación.
—No permitiré que le pase nada malo. En mis manos está bien y seguro, no lo perderé de vista —aseguró Lewis.
Todos lo miramos.
—Pues… —carraspeó, al sentirse tan observado—. Cuando quieras empezamos.
—¿Te va bien el fin de semana que viene? —le preguntó Bruno.
Estaba dispuesto a ir a por todas, como me había dicho. Y ahora no estaba refiriéndome al buceo, sino a Lewis.
—No. Es la boda.
—Es verdad. —Negó con la cabeza Bruno—. Con la emoción del buceo se me ha olvidado por un momento.
—El siguiente fin de semana —le dijo Lewis—. Me encargo de todo el equipamiento.
—Pues ya tenemos plan. Y uno muy interesante. ¿Nos intercambiamos los números de teléfono para estar en contacto? —le preguntó Bruno, con una sonrisa pícara.