La chica de las flores Capítulo 28
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Capítulo 28

—¿Todo bien? —nos preguntó Natalie.

Acabábamos de regresar del baño y todos nos miraban.

—Sí —contestó Bruno—. Todo perfecto —sonrió.

Natalie pasó la mirada por cada uno de mis amigos y de mí, para asegurarse. Cuando nuestros ojos se encontraron, asentí sonriéndole, para que no se preocupara. Era lo último que quería.

Amplié la sonrisa al bajar la mirada para ver a Skye. Al escucharnos a mis amigos y a mí entró en la casa y vino hasta nosotros, para acompañarnos o quizás para guiarnos, no fuésemos a perdernos. Todavía continuaba a nuestro lado

Le acaricié la cabeza y la apoyó en mi pierna.

—De vez en cuando hacemos estas cosas raras —le dije a Natalie—. Como la de encerrarnos los cuatro en un baño —hablé con diversión—. Para nosotros es normal. Lamento si os habéis preocupado.

—Es que no sabía sí… Bah, da igual —rio—. Si es como dices, yo feliz y no tengo ningún motivo para dudar. —Me hizo un guiño y le sonreí.

—Hemos hablado de irnos ya para el restaurante —nos informó Greta—. La reserva está para las nueve y media y faltan veinte minutos. Así no vamos con prisas.

—Estupendo —comentó Bruno.

—Yo os doy encuentro allí —habló Ander.

Se levantó despacio y Skye fue hacia él.

—Primero voy a llevarla a casa —se refirió a la perra.

—Déjala aquí hasta mañana —le pidió Eduardo.

—¡Pero bueno! —exclamó Natalie, para después soltar una fuerte carcajada.

No fue la única, todos reímos con ella al ver a Skye ponerse entre las piernas de su dueño, con la intención de esconderse o de que nadie la apartara de él. Ander sonrió de medio lado, orgulloso de su perra.

—Acaba de dejar claro que quiere irse —habló con diversión Ander, mientras le acariciaba la cabeza.

—Me has fallado, princesa —le dijo Natalie, con un puchero.

Skye soltó un lamento, pero después ladró varias veces. Fue como si dijera: lo siento, me sabe muy mal, pero yo me voy con mi dueño. Es lo que hay.

—Tranquila, chica —le habló Ander—. Nos vamos. Como no os deis prisa en salir llegaré antes que vosotros al restaurante —nos advirtió—. La llave —le pidió a Lewis, alargando una mano hacia él.

—Voy con vosotros —dijo este.

—No digas tonterías. No tardaré. Nos vemos en el restaurante. Ve con Leo o con Eduardo.

—Hay sitio de sobra en los coches —comentó Greta.

Lewis sacó la llave del coche y se la dio a Ander.

Cuando Ander se movió para irse, nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos. Fue él el que cortó el contacto visual, cuando se giró para entrar en el salón.

Skye dio una vuelta a todos, como despedida, y después corrió detrás de Ander, sin perder más tiempo.

Ambos desaparecieron de nuestra vista.

—Vente con Quinn y conmigo, en mi coche —le pidió Leo a Lewis—. Así nos repartimos tres en cada coche.

Se refirió a Eduardo, a Natalie y a Greta.

—Sí —confirmó Lewis.

Entre todos, ayudamos a Natalie y a Eduardo a recoger y a dejar limpia las mesas pequeñas del porche.

Mis amigos y yo, junto con Quinn, Leo y Lewis nos dispusimos a irnos. Greta se sentó en el sofá, a esperar a que Natalie hiciera unas cosillas. Eduardo subió a la planta superior con su futura mujer, después de que los demás nos fuéramos.

Salimos de la casa y nos paramos en el camino asfaltado.

—¿Cuál es el restaurante? —les preguntó Bruno a los amigos de Ander.

Yo ni me había acordado de ese detalle importante.

—Greta ha reservado en el restaurante que está en la misma plaza del mercado. El del toldo rojo —contestó Lewis.

—Sabemos cuál es —les confirmó Cata, con un asentimiento.

—Estupendo —dijo Leo, haciéndole un guiño—. Pues nos vemos allí ahora.

Nos despedimos y terminamos de recorrer el camino que nos llevó directamente al coche de Bruno, después de salir de la propiedad de Natalie y Eduardo por la puerta de la verja.

Lewis, Quinn y Leo se fueron hacia el coche del último.

Tardamos un poco más de lo normal en llegar porque la zona desde la que salimos estaba bastante más alejada que de costumbre. Mis amigos, nuestras familias y yo, vivíamos cerca del centro, pero al mismo tiempo apartados del ajetreo que había en este.

Tuvimos suerte de encontrar aparcamiento a la hora que era. Bruno solo tuvo que dar un par de vueltas por los exteriores de la plaza y de la zona peatonal, hasta que encontró donde estacionar.

Caminamos por las calles mezclándonos con el ambiente que había. Enseguida encontramos mucho movimiento de personas yendo de un lado al otro, también las había disfrutando en las terrazas de los bares y restaurantes.

En cuanto el restaurante quedó a la vista, vimos que Quinn, Lewis y Leo habían llegado los primeros. Estaban parados cerca de la terraza, esperándonos.

—Mira que está bueno —dijo Taylor, refiriéndose a Quinn.

La miramos divertidos.

—Te ha dado fuerte, ¿eh? —habló Cata.

—Es que no veas… —Bufó—. Vaya tela con el cliente misterioso de Eimy y sus amiguitos. Y Eduardo no se libra tampoco. Menuda suerte tiene Natalie —rio.

—Y tú no puedes quejarte —le dijo Cata a Bruno, con diversión.

—¿Yo? ¿Qué he hecho ahora para salir en la conversación?

Cata y Taylor rieron, yo apreté los labios.

—Greta es una mujer preciosa y de un carácter estupendo —le aclaró con un guiño.

—A mí es que me ha interesado más Lewis —habló con diversión—. No sé, tiene un punto que… ¿Qué?

—¿En serio? —preguntó sorprendida Taylor.

Las tres nos paramos de golpe y lo miramos como si de repente tuviera dos cabezas. Teníamos nuestros motivos para tanto asombro, ya que era la primera noticia que teníamos después de muchos años.

Bruno se cruzó de brazos con las cejas elevadas.

—¿Qué pasa si me crea interés un tío? —nos preguntó, pasando la mirada de una a otra.

—Joder —volvió a hablar Taylor—. Pues nada. ¿Qué va a pasar? Es tu vida y nosotras lo veremos todo bien, siempre y cuando seas feliz.

—Pues ya está.

—Pero… —Comencé a hablar—. ¿En qué momento? —le pregunté con interés—. Quiero decir… ¿Cuántos años hace que nos conocemos? Nunca has mencionado ni has actuado como si te gustaran los hombres. Por un momento he pensado que estabas de broma.

—¡Qué fuerte! ¿Por qué no has confiado en nosotras en algo tan importante? —le preguntó Cata—. Tienes nuestro apoyo y amor en todo. No lo entiendo.

—Parad que os estoy viendo venir —nos pidió Bruno, riendo.

Levantó las manos.

—No os he ocultado nada y, por supuesto, que confío en vosotras. Sois mis amigas, las mejores para mí. No vayáis a pensar que no me he sincerado antes y bla, bla, bla… En cuanto he sentido algo diferente lo he soltado de manera natural, como lo siento. Ya está.

Se encogió de hombros.

—¡Chicos!

Nos giramos hacia Quinn, Lewis y Leo. El último tenía una mano levantada hacia nosotros.

Les sonreímos confirmándoles que los habíamos visto, porque era lo que no sabían ellos hasta este momento. Por eso se habían hecho notar, porque habían dado por hecho que los estábamos esperando apartados de la terraza del restaurante.

—Tenemos una conversación pendiente —le dijo Taylor a Bruno, señalándolo con el dedo índice.

Él se limitó a sonreír de medio lado.

—Vamos con ellos, para que no se piensen que no queremos acercarnos —suspiró Cata.

Se agarró del brazo de Taylor y ambas nos miraron a Bruno y a mí.

—Adelantaos. Ahora nos unimos a vosotros —les dije.

—Que sea breve la charla porque nosotras queremos enterarnos también y va para largo —nos pidió Taylor.

Una vez dicho, comenzaron a andar hacia los chicos.

—¿De verdad te gusta Lewis o lo has dicho en broma para picarnos la curiosidad? —le pregunté a Bruno, cuando nadie más podía escucharnos.

—¿Tan raro te parece?

—Es que nos has pillado tan de sorpresa… Y perdona que te diga, si es una bromita hoy ya tengo el cupo lleno de sobresaltos con los que me he llevado —suspiro.

Puse los ojos en blanco, pensando en Ander y en todo lo que tenía que ver con él.

—A ver, que no es por el hecho de que te guste un hombre. Eso lo tienes claro, ¿verdad? —Asintió—. Menos mal. Es por el hecho de que no supiéramos que podía haber esa posibilidad. Siempre has estado con mujeres y no has mirado hacia otro lado.

—Cuando tenía catorce años mi mejor amigo y yo nos besamos en la boca. Para experimentar y esas cosas. Él ha sido mi único contacto con los hombres. Éramos unos niños y teníamos mucha confianza.

—Pero eso entra dentro de lo normal de la experimentación. ¿Y qué tal fue, por cierto?

—Un desastre total —contestó.

Reímos.

—Puedes hacerte una idea —sonrió de medio lado—. ¿Tú, de pequeña, te besaste con alguna de tus amigas o te pareció interesante hacerlo?

—No —reí—, pero porque no pensaba en esas cosas ni me lo pedía el cuerpo —sonreí—. Lo que sí puedo decirte es que durante un curso completo estuve admirando a una compañera de clase. Todo de ella me parecía increíble y me quedaba embobada cuando la veía.

—Esa admiración es normal. Seguramente verías a esa chica como algo que querías alcanzar. Me refiero a querer ser como ella: en su manera de vestir, en su carácter a la hora de relacionarse con los demás, en la forma de actuar en general…

—Sí. Supongo —dije pensativa.

—El caso es que sí y no sé por qué, pero Lewis me ha llamado mucho la atención. Y créeme, me he dado cuenta de ello, muy bien, porque me interesaba más mirarlo a él que a Greta, en este caso.

Se encogió ligeramente de hombros.

—No sé… —comentó con duda.

Dirigió la mirada hacia el grupo al que dentro de poco nos sumaríamos.

Sonreí viendo como él observaba fijamente a Lewis, quien debió notar algo porque dirigió la vista hacia nosotros. Sus miradas se encontraron y se las mantuvieron.

—Creo que lo importante de esta conversación no es el género de la persona, sino la persona en sí. ¿Me explico? —me preguntó.

—Sí —le confirmé—. Te refieres a que no es que nos gusten los hombres o las mujeres, sino que nos guste una persona en concreto en la que vemos algo diferente y especial. Algo que nos atrae y nos incita a querer más.

—Exacto, porque yo no me siento atraído ni me gustan los hombres que forman parte de mi vida. Hasta incluyendo a los clientes del bar. Para nada. No tengo ni idea de por qué, pero es solo él.

—¿Y cuál es el siguiente paso? ¿Te atreverías a estar con Lewis? —le pregunté, agarrándome de su brazo.

—Lo siguiente es tirar adelante con lo que sea. Sobre la segunda pregunta… no podré contestarte hasta que llegue el momento. Si es que llega. Nunca he hecho algo parecido.

—Bueno. Poco a poco —le acaricié el pecho, por encima de la camiseta—. Una de las cosas más importantes ya la has hecho: darte cuenta y aceptarlo con naturalidad, como debe ser.

—Sí —sonrió de medio lado.

Lewis y él todavía seguían mirándose. Eso era bueno, ¿no?

—Primero tengo que averiguar adónde me lleva esta novedad y de paso, saber si soy el único que va en la misma dirección. O cabe la posibilidad de que Lewis…

—¡Eimy! ¡Bruno!

Fue Natalie la que nos llamó en alto, mientras se acercaba con Eduardo y Greta.

La conversación con mi amigo terminó de golpe al girarnos hacia ellos. Les sonreímos.

—Me ha costado encontrar aparcamiento —comentó Eduardo.

—Nosotros hace muy poco que hemos llegado —le dijo Bruno.

—Para la reserva de la mesa nos sobran unos minutos todavía —habló Greta—. Eso es lo más importante porque tengo un hambre…