La chica de las flores Capítulo 25
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Capítulo 25

—Qué bonito —le dije, sobre un mueble del ancho y amplio recibidor.

—Me lo regaló mi abuela y a ella su madre—me explicó Natalie.

—Tiene historia y mucho encanto —comenté.

—Sí. Tuve que llevarlo a restaurar, pero si hubieras visto cómo era originalmente, no notarías ninguna diferencia.

Pasó la yema de los dedos por la superficie, acariciándola.

—Para mi abuela era muy importante —añadió.

—Me puedo hacer una idea —le sonreí.

—¿No pensáis moveros de la entrada o qué?

Al escuchar a Greta, Natalie soltó una carcajada y yo sonreí. Mis amigos miraron hacia ella con curiosidad.

—Chicos, ella es Greta. Mi mejor amiga y un proyecto de la vuestra —la presentó Natalie, con humor.

—Déjalo. Yo puedo sola —dijo a modo de queja Greta.

Puso los ojos en blanco, haciéndonos reír, y después se acercó a nosotros. Ella y yo nos dimos un abrazo y después mis amigos se presentaron uno por uno.

De repente se escucharon varios ladridos y sonreí de oreja a oreja al pensar en Skye, la perra de Natalie.

—Y cómo no, Skye no podía esperar más para saludarte y dar la bienvenida —comentó Natalie, haciéndome un guiño.

La perra apareció corriendo por la entrada del recibidor, dio varias vueltas a todos y al final se paró delante de mí, con la cola yéndole rápido de un lado al otro.

—Hola, preciosa —la saludé.

Skye ladró solo una vez, como respondiéndome. Volví a sonreír.

Después de reclamar varias caricias y mimos, los que les di encantada, fue uno por uno de mis amigos, para olerlos bien y darles su bienvenida.

—Eres una preciosidad —le dije a Bruno.

A Skye debió encantarle porque subió las patas delanteras al pecho de mi amigo. Él rio, acariciándola.

—Ahí tienes tu primera conquista de la noche —le dijo Taylor a Bruno.

Reímos por su comentario.

Después de un rato en el que Skye recibió muchas muestras de cariño y a Cata, como a mí el primer día, se le quitaba poco a poco la impresión de ver a Skye, la perra se fue igual que llegó. Corrió perdiéndose por la casa.

—Vamos a movernos, que al final sí que es verdad que no pasaremos del recibidor —dijo con diversión Natalie—. Primero quiero presentaros a alguien más y después ya os enseño la casa y los exteriores. Terminaremos tomando algo en el porche. Ahora se está genial.

—¿Conoceremos al novio? —le preguntó Taylor, con la rápida confianza que le había dado Natalie.

—Sí —nos confirmó, sorprendiéndonos—. Estáis a punto de conocerlo. ¡Qué menos que sea antes de la boda!

Sentí todas las miradas de mis amigos puesta en mí, pero no aparté la atención de Natalie.

—Ese día habrá mucha gente y no podremos estar todo el tiempo que nos gustaría con nuestros amigos. Al menos al comienzo, porque una vez que termine la ceremonia tendremos muchos compromisos que atender por mi padre y por el de Eduardo, de manera que quería que lo conocierais antes, con tiempo.

—Natalie, sobre la boda…

—Tenemos todo lo que queda de día y una parte de la noche para hablar de ello —me interrumpió—. No te preocupes. Ahora vamos a ver a Eduardo, que tiene muchas ganas de conoceros. Le he hablado mucho de ti y de este momento con todos —rio.

—Vale.

Alguno de mis amigos me dio un ligero tirón del top, disimuladamente. Lo ignoré.

Greta se puso a mi lado cuando Natalie comenzó a caminar por su casa, siguiendo la dirección en la que se había dio Skye. Taylor se adelantó y comenzó a hablar con ella, mientras se alejaban.

Cuando comenzamos a seguirlas los demás, Greta me miró con curiosidad.

—¿Estás bien? —me preguntó en tono bajo.

—Sí.

—¿Seguro? Pareces incómoda. Ni la primera vez que conociste a Natalie te noté así. Y la casa de sus padres impone muchísimo más.

—No es nada —le sonreí—. De verdad. Lo único es que quiero hablar sobre la boda con Natalie y hasta que no llegue ese momento…

En cuanto llegamos al salón, la vista se me fue hacia todos los lados.

Cata hizo un sonido de sorpresa y no fue para menos.

El espacio era enorme y la decoración exquisita.

Era perfecto en forma y detalles. Había dos sofás alargados y anchos, de tonalidades café con leche.

El color que más destacaba y predominaba era el blanco, incluso en los muebles.

Los toques de color lo daban las decoraciones que hacían un conjunto increíble. El suelo era de madera, de un color cálido, y había una alfombra en la parte de los sofás que hacía del lugar más acogedor.

Fuimos directas hacia la corredera del salón. Esta tenía abierta una hoja y entraba el sonido de voces y risas. Era evidente que Eduardo no estaba solo, porque Skye no podía haberse transformado.

Ese pensamiento me hizo sonreír y al pensar en la perra, no entendí cómo le pude tener miedo la primera vez que la vi. A ver, sí, era una perra grande, pero de ahí a verla como una amenaza…

—Esa conversación con Natalie sobre la boda… —habló Greta—. ¿Es por algo malo?

—No. Tranquila, que no es por nada de mi trabajo.

He adelantado muchísimo en los arreglos florales y estoy perfilando los detalles.

Ya me han llegado todas las flores y las estoy conservando como nuevas, frescas.

Tengo todas las muestras de las decoraciones hechas y cuando llegue el día, lo tendré todo claro.

Nos paramos en medio del salón, cuando Cata y Bruno lo hicieron. Mis amigos estaban hablando sobre la zona de la chimenea, hacia donde miraban. No me enteré de lo que decían.

Seguí hablándole a Greta.

—Por ahora estamos montando los arreglos que van en maceteros ocultos, ya que solo hay que regarlos y mantenerlos. Con las demás decoraciones no puedo ponerme hasta que no queden como máximo cuarenta y ocho horas para la boda.

Me encogí de hombros.

—Menudo trabajo en la recta final.

—Bastante —sonreí—. Pero mi madre me está ayudando, ya que se le da genial todo el tema de la jardinería y las plantas. Tiene muy buenas manos y experiencia, ya que lleva años manteniendo y conservando su jardín. Lo tiene precioso, te encantaría.

—Algún día puede que lo vea —me dijo con un guiño—. Aunque lo que has dicho son buenas noticias, no sé yo si me dejas muy tranquila. —Elevó las cejas.

Reí, para eliminar un poco la tensión que sentía yo.

—Natalie tiene pensado trasplantar todas las flores de los maceteros en los jardines de alrededor de esta casa. Al día siguiente de la boda alguien tendrá trabajo para traerlos todos aquí.

—Me encanta la idea de que las conserve ella. Había pensado que se quedarían en la casa de sus padres. Eso también estaría muy bien, pero como son un recuerdo de un día especial para ella…

—Qué va. Por los jardines de sus padres solo se quedarán una cuantas. La gran mayoría vendrán aquí. —Asintió.

Skye entró en el salón porque estábamos tardando mucho en llegar junto a los demás. Reímos cuando empujó con la cabeza a Greta, para que se moviera.

—Vale, vale… Ya lo he captado —dijo riendo ella.

Volvimos a movernos, para terminar de recorrer el camino que nos llevó hasta una parte nueva de la casa.

El gran porche, donde había una mesa rectangular preciosa, con bancos con asientos acolchados y sillas alrededor.

Hacia el lado opuesto se encontraba varios sillones de jardín, anchos y cómodos, con varias mesas a los lados. Un poco más apartado había un balancín.

Nada ni nadie me preparó para lo que me encontré en el porche de mi nueva amiga.

Agrandé los ojos y entreabrí los labios, sin salir del asombro de ver a Ander, mi cliente, sentado en uno de los sillones.

Su mirada estaba fija en mí. Me impactó verlo de una manera tan natural y despreocupada. Tampoco era como si lo conociera, pero…

El tobillo de una pierna le reposaba en el muslo de la otra. Y en la pierna flexionada de lado que tenía en alto, tenía apoyado un botellín de cerveza que sujetaba con la mano.

Incrédula con la situación, observé que al lado de él también estaban los dos hombres con los que vi a Ander en el restaurante caro al que me llevó Bruno. Y, para más sorpresa mía, me encontré también con otra cara conocida.

—Menudo giro de los acontecimientos, ¿eh? —me susurró al oído mi amigo.

Se inclinó detrás de mí para acercarse. Al llegar al porche, Bruno se había quedado a mi espalda.

Él reconoció a tres de los hombres que estaban en los sillones, sin problema. Sobre todo, a Ander. Bruno tenía mucha mejor memoria que yo para esas cosas.

Skye, de nuevo, fue la que salvó la situación. Ladró varias veces y dio unos giros sobre sí misma, feliz. Natalie rio y le agarró la cabeza, para darle un beso en ella.

Para mi sorpresa, otra más, la perra no se mantuvo al lado de su dueña. Se separó de ella para ir al lado de Ander. Skye se tumbó a los pies del sillón en el que estaba él y Ander bajó una mano para acariciarla.

En ningún momento apartó la vista de mí, ni siquiera para mirar unos segundos a los demás.

—Chicos —habló Natalie, captando nuestra atención—. Para empezar, os presento a Eduardo, mi prometido y futuro esposo —rio.

Un hombre moreno y sonriente, el único que no conocía de nada, se levantó de otro sillón para acercarse a mis amigos y a mí. Era alto y muy guapo, atractivo y con complexión bastante fuerte.

Con la impresión que me había llevado, el anfitrión de la casa me pasó desapercibido hasta ese momento. Totalmente.

—Hola. Encantado de conoceros —nos dijo—. Es un placer. Natalie estaba muy emocionada por este día, por este momento. Me alegra poneros cara, al fin. Sed bienvenidos a nuestra casa.

Después de sus palabras nos presentamos y todos le correspondimos con la misma amabilidad y simpatía. Taylor se mantuvo a un lado, ya que, por lo visto, al llegar primero al porche con Natalie, ya debían haber hecho todas las presentaciones.

Yo tuve que hacer un gran esfuerzo para mantenerme centrada en Eduardo, sobre todo, cuando me habló directamente.

Ahora, viéndolos a los dos juntos, porque Natalie se agarró del brazo de Eduardo, podía decir que hacían una pareja perfeta de guapos. Y lo más importante era que no era solo hacia fuera, porque me bastó con unos segundos para darme cuenta del amor y la conexión que desprendían.